Dossier central

Marc Ferro

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Marc FerroNacionalismo y capitalismo se mezclan en proporciones adecuadas para generar un espíritu de agresiva competitividad en pos de la expansión económica y la búsqueda o defensa de intereses imperialistas. La ascensión de Alemania para coronarse en la cúspide del concierto internacional, dando codazos a diestro y siniestro en disputa con la hasta entonces hegemonía británica, queda expuesta en este texto por el historiador francés Marc Ferro, reconocido experto en la primera guerra y en la revolución rusa.

 

 

 

El desafío

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Alemania, una de las últimas naciones en unificarse y ponerse en marcha, tuvo que adaptar su desarrollo a las necesidades de un mundo que se había organizado sin ella y donde cada uno tenía ya su lugar y su papel definido, sus mercados reservados, su materia prima garantizada y sus proyectos de futuro elaborados. Para poder resistir la competencia y para vencerla, la concentración fue para Alemania una necesidad aún mayor que para los Estados Unidos, y lo mismo ocurrió con la coordinación de la ciencia y de la industria. Entre 1880 y 1914, gracias a esos imperativos y al triunfo del espíritu tecnocrático, Alemania consiguió llevar a cabo el salto más prodigioso que la Historia ha conocido jamás. Pudo sentirse orgullosa porque, en ciertos terrenos, hacía la competencia a Inglaterra, madre de las naciones industriales, hasta en su propia casa. Siguiendo el ejemplo franco-inglés, Alemania se convirtió, a su vez, a la idea de la expansión en ultramar, fuese para la obtención de materias primas a buen precio o para extender sus mercados. Pero casi todo el planeta estaba ya conquistado y repartido, y Alemania no podía obtener su “lugar bajo el sol”. Con su enorme potencia económica concentrada en un territorio relativamente pequeño y su campo de expansión estrechamente delimitado por las posiciones ya adquiridas por sus rivales, Alemania no pudo satisfacer las extraordinarias necesidades de su cuerpo en pleno crecimiento cuando su economía llegó a ser plenamente competitiva; no tuvo la posibilidad de extender sus zonas de influencia ni de conquistar nuevos mercados, ni tenía, además, una base financiera a la medida de su expansión económica.

Inglaterra se sentía amenazada más que cualquier otra nación por esta voluntad de desafío de Alemania, estimulada por el orgullo de un éxito sin igual.La Gran Guerra 1914-1918, Marc Ferro Desde 1895, Joe Chamberlain señalaba los “puntos negros” en el horizonte. En China como en África del Sur, Gran Bretaña tropezaba en su camino con la Alemania de Guillermo II. Después de 1900, sobre todo, el aumento de la potencia naval de Alemania, bajo la influencia de los pangermanistas, como el almirante Tirpitz, despertaba vivas inquietudes al otro lado del canal de la Mancha. Los ingleses querían mantener a toda costa el Two powers standard [1] y construir superacorazados, los Dreadnoughts, presumiendo que Alemania no podría seguirlos, ya que el canal de Kiel era demasiado estrecho para navíos de este porte. Pero, sin inmutarse por esta pugna, los alemanes ensancharon el canal y construyeron, a su vez, superacorazados. En lo sucesivo, la rivalidad anglo-alemana se convirtió en un enfrentamiento público que corearon y alentaron la gran prensa y las actualidades cinematográficas.

La idea de un acuerdo rozó, sin duda, la mente de algunos hombres de estado ingleses o alemanes, pero el movimiento mismo de la rivalidad imperialista, tanto como el carácter de los hombres, empujaban a los dos países al antagonismo. Durante los veinte años que precedieron a la guerra, Alemania manifestó más impaciencia y agresividad que su rival; Inglaterra, afianzada y abastecida ya, era necesariamente conservadora y contemporizadora, si no abiertamente pacifista, como lo manifestó algunos días antes de entrar en la guerra. Su actitud expresaba únicamente su voluntad de no modificar una situación de hecho. Pero si esta se viese amenazada en su realidad o en sus posibilidades virtuales, los intereses del pueblo inglés llevarían a Inglaterra a reconsiderar su posición. Es cierto que sus dirigentes consideraron la posibilidad de hacer concesiones al expansionismo alemán, pero incluso si se le concedían a Alemania compensaciones de orden territorial (a cuenta de las colonias belgas o portuguesas), esta política no garantizaba los intereses futuros de Inglaterra, que, inevitablemente, se vería cada vez más amenazada por el crecimiento de las posibilidades de la potencia alemana.

Así, pues, desde principios de siglo, Gran Bretaña practicó la política del containment (Eindammung). Abandonó definitivamente su política de aislamiento, estrechó los lazos establecidos con Francia y Rusia entre 1904 y 1907 y consintió igualmente en sacrificios militares extremos cuando se vio claro que Alemania amenazaba efectivamente su hegemonía. “Hemos vivido demasiado tiempo acurrucados en el fondo del valle -escribía unas semanas más tarde Lloyd George-, blandamente protegidos y demasiado complacientes con respecto a nosotros mismos […] El destino nos eleva hoy a cimas que habíamos olvidado: el honor, el deber, el patriotismo y, vestido de blanco y resplandeciente, el sacrificio, que, fiero, señala con el dedo en dirección al cielo”.

Tal era la lección que se desprendía de las peripecias de la política internacional de los diez últimos años. El Kaiser se sentía tanto más irritado cuanto que, después de haber visto a los ingleses intentar acercarse a él en tiempo de su abuela Victoria, se encontraba ahora con que sus propias tentativas eran rechazadas por la diplomacia de Eduardo VII. Esta susceptibilidad de orden personal venía a añadirse a la lista de los motivos de queja que Alemania tenía contra Inglaterra y a irritar su sentimiento nacionalista. Las palabras de Hans Delbrück, pronunciadas en 1899, seguían siendo válidas: “Queremos convertimos en una potencia mundial… y no podemos retroceder. Podríamos proseguir esta política con Inglaterra o sin Inglaterra; con ella significa la paz; contra ella supone la guerra”. Pero el “pacifismo” de los ingleses, su gusto por la negociación, engañó a los dirigentes alemanes, quienes creyeron que eran únicamente desacuerdos de carácter personal o conjetural los que estorbaban la vía hacia un acuerdo. En plena crisis de julio de 1914 tenían aún la certeza de que Inglaterra no participaría en una guerra europea y, persuadidos de que acabarían por “entenderse” con los ingleses, manifestaron su sorpresa y su cólera cuando supieron, después de invadir Bélgica, que la Gran Bretaña se decidía a combatir contra ellos. El himno de “el amor burlado”, el canto de odio (Hassgesang) contra Inglaterra, de Ernst Lissauer, es testimonio del despecho que sintieron los alemanes y su éxito fue enorme.

 

¿Qué nos importan Rusia o los franceses?

Golpe por golpe, bota por bota.

No les amamos.

No les odiamos,

protegemos el Vístula y los pasos de Los Vosgos.

No sentimos más que un solo odio.

Amamos en común, odiamos en común.

No tenemos más que un enemigo.

 

Todos lo conocéis. Todos lo conocéis.

Agazapado tras el mar grisáceo,

lleno de envidia, de malicia, de ira y de astucia,

separado de nosotros por aguas más espesas que la sangre.

No tenemos todos más que un odio.

No tenemos todos más que un enemigo: Inglaterra.

 

En el cuarto de banderas, en la sala de fiestas a bordo,

sentados estaban a la hora de comer.

Rápido como un sablazo, uno de los dos asió la copa para brindar

y con un golpe seco, como el de un remo, pronunció tres palabras: «Por el día D»

¿A quién iba el brindis?

No había en todos más que un odio.

¿En quién pensaban?

No tenían todos más que un enemigo: Inglaterra.

 

Toma a sueldo a todos los pueblos de la tierra.

Construye fortificaciones con lingotes de oro.

Cubre con naves y naves la superficie de los mares.

Haces bien tus cálculos, pero no suficientemente.

¿Qué nos importan los rusos y los franceses?

Golpe por golpe y bota por bota.

Concluiremos la paz cualquier día.

A ti te odiaremos con un odio largo y profundo.

Y no renunciaremos a nuestro odio, odio en las aguas,

odio en la tierra, odio del cerebro, odio de nuestras manos,

odio de los martillos y odio de las coronas, odio asesino de setenta millones de hombres.

Aman en común, odian en común.

No tienen todos más que un enemigo: Inglaterra.

 

 

FERRO, Marc, La Gran Guerra, 1914-1918. Madrid, Alianza editorial, 1979, págs. 49-52.

 

 

[1] Política que aseguraba a Gran Bretaña una potencia naval superior o igual a la de los dos países que poseían la flota más importante después de la suya.

 

 

 

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