Dossier central

Ernst Jünger

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Durante la guerra de posiciones se desarrollaron las trincheras como defensa y ataque frente al enemigo y al nuevo armamento basado en la ametralladora. En un principio eran improvisadas, pero poco a poco se fueron perfeccionando. Eran pasillos excavados en la tierra, llenos de barro, y con todo tipo de recursos para controlar los conflictos desde esos callejones. Los hombres pasaban del miedo a la metralla del enemigo al aburrimiento en los periodos en los que no se abría fuego. El exterior de las trincheras se protegía con alambradas y estacas. En algunas zonas las trincheras de cada bando estaban separadas por varios metros.
Otra arma temida por los soldados fue el gas venenoso. Este elemento abarcaba el gas lacrimógeno, el gas mostaza y el fosgeno. Había sido prohibido por la conferencia de La Haya en 1899, la empezaron a utilizar los alemanes y depués fue corriente en todos los bandos.
Ernst Jünger, escritor alemán y testigo de la I Guerra Mundial, dejó en su obra Tempestades de acero un relato estremecedor sobre la guerra de trincheras, el efecto del gas venenoso y la penuria de los soldados en el frente.

 

Primera Guerra Mundial. Trincheras

Acero y gas sobre las trincheras

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 7 de octubre de 1915. Al amanecer me encontraba al lado del centinela de mi pelotón, en el escalón de los tiradores cercano a nuestro abrigo; una bala de fusil le ha desgarrado la gorra, de delante a atrás, sin causarle la menor herida. A esa misma hora fueron heridos dos zapadores junto a las alambradas. Uno recibió un tiro de rebote que le atravesó ambas piernas; el otro, un balazo que le perforó la oreja.

Durante la mañana el centinela del flanco izquierdo ha sido herido por un balazo que le ha atravesado las dos mejillas. La sangre salía a borbotones de la herida en gruesos chorros. Para que la desgracia fuera completa, hoy ha venido también a nuestro sector el alférez von Ewald; quería hacer unas fotos de la zapa N, que queda a sólo cincuenta metros de distancia de nuestra trinchera. Al darse la vuelta para bajarse del apostadero, un proyectil le destrozó la nuca. Murió en el acto. En el apostadero quedaron grandes trozos de hueso de su cráneo. Además, un hombre recibió en un hombro un balazo de poca gravedad.

19 de octubre. El enemigo ha bombardeado con granadas del calibre 150 la zona defendida por la sección central de nuestra compañía. La onda expansiva arrojó a un hombre contra uno de los palos del revestimiento de la trinchera. Ha sufrido graves lesiones internas; además, un casco de metralla le ha seccionado la arteria de un brazo.

Mientras hacíamos mejoras en nuestra alambrada del flanco derecho hemos descubierto, en la niebla matinal, el cadáver de un francés que sin duda llevaba allí varios meses.

Durante la noche fueron heridos dos de nuestros hombres mientras tendían alambradas. Gutschmidt recibió varias balas que le perforaron las dos manos; otra le atravesó un muslo; Schäfer, un tiro en la rodilla.

30 de octubre. Después de un intenso aguacero se derrumban por la noche todos los traveses; al mezclarse con el agua de la lluvia forman una pasta espesa que ha convertido la trinchera en un profundo barrizal. El único consuelo es que tampoco los ingleses han salido mejor librados, pues los veíamos sacar con todo ahínco agua de sus trincheras. Como estamos en una posición un poco más elevada que la suya, les hemos enviado toda el agua que a nosotros nos sobraba. También hemos hecho uso de los fusiles provistos de miras telescópicas. Los derrumbados taludes de la trinchera han dejado al descubierto un gran número de cadáveres procedentes de las luchas del pasado otoño.

9 de noviembre. Me hallaba delante del Fuerte Altenburg, al lado de Wiegmann, un hombre de la tercera reserva, cuando un proyectil llegado de muy lejos le ha perforado la bayoneta que llevaba colgada a la espalda y le ha producido una grave herida en la cadera. Las balas inglesas provistas de una punta que se astilla con facilidad son verdaderas “balas dumdum”, es decir, balas explosivas.

Por lo demás, la permanencia en esta pequeña obra de tierra que se halla oculta en medio del paisaje y en la cual me encuentro ahora con una subsección destacada de la compañía, ofrece mayor libertad de movimientos que la primera línea. Por el lado del frente una pequeña elevación nos proporciona cobertura; a nuestras espaldas el terreno va ascendiendo hasta llegar al bosque de Adinfer. A unos treinta pasos detrás de la obra se encuentra la letrina; para utilizarla es preciso adoptar la misma postura que si uno estuviese cabalgando. Desde el punto de vista táctico no está precisamente bien elegido el lugar. La letrina consiste en un tablón apoyado en dos soportes, por debajo del cual se ha abierto una larga zanja. Al soldado le agrada quedarse allí mucho rato, bien para leer el periódico, o bien para organizar sesiones conjuntas, a la manera de los canarios. Allí está la fuente de todo tipo de oscuros rumores que circulan por el frente y a los que se suele denominar “consignas de letrina”. Lo agradable del lugar queda ciertamente perturbado en este caso por el hecho de que, aunque no sea un sitio visible, puede ser batido, sin embargo, por fuego indirecto que pasa por encima de la ligera elevación que lo protege. Cuando pasan completamente a ras de la cima de esa elevación, los proyectiles atraviesan la depresión a la altura del pecho y entonces la única forma de estar seguro consiste en tirarse al suelo. Puede así ocurrir que uno tenga que tirarse al suelo dos o tres veces en el transcurso de una misma sesión, mejor o peor vestido, para dejar que le pase rozando por encima, como una escala musical, una serie de disparos de ametralladora. Esto da ocasión, como es natural, a toda clase de bromas.

Entre las varias distracciones que ofrece este lugar se cuenta la caza de todo tipo de animales, especialmente las perdices, que en cantidades innumerables dan vida a los desolados campos. A falta de escopetas de perdigón nos vemos obligados a aproximarnos mucho a estos animales, que son poco tímidos y que nosotros denominamos aspirantes a la cazuela, para conseguir así que la bala les acierte en la cabeza; de lo contrario, poca carne quedaría para el asado. De todos modos, es preciso evitar que el afán de la persecución nos haga salir de la hondonada en que nos encontramos, ya que entonces podemos ser batidos por el fuego de las trincheras enemigas.

[…]

¡Ataque de gas! ¡Ataque de gas! ¡Gas! ¡Gaaas! Una cegadora corriente de gas iba rodando, a la luz de las bengalas, sobre las negras almenas de los muros. Puesto que también dentro de la mina se dejó sentir un fuerte olor a cloro encendimos delante de las entradas grandes hogueras de paja; a punto estuvo su acre humareda de expulsarnos de nuestro refugio, y nos obligó a purificar el aire agitando capotes y lonas de tienda de campaña. A la mañana siguiente pudimos ver en la aldea, estupefactos, las secuelas dejadas por el gas. Muchísimas plantas estaban marchitas, caracoles y topos yacían muertos por doquier y a los caballos acantonados en Monchy y pertenecientes a los enlaces montados el agua les fluía de la boca y de los ojos.

Una hermosa pátina verde cubría los proyectiles y los cascos de metralla que por todas partes estaban diseminados. Incluso en Douchy había dejado sentir su efecto aquella nube. El personal civil, a quien aquello le produjo mucho miedo, se concentró ante el alojamiento del coronel von Oppen para reclamar máscaras antigás. El mando cargó a aquella gente en camiones y la trasladó a poblaciones muy alejadas en la retaguardia.

La noche siguiente volvimos a pasarla en la mina; a última hora de la tarde se nos comunicó que a las cuatro y cuarto de la madrugada nos repartirían café, pues un desertor inglés había dicho que a las cinco habría un ataque.

En efecto, acababan apenas de despertarnos los hombres encargados de traer el café, que volvían con él, cuando resonó el grito, bien conocido ya por nosotros, de “¡ataque de gas!”. Afuera flotaba en el aire un olor dulzón; más tarde nos enteramos de que en esta ocasión el enemigo nos obsequió con fosgeno. En el arco de trincheras de Monchy se desencadenó un violento fuego de tambor, cuya intensidad, sin embargo, decreció pronto.

Aquella agitada noche fue seguida por una mañana reparadora. El alférez Brecht apareció en la calle de la aldea saliendo del ramal 5 de aproximación. Llevaba la mano envuelta en una venda empapada de sangre y lo acompañaban un soldado con la bayoneta calada y un prisionero inglés. Brecht fue triunfalmente recibido en la sede de la plana mayor, instalada en el sector oeste, y relató lo siguiente.

A las cinco de la mañana los ingleses habían lanzado nubes de gas y de humo y a continuación habían bombardeado intensamente con minas la trinchera. Como de costumbre, nuestros hombres habían salido rápidamente de sus abrigos mientras caían los últimos proyectiles; en ese momento habían sufrido más de treinta bajas. Luego habían aparecido, envueltas en las nubes de humo, dos patrullas inglesas.

 

JÜNGER, Ernst, Tempestades de acero. Barcelona, Tusquets Editores,  1987, págs. 55-56 y 87-88. Ernst  Juenger

 

 


 

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