Fernando Aínsa

Sobre Hallarse en la caída. Inés Ramón. Olifante. 2014  

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Hallarse en la caída de Inés Ramón nos propone desde el título un corte profundo en nuestra sensibilidad, un “caerse” que es encuentro poético consigo misma, hallazgo que ahonda sin piedad en las grietas abiertas para “poder extraviarse”, hendiduras metafóricas, oquedades sombrías que se acompañan de un alarido que parece ilustrar el cuadro de Edward Munch al “fraguar la espuma, los presagios en la piel, /los ecos que horadarán el grito” (XVI), vértigo que invita a una lectura morosa y reflexiva de unos poemas destilados desde el paroxismo en la búsqueda de la palabra exacta.

 

Grietas cuya importancia la poeta recuerda en el epígrafe inicial de Roberto Juarroz y en el epílogo donde propone “cultivar grietas en el muro trasero” de la casa, donde hallan cobijo “hormigas, escarabajos y ciempiés” en cavernas húmedas escarbadas en la pared en ruinas cubierta de una “frondosa hiedra de sombras” que hay que regar “cada tarde en silencio”, son el leit-motiv de un libro escrito con una intensidad inusual, sin concesiones a un lirismo autocomplaciente o al lamento acongojado en primera persona. Versos hechos del riguroso y ascético despojamiento de todo oropel adjetivado, asumidos como ejercicio de estilo, donde el filo del cuchillo escarba en la conciencia, en “esa herida” que “hundirá sus pies/ en las grietas/ solares” (XXIV), “grieta carnívora” que sabe que “toda grieta se expresa en otra grieta”.
Inés Ramón es severa consigo misma. Sabe que “una jauría” le “aguarda a la vuelta del recuerdo” (LXX) y que hay que “escribir con sal en la espalda de los sueños que se acercan demasiado” (XXXIV). No perdona ni se perdona al “sujetarse a una espera/ a punta de cuchillo”, al identificar los signos, las huellas que “quedan tras el signo”, palabra que apenas encubre el silencio “en cada grieta que abre el tajo”. Un silencio que es esencial en Hallarse en la caída, un silencio donde —sin embargo— habita “el sanguinario filo de la esperanza”.
Intensamente creativa, original, poco dada al expansivo trasunto de emociones, la poesía de Inés Ramón invita a prescindir de lo efímero para comprender “la embriaguez que produce lo invisible”, tras haber arrojado “un pájaro envenenado contra el vuelo”. Se trata, en definitiva, de “hundir la ferocidad/ en el mismo/ error/ que se creía certeza”.
He leído varias veces los setenta y un poemas de Hallarse en la caída y los de Un esqueleto cóncavo  con que completa el poemario, antes de sentir el “aliento irrespirable en la hendidura” (LII) con que intenta “devorarse a si misma” (XXIII)y que ha terminado por apoderarse de mi desconcertada lectura. He sentido yo también “la sombra que avanza. clavando su aliento en tu espalda, para marcharse luego arrastrando harapos, sin dejar rastro”. Y no he podido más que resignarme a esta entrega.
En estos poemas —que me atrevo a calificar de magníficos— hay herrumbre, musgo, humedad, un oxidarse de la lluvia en las grietas, donde el único consuelo es lamer, porque “la eternidad se lame las heridas./ Lame y relame/ lo que no” (XV), animal nocturno que “lame, minucioso, los barrotes del vacío” (LVIII), “silencio emboscado detrás de cada signo”, cuyo “gesto de asombro/ tratará de lamer las dos orillas”. En estos poemas que al evocar otro clima recuerdan que “el páramo te arena la mirada./ Te sedifica la voz/ te desnombra el tiempo”, hay una elaborada creación, una inhabitual búsqueda de la perfección que “en ráfagas de espinas te anestesia el grito,/ te invade huracanado las arterias”.

Fernando Aínsa
Oliete, 21 de mayo 2014

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