Ensayo

Francisco Uriz : el poeta y traductor que hizo soplar el viento nórdico sobre la joven poesía española

Por Fernando Aínsa

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Ochenta años; se dice pronto. Más, cuando se festejan rodeado de 86 amigos el mismo día del cumpleaños —23 de diciembre del 2012— y una inmensa torta reproduce en caramelo la portada del último libro publicado y una foto del autor. Por si fuera poco —y como solemne telón de fondo— se le rinde homenaje por1. la tarta el reciente Premio Nacional de Traducción recibido de manos de los Príncipes de Asturias, otorgado por el conjunto de una obra cuyo principal mérito, entre otros, es haber puesto en contacto la cultura escandinava (Suecia, Noruega, Dinamarca y la Finlandia de expresión sueca) con la española, traduciendo y difundiendo la obra de poetas en lengua española. Algo que resumió Carlos Pardo, organizador de Cosmopoética en Córdoba: “hay un viento nórdico que sopla en la joven poesía española”. Un viento que incluye los nombres de Artur Lundkvist, Gunnar Ekelöf, August Strindberg (conocido por su teatro), Tomas Tranströmer (el que sería premio Nobel en 2011), Maria Wine, Lars Huldén, Claes Andersson y muchos otros. Dos antologías completaron ese desembarco: la Antología de la poesía sueca contemporánea, incluida en la colección Unesco de Obras Representativas, y la antología Poesía nórdica, Premio Nacional de Traducción en 1996.

Un viento que no sólo sopló de norte a sur, sino desde España a Suecia, donde se propiciaron traducciones de Dámaso Alonso, Gabriel Celaya, Blas de Otero, Jaime Gil de Biedma, Eugenio de Nora, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández  y los latinoamericanos Pablo Neruda, César Vallejo, Borges, 4. NerudaMuseoNicolás Guillén, Roque Dalton, Ernesto Cardenal y Heberto Padilla, entre una pléyade de poetas. Una lista abrumadora de traducciones que resumen una vida y una vocación para la que no hay felizmente jubilación, ya que varios proyectos lo esperan en el ordenador que viaja entre Zaragoza (de octubre a mayo) y Estocolmo (de mayo a octubre), ciudades en las que reparte su tiempo.

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De Zaragoza al mundo

Hablamos de Francisco (Paco) Uriz (Zaragoza, 1932), nombre ineludible cuando se piensa en traducciones tan fieles como capaces de transmitir un profundo aliento poético. No es extraño, porque Paco Uriz también es poeta y la publicación de Poesía reunida (Zaragoza, Ediciones del Innombrable, 2012) lo confirma en las 658 páginas editadas en el orden cronológico de su publicación original: de 1969 a la fecha, como quién dice buena parte de su vida.

La vida de Paco Uriz que ha rememorado en Pasó lo que recuerdas (2006) —memorias publicadas en la colección Biblioteca Aragonesa de Cultura dirigida por
Con Gabriel García Márquez en diciembre 1982, en un homenaje al flamante Premio Nobel, en la Casa del Pueblo de Estocolmo
Eloy Fernández Clemente— incluye la típica adolescencia gris de la postguerra en una Zaragoza que sobrevive bajo las lápidas del franquismo y una iglesia reaccionaria y omnipresente; el descubrimiento del mundo exterior a través del cine y la literatura y un oportuno viaje a Caen en Francia (1953) que terminó por inocularle las ansias de otros horizontes. Suecia sería el destino que el azar de una amistad con Luís Lacasta, le propició. Un azar que dura hasta hoy en día, porque Paco Uriz reparte su vida con naturalidad entre Zaragoza y Estocolmo, donde viven su hijo Juan y sus cuatro nietas. La larga experiencia sueca la ha reflejado en un segundo libro de memorias, Accesorios y complementos (Un aragonés en el reino de los Bernardotte), 2008, donde disecciona el llamado “modelo sueco” que fuera ejemplo de una social democracia bien entendida, tan denostada en los años de la guerra fría. Un modelo que conoció tan de cerca que fue interprete y asesor de Olof Palme en apasionantes giras latinoamericanas por Cuba, México, Nicaragua, Costa Rica y Chile. Una relación interrumpida abruptamente por el asesinato de Palme el 27 de febrero de 1986.

Se agradece en estos libros el estilo ágil y ameno, la típica sorna aragonesa que sobrevuela recuerdos para no tomarse excesivamente en serio, distancia medida con los hechos narrados que no es altanería, aunque a veces pueda parecerlo. Un tono que es inevitable cuando recuerda su militancia juvenil en el Partido Comunista, iniciada en 1963, y el progresivo desencanto que, sin embargo, no le hizo abjurar de sus ideales de justicia y menos aún lo convirtieron en un escéptico, cuando lo deja en 1980.

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Una amistad peripatética

Conocí a Paco en julio de 1999 en un Congreso en Macao sobre la obra de Luís de Camões organizado por el gobierno de Portugal antes de entregar la soberanía de la isla a China. Él venía en nombre de la Casa del Traductor de Tarazona —que había fundado en mayo de 1988 y que a la sazón dirigía—, y yo, como representante de la Unesco. Desde entonces hemos ido forjando una amistad “peripatética” en largos paseos por el Parque Grande (hoy José Antonio Labordeta), donde nuestras vidas se han entrecruzado con recuerdos mutuos y algunas amistades comunes, comentarios de libros y de películas que muchas veces hemos visto juntos y —claro está— de la actualidad política. Para poner un cierto orden en la escurridiza memoria a efectos de este artículo para Imán, nos hemos reunido hace un par de semanas en una programada charla y este es el resultado.

Hablemos de su poesía

Paco Poesía ReunidaPoesía reunida incluye toda la producción poética de Uriz que inicia Un grito es un grito es un grito es un grito, publicada ahora por primera vez en castellano, aunque la edición en sueco es de 1969. Allí está omnipresente la militancia, la guerra de Viet-Nam y los efectos devastadores del napalm, el anti imperialismo tal como se vivía en esos años cruciales. El yo no existe; todo es un nosotros colectivo y comprometido. Lo sigue Las caras de Jano (1983) en edición bilingüe. Los años no han pasado en vano y una cierta melancolía impregna el “paso del tiempo” con que titula un poema, paso de la vida en que comprueba “que nunca nada ni nadie” nos acerca a “la realización de los sueños”. Llega la “desestalinización”, palabra tan poco poética que hace chirriar el poema en que comprueba que fue un “error idealista” pensar que todo cambiaría, cuando esa palabra no hizo sino confirmar que todo seguía igual. Sin embargo, el poeta “con paso vacilante cegado por la luz” sigue  “aferrado a una fe que va hundiéndose en la arena”.

En Mi palacio de invierno (2005) —tal vez su mejor libro— se contrapone la visión ideal del recuerdo y el impacto que le produjo la visión de la película Octubre (1927) de Eisenstein —épica del asalto al palacio de invierno, residencia de los zares plasmada en impactantes imágenes resaltadas por el blanco y negro del cine mudo—a la realidad que ha desmentido esa “marcha a la utopía”, ese “asalto al cielo” al que le han “sacado la escalera”. Lo hace sin hacer “leña del árbol caído”, ese árbol “tan amado y tan caído”, del que espera renacerán “frutos menos venenosos”.

Con el paso de los años, la poesía de Uriz se hace más íntima, trata de temas cotidianos, se humaniza hablando con su perro Bruno o describiendo a un “chucho” anónimo mirando fijamente a Marina en un portal de París (Cuaderno de bitácora, 2005) con el que se identifica al punto de que “el perrito era yo en tu mirada”.

Hemos dicho Marina

No puede comprenderse a Paco sin Marina Torres, fiel y tenaz compañera que lo acompaña desde los años sesenta. Traductora también de lenguas nórdicas, su Francisco Uriz y Marina Torrespresencia tutelar impone una discreta autoridad con un hablar pausado, sin excesivas modulaciones frente al que, sin embargo, no caben dudas o réplicas. Los sobrios poemas de amor que Poesía reunida incluye reconocen con pasión y ternura esa relación solidaria que solo el transcurso del tiempo puede forjar.

En el transcurso de ese tiempo, su poesía se ha hecho epigramática, lanza ingeniosos juegos malabares con las palabras: “arma al prójimo como a ti mismo”; “A ríos de tinta/ ganancia de calamares”; “Cuando muere un idioma/ enterramos un problema”; apuesta por las paradojas —“Defenderé/ el estilo de vida americano/ hasta el último/ átomo de ozono mundial”— y multiplica las “cuadraturas e incorrecciones” en los cuadernillos de la miniserie poética Los monstruos de la razón que edita y regala a sus amigos.

Una apertura y un juego que le han permitido en Un rectángulo de hierba (2002) consagrar un libro Paco Uriz  y Marina Torres (foto de Antón Castro)de poemas al fútbol, evocando su adolescencia detrás de un balón en Torrero y a partir de esa nostálgica mirada remontarse hasta Maradona, sin dejar de preguntarse si no sigue siendo ese deporte universal el denostado “opio de los pueblos” o si es un “templo o un mercado”, aunque no  deje de ver un partido de la liga en la televisión

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Lealtad sin efusiones

Paco Uriz tiene amigos de vieja data. Los 86 que se reunieron el día de su 80 cumpleaños —como lo habían sido los reunidos a sus 70 en el 2003, entre los que me conté—son la mejor prueba. Los cultiva con lealtad en los meses que pasa en Zaragoza y lo hace sin la efusión hispánica del abrazo y el palmoteo. ¿La contención nórdica le ha dejado una marca o es su naturaleza? En todo caso, no importa: es un aragonés de ley, de verbo inteligente y agudo, ácido a veces, seductor siempre con las mujeres y que Dios —si existe— lo conserve muchos años y podamos festejar sus 90 con la misma alegría de hoy.

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