Antón Castro

La mejor compañía del poeta

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Conocí a Mariano Esquillor (1919-2014) cuando aún era paleta, yesaire, cuando aún hacía casas, lucía paredes y parecía incomodar a su “diosa cotidiana”, Fanny o Fuensanta, con su vocación poética. Era como si, en el andamio o en el esqueleto de una escalera, le llegasen las imágenes, la intuición en forma de explosiva metáfora. Mariano había trabajado duro y había encontrado en la palabra, luminosa y descarnada, liberadora y trágica, una razón de ser. Un punto de fuga. Un piélago de emociones encontradas con su propio remanso. El poeta Ángel Guinda hablaba de él con mucho cariño ya en los años 80, y quizá antes: lo retrataba como un hombre especial, telúrico, voluntarioso, que sentía con intensidad y quizá con rabia. Y que tenía la pasión incontenible de escribir.

Mariano EsquillorAlgún tiempo más tarde, a principios de los 90, lo conocí mejor: concertamos una cita y me contó su historia para ‘El Periódico de Aragón’; Eduardo Bayona le hizo un montón de fotos. Alguien le dejó un libro de Víctor Hugo, me explicó, y aquello le abrió una veta y una vereda. Se dijo: “Si se puede soñar y escribir así, es lo que quiero hacer”. No abrazó la prosa (algo que haría mucho más tarde en sus personales poemas en prosa), sino la lírica en verso libre y en ella se zambulló desde muy pronto. Se hizo amigo de los poetas de entonces, de los 60 y 70, se familiarizó con la gente del café Niké, aunque él nunca frecuentó aquel espacio de rebeldías ni tampoco conoció a Miguel Labordeta; tuvo un primer maestro, Manuel Pinillos, sabio, raro, bebedor, charlista infatigable, que le dio sabios consejos y le enseñó que la poesía llega, se escribe y luego se depura en un ejercicio de perfección caligráfica y sonora a solas.

Mariano le hizo caso, y así fue creciendo. Fijándose, puliendo, con entrega absoluta. Sentía mucho, visceralmente, lo atropellaban los verbos y las visiones. A aquel fervor por Víctor Hugo, lo seguiría el descubrimiento de otros poetas como Rimbaud, Lorca, Baudelaire, más tarde John Donne. Leía con el desorden del soñador atravesado por el delirio y los puñales del espanto. En aquella primera cita de los 90, Mariano habló y habló de todo: de su amada, de nuevos amigos entrañables como Luciano Gracia o Julio Antonio Gómez, el editor y poeta y ciudadano estrafalario y burlón le animaba a que siguiese su camino para convertirse “en un gran poeta”; hablaba de Ana María Navales y del citado Guinda, que serían después los albaceas de su obra. No era fácil explicar al poeta albañil: era sincero, quizá un visionario bañado en tormentos y búsquedas, tenía un barniz romántico y frecuentaba, quizá por adivinación, algunos caminos del simbolismo. O de la alegoría un tanto tenebrosa que se volvía escurridiza, polisémica, como un pájaro en la noche.

Algunos años después, quizá en 1999, volvimos a vernos con detenimiento al calor de un café. Mariano tenía un deseo: quería publicar una amplia selección de su obra en Olifante, y así apareció ‘Arco lírico’: un pequeño compendio de poemarios inéditos, de obra en marcha, dispareja o arracimada en un libro. Mariano tenía muchos libros; a veces decía: “tengo treinta libros inéditos”, “estoy trabajando en siete poemarios a la vez”… Y los trabajaba poco a poco, con pulcritud, con exigencia y con un deseo: quería trascender. Tenía la impresión de que su obra se alimentaba de eternidad y avanzaba hacia niveles decisivos de trascendencia. O, al menos, aspiraba a ello.

No sé bien si fue con aquel libro de libros o con otras publicaciones cuando lo conoció el editor más decisivo de su vida. El editor, el amigo, el admirador, el lector: Raúl Herrero. Le publicó sus últimos libros y también sus dibujos expresionistas, violentos, terribles, alucinatorios. Goyescos. Raúl Herrero, como Manuel Forega tal vez, fue su gran cómplice. Conoció bien su trayectoria más íntima, sus sueños, sus fulgores y neblinas, sus amores otoñales, que eran más imaginarios que reales, formas de la cortesía y del afecto que necesita el poema para sublimar el tedio de los días y ensalzar la sustancia del lenguaje. Escribió Esquillor: “El amor es la fuerza que sobrevive por encima de la muerte”. Ahí están libros como ‘Huracán de sol’, un título que quizá le defina a él en el fondo, quiso ser un huracán de luz y de brillos contra la sombra, ‘Opio’, ‘Caricaturas de un diario’, ‘Columpio autobiográfico’ (quizá el más narrativo y confesional: el testamento de una pasión intuida y desigual con una mujer, con el barrio, con la poesía misma, la expedición a su interior convulso) o ‘La cítara / La bahía de los diablos’, por citar algunos. En ellos Mariano Esquillor ofrecía grandes hallazgos expresivos, imágenes fulgurantes, obsesiones y visiones, se adentraba en los lugares sinuosos del dolor, del desgarro, de la premonición.

Lo he visitado varias veces en la Casa de Amparo, en Predicadores. O él venía a verme a ‘El Periódico de Aragón’ y a ‘Heraldo’. Nunca quería regresar tarde. Se sentía cómodo en su soledad: iba a un café, se sentaba con un libro –Alejandra Pizarnik, John Donne, el último Rosendo Tello o Ángel Guinda, William Blake, a quien se parecía tal vez en intención mística y neorromántica-, sacaba su cuadernos y escribía y escribía. Escribía y reescribía. Y no solo eso: había un momento en que, mientras aparentaba pasar páginas, oía lo que se decía. El torbellino de voces y rumores que van y vienen. Le gustaban las historias. Siempre había alguien que le contaba una aventura, un lance, una percepción, un sueño, y él lo hacía suyo, o le daba sustancia poética o estímulo o alas para viajar y extraviarse. Lo que más le gustaba eran las confidencias de las mujeres. Su proximidad, su sonrisa, su olor, su picardía, esas insinuaciones más o menos eróticas o amatorias que le hacían sentirse melancólicamente joven. Fabulaba, como si iniciase una misteriosa travesía hacia la recuperación de la juventud.

Cuando ellas querían saber más de él, de sus versos, de su inspiración, les contaba que tenía muchos poemas, bastantes libros y que le pasaba algo insólito. Su mujer, la compañera de su vida, Fuensanta (a quien dedicó muchos libros, pero especialmente ‘Elegías a Fuensanta’), lo visitaba a diario como un fantasma impreciso y le pedía que le leyera sus composiciones. Algo que quizá no había hecho en vida. Ahora, Mariano Esquillor, el poeta de los bares y de las ominosas visiones, el poeta que quiso ser “huracán de sol”, lo hacía gustosamente. Eso sí, percibía que su despaciosa lectura cautivaba a ese espectro enamorado que se había convertido en su mejor compañía: “Ponte en los ojos mi estrella, que yo en los míos pondré tu amor de diosa irrepetible”. O quizá le leyese esta declaración incontestable: “Tú, la deseada musa de los abandonados, no me envuelvas con el terror de no sentir el abrazo íntimo…”

 

 

 

 


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