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Por Luis Martínez Pastor

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La lista del armador

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Antón no es el único que se pregunta cada noche, al salir la lista del armador en la taberna del puerto, por qué le siguen contratando. Algunos le miran mal y protestan airados sin explicarse cómo ellos, más hábiles y fuertes que él, quedan siempre en tierra. Lista armador

No hay trabajo para los solteros, será.

Maruxa también se ha levantado ya. Mira por la ventana y ve cómo las luces del barco, con su Antón a bordo, buscan la entrada de la ría y el amanecer. Se ducha, se perfuma y sale de casa.

No conviene hacer esperar al armador.

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La seda
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seda_calleSus pesadillas solían ser violentas y contenían angustiosas sensaciones que, unidas a esas percepciones difusas que las componían, le instalabansiempre en una especie de túnel rugoso que unía mágicamente sueño y vigilia. A menudo le costaba distinguir en qué parte de ese mágico pasillo se hallaba: las impresiones no eran tan diferentes en todo su recorrido. Pero pudo al fin escapar de aquel sueño caprichoso.

Abrió los ojos sin poder ver nada y, al tratar de estirar los brazos, tocó la seda a escasos centímetros de su rostro.

Y entonces comprendió que la segunda vez, moriría de verdad.

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Como hace más de cuarenta años

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Vuelven a brillarte los ojos de esa forma tan especial. No pasa nada, tonta. ¿Lo ves? Ya está. Sé que lo has sentido y que has conectado conmigo.

Es cuanto necesito saber.

Ha pasado ya demasiado tiempo desde aquella vez que te brillaron así. ¿Lo recuerdas? Éramos tan jóvenes y tan inocentes que apenas teníamos consciencia de lo que hacíamos. Cuántos desvelos, insatisfacciones y miedos hemos superado juntos. Cuánto ha cambiado el mundo, y la vida, y nosotros. ¿Te das cuenta? No, no espero que me respondas, ojalá pudieses hacerlo; sólo te pido que me escuches y que recuerdes cómo era la vida entonces. Era más dura que ahora; pero éramos jóvenes y fuimos capaces de levantar sueños desde la nada. La madurez otorga una visión mucho más distante y sosegada de las cosas que vamos descubriendo cada día sin pretender nada más que recibir una caricia o algo de cariño para no caer en ese pozo que amenaza el eterno desaliento ante nosotros.

Y es que siempre me ha llamado poderosamente la atención el extraordinario brillo de tus ojos cuando sientes eso que pretendo. Aquella vez, hace más de cuarenta años, pude descubrirlo bajo aquel olivo pese a tu recatado silencio. Eras toda inocencia y yo, pura torpeza. No sé quién de los dos albergaba más temor: si tú a lo desconocido o yo a herir tu dulce sensibilidad. Desde entonces, superados nuestros primeros miedos, en cada una de las ocasiones en las que hemos compartido este mismo sentimiento, he vuelto a descubrir esa señal de ilusión en tus dulces ojos que ha supuesto siempre el triunfo a todos mis esfuerzos y desvelos. Ese brillo especial supone para mí el más enorme de los placeres, la recompensa más maravillosa a todo lo que hago por ti.

Cada día.

No, mujer, no creas que tus ojos son menos maravillosos que entonces por haber perdido esa mirada atrevida de la que un día me prendí. Tampoco yo soy el mismo. Ahora, tu piel de cristal yace bajo mi piel ajada y los movimientos de mi cuerpo han ido perdiendo aquel vigor. Me cuesta ya un gran esfuerzo conseguir esa armonía elevada y sostener en todo lo alto mi ánimo que amenaza con quebrarse a cada momento sin saber con certeza si mis fervores encendidos son de tu completo agrado. Me gustaría tanto que me lo dijeses.

Sin embargo lo sospecho. Tu silencio cruel comunica tan poco y tanto a la vez que, de no ser por ese brillo poderoso que siempre acaba apareciendo en tu mirada perdida, diría que yazco sobre el cadáver de un recuerdo del que no me quiero soltar. A estas alturas de la vida no concibo los días sin ti. Me he acostumbrado a tu presencia callada como a respirar; a llenar con ese aire necesario todo mi interior sin advertirlo, pero que me llevaría a la muerte de no hacerlo de continuo. Tu figura, caliente e inerte, amanece cada día junto a mí y, aunque el silencio definitivo al que obliga tu enfermedad impide cualquier traza de entendimiento posible, sé que en tu interior sigues descubriendo en mí ese amor que día a día te entrego sin medida.

Por eso, cuando yacemos, sé que es el momento durante el cual tu mente se restablece, y se aclara por un segundo, y grita finalmente de placer en completo silencio porque sólo entonces, consigues ese brillo tan especial en el fondo de tus ojos, como aquella vez, doctor Alzheimer, igual que bajo aquel olivo, como hace más de cuarenta años.

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separadorEl próximo martes

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Mis tacones repiquetean en el suelo. El sonido solitario y agudo de mis pasos acompasados puede escucharse amplificado, rebotando por escalones y adoquines presuntamente centenarios, por los recodos de estas callejuelas solitarias que se muestran crudas y apagadas. Ha llovido esta madrugada y la humedad todo que lo cubre de un desasosiego lloroso, parece luchar contra una claridad que quiere surgir de algún lugar difuso más allá de las ventanas que todavía duermen.

Camino temerosa junto a fachadas brillantes y maquilladas, mientras que otras amenazan con venirse abajo a mi paso. Los bares y las tascas aún no han despertado Todavía no me he acostado y la madrugada se me mete sin piedad por la raja de la falda.

Me detengo sólo por un instante y, con el cigarrillo prendido en los labios, miro hacia arriba al exhalar el humo, viendo cómo los aleros de los tejados parecen saludarme desde una altura que parece alcanzable con la mano.

Sí; cualquier día dejo todo esto. Y el tabaco, y el horror pegajoso que me acompaña cada martes de madrugada por estas callejuelas.

Tuerzo las esquinas y siento que me tuerzo yo también un poco más a cada paso en busca de la avenida, de un aire que no me aplaste y de un taxi que me devuelva al calor de los míos. Como cada martes, me hundo un poco más en la indolencia y en el fondo de esa arcada contenida al tratar de olvidar su aliento obsceno hociqueando mi entrepierna y mi boca envolviendo lo más deleznable y tumefacto de sí mismo y que sólo él aprecia, antes de yacer bajo su tripa grasienta. Es su norma y es siempre así. Los doscientos euros de los martes lo justifican todo.

Camino despacio, como pidiendo permiso a la madrugada por calles grises y ensuciadas por las que me abro paso entre esas ventanas altivas cuyas gentes del otro lado me ignoran.

Pero pronto lo dejaré. Lo presiento.

Tal vez, el próximo martes, el eco de mis tacones no se escuche ya entre estas callejuelas.

Próximo martes

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