Bertrand Russell

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Bertrand RussellEn estas páginas extraídas de las memorias de Bertrand Russell (1872-1970), el filósofo inglés narra sus impresiones acerca de las opiniones y reacciones de la población londinense al anuncio del comienzo y el fin de la Primera Guerra Mundial. Y lo hace, por supuesto, desde su condición de humanista y pacifista. En vísperas del estallido de la guerra, muchos intelectuales se posicionaron en su contra, pero tras la llamada de la patria, la mayoría olvidó su antibelicismo, convirtiéndose en cómplices del despliegue propagandístico a favor de la contienda. Esta metamorfósis no afectó a Bertrand Russell, quien pasaría a formar parte de una minoría continuadora de la labor realizada por los movimientos pacifistas y la Internacional Socialista en años anteriores. Su activismo en contra de la participación británica en la guerra, le costó su expulsión de la Universidad de Cambridge y la cárcel. Es una crítica a la guerra y a sus métodos de persuasión, cargada de ironía, indignación y perplejidad.

 

 

Experiencias de un pacifista

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Mi vida fue tajantemente dividida en dos períodos por el estallido de la Primera Guerra Mundial, que me libró de muchos prejuicios y me hizo pensar de nuevo en algunas cuestiones fundamentales.

Como otros, había observado con espanto el creciente peligro de guerra. (…) Preveía que una gran guerra señalaría el fin de una época y rebajaría drásticamente el nivel general de la civilización. Por esas razones, hubiera deseado que Inglaterra hubiera permanecido neutral. La historia posterior me ha confirmado en esta opinión.

En los calurosos días del final de aquel julio, estuve, en Cambridge, discutiendo la situación con todo el mundo. Me parecía imposible creer que Europa fuera tan loca como para lanzarse al conflicto, pero estaba persuadido de que, si había guerra, Inglaterra se vería envuelta en ella. Recogí las firmas de un gran número de profesores y agregados, en un manifiesto a favor de la neutralidad, que apareció en el Manchester Guardian. El día que la guerra fue declarada, casi todos ellos cambiaron de opinión. Recordando ese pasado, resulta extraordinario que no se tuviera una percepción más clara de lo que iba a ocurrir.

Pasé la noche del 4 de agosto andando por las calles, principalmente por los alrededores de Trafalgar Square, percibiendo la excitación de la multitud yRetratos de memoria y otros ensayos, Bertrand Ruselll dándome cuenta de las emociones de los transeúntes. Durante ese día y los siguientes, descubrí con asombro que la mujer y el hombre medio estaban contentos ante la perspectiva de la guerra. Había acariciado tiernamente la idea de que gobiernos despóticos y maquiavélicos imponían la guerra a pueblos que no la querían, como se imaginaron la mayoría de los pacifistas.

El patriotismo me torturó. Los éxitos de los alemanes antes de la batalla del Marne fueron horribles para mí. Deseé la derrota de Alemania tan ardientemente como un coronel retirado. Mi sentimiento más intenso es probablemente el amor a Inglaterra y, en aquellos momentos, significaba una renuncia muy difícil mi aparente despego hacia ella. A pesar de todo, no dudé ni un sólo momento lo que debía hacer. A veces, el escepticismo me ha paralizado; he sido cínico en ocasiones; otras veces, indiferente; pero, cuando llegó la guerra, actué como si oyese la voz de Dios. Sabía que mi cometido era protestar, por inútil que la protesta pudiese ser. Todo mi ser estaba comprometido en la empresa. Como amante de la verdad, la propaganda nacional de todas las naciones beligerantes me enfermaba. Como amante de la civilización, la regresión a la barbarie me aterraba. Como hombre de sentimientos paternales frustrados, la matanza de la juventud atormentaba mi corazón. Apenas podía suponer lo que ganaría oponiéndome a la guerra, pero tenía la impresión de que, por el honor de la naturaleza humana, los que no se habían derrumbado debían demostrar que se mantenían de pie. Después de ver los trenes de tropas salir de Waterloo, solían asaltarme extrañas visiones de Londres, en las que éste aparecía como un lugar irreal. Solía ver, con la imaginación, los puentes desplomándose y hundiéndose, y toda la gran ciudad desvaneciéndose como la niebla de la mañana. Sus habitantes empezaron a parecerme alucinaciones, y me preguntaba si el mundo en el que pensaba que había vivido no era sólo un producto de mis propias pesadillas febriles. Tales estados de ánimo, sin embargo, fueron breves, y la necesidad de trabajar terminó con ellos.

 Hablé en muchos mítines pacifistas, por lo general sin incidentes, pero hubo uno, en apoyo de la revolución de Kerensky, que fue más violento. Tuvo lugar en la iglesia de la Fraternidad, en Southgate Road. Los periódicos patrióticos repartieron octavillas por todas las tabernas de los alrededores (es un distrito muy pobre), en las que se podía leer que estábamos en comunicación con los alemanes y que indicábamos a sus aviones los lugares donde debían arrojar las bombas. Esto nos hizo algo impopulares entre la vecindad y, muy pronto, una multitud tumultuosa se puso a asediar la iglesia. La mayoría de nosotros creímos que la resistencia sería inmoral, y, los que no, imprudente, puesto que algunos éramos completamente contrarios a cualquier violencia, y otros comprobaron que teníamos pocas fuerzas para resistir a toda la muchedumbre del suburbio que nos rodeaba. Algunos, entre ellos Francis Meynell, intentaron enfrentarse con ella, y recuerdo cómo le vi volver de la puerta con la cara llena de sangre. Nuestros asaltantes irrumpieron, en esto, conducidos por algunos militares; todos, menos los militares, estaban más o menos borrachos. Los más fieros eran algunas viragos que llevaban tablas con clavos oxidados. Los que dirigían intentaron inducir a las mujeres que estaban en nuestras filas a que se retiraran para poder tratarnos como creían que nos merecíamos los hombres pacifistas, a todos los cuales suponían cobardes. (…) Cada uno de nosotros tuvo que escapar como pudo mientras la policía nos contemplaba calmosamente. Dos de las viragos borrachas empezaron a atacarme con sus tablas con clavos. Mientras me preguntaba cómo había que defenderse de un ataque de ese tipo, una de las señoras que estaba con nosotros acudió a los policías instándolos a que me defendieran. Pero la policía se limitó a encogerse de hombros. «Tengan en cuenta que es un filósofo eminente», dijo la señora, y el policía siguió encogiéndose de hombros. «Tenga en cuenta que es un profesor famoso en el mundo entero», añadió ella. El policía siguió inconmovible. «Mire que es hermano de un conde», acabó gritando ella. Entonces, la policía se precipitó a auxiliarme. Sin embargo, era demasiado tarde para que sirvieran de algo, y debo mi vida a una joven, a la que no conocía, que se interpuso entre las viragos y yo, el tiempo suficiente para que pudiera escaparme. Me siento feliz al decir que ella, gracias a la policía, no fue atacada. Pero un buen número de personas, incluyendo a varias mujeres, llevaban desgarrada la parte posterior de sus vestidos, al dejar el edificio.

El clérigo al que pertenecía la iglesia de la Fraternidad era un pacifista de notable coraje. A pesar de esa experiencia, me invitó en otra oportunidad a hacer un llamamiento en su iglesia. En esta ocasión, sin embargo, la muchedumbre prendió fuego al pulpito y el llamamiento no tuvo lugar. Estas son las dos únicas veces en que he tropezado con la violencia personal; los restantes mítines en que participé se desarrollaron sin disturbios. Pero tal es el poder de la propaganda de la prensa, que mis amigos no pacifistas vinieron a decirme: «¿Por qué continúa organizando mítines, si todos ellos son interrumpidos por la multitud?»

Durante cuatro meses y medio, en 1918, estuve preso, por hacer propaganda pacifista. Pero, gracias a la intervención de Arthur Balfour, estuve en primera categoría, así que, mientras permanecí en la prisión, pude leer y escribir todo lo que quise, con tal de que no hiciese propaganda pacifista. (…) Mis compañeros de prisión me parecieron bastante interesantes y de ninguna manera inferiores moralmente al resto de las personas, aunque estuviesen, en conjunto, ligeramente por debajo del nivel general de inteligencia, como lo demostraba el hecho de haber sido detenidos. (…) A mi llegada me divertí mucho con el guardián de la puerta, que tuvo que hacerme la ficha. Me preguntó la religión que profesaba, y yo contesté: «agnóstico». Entonces me preguntó cómo se escribía esa palabra, y comentó, exhalando un suspiro: «Bueno, hay muchas religiones, pero supongo que todas ellas adoran al mismo Dios.» Esta observación me regocijó durante casi una semana.

Salí de la cárcel en septiembre de 1918, cuando estaba claro que la guerra iba a terminar. Durante las últimas semanas, como la mayoría de la gente, basé mis esperanzas en Wilson, en sus Catorce Puntos y en su Sociedad de Naciones. El final de la guerra fue tan rápido y dramático, que nadie tuvo tiempo de ajustar sus sentimientos al cambio de las circunstancias. Supe, en la mañana del 11 de noviembre, que el armisticio era inminente, algunas horas antes que la generalidad del público. Salí a la calle y se lo anuncié a un soldado belga, que dijo: «Tiens, c’est chic!» Entré en un estanco y se lo dije a la señora que me despachó. «Me alegro de ello -me contestó- porque ahora conseguiremos desembarazarnos de los prisioneros alemanes.» A las once en punto, cuando se anunció el armisticio, estaba en Tottenham Court Road. En dos minutos, toda la gente salió a la calle, de las oficinas y de las tiendas. Conducían los autobuses y los hacían ir a donde querían. Vi a un hombre y a una mujer completamente extraños un momento antes, que, al encontrarse en medio de la calle, se besaron. La multitud se regocijaba y yo también me regocijé. Pero permanecí tan solitario como antes. (…)

 

RUSSELL, Bertrand, Retratos de memorias y otros ensayos, Alianza Editorial, Madrid, 1976, pp. 32-37.

 

 

Manifestación pacifista

 

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