Ensayo

De los cuentos de tradición oral a la literatura escrita

por María Dolores Tolosa

(Ilustraciones tomadas del repertorio de Anne  Anderson)

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan solo lo que he visto
y he visto
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos
que los huesos del hombre los entierran con cuentos
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Pero me han dormido con todos los cuentos
y sé todos los cuentos.

(León Felipe)



Ilustración de Anne Anderson para el cuento de Hans Christian Andersen, El PorqueroPodríamos deducir de estas palabras del poeta que toda la vida del hombre está marcada de una u otra forma por cuentos, desde los antiguos mitos con los que se buscaban respuestas a los misterios de la vida, a todas esas historias que nos han contado para inducir nuestra conciencia y mover nuestra voluntad.

A través de la Historia de la Humanidad vemos como han ido surgiendo narraciones orales que reflejaban las principales inquietudes del ser humano como individuo y de la sociedad como grupo.

En el Neolítico, con el establecimiento de las sociedades agrarias, aparece el fenómeno de la desigualdad social en función de la propiedad y surge como consecuencia en los individuos la idea de libertad y justicia y el deseo de luchar contra ese primer estatus que privilegia a unos y margina a otros. Las primeras historias o mitos tienen mucho que ver con la búsqueda de estos valores en oposición contra fuerzas superiores, los hombres poderosos o incluso los dioses de quienes los seres humanos se consideran víctimas impotentes.

Otras de las preocupaciones ancestrales eran el canibalismo, la necrofagia, el incesto, la violación, el infanticidio y el geronticidio, practicados estos últimos por algunos grupos sociales como medio para controlar la demografía o seleccionar la raza. En muchos cuentos aparecen elementos que implícitamente tratan de la conveniencia de evitar estas prácticas.

Se ha comprobado que en sitios alejados, incluso en distintos continentes y épocas se repiten historias con una cierta semejanza y algunos componentes comunes. Por ejemplo: los hijos de un rey, o de un hombre rico, normalmente tres, que han de demostrar quien es merecedor de la sucesión, generalmente será el menor, adquiriendo así importancia la inteligencia o la audacia sobre el derecho establecido o la fuerza. Se repiten, igualmente, las historias de princesas encantadas o secuestradas por un ser maligno, el héroe que luchará contra peligros inimaginables, el poder de la magia, el triunfo de la valentía, la astucia o la honradez sobre las artimañas diabólicas…

Según Antonio Rodríguez Almodóvar, verdadera autoridad en materia de cuentos populares, podemos agrupar estos relatos de tradición oral en tres categorías: maravillosos, de costumbres y de animales.

 En los primeros impera la fantasía, los hechos heroicos relacionados frecuentemente con la magia y dotados de un fuerte simbolismo. Se suelen llamar también de encantamientos o de hadas.

Los cuentos de costumbres afrontan la problemática de la sociedad agraria y se desarrollan en el ámbito de la realidad: familia, propiedad, herencia, matrimonio, poder… suelen tener elementos satíricos, algunos incluso jocosos, en oposición a los cuentos maravillosos que se toman muy en serio el argumento y la narración.

Los cuentos de animales se podrían tomar, citando siempre a Almodóvar, como un subsistema de los dos anteriores, unas veces imitándolos, otras contradiciéndolos. No debemos confundirlos con las fábulas, conocidas a partir del siglo XIX, que fueron aplicaciones moralistas cultas de los cuentos populares. El cuento de animales alegoriza la conciencia humana. Por lo general se enfrenta el débil, pero astuto o listo, al fuerte y tonto triunfando el primero, por supuesto. El éxito mediante la astucia o la trampa no supone bajeza o traición en este tipo de historias como sucede en los relatos épicos o maravillosos. Parecen tener su origen en los pueblos cazadores que observaban el comportamiento de los animales y aplicaban algunas de sus características al propio comportamiento humano.

En lo que todos los estudiosos coinciden es en la importancia educativa que tienen estas narraciones orales. Para Bruno Betelhein (Viena 1903-Chicago 1990):

“los cuentos maravillosos ayudan al niño a desarrollar el sentimiento de identidad, a comprender lo que ocurre en su yo consciente e inconsciente ordenando o fantaseando sobre los elementos de la historia e identificándose con sus protagonistas. Los cuentos aportan imágenes que le ayudarán a canalizar sus propios sueños y actuaciones, sobre todo sus miedos y la incomprensión de ciertos fenómenos o relaciones sociales”.

Jean W. F. Piaget (Neuchâtel 1896-Ginebra 1980) mantiene que el niño aprende a pensar un poco antes de aprender a hablar; por lo tanto capta o intuye los símbolos aunque desconozca las palabras. El cuento sugiere tanto o más de lo que expresa. Simula y representa. Lanza un mensaje directo y otro indirecto u oculto. El niño intuye, piensa y siente sin necesidad de palabras. En el cuento de “El gallo Kiriko”, pongamos por caso, hay una versión en la que pica un grano de trigo que estaba sobre una caca de vaca, en otra sobre unas boñigas de burro, en otra se come a un gusano que había en un charco. El resultado es el mismo: se ensucia el pico y no puede ir así a la boda del tío Perico.

La adquisición del pensamiento se realiza a través de los símbolos antes que la adquisición del lenguaje: petulancia, egoísmo, indefensión, crueldad, amistad, engaño, éxito o fracaso son conceptos que el niño aprende aunque no conozca ni aparezcan en el texto las palabras que los definen. Por otro lado, se forma una estructura que crea modelos de interpretación del mundo y es este mecanismo lo que le interesa a la mente, por eso, cuando un niño se acostumbra a escuchar la versión de un determinado cuento no le gusta que se lo modifiquen y protesta airadamente porque se altera el modelo que se está fraguando en su cabeza.

Además de desarrollar la interpretación de símbolos, los cuentos orales desarrollan la memoria con las repeticiones,Blancanieves, ilustración de Anne Anderson sobre el texto de los Hermanos Grimms apoyos rítmicos y secuenciales y la lógica interna. La lechuga será comida por la oveja, que será devorada por el lobo, que será mordido por el perro, que será pegado por el palo, que será quemado por la lumbre, que será apagada por el agua, que será bebido por la vaca, que será matada por el cuchillo, que será roto por el herrero, que será llevado por la muerte.

Por otra parte, a través de los cuentos populares los niños comparten el imaginario colectivo con personas adultas, referentes lingüísticos, artísticos y culturales, lo que les da un sentido de pertenencia y de enlace entre sociedades. En los cuentos maravillosos, por ejemplo, encontramos en diversos países la figura del héroe que debe afrontar grandes peligros para salvar al débil (príncipe o princesa) pero que en muchas ocasiones necesita de un objeto mágico que le ayude, de donde se desprende la idea de que el heroísmo no es suficiente ante la debilidad del ser humano.

Y para terminar con los beneficios psicológicos y pedagógicos del cuento, diremos que la palabra escuchada es el primer paso para la lectura o palabra escrita. Los cuentos abren las puertas a la literatura escrita. Escuchar cuentos y leerlos induce al placer y al deseo de leer todos los libros.

Podríamos pues resumir entre las cualidades pedagógicas del cuento que:

• Despierta la inteligencia interpretativa o imaginación constructiva.
• Desarrolla la memoria.
• Favorece el equilibrio emocional y la maduración afectiva con el descubrimiento del yo, de los otros y del mundo.
• Favorece la adquisición del lenguaje.
• Integra al niño en el imaginario colectivo.
• Sienta las bases para una posterior educación literaria.

Uno de los más importantes estudiosos de los cuentos populares fue el ruso Vladimir Yakovlevich Propp (San Petrsburgo1895-Leningrado 1970). En su obra “Morfología del cuento” analiza los componentes de los cuentos maravillosos. Después de un extenso trabajo de investigación con los cuentos de tradición oral rusa y de otros países del tronco indoeuropeo, establece que hay una serie de puntos recurrentes en todos ellos que forman una estructura constante, con 31 funciones o actuaciones que los personajes llevan a cabo y que configuran la trama. No en todos los cuentos encontramos las 31 funciones de Propp, pero las que están mantienen el mismo orden, es decir la estructura narrativa. Parten de una situación inicial que puede ser una carencia o una orden (falta de heredero, búsqueda de algo, hambruna…) y a continuación se van desarrollando estos actos:

1.-Alejamiento
2.- Prohibición
3.- Transgresión de la prohibición.
4.- Conocimiento (héroe-antagonista)
5.- Información: el antagonista recibe información sobre la víctima.
6.- Engaño.
7.- Complicidad: la víctima engañada ayuda a su agresor a su pesar o sin saberlo.
8.- Fechoría o daño que se hace.
9.- Mediación: la fechoría se hace pública.
10.- Aceptación: el héroe decide actuar.
11.- Partida. Entra un nuevo personaje, el donante del objeto mágico o el consejo del mago.
12.- Prueba para recibir la ayuda del objeto mágico
13.- Reacción: superación o fallo de la prueba.
14.- Regalo: el objeto mágico.
15.- Viaje hacia el lugar donde se encuentra el objeto de la búsqueda.
16.- Lucha: combate con el antagonista.
17.- Marca: el héroe es marcado con un signo o señal. En los cuentos maravillosos españoles no aparece esta función.
18.- Victoria.
19.- Enmienda: se repara el daño inicial.
20.- Regreso.
21.- Persecución.
22.- Socorro: el héroe es auxiliado por alguien.
23.- Regreso de incógnito.
24.- Fingimiento: aparece un falso héroe.
25.- Tarea difícil: que debe afrontar el verdadero héroe.
26.- Cumplimiento.
27.- Reconocimiento: el héroe es reconocido.
28.- Desenmascaramiento: el falso héroe queda en evidencia.
29.- Transfiguración: el héroe recibe una nueva apariencia.
30.- Castigo: el antagonista es castigado.
31.- Boda y ascenso al trono.

Podemos encontrar bastantes de estas funciones en mitos y textos clásicos como en la Odisea o el mito de Jasón y los argonautas.

Los cuentos maravillosos españoles respetan escrupulosamente la ley de Propp según la cual se mantiene el orden de las funciones aunque desaparezcan algunas de ellas. Normalmente tienen menos carga violenta, los combates se reducen a simples estratagemas de astucia o fuerza. También tienen menos componentes fantásticos porque dan entrada a elementos realistas o circunstancias ambientales.

Ya hemos dicho que en los cuentos populares todo tiene un sentido, más o menos oculto, y más o menos evolucionado, pero basado en ancestrales creencias, rituales y costumbres que han ido formando a la Humanidad, que se han ido transmitiendo a través de la oralidad y que tienen que ver con actitudes como el rechazo al poder de la fuerza bruta o de la riqueza, la libertad, la rebeldía ante la opresión o la condena de prácticas como las ya aludidas del infanticidio o la violación (abundan los niños abandonados a su suerte o las princesas raptadas).

En algunos cuentos de animales perviven prácticas de canibalismo como en “La hormiguita” que se come involuntariamente a su marido, el Ratónperez o en “El tragaldabas” que no se sabe que tipo de ser es y que engulle a todo aquel que se le pone por delante. En Aragón existe una versión de este cuento en “La cabra montesina”.

Cenicienta, ilustración de Anne AndersonSin embargo, los cuentos más conocidos hoy en día no son precisamente los arquetipos de la tradición oral, sino aquellos que han sido manipulados para reproducir los valores y la estructura social pequeño burguesa dominante. A mediados del siglo XIX, los moralistas transforman los cuentos populares adaptándolos a sus “necesidades pedagógicas” y suprimiendo lo que consideraban “incorrecto”, como las alusiones escatológicas o las acciones más truculentas, con lo cual surgen personajes “edulcorados” que poco tienen que ver con sus orígenes.  Se introducen, así mismo, términos literarios como adjetivaciones, descripciones y recursos con los que los cuentos quedan transformados y desposeídos de la naturalidad del lenguaje oral. Conocidas son las adaptaciones de “Las mil y una noches” o “El Conde Lucanor” o de los cuentos populares europeos que dieron lugar a las más famosas historias de Charles Perrault, “Cuentos de mamá Oca”, entre los que se encuentran Caperucita, Cenicienta y La Bella Durmiente del bosque, versionados más tarde por los hermanos Jacob y Whilheim Grimm.

H. C. Andersen se inspiró igualmente en leyendas y cuentos de tradición oral, pero dio un giro a los argumentos didácticos introduciendo muchos elementos literarios líricos y sentimentales: “Las zapatillas rojas”, “El patito feo”, “El soldadito de plomo”, “La sirenita”, “El traje nuevo del emperador”, “La vendedora de fósforos”…  La soledad, la marginación, la muerte, el sacrificio y la renuncia aparecen en sus narraciones y son, seguramente, reflejo de su propia vida que no estuvo precisamente marcada por la alegría, la felicidad o el éxito. La irrupción de la factoría cinematográfica Disney ha sentimentalizado hasta la cursilería muchas de esas historias llenándolas de pajaritos cantores, colores e imágenes diseñadas para educar en los propios gustos de la productora al joven e indefenso receptor.

Y cómo olvidar igualmente aquellos otros personajes que hicieron las delicias de nuestra infancia y que oíamos en versión radiofónica dedicados a los niños que cumplían años o hacían su primera comunión, todos ellos versiones y adaptaciones más o menos doctrinales de la tradición oral: “La ratita presumida”, “Garbancito”, “El mono titiritero”, “Carasucia”, “La ratita sabia” o “El gato con botas”, por cierto, uno de los pocos protagonistas que basan su aventura y su éxito en la picaresca del engaño. Estos cuentos interpretados al uso del teatro radiado fueron el germen de la afición por el género dramático que se desarrolló en muchos pequeños de los años cincuenta.

En los años setenta se cuestionaron ferozmente todos los estereotipos sociales que se habían desarrollado en las versiones de los cuentos populares sobre todo aquellos que tenían que ver con la preponderancia del hombre (lobo, cazador, príncipe, héroe) y la sumisión de la mujer relegada a las tareas domésticas incluso bajo su condición de princesa (Blancanieves ) o noble (Cenicienta) y aparecieron todo tipo de adaptaciones literarias. Quizás el más modificado haya sido el cuento de Caperucita, en origen con una gran carga sexual y violenta que fue suavizada por los Grimm dando entrada a un nuevo personaje, el cazador, que salva a la niña. A lo largo de los años se han hecho miles de alusiones a estos referentes, hasta en el cine (en “La lista de Schlinder” vemos a una niña con abrigo rojo que camina inocentemente hacia su muerte) y hay en la literatura actual toda una serie de Caperucitas que ofrecen incluso nuevos valores: Caperucitas verdes, Caperucitas violentas (Roald Dhal: “Cuentos en verso para niños perversos”) con alteraciones narrativas ( el punto de vista del lobo: “Boca de lobo” de Fabián Negrín) o la oposición texto- imagen según la percepción del oyente (“Caperucita Roja tal como se la contaron a Jorge”, de Luis Pescetti)

No obstante hay que decir que ciertos autores ya habían emprendido en nuestro país, durante el s. XIX, la tarea de rescatar los cuentos populares como Fernán Caballero “Cuentos y poesías populares andaluzas” 1858 y “Cuentos de encantamientos”, Antonio Trueba o el padre Coloma, aunque primaban en ellos el afán moralizante y literario, distorsionando los modelos orales.

Durante el realismo, Juan Valera, Emilia Pardo Bazán, Vicente Blasco Ibáñez o Leopoldo Alas intentaron mantenerse más fieles a la tradición oral, pero se limitaron a tomar datos y personajes para sus propios relatos al estilo de lo que hicieron los hermanos Grimm en Alemania.

Otros importantes recopiladores de nuestra tradición oral fueron: Antonio Machado y Alvarez, padre del gran poeta, importante folklorista que reunió 44 cuentos populares de diversas regiones españolas; Aurelio Espinosa, hispanista, que vino de California y recorrió en 1920 nuestro país de arriba abajo recogiendo la tradición popular de boca de muchos contadores. Él y su hijo, del mismo nombre, son los estudiosos que más han aportado al conocimiento de nuestra cultura popular. En Aragón hizo lo propio Arcadio Larrea en los años 40.

Los antiguos cuentos de tradición oral no sólo se aplicaban a la educación de los más pequeños, sino también a la de los adultos; tenían por lo tanto una gran carga didáctica. Eran aquellas tertulias hogareñas o en la calle del pueblo donde los más ancianos reunían en torno suyo a los oyentes ávidos de historias.

Antonio Rodríguez Almodóvar ha hecho un encomiable trabajo de investigación y recopilación de todo este tesoro cultural en nuestro país en sus “Cuentos al amor de la lumbre” y “Cuentos de la Media Lunita”. En ellos transcribe no solo las historias sino el lenguaje popular con el que fueron contadas: frases cortas, diálogos directos, pocos nexos consecutivos, concesivos o causales (esas relaciones sintácticas ya quedan implícitas en la narración), imperando la acción sobre la descripción, elemento fundamentalmente lírico.

En sus “Cuentos al amor de la lumbre” Rodríguez Almodóvar hace una clasificación por la temática de los distintos tipos de cuentos. Su recopilación abarca nada menos que 135 cuentos. La inicia con “Blancaflor, la hija del diablo” al que considera como arquetipo de los cuentos maravillosos en los que descubre doce temas.  Entre otros: El príncipe encantado, la princesa encantada, la princesa y el pastor, las tres maravillas del mundo, la niña perseguida, los niños valientes, la ambición castigada…

Es curioso que los héroes compartan protagonismo con las heroínas. En muchos cuentos populares es la mujer la que lleva la iniciativa ante un hombre pasivo o inútil. Sin embargo en las adaptaciones literarias posteriores se trastocaron estos valores de acuerdo con las normas sociales de la época.

En los cuentos de costumbres, Almodóvar hace siete grupos: De niños en peligro, de pícaros, de pobres y ricos, de mujeres difíciles, de miedo, rarezas de príncipes… entre otros. Los cuentos de animales los clasifica en cinco grupos: Correrías del lobo y la zorra, andanzas y desventuras de la zorra, andanzas y desventuras del lobo ( los animales más reiterativos porque simbolizan, la fuerza o la ferocidad y la astucia) los animales y el hombre, acumulativos y disparatados (“La hormiguita”, “El gallo Kiriko”, “El medio pollito”)

En Aragón contamos en la actualidad con Carlos González Sanz, profesor y antropólogo que ha estudiado y recopilado lo más significativo de la tradición oral en nuestra comunidad en su obra “De la chaminera al tejao”, cuentos escritos y contados en las tres lenguas de Aragón. El título viene de la fórmula final que se daba al cuento según Arcadio de Larrea, “Cuentico contao, de la chimenea /ventanica/ al tejao y del tejao a la calle pa que no lo vea nadie y de la calle al coso pa que no lo aprenda ningún mocoso”.

Este final indica el contexto en el que se narraban los cuentos, el ámbito doméstico junto al hogar, o en la calle que era el principal espacio comunicativo de la sociedad rural y, al mismo tiempo, lo efímero de la narración oral, como el humo, y lo subjetivo, ni verdad ni mentira.

Carlos González Sanz en su “Tratado tipológico de cuentos folklóricos aragoneses” agrupa los cuentos orales en ocho categorías: de brujas, maravillosos o de hadas, religiosos, cuentos-novela o de costumbres, del ogro estúpido, de animales, de fórmula (simples retahílas acumulativas que inician a los más pequeños en el arte de la narración) y chistes y chascarrillos.  Aquí se aprecian especialmente estos últimos, bien entendido que no constituyen, como algunos pretenden, algo exclusivo de nuestro folklore puesto que podemos encontrarlos igualmente en otras comunidades y países. Estos breves cuentos jocosos estaban principalmente dirigidos a los adultos, servían como válvula de escape para sobrellevar la dureza de la vida agraria. Eran narraciones irónicas, críticas, exageradas que ponían en tela de juicio algunas instituciones sociales como el matrimonio y eran sencillas, no precisaban de un narrador experto.

No querría terminar estas reflexiones sin exponer brevemente, y a mi modo de ver, cómo contamos hoy los cuentos.

Con los pequeños existe una ventaja a la hora de comunicarnos con ellos y es su predisposición natural a la fantasía, a Gente menuda, ilustración de Anne Anderson sobre el texto de los Hermanos Grimmcrear universos paralelos, el juego no es otra cosa que imaginación e interpretación de la realidad. Los nuevos cuentistas, cuenteros o cuentacuentos, no escatiman artes y oficios para atraer la atención del joven oyente. No debemos olvidar que la atención es un proceso mental y es la mente la que ha de jugar un papel decisivo en el interés de una narración. El niño tiene que imaginar aquello que está escuchando, las situaciones, los personajes, los ambientes… y para estimular este acto hay un instrumento único e insustituible: la voz. Un narrador de cuentos tiene que dominar los registros de su voz como un virtuoso su instrumento musical. Ha de darle calidez, frialdad, coraje, temor, suavidad, dureza y todas aquellas modulaciones que permitan captar y mantener el interés sin olvidarnos de los efectos especiales como las onomayopeyas, ruidos, gestos y el contacto visual constante.  Si se tiene o se consigue este don no será necesaria toda esa preparación teatral de disfraces y decorados, luces y efectos especiales con los que algunos rodean sus historias. En mi opinión, el teatro y los títeres son otra cosa y merecen capítulo aparte. Y, os lo garantizo, no hay compensación mayor que ver la expresión fascinada de un niño que está escuchando un cuento y se encuentra metido hasta el tuétano en su mundo.

Termino con una cita de Antonio Machado en su “Juan de Mairena”:

“Si vais para poetas, cuidad vuestro folklore, porque la verdadera poesía la hace el pueblo. Entendámonos, la hace alguien que no sabemos quién es o que podemos ignorar quién sea, sin el menor detrimento de la poesía. No sé si comprendéis bien lo que os digo. Probablemente, no”.

Yo creo que sí.

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