Narrativa

La gaita con volantes

Por José María Morales Berbegal

Orosia. Se llamaba Orosia y era la niña más bonita de Tellerda. Parece que aún veo a Chulio Batán en cuclillas esperando a que la pequeña, vestida con su traje floreado de volantes en la falda, se lanzara contra sus brazos y rodearla con tierno amor levantándola en el aire mientras ella reía de cosquillas y felicidad.

Yo trabajaba de jornalero para el Señó Ruché, al igual que él, y cuando llegábamos al pueblo por la tarde, la pequeña le esperaba en la plaza Alta y nada más verlo corría a su encuentro con una sonrisa que competía con el lucero del Alba. Chulio la llenaba de besos en apretado abrazo, cargándola sobre sus hombros, y así la subía calle arriba, saludando a la abuela que la cuidaba y con la que departía breves palabras para conocer las incidencias del día, que rara vez eran dignas de mención. Una vez en el calor del hogar, mientras se aseaba en la pila y pasaba la toalla por su nuca y pecho, Orosia escalaba a trompicones las escaleras del granero, para abrir el baúl y agarrar la gaita de la que le encantaba escuchar las notas que su padre sacaba con maestría. El instrumento consistía en un gran boto de piel de cabra del que salían tres tubos sonoros: bordón, bordoneta y clarín, tallados a mano en madera de boj recubiertos de piel de culebra, y del soplador, por el que los carrillos de Chulio metían el aire, hasta que presionando con el brazo era forzado a salir convertido en música.

Muchas noches de verano, salía con mi madre a tomar la fresca a la replaceta frente a su casa, y nos sentábamos en una gran piedra de pizarra a escuchar sus sones y melodías. Orosia, bailaba grácilmente, saludando ante nuestros aplausos y corriendo a los brazos de su padre cuando le vitoreábamos en exceso y la vergüenza le podía.

Para la fiesta mayor, se embelesaba viendo a su padre junto a otros gaiteros y los dulzaineros acompañando a Castán, quien con esa voz grave y preclara narraba historias de amores imposibles, antiguas leyendas y luchas épicas. Aunque he de decir que la mayor parte del pueblo también quedábamos hipnotizados con aquellos cantes.

Pero al poco de cumplir los tres años, el mal de las fiebres quiso llevársela, y por mucho que Don Nicomedes aplicase su medicina sobre la enfermedad, en tan sólo diez días la niña murió. Aquella tarde, Chulio bramó mil y una veces, siendo necesarios tres hombres para retenerlo, pues en cuanto se le dejaba libre golpeaba una y otra vez con su cabeza las paredes, y que de no sujetarlo estoy seguro que se habría abierto la cabeza.

El gaitero, Hendrik ter Brugghen (1624)Tras el funeral, Castán pidió permiso para acompañar el féretro con las gaitas, entonando duelo y tristeza, con sonidos escondidos y olvidados. Chulio, sin levantar la vista del suelo pidió que le trajesen su instrumento de boto: – A ella le encantaba – susurró. El camino hasta el cementerio fue el cortejo mas largo que se recuerda, tras la niña, que el Señó Ruche, Don Nicomedes, “El Zarpas” y yo mismo portamos al hombro envueltos en lágrimas, seguidos del pueblo entero de Tellerda cabizbajo y abatido, mientras que el padre sin hija miraba al cielo llenando el odre de aire para convertirlo en el sentir de su desgarrado corazón. Hasta que con la última nota, lanzó su gaita al agujero junto a la pequeña Orosia para que siempre la acompañase. – Nunca más la entonaré – lloró.

La tristeza y el recuerdo consumían a Chulio, quien vagaba por los campos labrando sin esperanza y sembrando en lo yermo. Por las tardes, se sentaba en la puerta de su casa, y perdía la mirada como si pudiese ver a Orosia bailando en la replaceta. Llegó el invierno y Castán lo visitó para convencerle a fabricar una nueva gaita que le distrajese y con la que poder tocar las muchas horas muertas en los largos y fríos días de invierno. – Ella lo querría, ¿recuerdas cuanto le gustaba? –

Pasaron las heladas, las flores volvieron a los almendros y los hombres dejamos de encender las chimeneas. Y recogiendo la puesta por las gallinas estaba yo, cuando me pareció reconocer un toque familiar proveniente de la casa de Chulio. Dejé el cesto de mimbre con los huevos en la puerta del corral y subí hasta su replaceta, para verlo abrazado tiernamente a una gaita vestida con un traje de cretona floreado y con volantes, el mismo que la pequeña Orosia tantas veces llevó, y juraría que entre las músicas alegres llegué a oír sus risas por las cosquillas.

Desde entonces, todas las gaitas tellerdanas van vestidas con un traje floreado de volantes, y no se cogen… se abrazan.

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