Aprender 3.0. Molinos y gigantes

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Molinos y gigantes, o viceversa. Es una útil metáfora para variados asuntos. Su ubicuidad y universalidad se la ha ganado a pulso gracias a la certera maestría de Cervantes para comprender la dualidad, o la pluralidad podríamos incluso decir ya hoy, de la naturaleza humana. Desde una perspectiva simplificadora de la visión aristotélica sobre la realidad, consideraríamos que todo está en su sitio cuando somos capaces de distinguir un gigante de un molino. Más aún, estaríamos en lo correcto si estamos convencidos de que los gigantes no existen, no han existido nunca y jamás podrán existir. Si relegamos la imaginación y la fantasía creativa al terreno de lo imposible, aunque lo imposible sea la excusa para intenta lo posible.

Bien, sin entrar en otros asuntos más doctamente propios de la didáctica, la docencia y las ciencias de la educación (que no me corresponden, puesto que no poseo formación ni jurisdicción para ello), yo vendría a pensar que sobre esa férrea bisectriz quirúrgica se han sustentado los sistemas educativos occidentales. Unos sistemas educativos estructurados a imagen y semejanza de una comunidad fabril, como afirma Ken Robinson, y que parecían funcionar adecuadamente. Adecuadamente para el modelo de sociedad que los generó: el capitalismo industrial y su pensamiento casuístico burgués.

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Pero nuestros sistemas educativos ya no responden a los exigencias de la sociedad actual, mucho menos a los posibles futuros modos de sociedad, sean como vayan a ser. Tampoco parecen adiestrarnos con competencia suficiente  ni  para incorporar conocimientos a nuestra construcción personal individual y colectiva, ni para afrontar las exigencias de las estructuras económicas que resulten tras el actual deterioro –sean cuales quiera que aquellas terminen siendo-.

Durante décadas hemos respirado una educación que negaba la idoneidad de los gigantes, de la creatividad, como método de gestión de la realidad. La creatividad, la singularidad, la imaginación han sido insistentemente negadas como valor de formación (pájaros en la cabeza). La sociedad parece más controlable si únicamente permitimos que se hagan reales los molinos (relegados, por tanto, los gigantes al territorio residual de la ficción) . Y quizás haya sido suficiente –en general- para un sistema socioeconómico en avanzada fase de construcción,  ya en su epítome de crecimiento. Pero parece que no lo será ante las agonizantes bocadas con las que aguantan, más mal que bien, muchos componentes –filosóficos, económicos, sociales, culturales- de este sistema. Tampoco lo será si ha de sernos útil para encontrar fórmulas nuevas para el futuro – sea cual sea, insisto, ese futuro-. Para él precisaremos  tanto de molinos como de gigantes. Es más, precisaremos de gigantes que se conviertan en molinos, y de molinos que crezcan como gigantes. Se trata de un importante cambio de comprensión y de actitud. Un cambio por el que parece preciso comenzar a transitar cuanto antes mejor, pero no de cualquier manera. Es imprescindible ya hacernos con un método de conocimiento y de enseñanza que responda capazmente a los nuevos paradigmas. Pero, paradójicamente ese método sólo nos lo puede proporcionar la educación.

Si miramos a nuestro alrededor, percibiremos un sordo y temeroso clamor general que repite por todas partes el mismo interrogante: ¿Qué nos está pasando?  Sabemos que casi nada va bien.

No va bien la situación económica y, digan lo que digan algunos, no se trata de un mero ciclo; todos constatamos transformaciones que avanzan escenarios venideros muy diferentes a aquellos de los que hemos partido,  no sólo en Europa (donde posiblemente se estén produciendo los más profundos cambios, porque sus estados del bienestar representan directamente el modelo a derribar), sino en todo el globo.

No van bien el conjunto de las relaciones sociales. Asistimos a un vuelco en el sentido de los movimientos sociales a nivel general. Hemos pasado del convencimiento de la necesidad inevitable de la convergencia democrática y de la igualdad justa, a un fatídico escepticismo, a la pérdida reciproca de la confianza, al desvanecimiento de la responsabilidad colectiva para el cuidado mutuo de todos y cada uno de los individuos. Parece que es verdad, como apuntan algunos pensadores que nos estamos “medievalizando”, y quizás un poco más (Baños, A. , 01/11/2012, “Posteconomía, hacia un capitalismo feudal: https://www.youtube.com/watch?v=hkxk5oKfEZs).

Tampoco marchan los sistemas educativos (me refiero aquí a nuestro entorno occidental), que aparecen alejados de la vida real, del lenguaje, de la estructura reflexiva ( o poco reflexiva) que conforman actualmente las mentes de los alumnos. Las escuelas hoy por hoy ofrecen a sus “clientes” elementos y productos mucho menos atractivos que los que encuentran fuera de ellas, como bien apunta Daniel Cassany (2013), al contrario de lo que sucedía en las generaciones anteriores, para las que la escuela guardaba muchos instrumentos y contenidos difíciles de hallar fuera de ella (biblioteca, libros adecuados, actividades culturales, incluso amigos…). Actualmente estamos lejos de que esto vuelva a suceder; incluso desde  un punto de vista meramente instrumental, muchos centros escolares han sido dotados de cierta tecnología, pero sus responsables no han sido adiestrados en cómo llenarla de contenido idóneo, de cómo utilizarla con sentido didáctico y adecuado al aprendizaje en los actuales contextos socioculturales des-jerarquizados, des-localizados, profundamente interconectados no obstante, incluso intercambiables… Muchos de los profesionales, y yo diría que la práctica totalidad de los alumnos, no saben realmente cómo desenvolverse en la jungla informativa, carecen, o carecemos en general, todavía de método para interrogar por  los contenidos que precisamos, reconocer su adecuación o no a nuestros objetivos y seleccionarlos, ordenarlos…  Y lo más importante, las generaciones actualmente responsables en los distintos ámbitos sociales no sabemos todavía de qué va todo esto. No podemos por tanto, preparar a las nuevas generaciones con solvencia. Pero hay que hacerlo. Todos nos jugamos mucho en ello. Estamos en el comienzo de la Era de la Información, y cuando hayamos recorrido un poco más de esta nueva edad de la humanidad, la sociedad podría ser más o menos como cuenta este documental producido por Discovery Channel y coordinador por el físico de la Universidad de Nueva York, Michio Kaku (en Youtube el vídeo está fraccionado en tres partes, vinculo aquí la primera) :

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Bien, si les han interesado suficientemente las reflexiones a las que nos va llevando este sampleado de vídeos (que es lo que en realidad es este artículo), como para regresar a ellas desde el futuro, se estarán preguntado sin duda conmigo acerca de la manera en qué afectará a la práctica educativa (docente y de aprendizaje) la aplicación de las tecnologías de transmisión de datos. Dichas tecnologías, basadas en la multiplicación de la velocidad de procesamiento de información,  la conectividad constante y continuada, los dispositivos adaptables y de fácil traslación y manejo, parece que podrían ser algo muy similar a lo que podemos ver en este nuevo vídeo, generado por la factoría Microsoft

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Ciñéndonos estrictamente a los elementos tecnológicos,  el vídeo muestra como de uso relativamente común en un futuro no muy lejano, unas herramientas bastante sencillas de manejo, multioperativas y multifuncionales, capaces de presentar los datos recuperados en formatos diferentes, preparadas para una interconectividad casi ilimitada, etc.  Como consecuencia inmediata, entre otras, de estas capacidades tecnológicas se produce un cambio en la forma de trabajo, en todos los aspectos: objetivos, escenarios, sujetos participantes, grado de responsabilidad en las tareas, etc., etc.  De entrada, y por considerar sólo alguna cuestiones, estamos hablando (ya en nuestro presente) de que no es necesario reunir a los sujetos en un sitio concreto para trabajar, la ubicuidad será una característica cada vez más normalizada; al mismo tiempo,  la afluencia masiva y constante de información está ya, ahora también, haciendo necesarios procesos de trabajo colaborativos –puesto que es imposible avanzar en un campo del conocimiento, sin  tener en cuenta datos de evidente relación en otros ámbitos, y a la vez, es muy complicado para una sola persona conocer con la  profundidad necesaria más de una o dos especialidades. La propia ubicuidad facilita y propicia, a su vez, la colaboración. La lógica consecuencia tanto de esta ubicuidad, como de la colaboración y disponibilidad masiva y constante de información, es la des-jerarquización de esta información, la permeabilización entre contenidos puramente académicos y el conocimiento informal.  Realmente, todo esto podríamos resumirlo, a la manera en que lo hace Cristóbal Cobo en el siguiente vídeo, en la necesidad incorporar y extender tres nuevos alfabetismos: crear contenidos, compartir contenidos (la copia no es maligna), y traducir e integrar contenidos (aprender a discernir lo valioso y lo idóneo de entre toda la selva de información existente, e integrar unas disciplinas con otras).

 

 

 

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Como tan atinadamente apunta Cobo, tenemos tecnología, sabemos incluso cómo evolucionará, pero no sabemos utilizarla para algo tan fundamental como la Educación, el aprendizaje. Si es cierto que la tecnología no lo es todo, no podemos cerrar los ojos al hecho históricamente innegable de que los cambios tecnológicos importantes conllevan profundas mutaciones en la civilización. Y si lo pensamos un poco comprenderemos que nunca la humanidad, después del Neolítico, se ha enfrentado a una transformación tan profunda y de tanto alcance como la que tenemos en perspectiva. Por eso es absolutamente preocupante que los políticos sigan diseñando y defiendo sistemas educativos anclados en dinámicas  y procesos derivados de las necesidades sociales del siglo XIX.

Mientras la tecnología de la información se ha instalado en nuestra vida cotidiana, la cual en este nivel de civilización, no sería ya posible sin ella (todo funciona gracias a la computerización  y combinación de datos, desde los suministros públicos como la luz, la calefacción, el aire acondicionado, el transporte … hasta nuestras costumbres diarias, como la hora de levantarnos, la lavadora, nuestros automóviles, etc. etc.), las escuelas viven en su mayoría abrumadora de espaldas a esa realidad: o no disponen de ninguna herramienta tecnológica, o si lo hacen las usan de forma precaria, incompleta, bastante inconexa. Pensemos, para concluir, en la manera en que se sigue trabajando en las escuelas (y digo escuelas, y no aulas, porque la educación ya no tiene necesariamente que concretarse en una aula), y comparémosla con las alternativas que, ligadas al uso de la tecnología, plantean los dos siguientes vídeos:

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Si conseguimos un cambio de sistema educativo que nos acerque a las propuestas de estos dos últimos vídeos,  podremos comprobar  cómo la tecnología refuerza la potencia creativa en el aprendizaje y en el trabajo colaborativo: los gigantes son fácilmente transformables en molinos y éstos ayudan a imaginar nuevos gigantes… En un futuro que se alzará sobre multiplicidad de interconexiones (culturales, económicas, de comunidades diversas, de comunidades convergentes, informaciones generales, etc., etc.) parece preciso como mínimo diseñar una educación que ayude a los ciudadanos de ese futuro a gestionar un universo de relaciones (y por tanto de conflictos) permanentes, de interacción constante entre realidad inmediata y su espejo de datos virtuales, en el que deberán tomar decisiones que tendrán efectos casi inmediatos …  Un mundo en el que habrán cambiado casi todos los paradigmas, no puede empezar a construirse sobre unos sistemas educativos que corresponden a nuestro pasado.

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Comments

  1. azucena says:

    La verdad me ha parecido muy interesante

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