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John Doss Passos

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John Dos PassosJohn Doss Passos (1896-1970), como miembro destacado de la “Generación perdida” junto con Hemingway, Faulkner o Scott Fitzgerald, pudo ver de cerca los horrores de la Primera Guerra Mundial. Fue conductor de ambulancias en el frente francés, al alistarse voluntario tras un viaje a España, así que esta experiencia sirvió de telón de fondo a su primera novela, La iniciación de un hombre: 1917 (1920). Allí aparecen ya las características de su estilo fragmentario y su simpatía hacia el individuo en rebelión, aunque acabe siendo engullido por un sistema injusto y materialista. Su acercamiento al socialismo fue diluyéndose durante el período de entreguerras, como cuando contó a Hemingway, en el Hotel Florida del Madrid de la Guerra Civil, que los soviéticos habían asesinado a su amigo y traductor de su obra José Robles. Aquel le contestó: “Ni entiendes la guerra, ni estás hecho para ella”.

 

Revolución

separador_50[…]

 

– Somos esclavos. Estamos ciegos. Estamos sordos. ¿Por qué discutir nosotros, que no tenemos la experiencia de otras cosas sobre las que basarnos? Siempre ha sido igual: el hombre esclavo de los bienes, de la religión, de su propia sombra… En primer lugar, debemos romper nuestros lazos, abrir los ojos, limpiarnos los oídos. Ahora sólo sabemos aquello que nos dicen los dirigentes. ¡Oh, mentiras, mentiras, mentiras y más mentiras que están asfixiando la vida! Debemos arremeter una vez más a favor de la libertad, por el bien de la dignidad humana. Debemos alzarnos desesperada, cínica y despiadadamente, para demostrar, al menos, que no vamos a consentirlo; que somos esclavos, pero no esclavos consentidores. ¡Oh, hemos sido engañados tantas veces! ¡Hemos sido tan ingenuos, tan ingenuos!

– Tienes razón –dijo el rubio normando, en tono hosco-: hemos sido unos ingenuos.

La súbita reflexión congeló a todos en el silencio durante un rato. Sin proponérselo, aguzaron el oído para escuchar los cañonazos. Ahí estaban, estallando violentamente, incesantes, hacia el Norte, como un sordo y apresurado golpear de tambores.

Cesa; no apures hasta sus posos el vino

de la amarga Profecía.

El mundo está hastiado de su pasado,

¡oh, muera ya o descanse en paz!   [1]

 

Unos fragmentos del Hellas habían estado rondando la mente de Martin mientras se desarrollaba toda la conversación.

Tras una larga pausa, se volvió hacia Merrier y le preguntó cómo le había ido durante el ataque.

– ¡Oh!, no me fue mal del todo. He podido conservar el pellejo –dijo Merrier,  sonriendo-. Resultó un asunto muy aburrido. Tras aguardar durante ocho horas bajo un bombardeo de gas, recibimos la orden de avanzar, así que nos pusimos en marcha precedidos por el fuego antiaéreo. Al llegar, no hubo resistencia. Hicimos muchos prisioneros y volamos varios refugios, y yo tuve la fortuna de encontrar gran cantidad de chocolate alemán. Le aseguro que nos resultó muy útil, pues estuvimos dos días sin recibir ravitaillement. Sólo teníamos galletas, así que las tosté junto con el chocolate y comimos bastante bien, aunque luego casi me muero de sed… No obstante, tuvimos muchas bajas al comenzar el contraataque.

– ¿Y ninguno de ustedes resultó herido?

– Cuestión de suerte… Pero perdimos a muchos y muy queridos amigos. Siempre sucede igual.

– Mirad lo que me traje… un fusil alemán –dijo André Dubois, mientras se dirigía hacia el extremo de la habitación.

– Vaya souvenir –dijo Tom, incorporándose de pronto y despertando del ensimismamiento en que había estado sumido durante toda la conversación en aquel atardecer.

– Y yo tengo trescientos cartuchos con balas. Algún día me serán de utilidad.

– ¿Cuándo?

– Durante la revolución… después de la guerra.

– Ésa es la clase de palabras que me gusta oír –exclamó Tom, poniéndose en pie-. ¿Por qué esperar a que termine la guerra?

– ¿Por qué? Porque no tenemos valor… Pero no será posible hasta después de que acabe la guerra.

– ¿Y cree que será posible entonces?

– Sí.

– ¿Y se conseguirá algo?

– ¡Dios lo sabe!

– ¡Una última botella de champaña! –exclamó Merrier.

Volvieron a sentarse a la mesa. Martin echó una ojeada a su alrededor y, al contemplar aquellos rostros oscuros y ansiosos, los ojos ardientes de esperanza y resolución, sintió que lo invadía una súbita alegría.

– Todavía existe la esperanza –dijo, alzando un vaso-. Somos demasiado jóvenes y estamos demasiado necesitados para fracasar. Tenemos que hallar el medio, descubrir el primer paso en una senda que nos guíe hacia la libertad, o la vida no será más que una burla.

– ¡A la salud de la Revolución, la Anarquía y el Estado socialista! –exclamaron todos a un tiempo, apurando los vasos. Todas las velas, excepto una, se habían consumido. Sus siluetas vibraban y oscilaban reflejadas en largos brazos y piernas grotescas y cambiantes en torno a la estancia.

– Pero antes tiene que haber paz –dijo Jean Chenier, el normando, torciendo la boca en una sonrisa ligeramente amarga.

-¡Oh, desde luego, tiene que haber paz!

– De todas las esclavitudes, la esclavitud de la guerra, la de los ejércitos, es la más amarga y deplorable de las esclavitudes –decía Lully, con el semblante, moreno y terso, contraído en una mueca de odio y exaltación-. La guerra es nuestro principal enemigo.

– Pero, amigo mío –dijo Merrier-, al final venceremos. Todos los hombres, en todos los ejércitos del mundo, piensan igual que nosotros. La simiente está brotando en todas las mentes.

– El día no tardará en llegar. Sonará el toque a rebato.

– ¿Lo cree realmente? –inquirió Martin-. ¿Es que poseemos el valor, poseemos la energía, poseemos el poder? ¿Somos acaso los hombres que fueron nuestros antecesores?

– No –dijo André Dubois, golpeando violentamente la mesa con el puño-, somos simples intelectuales. Nos aferramos a un mundo momificado. Pero ellos sí poseen el poder y el valor.

– ¿Quiénes?

– La estúpida masa de gente trabajadora.

– Sólo podemos combatir las mentiras –dijo Lully-; los engañan tan fácilmente… Eso es lo que debemos hacer cuando haya terminado la guerra.

– ¡O, sí, somos tan ingenuos! –exclamó André Dubois-. En primer lugar, debemos luchar contra las falsedades. Son las que nos asfixian.

 

Es muy tarde. Martin y Tom regresaban a casa caminando bajo una fría y pálida luna casi oculta por el Oeste; hacia el Norte se distinguía un débil y vacilante resplandor sobre las cimas de las pequeñas colinas; y llegaba el sonido de los cañonazos, semejante al sordo ruido de un tambor golpeando apresuradamente.

– Mientras haya gente como esta, no debemos desesperar de la civilización –dijo Martin.

– Con gente joven y sin temor pueden hacerse muchas cosas.

– Tenemos que volver a visitar a estos tipos. Es tan consolador poder hablar…

– Y te dan la sensación de que en el mundo está ocurriendo realmente algo, ¿no es así?

– ¡Oh, es magnífico! Imagínate, quizá pronto llegue el despertar.

– Quizá nos despertemos mañana y…

– Es demasiado importante para tomarlo a broma; nos seas burro, Tom.

Se envolvieron en sus mantas, en el oscuro granero, escuchando el fuego, semejante a un redoble de tambores en la lejanía. Tendido de costado, con los ojos cerrados, Martin volvió a ver al grupo de individuos vestidos con uniformes azules, hombres de rostros morenos y ansiosos y mirada resplandeciente de esperanza, y les vio mover sus rojos y carnosos labios mientras hablaban.

La luz de la vela arrojaba la sombra de sus cabezas, inmensas y fantásticas, y sus brazos gesticulantes sobre las paredes blancas de la cocina. Y a Martin le pareció que todos sus amigos estaban reunidos en aquella habitación.

 

[…] En el puesto de socorro no se oye el menor sonido. Una tenue luz verdosa se filtra de los plácidos bosques en el exterior. Martin está arrodillado junto aTrinchera tras la batalla. Primera Guerra Mundial una camilla sobre la que yace una destrozada masa de uniforme azul, traspasada en varios puntos por blancos vendajes empapados en sangre oscura. El abultado rostro, cubierto de barro, está muy descolorido y gris. Los pálidos cabellos caen en mechones sobre la frente. La nariz es afilada, pero en torno a los labios, crispados de dolor, se dibuja una leve sonrisa.

– ¿Hay algo que quiera que le traiga? –pregunta Martin con cuidado.

– Nada.

Los azulados párpados descubren poco a poco unos ojos castaños que arden febrilmente.

– Aún no me lo ha dicho… ¿Cómo está Merrier?

– Un obús…Muerto… ¡Pobre muchacho!

– ¿Y Lully, el anarquista?

– Muerto.

– ¿Y Dubois?

– ¿De qué sirve preguntar? –replica bruscamente la débil y susurrante voz-. Todo el mundo está muerto. Usted está muerto, ¿verdad?

– No, estoy vivo; y también usted. Un poco de valor… Tenemos que confiar.

– Ya falta poco. Mañana, al día siguiente…

Los azulados párpados se deslizan hacia atrás sobre los ojos enloquecidos y febriles, y el rostro vuelve a adoptar el aspecto macilento de la muerte.

 

Dos Passos, John, La iniciación de un hombre: 1917. Madrid, Errata Naturae, 2014, págs. 43-45.

La iniciación de un hombre, John Dos Passos

 

 

 

 

[1] Poema de Percy Bysshe Shelley (1792-1822) autor romántico inglés y marido de Mary Shelley. Último poema publicado en vida del autor, fue escrito en 1821 y trata sobre la guerra de Independencia griega.

 


 

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