Dossier central

Arthur R. G. Solmssen

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La Brigada Erhardt, cuyos integrantes fueron los primeros en usar la cruz gamada, participó en el golpe de Kapp, el primero contra la República de Weimar y el gobierno del socialdemócrata Ebert. Militares defraudados y freikorps (fuerzas paramilitares de veteranos de guerra), ultranacionalistas y anticomunistas, contribuyeron al aplastamiento de la revolución espartaquista y a la demolición paulatina de la democracia alemana, ya desde las filas del nazismo.

 

Kapp-Putsch, Marinebrigade Erhardt in Berlin

 

 

Camino de perdición

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– Esto es Munich. ¿Ves las torres de la Frauenkirche?

Habían organizado allí un sóviet de Baviera, un grupo de sucios judíos rusos con barbas era el que dirigía realmente el lugar, pero llegamos nosotros e hicimos una limpieza a fondo…

Un patio de ladrillo, un montón de cuerpos femeninos en lo que parecían uniformes blancos, salpicados de sangre negra.  -¿Y estas enfermeras? ¡Mira la gorra de ésta! ¡Son enfermeras!

– No fuimos nosotros -dijo Kaspar, tratando de volver la página-. Lo hicieron los del Freikorps Lützow, las muy putas estaban ocultando a rojos heridos, llevaban pistolas…

Retuve la página.

– ¿Quién sabía que llevaban pistolas? Enfermeras con pistolas. ¿Cómo lo sabes?

– Es lo que dijeron los de Lützow. Nosotros llegamos después…

– ¿Hubo juicio?

Kaspar soltó un bufido.

– ¿Un juicio? A nadie se le hacía juicio, no había tiempo para juicios, ¡estábamos aplastando una revolución!

No podía dejar de mirar la fotografía.

– ¿Tomaste tú ésta?

– Sí.

– ¿Se la has enseñado a tu padre?

Kaspar negó con la cabeza.

-No te enorgulleces de ello, ¿verdad?

Kaspar se encogió de hombros.

– Es la guerra.

– Yo estuve en una guerra -dije-. Vi algunas cosas malas, algunas cosas muy malas, ¡pero nunca vi a nadie matar a dos, cuatro, seis, nueve enfermeras! y tampoco Christoph. Ni tu padre.

Kaspar se sirvió más ginebra holandesa y se la bebió.

– Fue una clase diferente de guerra -dijo-, una guerra civil dentro de nuestro país.

– Lo cual significa que los soldados alemanes mataron a enfermeras alemanas.

– Escondían a comunistas.

– Cuidaban a hombres heridos… presumiblemente también alemanes.

– Cerdos bolcheviques que apuñalaban por la espalda a nuestros soldados. ¡No los consideramos alemanes!

Debí irme a la cama y dejarlo con sus recuerdos, pero no pude dejar de pasar aquellas páginas.

– ¿Qué está sucediendo aquí?

– Es la plaza de armas de Döberitz, aquí mismo, en las afueras de Berlín. En el invierno de 1919 a 1920, el Gobierno nos trajo desde Silesia para limpiar Berlín. Döberitz era nuestra base. Limpiamos Berlín. ¿Sabes lo que iba a hacer el Gobierno después? ¡Licenciarnos! Enviarnos a nuestras casas. ¿Por qué? Porque vuestro Mando así lo dijo. El tratado que firmaron esos bastardos obligaba a Alemania a reducir su ejército a cien mil hombres para marzo de 1920, y el Mando dijo que nosotros contábamos como ejército. En esta fotografía, el general Freiherr, baron von Lüttwitz, está pasando revista a la Brigada Ehrhardt y la Brigada Baltikum, en Döberitz. Yo estoy por ahí, en alguna parte. Dios mío, fue un desfile espléndido, con música y banderas, igual que antes de 1918. Y von Lüttwitz, el más alto general de la Reichswehr en Berlín, es decir, el ejército regular, nos hizo un discurso y nos dijo que de ninguna manera permitiría que el Gobierno nos licenciara.

Lo que sucedió a continuación fue que el gobierno trató de transferirnos del mando de Lüttwitz al de la Marineleitung, es decir la Marina. Eso significaba que iban a licenciarnos. Era el final. Lüttwitz y el capitán Ehrhardt decidieron tomar el poder.

Aquí estamos; la fotografía fue tomada de noche, el doce de marzo de mil novecientos veinte, la marcha sobre Berlín. Aquí estamos a la mañana siguiente, llegando a la Puerta de Brandenburgo. Estas son las banderas imperiales de campaña. Aquí está el general Ludendorff dándonos la bienvenida.

– ¿Esto es lo que llaman el golpe de Kapp?

– Sí, pero Kapp era un tonto, un civil, un político sin ideas, sin programa… Nosotros controlamos toda la ciudad y él no hizo nada, nos limitamos a aguardar…

– ¿Por qué hay cruces blancas en vuestros cascos? ¿Por qué tenéis todos cruces pintadas en el casco?

– Son Hakenkreuze.

– Creo que nosotros las llamamos esvásticas.

– Son indias, o algo por el estilo…

 -Bien, ¿por qué tenéis todos cruces indias en el casco?

Kaspar cabeceó.

-La verdad es que no lo sé. Creo que significa no sé qué sobre la pureza de la raza alemana… -dijo Kaspar muy despacio.

– ¿Las cruces indias?

– Coincido contigo y no sé quién empezó con esas cosas, no fue el capitán Ehrhardt, sólo que… todos lo hacían, pintaban esas cruces…

– Bueno, aquí hay un símbolo que reconozco -un grupo de hombres con casco, Kaspar entre ellos, encaramados en un carro blindado que tenía pintada una enorme calavera con dos tibias cruzadas, las mismas órbitas vacías que miraban desde cada fotografía en las paredes de Villa Keith.

– Creo que es un símbolo que les pega mejor a los soldados -dijo Kaspar.

– ¿Y qué le sucedió a vuestro golpe?

– El gobierno Ebert huyó. Creo que se fue a Dresde. Y convocó la huelga general. Los obreros se fueron a casa. Todo el mundo. La ciudad entera quedó paralizada, no había trenes, ni autobuses, ni electricidad, ni agua, todas las tiendas cerradas, no había víveres… Los bancos cerraron, no podíamos pagar a los hombres. El doctor Kapp dijo al capitán Ehrhardt que abriera a la fuerza el Reichsbank, pero el capitán replicó que él no era un ladrón de bancos… Lo que hubiéramos tenido que hacer es ejecutar a unos cuantos dirigentes huelguistas como escarmiento… Pero nadie nos decía qué teníamos que hacer, simplemente nos limitábamos a montar guardia en la ciudad muerta.

[…]

– ¿Y el golpe fracasó?

– Todos nos traicionaron. En Dresde, el general Maercker tenía que arrestar a los funcionarios del gabinete, pero no lo hizo, se limitó a enviarlos a Stuttgart. Los ingleses habían prometido apoyarnos; negaron semejante cosa. La policía de seguridad prusiana dijo a Kapp que tenía que renunciar, y él renunció. Se limitó a huir. Se metió en un taxi y fue al aeropuerto. El Estado Mayor Central, en la Bendlerstrasse, vio que no podíamos ganar, de modo que envió a un coronel a decirle al general von Lüttwitz que debía renunciar. Y renunció, entregó el mando al general von Seeckt… y allí nos quedamos, dominando por completo la capital, sin jefes, sin órdenes, sin nada. ¡Nada en absoluto!

Kaspar había vuelto a sentarse en el sofá, con la cara entre las manos. Lo dejé así un minuto; cuando volvió a levantar la mirada, sus ojos estaban húmedos.

– Pero permitieron que nos retirásemos, marchando. Von Seeckt dio permiso al capitán Ehrhardt para que la Brigada se retirara desfilando con nuestra música y nuestras banderas, y eso hicimos; ¿y sabes qué sucedió? Todos aquellos bastardos, los obreros y conductores de autobuses v empleados que estaban en huelga salieron a la calle en tropel y nos silbaron, nos gritaron, nos arrojaron botellas de cerveza, de modo que tuvimos que detenernos y disparar contra ellos. ¡Dios mío, hubieras visto a aquellos cerdos cómo corrían! ¡Me hubiese gustado matarlos a todos! Cruzamos desfilando la Pariser Platz, la Puerta de Brandenburgo, con nuestra banda tocando v todos cantando.

– ¿Adónde fuisteis?

– Regresamos a nuestra base. Döberitz.

– ¿Y el Gobierno os castigó?

Kaspar negó con la cabeza.

 -Por el contrario, todavía querían utilizarnos contra los comunistas. Cumplieron lo que Kapp nos había prometido. Después, nos ordenaron dirigirnos a Münster. Yo sabía que iban a licenciarnos y me vine a casa. Y estuve en lo cierto. En mayo de 1920, licenciaron a la Brigada, dejaron a los hombres en la calle para que cuidaran de sí mismos -Kaspar emitió un suspiro y se sentó otra vez en el sofá, con los ojos cerrados.

– ¿Cuál fue el objeto de todo eso? -pregunté.

– ¿El objeto? ¿Qué significa eso? -sus ojos seguían cerrados.

– ¿Qué queríais conseguir con el golpe? ¿Que volviera el Kaiser?

– ¡Por Dios, no! Nadie quería que volviera el Kaiser.

– Pero vosotros llevabais las banderas del Kaiser, llevabais brazaletes negros, blancos y rojos. Si no queríais al Kaiser, ¿qué queríais?

– Queríamos deshacernos de esos bastardos socialistas y judíos que firmaron el Tratado de Versalles, que arruinaron nuestro país, que humillaron a nuestro país…

– Pero ¿a quién queríais en su lugar? Al parecer, no os gustaba Kapp…

– Kapp no era nadie.

– Y el general von… ¿cuál es su nombre? ¿Lüttwitz? ¿Queríais que él gobernara el país?

-No, renunció demasiado fácilmente.

-¿El capitán Ehrhardt?

-No, el capitán no está interesado en política.

-¿No está interesado en política? ¡Pero quería tomar el poder!

-Sólo como soldado. Quería barrer a los traidores que querían dárselo todo a los aliados.

-Pero ¿a quién queríais poner en su lugar? Si no queríais una monarquía y no queríais la república, ¿qué queríais?

Por fin Kaspar abrió los ojos. Echaban fuego.

– iQueremos una Alemania fuerte y orgullosa! -exclamó.

– Vas a despertar a toda la casa.

– ¡Me gustaría despertar a todo el país! Mira lo que han hecho ahora. Han hecho a un judío nuestro ministro de Asuntos Exteriores, un judío que quiere arrastrarse de rodillas ante los aliados, pagarles “indemnizaciones”, ciento treinta y dos mil millones de marcos oro… Indemnizaciones ¿por qué? Quiero decir que sería un chiste si no fuera una tragedia. ¡Y ahora firma un tratado de paz con Moscú! Nos hemos pasado dieciséis meses, marchando de un lado a otro de Alemania, disparando contra los comunistas, recibiendo disparos de los comunistas… ¡y Herr Rathenau firma un tratado de paz con ellos!

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5. SolmssenArthur R. G. Solmssen. Una princesa en Berlín. Barcelona, Tusquets, 1980, págs. 86-92.

 

 

 

 

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