“Juan Pedro el Dallador”, novela de aventuras de Ildefonso-Manuel Gil

Portada de la novela "Juan Pedro el Dallador", de Ildefonso-Manuel Gil

por Manuel Hernández Martínez

Esta colaboración para la revista Imán reproduce en parte la conferencia impartida en Daroca dentro del ciclo de “Literatura de Aventuras” organizado por la Asociación Aragones de Escritores. Fue para mí, como lo es la publicación en esta revista, un motivo más para homenajear a nuestro añorado autor, además entre personas que también lo han conocido y apreciado, algo que pude notar efectivamente durante el desarrollo de mi conferencia. En enero de 2012, el 22, se celebró el centenario de su nacimiento y aquel acto acaecido en octubre podía considerarse como un prólogo, en Daroca, de esa celebración.

Juan Pedro el dallador, la segunda novela de Ildefonso, de 1953. También fue la segunda que leí cuando me aproximé a su obra para mi tesis doctoral. Es una novela que ahora no se puede encontrar con facilidad. Solo en la Biblioteca de Aragón y está exenta de préstamo. Leí antes su primera y premiada La moneda en el suelo, de 1950, que tuve la oportunidad de reeditar para Prensas Universitarias en 2002, mano a mano con el propio Ildefonso. Sin duda es la novela, la de Juan Pedro, la que más ha padecido el paso del tiempo. La peripecia de Carlos Serón, el músico frustrado, tiene una modernidad derivada de su existencialismo, de su decepcionante falta de sentido vital. La recuperación vital de Juan Pedro, con ese “happy end” de la segunda parte, tras una primera parte de un costumbrismo no exento de alegorismo, nos resultan más distantes en el tiempo. Esto no le quita mérito a la obra, y menos en un sitio como Daroca, por el hecho de que se filmase en 1970 la película Ley de raza. Este detalle lo aproveché de forma determinante en la charla, para ilustrar mi conferencia y animar también a un público que había formado parte activa como figurante y personaje en la película. De ello también hablaremos aquí.

Ya he comentado la capacidad de alegoría que tiene la novela, y desde luego es una interpretación legítima. Para contextualizar la biografía del autor en el momento de escribirla remito a un comentario de Eloy Fernández Clemente:

Son esos años duros, los de la guerra, los de su prisión y probable fusilamiento en el Seminario de Teruel, los primeros en la Zaragoza inhóspita de la posguerra, los que tienen, a mi entender, muchas de las claves de este hombre lleno de ellas. Para mí hay un enigma en ese sentido en Juan Pedro el dallador (Zaragoza, 1953), cuando habla refiriéndose al tiempo de la novela -seguramente aquel otro de la propia vida-:
“… estos cuatro meses no han sido tiempo fluente, sino sucia agua estancada. Tiempo entre paréntesis, que ahora va a fluir limpiamente otra vez” (E. Fernández Clemente, en AA. VV. Homenaje a Ildefonso Manuel Gil, 1982, p. 100).

No es casual que la expresión “tiempo entre paréntesis” sea similar a la reflexión de los reos del seminario de Teruel en su última novela: “Piensan que están viviendo un tiempo entre paréntesis…”, alusión directa al título previsto inicialmente para la novela (Concierto al atardecer, p. 254). En ese final de Juan Pedro el dallador, como en otros muchos textos, podremos encontrar una inmediata trasposición de su experiencia vital. Sin duda el tiempo de Ildefonso entre su entrada en la cárcel, su temor a la “saca” que acabara con su vida como acababa con la de sus compañeros, su lenta reinserción social, su pluriempleo… Prácticamente hasta los años cincuenta no toma las riendas de su destino vital, al menos en lo profesional y laboral, aunque ya había mejorado su situación familiar unos años antes. Es significativo el título El tiempo recobrado, poemario de carácter generacional, sin duda, pues con otros compañeros de la –mal- llamada “Generación del 36”, expone esta experiencia de haber conseguido hacerse con las riendas de su tiempo. Ese tiempo anterior es también para Ildefonso un tiempo entre paréntesis, “sucia agua estancada”.

Esa inserción en el tiempo vital la podemos contrastar entre estos dos textos. Las tres últimas estrofas del cuarto poema de la sección “Bajo la luz herida del recuerdo”, de El tiempo recobrado muestra la misma visión trascendente del paisaje concreto que podemos encontrar en la prosa de Juan Pedro el dallador:

En esta misma tierra, en este mismo
afinado silencio,
se sentaría a descansar mi padre;
el atardecer lento
le pondría en el pecho una tristeza
como esta que yo tengo,
una tristeza antigua como el hombre …

Y me gusta pensar que pensaría
-lo mismo que yo pienso-
en su padre sentado en este sitio,
sumido en esos sueños,
desandando las horas y los siglos
hasta lejanos deudos,
remontando seguro la corriente
desbordada del tiempo
con súbita alegría al encontrar
revelado el misterio:

Cambia el curso de un río y en su cauce
el cristal es desierto,
caen los dioses y las nobles piedras
de sus altivos templos.
El hombre sigue, el hombre permanece,
torre de sangre y sueño.
Yo viviré en mis hijos como vive
mi padre en mis recuerdos,
y he vivido a la luz de una esperanza
antes del nacimiento (El tiempo recobrado, pp. 27-30).

Es el poema “El corazón inmenso de la tarde”. En Juan Pedro poco importa la anécdota que ha llevado al lugar al personaje e incluso su ubicación concreta, para que se exprese como se ha expresado el autor en la poesía:

El hecho mismo de que yo esté mirando estas murallas que miró mi padre, que habían mirado el padre de mi padre y el abuelo de mi abuelo, sólo eso, me demuestra que el hombre dura más que las piedras. Dentro de cien años trabajará en estas u otras tierras de Pinarillo un campesino que tendrá el mismo rostro de mi padre (…) aunque entonces ya nadie sabrá que Roque el dallador existió, la verdad es que él vivirá, que se conservará en la línea de la sangre de los hijos de mis hijos (Juan Pedro el dallador, p. 86).

“Cuando un hombre engendra un hijo siente el elemental orgullo de haber afirmado la vida hasta generaciones remotas”. Para Juan Pedro y su familia el tema es una constante, pues implica su continuidad en la tierra, en la tierra concreta en que viven, la misma de la infancia de Gil. Rosa piensa en este sentido de la eternidad: “Para que la vida siga (…) no basta con que nazcan hijos; hace falta que éstos recuerden a sus padres. Eso es el pueblo” (Juan Pedro el dallador, p. 27).

En la síntesis argumental de la novela que propuso Horno Liria esta idea es el final de la anécdota: “regresar al pueblo, junto a sus muertos, cultivar otra vez la tierra, ser un eslabón más de una eterna cadena de vidas en el tiempo, allí en el mismo paisaje fructificado por los suyos” (L. Horno Liria, en AA. VV. en Homenaje, 1982, p. 46). A través del recuerdo y de los hijos, como en el poema, el hombre recupera su sensación de eternidad. También podemos decir que no sólo es la obra literaria, no solo son los hijos… lo que nos hace eternos, es el recuerdo de un paisaje común para muchas personas, personas emparentadas entre sí. Como los personajes que buscan ese sentido vital (en el lugar de su infancia -Juan Pedro-, o lo han perdido -Carlos Serón-, e intentan crear un paisaje donde vivir y morir -las personas que habitarán Pueblonuevo, su tercera novela-, todos en busca de ese sentido en un entorno natural común), Gil expresa claramente que ese paisaje eterniza a sus habitantes también. Ciertamente, observar ese paisaje, o encontrarlo en la lectura, nos recuerda naturalmente la personalidad y creación de Ildefonso-Manuel Gil.

Si no me engaño, el autor ha fundido en el caso de Juan Pedro un problema humano de vigencia y alcance universales con un planteamiento individual y aun éste, ceñido a circunstancias de lugar y tiempo muy precisas. Y he aquí como desde una ambientación localista limitada se llega insensiblemente hasta cuestiones de índole general (F. Ynduráin, El Noticiero, 29-III-1953, p. 11).

Para Ynduráin lo que se “cuenta” en la novela de personaje y ambiente tan concretos, tan “localizables”, es “el problema de todos y cada uno de los hombres, no importa cuáles sean sus circunstancias concretas”.

Pero también, junto a estas lecturas alegóricas, es inevitable la ubicación espacial y temporal, autobiográfica, que sitúa la obra. Los recuerdos de la infancia de Gil en sus entrevistas, en sus memorias, son muy similares a los narrados en Juan Pedro el dallador. La infancia en Pinarillo-Daroca: la educación, la capacidad para recobrar en la distancia, mediante el recuerdo, la felicidad vivida en su pueblo y conseguir una sensación similar. Los juegos y curiosidades, las lecturas infantiles, que sirven para la evasión en los momentos tristes… Y fuera de la inevitable autobiografía, en la novela las descripciones de Pinarillo son concretas y detalladísimas. Sólo citaré algún ejemplo que evidencia una descripción de Daroca y que aparece en otros relatos. La descripción del lugar donde nace Juan Pedro es exacta, como explica el autor en las “Notas preliminares” del libro presentado por Rosario Hiriart (R. Hiriart, Ildefonso-Manuel Gil ante la crítica, Zaragoza, I.F.C., 1984, pp. 8-9). Las murallas, el pinar, las calles para “tomar la fresca”, el Teatro Calderón, único cine de Pinarillo, recordado también en el ensayo “Dos encuentros aragoneses…”. El túnel de las piedras, conocido como La Mina. El bar recuerda a la “Taberna del tío Pin” del cuento que publicará en el año posterior “La triste muerte del ‘Chorlito'”. El poeta se reencuentra con ese espacio totalmente, como en esos “viajes” que parecen enmarcar el recuerdo de algunos poemas de El tiempo recobrado.

Rasgos de costumbrismo, de localismo, aparecen en el lenguaje de los personajes. Como en las series de poemas que el poeta ha denominado “Cancionerillo”, aparecen recursos del lenguaje para hacerlo más coloquial y cercano. Para Ynduráin está “muy bien observado el ambiente, con discretas y nunca enfadosas pinceladas de lenguaje regional que dan color típico a los personajes, sin caer en el costumbrismo barato” (F. Ynduráin, 1953, p. 11). Horno Liria excusa por otro lado las expresiones elevadas pues: “Las ideas que los personajes exponen son bellas, aunque tal vez demasiado trascendentes para el tipo de protagonista; pero nótese que el autor habla por éste en muchas ocasiones y que lo hace para exponer lo que en la mente de Juan Pedro no puede pasar -ni pasa- de ser un embarullado presentimiento” (L. Horno Liria, en AA. VV. en Homenaje, 1982, p. 47). Por su parte Ricardo Gullón las justifica igualmente dentro de la verosimilitud interna de la novela:

Quizá las mejores páginas de la novela sean las dedicadas a analizar los sentimientos del protagonista y a exponer las reflexiones de éste cuando piensa cómo el tiempo resolverá las dificultades, las animadversiones suscitadas por su amor hacia la gitana Carmela. Estas reflexiones siendo, según son, muy personales, responden adecuadamente a la mentalidad del campesino, atraído por la tierra, vinculado a ella y deseoso de continuarse en los hijos.
Se dirá que Juan Pedro es demasiado agudo para dallador. Quizá sí; pero debe pensarse que por las circunstancias de su educación y por la amistad con Luis es algo distinto de un campesino corriente. Su reacción ante el asesinato de Carmela es natural conforme a las premisas sentadas en los capítulos antecedentes (R. Gullón, 1953, Ínsula, nº. 90, 15-VI-1953, p. 7).

El habla local, de hecho, aparece recogida en las novelas, transcribiendo la fonética de los campesinos y de los aragoneses, los refranes… El interés de nuestro autor por el idioma, expresado en ensayos, se manifiesta en las novelas defendiendo la diversidad y favoreciendo la uniformidad lingüística a partir de la educación. Esto se verá muy claramente expuesto en el ejemplo de los niños de las diferentes regiones que llegan a Pueblonuevo. Hay un reflejo del color popular, de lo folklórico, que descuella en las novelas, especialmente en ésta, y da, igualmente, un mayor realismo y emotividad en los textos: la variedad idiomática regional, los dichos infantiles de Pinarillo de Juan Pedro. Y junto al color aragonés es pertinente el folklore y el medio de vida de los gitanos presentes en la novela. Esta aparición fielmente reflejada de otro carácter regional impide también que podamos asumir la novela como “regionalista”, “aragonesa”. Las jotas, bailes, verbenas, danzas, cantos de vendimia, “canciones milenarias” se reiteran en la ambientación de escenas campesinas de Juan Pedro el dallador.

En un estudio algo más reciente, Sanz Villanueva niega con otros argumentos que sea una novela regional, afirmando que es un “relato ruralista”, “en cuanto estudio de unas formas de vida populares, rurales” nada típicas, por otra parte, incluso contrarias “a la tradición del caciquismo literario” en la relación que mantiene el protagonista con el señorito Luis y su familia. No responde tampoco con exactitud a la tradición ruralista: atemporalidad, marginalidad, entorno de incultura y secular postración que “explican la barbarie y los crímenes pasionales”. También ha insistido el historiador de la novela social en diferenciar la primera parte más colorista, que resulta significativa y predilecta para su estudio, de la segunda que se diluye en “precipitados sucesos” (S. Sanablez Villanueva, Historia de la novela social española. 1942-1975, Madrid, Alhambra, 1980, pp. 893-894).

El desequilibrio entre ambas partes de la novela es el que dio pie sin duda a la forma que presenta la película rodada por José Luis Gonzalvo en 1970. Presento una comparativa simplificadora de ambos relatos, como último aspecto  que destaco en mi colaboración:

(ESQUEMA DE LA NOVELA)
PRIMERA PARTE. “EL PUEBLO”. (pp. 7-126)
Ley de raza. José Luis Gonzalvo, Debla films, 1970.
(SEGMENTACIÓN DE LA PELÍCULA)
CAPÍTULO I (pp. 7-22): Viaje en tren de regreso y flash back: recuerdos de la infancia: “aventura” y “aventurillas” (3 veces, en pp 17, 18, 19). Su amigo ya está casado. Seis años sin verse.
CAPÍTULO II (pp. 23-33): Encuentro con la familia y los amigos. Ronda y primer encuentro con la gitana (p. 31).
CAPÍTULO III (pp. 34-47): Trabajos en el campo, encuentro con la gitana en el campo y en el pueblo. ¿Enamoramiento? ¿Será su esposa?
CAPÍTULO IV (pp. 49-72): Encuentro en el campo (“sabrosa aventurilla” amorosa) y ya confirmado su amor. Su rasgo diferencial lo dejará más solo.
CAPÍTULO V (pp. 73-89): Dificultades en la familia y en el pueblo ante la relación con la gitana.
CAPÍTULO VI (pp. 91-111): Su amigo Luis y esposa lo apoyan, por encima de las dificultades.
CAPÍTULO VII (pp. 113-126): Muerte de Carmela y su padre a manos de Diego el Rubio. Preparativos viaje. Han pasado seis meses desde que llegó al pueblo licenciado del servicio militar.
SEGUNDA PARTE. “LA AVENTURA” (pp. 127- 219)
CAPÍTULO I (pp. 129-138) (CEDRILLAS, CALAMOCHA, TERUEL): Setenta días buscando por la provincia. Información de la policía sobre detención. Llegada a Teruel. El sueño: persecución de Diego, encuentra un cadáver, pero es él mismo (pp. 134-135).
CAPÍTULO II (pp. 139-148) (TERUEL): Tras setenta días de persecución, vacío moral y mental. Feriante en Teruel y marchan hacia Levante.
CAPÍTULO III (pp. 149-175) (TERUEL, hacia Levante, ciudad de VALENCIA, BARCELONA): Fin a la búsqueda, “rica de aventuras” (p. 158) que justificaba la ausencia del pueblo. Implicación emocional con el hijo de Faustina. Comienza su relación. (3 meses de la muerte de Carmela).
CAPÍTULO IV (pp. 177-188) (ciudad de VALENCIA, BARCELONA): Narración de la vida de Faustina en MADRID (pp. 178-187). Pasan 10 días.
CAPÍTULO V (pp. 189-196) (BARCELONA): Estancia en Barcelona e inquietud por el regreso. Carta a Luis: cuatro meses desde su salida del pueblo.
CAPÍTULO VI (pp. 197-208) (BARCELONA): Salida nocturna con Ina y equívocos.
CAPÍTULO VII (pp. 209-219) (BARCELONA): 23 de julio de 1951. (Acción en presente) Carta de Luis: muerte de Manuel, el cuñado y decisión de regreso.
00-5´9´´: Regreso. Viaje andando. Carta dirigida a Luis. Juan Pedro meditabundo y a la búsqueda de un gitano.
5´10´´- 8´14´´ Primer flash back: Regreso a Daroca en tren con licenciados del servicio militar. Juan Pedro muy serio. Llegada a la estación. Sonrisas y abrazos a familia y amigos.
8´15´´- 8´24´´: Juan Pedro meditabundo por el camino. Viaje andando.
8´25´´- 15´06´´ Segundo flash back: Evocación de la infancia, amistad de Luis y Juan Pedro. Conversaciones con el padre de Luis y retoman la costumbre de las pedradas. Castigo del cura.
15´07´´-15´25´´ Viaje andando, cruza con un rebaño, pregunta y sigue su camino.
15´26´´-20´42´´ Tercero: Comida con Luis y esposa. Necesidad de casarse y dificultades para encontrar novia en el pueblo. Ronda con amigos y primera visión de Carmela. Encuentro en el campo.
20´43´´-20´48´´ Viaje andando.
20´48´´- 41´33´´ Cuarto: Encuentros con Carmela. Efectos de enamoramiento. Merienda campestre. Dificultades en la familia y en el pueblo. Invitación al cine y murmuración en el pueblo. Prevenciones del padre de Carmela: el peligro de Diego el Rubio. Llegada de Diego.
41´34´´- 41´44´´ Viaje andando.
42´28´´ – 1h.4´42´´ Quinto: Dificultades también para Carmela en el pueblo. Feria de ganado con bailes flamencos, también Carmela. Disputa verbal de Diego y el padre. Aparición de Diego y baile con Carmela. Se interpone el padre y Diego mata a Carmela. Duelo por la muerte y visita a la morgue.
1h.4´43´´ Tiempo presente:
Cena en una casa donde se presentan Diego y tres gitanos más. Cuando se marcha los propietarios identifican al gitano. En una casa una anciana es asaltada y asesinada por Diego. En Cariñena pelea Juan Pedro con los otros dos gitanos porque no le informan sobre Diego. Acaba en prisión. Tiene un sueño en que el gitano baila en las murallas como si huyese de su persecución. Juan Pedro aclara su situación ante la guardia civil y sigue la carta dirigida a su amigo Luis, sobre su rareza y las causas de sus tragedias.

Ambos relatos se diferencian claramente. La crítica especializada, ya desde Manuel Rotellar, ha denostado claramente la película, que hace flaco favor a la novela, precisamente llevando a su extremo los excesos folklóricos de los que huía siempre el autor. La “frivolidad folklórica” de la que renegaba Ildefonso-Manuel Gil en el cine, es lamentable en la película, que obvia totalmente la segunda parte de la novela si bien reproduce la división en dos partes que estructuralmente dividen la secuenciación fílmica, alternando el tiempo presente de persecución del asesino de Carmela con los sueños, recuerdos infantiles, adolescentes y de relación amorosa, a modo de flash backs -impertinentes-. La conclusión de la novela es totalmente distinta en la adaptación cinematográfica pues el vagabundeo final del protagonista carece de destino, frente al personaje de la novela que decide volver tras el “tiempo de paréntesis”. Los críticos cinematográficos Pablo Pérez Rubio y Javier Hernández Ruiz consideran que el filme “localizado -como la novela- en Daroca, es un híbrido entre un cine-documento regionalista y popular (descripción del ambiente rural, recreación del folklore, reproducción de los usos lingüísticos, baturros, etcétera) y el folletín más recalcitrante”. Y realizan una certera disección que explica el fracaso de esta película y las peculiaridades de esta malograda adaptación:

Ley de raza, interesante (pero fallida) como ejercicio de adaptación, adolece de defectos formales: los “flash-back” que rememoran la infancia del protagonista (presentes en la novela, es cierto) pero no añaden dato alguno e interrumpen el decurso del relato; la pésima dirección de actores (los “bailaores” Antonio y La Chunga, Fernando Marín, Ángel Lombarte, Fernando Sánchez Pollak); el desafortunado acompañamiento musical y la descuidada banda sonora… En el fondo, la película es un falso trabajo de tensiones soterradas en el que todo resulta, por contrario, superficial y simple -“todo en mí está enraizado en estas tierras… como un árbol más”, se oye decir al protagonista en un momento de su diálogo-, y en el que destaca con luz propia la descripción de la ciudad y los alrededores darocenses, realizada a través de numerosos insertos de objetos, detalles, imágenes y figuras que plagan el transcurso moroso del relato y componen una atmósfera verosímil pretendidamente serena y pacífica, pero que deviene finalmente letal y sorprendentemente enfermiza (P. Pérez Rubio, Heraldo de Aragón. Semanal, 4-V-1990, p. 98).

La posibilidad de proyectar fragmentos de la película a la par que comentar los textos de la novela dio vivacidad a la conferencia celebrada en Daroca, pues la cercanía y el afecto con que era recibida por los asistentes compensaba la calidad de la misma.

Aventura. Sin duda había aventura en la novela de Juan Pedro y en la adaptación fílmica. “La aventura” es el título de la segunda parte, cuando Juan Pedro marcha a buscar a Diego el Rubio y huye de su pueblo –hilo argumental del tiempo presente de la narración cinematográfica-. Aventuras y aventurillas le suceden cuando niño y cuando está inicialmente enamorado en la primera parte de la novela -motivos argumentales de los flash backs de la película-. Son aventuras encarnadas en un campesino darocense, incardinadas en un tiempo y espacio concretos, pero que ejemplifican de forma literaria la necesidad que el ser humano tiene de salir de su rutina y entorno, y descubrir si en esa ampliación de sus márgenes vitales va a encontrar la felicidad, o bien tendrá que regresar a la estrechez y seguridad del mundo conocido y cotidiano. Para conocer Daroca y sus paisajes y gentes; para conocer a Ildefonso y su obra; para reflexionar sobre el ser humano y sus dudas y anhelos, sus ambivalentes deseos de evasión y de fijación en un lugar, sirve la aventura de leer este Juan Pedro giliano.

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