Literatura aragonesa

La sombra de la niña

separadorPor David Rozas

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Foto de jmarior, http://www.jmarior.net/

Foto de jmarior, http://www.jmarior.net/

HOY.  Cuando he salido esta mañana a la calle con los guantes puestos y el peine en la mano, he tenido una sensación extraña.

Lo sabía. Mi peor presagio se ha cumplido; la niña no estaba esperándome en el portal. He mirado ansioso hacia ambos lados de la calle para asegurarme. Quizá debería sentirme dolido por lo que me hizo, aunque, en estos momentos, me la trae floja.

Un nudo en la garganta me ha acompañado en el camino a la universidad. Me he girado en infinidad de ocasiones deseando verla de nuevo con sus torpes andares, arrastrando sus zapatos desgastados hacia mí. No había rastro de ella. Sin ninguna duda, su desaparición ha sido más enigmática que la forma en que irrumpió en mi vida.

Debería informar al doctor Gómez lo antes posible, pero, seamos sinceros, no me da la gana. Seguro que me atiborraría con antidepresivos. Un momento, casi olvidaba la prueba mutilada de los hechos. ¿Qué cara pondría el doctor cuando la viera?

Dejando a un lado este tremendo vacío, la verdad es que no sabría decíos cómo me siento. Por eso me he refugiado en la soledad de mi estudio, tecleando sin parar para desahogarme. La conclusión que extraigo de todo esto es muy simple; la niña no sólo se ha llevado un pedazo de mí. Aunque me cueste reconocerlo, la muy condenada se ha llevado mucho más de lo que imaginaba.

 

EL PRINCIPIO. Debo poneos en antecedentes para que sepáis de lo que hablo. Me ha pasado de todo en estos últimos nueve días, así que… Vayamos despacio.

Yo volvía apresurado del gimnasio esa tarde. Estaba anocheciendo y había poca gente paseando por la larga travesía peatonal que desemboca en mi bloque de edificios, tan sólo unos niñatos distraídos y una señora que corría por la acera contraria con bolsas de compra. Por eso se me hizo raro escuchar aquellos pasos arrastrados tras de mí; ruidosos, alargados, inquietantes, como si una persona mayor caminara sobre asfalto en alpargatas.

Me detuve en seco y esperé. Los pasos dejaron de escucharse un par de segundos después. Como soy un hombre abierto y confiado en primera instancia, creí que no había que darle importancia y que no merecía la pena volverme para conocer a aquel gracioso amante de la mímica, así que me encogí de hombros y seguí mi camino. Fue a resultar que, para mi asombro, sea quien fuera también reanudó el paso con aquella ruidosa marcha. Ya me pareció obvio que lo que quería aquel tipo era mosquearme, pero una punzada extraña en las sienes me puso en alerta. Pensé en un ladrón, tal vez un viejecito harapiento ansiando unas cuantas monedas. Anduve unos cuantos metros con esa cantinela en la cabeza hasta que sentí el impulso de volver a detenerme. Como no, el replicante tocapelotas que llevaba detrás hizo lo propio.

Decidí en ese instante que tenía que encararme con él. Estaba nervioso. No temblaba, pero me faltaba poco. Me giré lentamente, tratando de crear una imagen mental previa de aquel gilipollas. Sin embargo, por más que hubiera exprimido mi cabeza, jamás hubiera imaginado lo que iba a visualizar a continuación.

Cuál fue mi sorpresa al encontrar a una niña como ella tras de mi. Tendría unos seis o siete años. Parecía enferma por el color grisáceo de su piel. Llevaba una chaqueta azul marino de punto, un largo vestido blanco con flores azules, leotardos blancos de algodón y unos zapatos negros de charol pelados por el desgaste continuo de su caminar. Su cara era todo un poema. Tenía la boca abierta en una estúpida y continua expresión de asombro, más propia de niños retrasados, y los labios azulados y resecos. Ahí la tenía yo, quieta, observándome sin decir absolutamente nada. “Le faltará un hervor”, deduje enseguida.

—¿Puedo ayudarte? —me ofrecí. Hubiera preferido acercarme e interrogarla un poco más, pero su presencia, de algún modo, me intimidaba. Cuando comencé a hablar, ella desvió su atención hacia el suelo. Tras ese flequillo castaño, largo y grasiento, descubrí sus párpados entreabiertos. “¿Una sonámbula?”

—¿Qué estás mirando, pequeña? —Toda su atención se había centrado de pronto en el suelo, a mis pies. Miré hacia abajo y me sentí un poco imbécil, víctima de su propio juego—. ¿Sabes dónde vives? —Ya no sabía cómo arrancarle alguna palabra—. ¿Quieres que busquemos a tus papás?

No había forma. Sólo obtuve el mismo silencio rotundo y enigmático, más cercano a la indiferencia y al desprecio que a una sencilla respuesta educada. Su mirada seguía fija en el suelo y su boca ridículamente entreabierta. No parpadeaba. Volví a mirar a mis pies, mosqueado. ¿Acaso le habían gustado mis deportivas? Están ya muy fogueadas, pero en ese momento no podía descartar tampoco esa posibilidad.

Ante el vacío incómodo de la niña, no tuve más remedio que ignorarla. Me volví despacio hacia mi bloque y eché a andar de nuevo hacia el portal. Confieso que me sentí humillado cuando ella continuó con su estúpido jueguecito, pegada a mis talones como si fuera mi sombra. Lo normal hubiera sido volverse y pegarle cuatro berridos, pero no lo hice. Algo dentro de mí deseaba que me alejara todo lo posible de ella.

Cuando cerré la puerta, intenté no mirarla. Permanecía quieta al otro lado, observándome fijamente a través del cristal. Sus párpados continuaban sin abrirse del todo, inactivos. O deambulaba sola por ahí muerta de sueño, o se había iniciado en el consumo de las drogas a muy temprana edad. En realidad, desconocía cuál era el verdadero motivo que la impulsaba a actuar de esa forma, pero no sé por qué ya intuía que se trataba de algo que sólo yo podía ofrecerle. No acertar a saber qué diablos era, empezaba a ponerme los pelos de punta.

Me encaminé hacia las escaleras y la imagen de su carita enfermiza clavándome su mirada me asaltó de una forma obsesiva. Sentí en la espalda de pronto un latigazo frío que me obligó a subir los peldaños de dos en dos.

Publicado por Ramitos76   20 marzo 2012   08:44 PM                           0 comentarios

 

 

AQUELLA NOCHE. El encuentro con la niña me había dejado frío, desangelado. No conseguía quitármela de la cabeza. Además, ¿por qué me observaba de esa forma? Me había analizado de los pies a la cabeza sin motivo aparente, y encima, ni pestañeaba. ¿Cómo podía hacer eso?

Apenas probé bocado en la cena. Tampoco me apetecía ver la tele. Al final, me propuse no darle tantas vueltas y me fui pronto a la cama con el último libro que estoy leyendo, uno de suspense que me había recomendado una compañera del curro, que, lejos de relajarme, sólo aumentó mi desasosiego.

¿Por qué me habrá seguido? ¿Qué quiere de mí? ¿Y por qué no me respondía cuando le hablaba?” Esas eran las odiosas preguntas que taladraron mi cabeza impidiéndome pegar ojo toda la noche.

Dí vueltas sin sentido en el colchón. Tan pronto me sobraban las sábanas porque me asaba de calor, como las extrañaba por los súbitos escalofríos que me sorprendían. Las continuas sirenas de policía y de ambulancias que escuchaba en la calle tampoco me ayudaron a dormir. En un par de ocasiones, mi obsesión hizo que viera a la niña a los pies de la cama, rígida e impasible, desgastándome con su mirada antinatural. No he dado botes más grandes como los que me provocaron sus visiones.

Encendí la lámpara de la mesilla para asegurarme de que no se trataba realmente de ella (mi retorcido imaginario me hizo verla trepando la pared del edificio y colándose por la ventana de mi cuarto). Para rizar el rizo, cuando conseguía en cierto modo relajarme y cerrar los ojos, otra sirena irrumpía atronando en la calle. Se oyeron durante toda la noche. Supuse que había pasado algo gordo, pero bastante tenía ya con mi repulsivo insomnio por culpa de la cría, como para crearme más preocupaciones.

Serían las dos o las tres de la madrugada, cuando decidí echar mano a las valerianas. Caí como un borrego. Ya no hubo molestas sirenas ni niñas con trajecitos de flores y miradas penetrantes; sólo reposo puro y duro, sin representaciones oníricas que lo enturbiasen.

 

EL DÍA DESPUÉS. A la mañana siguiente me levanté hecho polvo.

Desayuné mi rutina de siempre para llegar espabilado a la universidad; zumo de naranja, tostadas con mermelada de tomate y mantequilla y mi tazón de café con leche hasta arriba. Era extraño, pero lo de la noche anterior parecía sólo un mal sueño. Cogí de la mesilla el frasco de valerianas y le estampé los labios con pasión.

Me encontraba tremendamente feliz. Hasta tomé las escaleras en vez del ascensor para bajar a la calle. Me crucé con la señora Mariana, la cotilla repelente del segundo B, y no le di siquiera la oportunidad de que me contara ese nuevo chisme que tanto le preocupaba; simplemente le di los buenos días, bajé las dos plantas que me quedaban y aterricé en el rellano del portal tras sentir el impulso irrefrenable de sortear los últimos peldaños de un salto.

Cuando la ví al otro lado del cristal, el bolso del trabajo se deslizó de mi hombro y acabó en el suelo. Allí estaba otra vez, esperándome en la calle justo en el lugar exacto en el que la había dejado, como si el tiempo desde entonces se hubiera detenido para ella. Mis piernas no respondían. Otra vez ese desasosiego, el vacío en el estómago. Tenía que estar trastornada para haber pasado toda la noche fuera de casa. ¿No estaría toda su familia, amigos y la policía pateando la ciudad en su busca? ¡Claro!; un flash esclarecedor me brindó de inmediato la posibilidad de que el incesante ruido de las sirenas que había escuchado a lo largo de la noche, se debiera a que todos los servicios de emergencia la estuvieran buscando sin descanso.

Ahora me avergüenzo de mi estupidez. Si al menos hubiera encendido la televisión la noche anterior, hubiera estado prevenido y la hostia no habría sido tan gorda.

Abrí la puerta. Su aspecto era más deplorable que el día anterior. Cualquiera hubiera llamado inmediatamente a la policía, pero supongo que en ese momento me surgió algún tipo de instinto paterno-filial. (Soy un soltero sin hijos, eso debe influir)

—¿Pero qué haces ahí todavía, niña? —le dije alarmado—. ¿Te encuentras bien?

Esa vez fue la primera que la toqué, cogiéndola de su chaquetita de punto, y fue entonces, tan cerca de ella, cuando percibí ese olor a calcetines sudados.

Una corriente helada atravesó mi estómago. Me llevé una mano a la boca antes de echar un paso atrás. ¿Cómo no me había dado cuenta antes, por dios?

Publicado por Ramitos76     20 marzo 2012   11:45 PM                           4 comentarios

 

MUERTA.  Sentí nauseas. Me es imposible olvidar esos ojos, la palidez extrema de su piel, el pestazo que desprendía y la mosca que correteaba sobre uno de sus ojos, como en las imágenes de los niños del tercer mundo. No parpadeó en ningún instante. Si hubiera podido detener esa imagen, acercar el zoom y visionarla después frame por frame, me hubiera cagado encima.

Miré de un lado a otro de la calle antes de acercarme de nuevo. Sin pensar, estiré mi mano y cogí la suya para mirarla a los ojos.

Estaba fría, vaya si lo estaba. Cuando me dI cuenta de lo que había hecho, la solté de inmediato y froté los dedos sobre mi americana para librarme de su tacto infecto.

Di un paso hacia atrás y volví a mirar hacia ambos lados. Los primeros madrugadores que recorrían la calle no parecían reparar en nosotros; andaban a paso ligero con una premura inusual. Sólo un barrendero cepillando la calzada al final de la calle parecía actuar de forma rutinaria; quizá por eso tuve la imperiosa necesidad de correr hacia él.

—¡Eh, oiga! —Me planté en pocas zancadas a su lado. El tipo era un hombre canijo de pelo cano, mono reflectante, guantes mugrosos y un gorro de lana azul despeluchado que le hacía parecerse a Papá Pitufo. Levantó la cabeza despacio cuando llegué a su lado y me observó de soslayo, como si le estuviera importunando.

—Disculpe, caballero —solté sin aliento—. Dígame si puede ver a esa niña de allí. —La señalé y el hombrecillo estiró el cuello sin dejar de cepillar el pavimento.

—¿Qué pasa con ella? —espetó. Recuerdo un gran alivio en ese momento. Al menos, no era una alucinación mía.

—¡Bufff! No vea el mal rato que me ha hecho pasar esa criatura ahora mismo. Creo que lleva toda la noche esperándome en el portal, sin moverse. Pero lo peor no es eso, ¿sabe? —tomé aire—; creo que está…

Papá Pitufo dejó de darle a la escoba y se apoyó sobre ella con las dos manos. La piel curtida de su rostro se arrugó antes de que hiciera un gesto con la cabeza hacia su derecha. Instintivamente, giré el cuello hacia la otra calle. Cuando mis ojos se encontraron con el otro tío, se me puso la carne de gallina.

El hombre alto de aspecto joven que nos observaba a escasos metros iba trajeado. Reconocí enseguida la misma cara de tonto y el inexistente brillo en sus ojos. Su piel tampoco mostraba un buen color; sus pómulos y sus ojeras remarcadas daban auténtica grima. Me dí cuenta al instante, y otra vez esa sacudida fría como el hielo recorrió mi espalda.

 

 

EL OTRO. Muertos… Están muertos.

Sin poder evitarlo, me volví hacia mi bloque para localizar a la niña. La descubrí avanzando hacia nosotros, tambaleándose con su torpe vaivén.

—¿Pero qué hace? No la mire y siga su camino —me ordenó Papá Pitufo—. Ese de ahí no ha dejado de seguirme desde dos calles más abajo. Están por todas partes, intimidando a la gente. ¿No ha visto las noticias, o qué?

No entendía nada. Me estaba volviendo loco, o… los muertos… No, debía ser por culpa de las valerianas, igual estaba el frasco caducado. Veía muchas películas de terror, había leído demasiadas novelas de King y ya no recordaba cuándo fue la última vez que eché un polvo. Todo eso debe influir en la química maldita del desquicio.

—¿En… las noticias? ¿Está pasando en toda Zaragoza? —Ni yo mismo podía creer lo que escupían mis labios. ¿Qué gilipollez estaba diciendo?

Antes de poder reaccionar ante mis propias palabras, escuché una sirena que hacía pocos segundos había comenzado a sonar no muy lejana. El hombrecillo parecía intrigado y no hacía más que levantar la cabeza hacia la dirección de la que provenía.

—¡Márchese! —soltó de pronto, levantando la escoba hacia mí—. Vienen a por ellos. Llamé al 092 en cuanto me di cuenta que ese fiambre me seguía.

Un furgón azul irrumpió de pronto a toda velocidad por la calle, a espaldas del tipo trajeado.

—¡Venga, ahueque el ala! —insistía nervioso—. En cuanto vean a la chiquilla también se harán cargo de ella, no se preocupe.

—Pero…

Retrocedí consternado tras la esquina. Con la cabeza asomada con precaución, observé cómo el furgón policial giraba bruscamente desde la calzada e invadía la acera, deteniéndose en seco a escasos centímetros del joven. En segundos, cinco policías armados con sus uniformes, cascos, porras y escudos de defensa, saltaron de la parte trasera del vehículo.

—¡Es él! —comenzó a chillar histérico el barrendero, azuzando su escoba hacia el extraño—. ¡Es él, llévenselo!

Como si hubieran escuchado la señal de ataque, los cinco agentes se abalanzaron sobre el tipo y lo derribaron sin contemplaciones contra el suelo. Llovieron sobre él multitud de porrazos, punterazos de botas y, lo más sorprendente, era que el tío ni se inmutaba. En un abrir y cerrar de ojos, el traje de estreno que debía haber vestido en su funeral quedó hecho trizas.

—¡Así, así…! —alentaba el canijo emocionado, sacudiendo el palo de madera en el aire.

No pude contemplar más. Escuché los pasos arrastrados de la niña a mi espalda justo antes de girarme hacia mi calle. Todavía se encontraba a una distancia prudencial. Cerré los ojos y eché a correr hacia ella. Venciendo mi asco y conteniendo la respiración, la tomé en brazos. Había que salir huyendo. No sabía hacia dónde, pero tenía muy claro que, por muy muerta que estuviera, no iba a dejar que esos desalmados hicieran lo mismo con ella.

 

SÁLVESE QUIÉN PUEDA. Detuve mi frenética carrera en el portal de mi casa. Mi desesperación alcanzaba su cota máxima cuando la idea de ocultarla en mi trastero me sedujo enormemente.

“¡Pero qué hace, chalao! ¡Deje que se la lleven!”, gritaba una mujer desde una ventana. Tomé algo de aire por la falta de resuello, y entonces me invadió aquel tufo a calcetines renegridos que casi me costó el desayuno.

Para sacar las llaves del bolso y abrir la puerta, solté a la niña de golpe. Creía que se sostendría en pie como cualquier niña viva, pero la pobre acabó, desafortunadamente, pegándose una buena leche contra el suelo.

—¡Ahí va, lo siento! —lamenté, mientras revolvía con la mano entre las carpetas y los papeles. La niña se había quedado tumbada panza arriba con los ojos clavados en mí. Introduje primero la llave en la cerradura y después la cogí del traje (del brazo no, que me daba repelús) y tiré de ella hacia arriba.

—¡Auuupaaa! —La apoyé bajo el portero automático y coloqué bien su chaqueta. Ella agachó la mirada y retrocedió unos pasos hacia atrás—. ¡Ey!, ¿no piensas entrar? ¿Prefieres quedarte aquí fuera para que te zurren?

Estaba a punto de tirar de nuevo de ella cuando unas piernas gordas y fofas aparecieron bajando las escaleras. No iba a dejar que la señora Mariana comenzara a chillar como un cochino degollado en cuanto la viera, así que tuve que abortar mi desesperado plan y salir de nuevo a la calle, agarrar a la niña e intentar alejarla de allí antes de que el barrendero pitufo y tres policías que venían en ese momento corriendo hacia nosotros nos dieran alcance.

 

EN EL PARQUE. Me tiré en la hierba, completamente desfondado. Había recorrido tres manzanas con ella a cuestas y sin dejar de correr. A pesar de mi buena forma física, tomé la decisión de esconderla en aquel rincón apartado de la arboleda, no sólo porque me faltaba el aire, sino porque también estaba hasta los mismísimos de que todo el mundo nos faltara al respeto a nuestro paso. Conozco el parque de Miraflores como la palma de mi mano gracias al footing; era el lugar perfecto para deshacerme de ella sí o sí, pero al menos dejándola a salvo de esos desgraciados. Pegada a un muro, oculta tras una hilera de setos y varios plataneros, sería cuestión de tiempo que la encontraran, solo que yo no estaría entonces allí para verlo.

Aproveché ese minuto de relax y recuperación de fuelle para fijarme más en ella. Que tenía una pinta horrible, estaba claro; que olía a cloaca, evidente al cien por cien; que estaba fría como el hielo, sin lugar a dudas. Pero que estuviera muerta, joder, no entraba en mis convicciones. Era obvio que no respiraba porque no emitía ningún sonido al tomar y expulsar el aire por la nariz, al igual que su pecho tampoco se hinchaba rítmicamente. Sus brazos se descolgaban laxos, sin rigidez muscular. Al contrario que sus piernas, claro, si no la muy pilla no hubiera podido levantarse de su supuesto reposo eterno para darme por saco de esa manera. Qué explicación había detrás de ese fenómeno era todo un misterio, un complicado galimatías que no podía responder y que amenazaba con volverme un loco de atar.

—¿Qué quieres de mí? —le inquirí, desesperado. Sólo obtuve silencio. Mirada fija perturbadora e inquietante. Más sonidos de sirenas en los alrededores. Puro caos.

Fue en el preciso instante en el que me disponía a levantarme del césped, harto ya de todo, cuando sucedió algo tan lógico como divertido en la fisiología de la muchacha que seguro os resultará chocante. Me refiero a los pedos.

En efecto, como bien sé por mi experiencia infantil en buscar términos malsonantes en el diccionario, los pedos son “las ventosidades ruidosas que se expelen por el ano”. Que los muertos se tiren pedos suena tan ridículo que puede parecer cachondo. Pero es cierto. Los cuerpos en descomposición no hacen sino que generar gases continuamente que deben salir por algún sitio. Jamás hubiera pensado que escuchar una descarga así de gas metano, y menos surgiendo del cuerpo de una niña, sonara tan ruidosa y prolongada como aquella.

—¡La madre que…!

Os juro que me quedé igual de boquiabierto que ella. Sólo me duró unos instantes, porque todos los nervios y la tensión acumulada hicieron que yo también reventara, pero de otra manera bien distinta. Y bien necesaria, qué cojones.

Cuando salí del parque, con el vientre dolorido y los ojos todavía llorosos por la emoción, volví la vista atrás en repetidas ocasiones para asegurarme de que no me seguía. Pude comprobar que así era, pero no dejaba de sentir esa desconcertante erección del vello, ni la sensación permanente de tener sus ojos clavados en la nuca.

Voy a prepararme un buen tazón de café. La noche promete y no tengo ni gota de sueño. La putada es que a las ocho en punto tengo que estar en la universidad y tengo una pilada de matrículas y expedientes todavía pendientes de revisar.

ChildCareerX, deja de postearme. No tengo fotos de la niña, y si las tuviera, ni se me pasaría por la cabeza publicarlas aquí. Que nadie bromee con eso, ¿ok?

Publicado por Ramitos76   21 marzo 2012     03:36 AM                       49 comentarios

 

 

LA INVASIÓN DE LOS ACOSADORES. Durante el trecho recorrido desde el parque, había contemplado escenas de todo tipo con los muertos como protagonistas.

Tenía razón Papá Pitufo; estaban por todas partes. Nunca deambulaban sin sentido, siempre seguían a alguien. Como todos sabréis, todos eran fiambres más o menos recientes. En general, iban bien vestidos y acicalados, como si acabaran de fugarse de los tanatorios o de sus propios sepelios, pero también había algunos con batas de hospital, descalzos, como si se hubieran escabullido de alguna autopsia.

Cómo reaccionan los vivos ante su presencia es un tema que en los medios ha creado mucha controversia. Seguro que la primera vez que visteis uno os echaríais a correr escopeteados. Pero no todo el mundo reaccionaba así al principio. Había algunos que corrían, y mucho, sobretodo la gente mayor y los niños. Muchos otros se encaraban con ellos e incluso llegaban a agredirles presos del pánico y la desesperación, pero lo único que conseguían era retrasar lo inevitable. En cuestión de segundos, el/la muerto/a reanudaba siempre su paso tambaleante para continuar acosando a su presa. Pero lo peor y más cruel que presencié, dejando a un lado la violenta represión policial, fue la respuesta de gran parte del público adolescente.

Quedaban dos calles para llegar a la universidad. Estaba a punto de salir a Gran Vía cuando llegaron de pronto varios chavales corriendo hacia mí que me pasaron rozando. Parecían excitados. “¡Allí está!”, gritó uno de ellos, “¡que no escape!” Mi curiosidad y el tumulto que se formó a pocos metros a mi espalda, hicieron que me detuviera y que volviera sobre mis pasos. Al principio, el amplio barullo de gente congregada en aquella plazuela me impidió presenciarlo. Tuve que abrirme paso entre esa chusma, que no dejaba de jalear y aplaudir, para verlo con mis propios ojos.

En el centro del corrillo, tres chicos y una chica enfocaban con sus respectivos móviles a un señor gordo desnudo de la cabeza a los pies que pugnaba por levantarse del suelo. Tenía una cicatriz horrible con forma de cruz en el pecho. Mientras, otros dos capullos en la edad del pavo y con pinta de quinquis se esforzaban por empujarlo para que no lo hiciera. “¿Lo habéis grabado ya?”, dijo uno al que le hubiera partido la cara de una buena hostia. “Daros prisa, ¡huele que mata el hijoputa!”

No sabría decir qué fue lo que más asco me dio. Si las risas, insultos y empujones absurdos de aquellos mierdecillas, o los ánimos enloquecidos de los adultos que les rodeaban.

Abandoné enseguida el barullo. Tenía unas ganas tremendas de gritar. De escupir toda la rabia y la impotencia adquiridas en menos de un minuto. Me alejé de allí con los puños apretados, y cuando estaba a bastantes metros de lugar, pasó un furgón de policía a toda velocidad por la avenida. No hizo falta que me volviera cuando escuché el chirriar de ruedas y los gritos posteriores; “¡Disuélvanse, disuélvanse!” Al menos, había justicia también para los muertos.

 

JUGARSE EL TIPO. Estaba claro que no habían vuelto de la muerte para devorar a nadie. No eran violentos ni salvajes (por extraño que pareciera, rechazaban el contacto físico), pero buscaban algo de los vivos que hasta entonces nadie sabía con certeza. Cuando empezó todo, pensaba que pretendían sólo imitar nuestras conductas y movimientos, como si quisieran de nuevo sentirse vivos. Pero mi experiencia personal me abrió los ojos; estábamos equivocados. No merecían ser reprimidos de esa manera. Después de lo que me sucedió ayer con la niña, he descubierto lo injustos que estamos siendo con ellos.

La niña… Sólo era cuestión de tiempo que me encontrara. Fue en el semáforo que me separaba de la entrada principal al recinto universitario. Me estaba esperando en la otra acera, apostada junto al poste tricolor. Se había adelantado a mi llegada al trabajo; inmóvil, sola, con los hombros relajados bajo su chaqueta de punto azul y con las manos pegadas al cuerpo. Nos separaban apenas unos metros, pero ya notaba su mirada fría y punzante sobre mí.

No pudo esperar a que el semáforo se pusiera en verde y que llegara hasta su altura. En cuanto me vio, comenzó a caminar hacia la calzada con paso vacilante, sin importarle el tráfico veloz que subía y bajaba por la avenida.

—¡Para! ¡Quédate ahí, no te muevas! —le grité.

Me había quedado a bolos. La muy puñetera enfilaba hacia mi acera con absoluto desprecio a su propia integridad y a la del resto de viandantes. No podía perderla así, atropellada injustamente por decenas de conductores a los que no les diera tiempo a detener sus vehículos. ¿Quién no os dice que podrían haber llegado a sentirse culpables de homicidio involuntario, cuando la supuesta víctima ya había fallecido con anterioridad?

Temiendo lo peor, me lancé corriendo a la avenida con la intención de salvarle el pellejo (el resto de peatones que tenía junto a mí en el semáforo no lo hubieran hecho, sin duda) y, durante unos instantes, me sentí como los agentes de la ley de NY cuando se ven obligados a detener de forma brusca el tráfico, jugándose con ello el tipo.

—¿Adónde va, loco? —me increpó un hombre mayor a mi espalda.

—¡Deje que la atropellen! —saltó una mujer a grito pelado—. ¡Una menos!

Estaba llevándome unos buenos toques de claxon, aguantando diversos improperios y hostilidades mientras cruzaba, cuando la niña se detuvo en seco en medio de la calzada y se quedó contemplándome con esa estúpida expresión.

—¡Ahora no te pares! —le recriminé al instante—. ¿No me entiendes? ¡Sigue caminando, hostia!

Habían sido tantas las sirenas que había escuchado de manera constante desde la noche anterior, como una banda sonora repetitiva a la que sin duda acabas acostumbrándote, que no me percaté de la ambulancia que venía directamente hacia nosotros. Estaba tan pendiente de la niña que no pude evitar que aquella ambulancia me embistiera. De refilón, porque si no no lo hubiera contado.

Sólo recuerdo que salí despedido hacia la acera de la universidad y que el mundo entero dio vueltas y vueltas ante mis ojos. Justo antes de desvanecerme, pude ver a la niña indemne e impasible, boquiabierta para variar, en el mismo lugar en el que centésimas de segundo antes casi perdí la vida.

Dibujo de Daniel Alarcón, http://danialarcontapia.blogspot.com.es/

Dibujo de Daniel Alarcón, http://danialarcontapia.blogspot.com.es/

DESPERTAR. Abrí los ojos en los boxes del hospital horas después. Me dolía todo.

Ella se encontraba frente a mí, a escasos metros de la cama. Como siempre, analizándome a su manera. Consiguiendo que me hirviera la sangre al baño maría.

Estaba tumbado boca arriba en una camilla, aislado a ambos lados por dos cortinas. Sorprendí a mi derecha en ese momento a una joven enfermera comprobando las gomas de los goteros que llevaba adheridos a mi antebrazo.

—Señorita, por favor —notaba la boca seca y los labios pastosos—, ¿podría hacer el favor de apartar a esa niña de mi vista?

—No debería hablar ahora —me respondió tajante, sin abandonar su quehacer.

—Oiga, señorita —quise girar el cuello hacia ella y sentí entonces un latigazo que fustigó mis cervicales—, ¡Ayayay!—Noté una especie de vendaje en la cabeza—. Le pido por favor que se la lleven de aquí… —apreté los labios sin dejar de observar a la niña. Sentí rabia por no poder desear su muerte—. Estoy… harto de ella. ¿Puede usted entenderme? —Por muy ñoño que parezca, casi se me escapa una lagrimilla.

—No se mueeeva —insistía la joven—. Tienen que hacerle aún más pruebas, así que es mejor que permanezca quietecito y con la boca cerrada.

—Le importa un carajo lo que le estoy diciendo, ¿verdad? —le inquirí, mientras crecía mi impotencia—. Seguro que usted no tiene un muerto que la acose.

Me dedicó una mirada incendiaria y torció los labios. Acto seguido, se dio la vuelta y se largó a toda prisa sin replicarme. La única persona (si se podía considerar todavía así) que me prestaba toda su atención era la niña, clavada enfrente como una estaca.

—Y tú, ¿qué coño miras?

Volví el cuello hacia un lado, con el consiguiente pinchazo cervical, e intenté ignorarla durante un buen rato. Sin embargo, no transcurrió ni un minuto hasta que el doctor Gómez acudió a verme con su sonrisa afable y su cuidado bigote. Puede resultar un poco amanerado, pero la charla posterior que tuve con él fue me sirvió de gran desahogo, fue el soplo de viento fresco que necesitaba.

—Ya ve —me dijo acabando ya nuestra entrevista—, es para volverse locos. Al menos, parece que no quieren comernos el cerebro, ¿verdad?

—Sí, eso había pensado yo también —me arrancó una sonrisa—. ¿Sabe? Creo que tarde o temprano sabremos el motivo de su resurrección. No sé por qué, pero tengo esa corazonada.

—Pues, egoístamente, espero que se retrase todavía un poco, porque hoy tengo la consulta hasta arriba de pacientes. Aparte de traumatólogo, soy psiquiatra y tengo mi gabinete privado —me explicó—. Con tantos recortes en la sanidad, uno no alcanza sólo con el sueldo del Estado y, ahora, con este asunto de los muertos, hay que aprovechar la coyuntura todo lo que se pueda.

—Entiendo…

No pude evitar mirar entonces a la niña. Me daba pena. No sé cómo lo había logrado, pero sincerarme con el doctor hizo que volviera a despertarse de nuevo en mí ese extraño sentimiento paternalista. No creáis que no me reconcomía sentir ese apego. ¡Sí, estaba muerta, copón! Olía a fosa séptica elevado a la enésima potencia. Y poco a poco se estaba pudriendo ante mis ojos. Si no lo evitaba antes, acabaría siendo perseguido por una niña zombi de verdad.

—Esté alerta ante cualquier cambio que se produzca en su conducta —me indicó haciendo un gesto con la cabeza hacía ella—. Tenemos que colaborar entre todos. —Asentí con la cabeza como pude—. Se lo agradecería mucho, señor Ramos. Y no se lamente tanto porque le ande persiguiendo esa niña. Circulan por ahí viejos desdentados, hasta fallecidos por accidentes. ¡Eso sí que es desagradable!

—Lo he visto con mis propios ojos —respondí, mientras giraba la cabeza hacia ella—. Aún seré afortunado, después de todo. —Quise sonreír pero mis labios no respondieron.

—Sin duda, sin duda. —Echó un vistazo a la carpeta que llevaba con mi informe médico—. Suerte es poco. Digamos que ha sido un milagro que la ambulancia no le haya mandado al otro barrio y que además estuviera desocupada en ese momento para poder traerle cagando leches hasta aquí. —Sonrió satisfecho—. Afortunadamente sólo tiene heridas superficiales y un fuerte traumatismo en la cabeza. Ahora le haremos una resonancia para descartar posibles lesiones cerebrales y, si todo saliera bien, mañana igual lo mandamos ya para casa.

—La niña también, ¿no? —añadí resignado.

—Sí, me temo que ella también —suspiró—. Las fuerzas del orden ya no saben qué hacer con ellos. Hasta que no den con la solución, lo mejor es que cada uno se responsabilice de sus muertos, ¿no le parece?

—¿Y qué puedo hacer, doctor? Estoy desesperado.

—Ignórela sin más —me respondió serio y tajante, palmeando mi brazo—, verá cómo todo marcha mejor. Y si no fuera suficiente, acuda a mi consulta y le recetaré algo, ¿de acuerdo? —. Iba a despacharme en aquel momento, cuando añadió algo más—. ¿Practica usted algún deporte? ¿Tiene algún hobby?

—Bueno… Salgo a correr a menudo y voy al gimnasio. En casa suelo leer. Ah, también escribo, tengo un blog personal —esto último lo remarqué con orgullo—. Lo sigue bastante gente.

—Eso está muy bien. Escriba cuando se sienta desbordado, puede ser muy terapéutico.

Lo cierto es que sí, me siento de puta madre gracias a mi teclado y a vuestro apoyo. Pero menudas horas. No puedo dejarlo ahora que estoy tan entregado, chic@s. Voy a por otro café. No quiero defraudaos.

 

Publicado por Ramitos76   21 marzo 2012     06:14 AM                       86 comentarios

 

 

VUELTA A LA RUTINA. El truco de ignorarla me funcionó a la perfección.

Tras regresar del hospital, comencé a peinarla cada mañana en el portal. Me ponía unos guantes de látex, por supuesto, así aprovechaba también para sacudirle un poco la ropa y colocársela en su sitio. Eso sí, nunca se me pasó por la cabeza subirla a casa ni cambiarle de ropa. A pesar de estos cuidados, tenía bien claro dónde quedaba la barrera entre nosotros.

En la recepción de la facultad la veía de reojo controlándome desde un rincón del hall. Gracias a mi continua labor administrativa y al cachondeo que suponía toparse diariamente con algún alumno panoli sintiendo el aliento de su propio muerto en la nuca, la jornada laboral era, al fin, algo más llevadera.

Así, mientras los ciudadanos de a pie convivíamos con los muertos que nos acosaban, los gobiernos de las naciones civilizadas seguían discutiendo sobre ello en sus parlamentos. Encerrar a los fiambres en pabellones y estadios deportivos no iba a resolver el problema real (mayormente, porque se había aplazado la liga de fútbol). Además, como contrapunto, en los países subdesarrollados no se andaban con chiquitas y exhibían los restos desmembrados de los muertos como trofeos frente a las cámaras de los informativos.

Si antes de la invasión de los acosadores veía poco la televisión, ahora apenas lo hago. Para eso existe internet. Sobra decir la que hay liada en el ciberespacio, ¿no, chic@s? Si no fuera por el desahogo que nos suponen a los millones de internautas las redes sociales y los blogs, esta puta sociedad se habría ido al carajo desde el primer día de la invasión. Llamarlo terapia es decir muy poco. Ojalá me hubiera puesto a teclear antes.

¡Madre mía, qué horas! Debería estar yendo ahora mismo al curro. A ver si os comportáis y no me interrumpís tanto, hostia, que ya no doy abasto a todos vuestros mensajes.

Estás enfermo, ChildCareerX. No vuelvas a escribirme más.

Publicado por Ramitos76   21 marzo 2012     07:43 AM                     133 comentarios

 

MUTILADO. El hecho en cuestión que ha dado un nuevo giro de 180º grados a mi vida sucedió ayer tarde, otra vez a escasos metros del portal. De nuevo volvía de regreso del gimnasio y, al igual que el primer día que la conocí, se estaba haciendo de noche. Yo iba escuchando música con los auriculares del móvil para que el camino se me hiciera más ameno y, sobretodo, aislarme del sonido arrastrado de sus pasos.

Ya había doblado la esquina en la que unos días antes había sucedido aquello con el barrendero, el muerto trajeado y los policías, y no sé cómo sentí la necesidad de girarme en ese momento. Creo que, de forma inconsciente, quería comprobar que ella estaba bien y que había podido seguirme sin problemas (desde que presencié el maltrato en la calle a aquel podrido, siempre estuve alerta por si las moscas).

Ella estaba lejos todavía. Me quité los auriculares y proseguí la marcha, más despacio. En dos minutos más o menos me alcanzaría si continuaba a ese ritmo tan lento. Seguí caminando y poco después, cuando apenas nos separaban unos metros, sucedió. Escuché el gemido a mi espalda. Su gemido. La primera e inesperada reacción de la niña.

SombraMe volví en seco, como un resorte. Ella se encontraba a unos dos metros de mí, tensa, agitada. Ya no mostraba sus brazos caídos y plomizos, ni la cabeza gacha. Y en su rostro ya no se dibujaba aquel gesto estúpido de aturdimiento. Esa mueca suya era una sonrisa, de eso estoy seguro. Me lo dijeron sus ojos, increíblemente llenos de vida.

Si la niña había estado buscando algo de mí durante esos días, ya lo había encontrado. Yo tenía al sol escondiéndose tras de mí, sobre los edificios, proyectando una sombra alargada de mi figura que parecía llamar poderosamente su atención. Tanto, que volvió a gemir, pero esa vez de una forma tan espantosa y prolongada que casi me hizo echar a correr. Estaba completamente emocionada, sólo le faltaba dar saltos de alegría. Acostumbrado a verla siempre inexpresiva y ausente, no podía entender qué cojones podría estar pasándole por su podrida sesera.

Poco a poco, me había hecho retroceder y me tenía en ese momento arrinconado contra la pared de mi edificio. Avanzaba hacia mí sin dejar de mirar al suelo bajo mis pies, babeando (literalmente, ¡menudos espumarajos!) y emitiendo unos ruiditos guturales capaces de helarle la sangre a cualquiera. Sólo se estaba tomando su tiempo mientras meditaba su acción, disfrutando como una chiquilla viva a la que se le hubiera materializado de repente en los morros una enorme tarta de chuches.

Con un gesto que todavía me sigue fascinando, se dobló sobre sus rodillas, que chasquearon con un sonido desagradable, y se arrodilló en el suelo. Entonces fue cuando reparé en que mi sombra casi estaba rozando sus zapatos. De pronto (menos mal que no cerré los ojos, si no me lo pierdo), la niña posó las manos sobre la acera y hundió los dedos en mi sombra.

¡Stop! Antes de que me asediéis a comentarios acerca de lo que se siente cuando te arrancan un trozo de sombra (mejor dicho, un buen pedazo de sombra), voy a ir al grano. Sinceramente, estupefacción es poco; conmoción, demasiado; y llamarlo perplejidad sería desmerecer tan surrealista acción. Para que me entendáis lo mejor posible, lo resumiré simplemente con el sonido del desgarro, no se me olvidará nunca. No le he comprobado todavía, pero supongo que debe resultar igual; a ver, primero llenad de agua la bañera de casa, después coged una cartulina gruesa y metedla en el agua. Ahora, sumergid la cabeza y, aguantando la respiración, rasgad la cartulina despacio…muy despacio. Pues eso es, ni más ni menos; así suena cuando desgarran tu sombra. Como un “PFRRR” acuoso y apenas perceptible, ¿os queda claro?

Con esa especie de retal opaco y fláccido entre sus manos, la niña volvió a enderezarse lentamente (fue increíble después de escuchar aquellos sobrecogedores crujidos de huesos). Su mueca de satisfacción era macabra y triunfal. Sus labios azulados y resecos temblaban como si fueran víctimas de un horrible tic, mientras los gemidos se habían transformado en gárgaras que parecían atascadas en lo más profundo de su tráquea, como si precedieran a un vómito. Los ojos, entonces abiertos de par en par, blancos y viscosos, amenazaban con saltar de sus cuencas en cualquier momento.

Mientras mi cerebro aún estaba asimilando toda la escena, ella se dio la vuelta con la misma agilidad que un beodo, sin dignarse siquiera a mirarme, y echó a andar en dirección contraria.

La contemplé alejarse hasta que desapareció a la vuelta de la esquina. Desde entonces, ya no la he vuelto a ver.

¿Que por qué no eché a correr tras ella?, os preguntaréis. Después de lo que acababa de presenciar, ni siquiera me quedaba cuerpo para desearlo, necios. Bastante tengo ahora con quitármela de la cabeza. No os hacéis una jodida idea de lo que significa eso.

Publicado por Ramitos76   21 marzo 2012     11:23 AM                       345 comentarios

 

 

Tiene el pelo castaño y largo, con el flequillo caído sobre la frente. Aparenta unos siete años. Lleva una chaqueta azul marino de punto, un vestido blanco con flores azules, leotardos blancos de algodón y unos zapatos negros de charol con los bordes pelados. Anda tambaleándose.

Por favor, si la habéis visto, escribidme. Y, sobre todo, no os acerquéis a ella, decidme sólo por dónde anda, ¿ok? Gracias, amigos. Ah, por cierto; no pienso subir fotos de mi sombra mutilada, así que no insistáis más.

 

Publicado por Ramitos76   21 marzo 2012     09:01 PM                           9 comentarios

 

 

¿Habéis visto las fotos? No es ningún montaje, como dice algún capullo por ahí. Da un poco de grima ver una sombra sin cabeza, ¿verdad?

Ahora bien, no tengo mucho dinero, pero si veis a la niña por ahí, prometo que os recompensaré. Cualquier información es buena. Sólo quiero verla otra vez, sólo eso. Ayudadme, por favor. Os necesito de veras. Muchas gracias de antemano.

ChildCareerX, como te vea cerca de ella te la arranco de cuajo, depravado de mierda.

 

Publicado por Ramitos76   22 marzo 2012     02:51 AM

 


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