Mariano Esquillor: cambio climático y espejo de luces

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Mariano EsquillorMariano Esquillor comienza a escribir poesía (que no a meditarla, vivirla y experimentarla) en 1970; tiene cincuentaiún años y apenas hacía uno que había aparecido la antología de José María Castellet (Nueve novísimos poetas españoles); a ese anal se supedita otra generación paralela a la de los novísimos (Lostalé, De Cuenca, Álvarez, De Villena, Mairata, Carnero, Ullán…) y, ambas, traen aires de renovación estética y formal. Mariano Esquillor, por edad, signaría el grupo del 50, precisamente aquel que, con alguna excepción, novísimos y setentistas refutarían. Sin embargo, a Mariano Esquillor no le interesan (aunque le interesen) ni los novísimos, ni los del 70, ni los del 50. Mariano Esquillor (rarísimo ejemplo de fertilidad poética) escribe poesía y nada más… ¡y nada menos!; escribe con frenesí su poesía frenética: una suerte de posesión del mejor y más sincero (es decir: al margen de espurios conceptualismos) corte romántico que la poesía española jamás abandonó aunque lo ha ido ocultando sistemáticamente sin poder escapar a sus acendrados e infantiles prejuicios. Mariano Esquillor escribe lo que Juan Ramón siempre quiso escribir de la mano de Bécquer y del tardorromanticismo y (salvo en Espacio) no pudo porque murió sin corregirlo. Mariano Esquillor nos trae de nuevo en Huracán de sol, continuador y renovado (paso más calmado, pausas de contemplación y meandros de recuerdo que el ánima se demora en perfilar), ese espíritu que apisonó todas las corrientes que pasaban a su alrededor. Mariano Esquillor fue un poeta del siglo XX, pero lo es y será del XXI (escribió en el siglo pasado lo que se escribirá en el siglo presente); se ha adelantado a lo que se nos viene encima como un torrente de furia, posesión, arrebato y melancolía agitados por aquel simbolismo puro que Laurent Tailhade, mejor que nadie, ofreció sin contraprestación a sus epígonos más célebres: un lance, guante que Esquillor nos arroja; a ver quién osa recogerlo. Huracán de sol contiene todo aquello, todo eso y todo esto: la vida raptada por la palabra y viceversa; contiene un duelo, un arrastre de dolor más agudo que en otros títulos y configura un soberbio ejemplo de purísima emoción poética, siempre tan sincera, como no existe —en lo que conozco (acaso sí Cernuda)— dentro de la poesía española del último siglo. Un reto, desde luego, que, con mohín impertinente, eludirían (eluden) los afamados y «oficiales» neorrealistas, los anecdóticos funcionarios, ahora desprofesionalizados, que, al contrario que Virgilio y Horacio; al contrario que Jovellanos, Luzán, Moratín, Cadalso, Forner, De la Casa…, no nos amenizan con tratados de agricultura, preceptivas estéticas o sombras mistéricas de cementerios, no; sino que nos atosigan con el pipí que su perro desvejiga sobre el plátano del parque o las excelencias de la merluza de anzuelo que la vecina del cuarto envuelve en un papel de estraza, harta y alta poética cuya incontestabilidad se arrogan condenando con petulancia a los renovadores verdaderos de la palabra. Semejante beligerancia, devanada junto al brasero o al calor de espurias inteligencias imaginadas o surgidas de la nada, han alimentado tantas antologías como nepotismos neocarolingios las han arropado. Sin embargo, desde una habitación que deja asomar los pies a la calle Predicadores de Zaragoza, Huracán de sol consolida el mundo solitario de un poeta más verdadero cuanto más imaginativo y enamorado auténticamente de la mayúscula Poesía, y vierte otra vez las esencias del Esquillor amante y amador de su mito más preciado, y manifiesta, como siempre, su carácter revelador, iluminador, profético…

Foco en la tiniebla; voz en la espesura; mano en el abismo, el hombre aquí manifestado es encarnación de sus textos: no existiría sin ellos como no existe la muerte sin la vida. Huracán de sol es, en suma, palabra que construye escribiendo una vida y, leyéndola, compartiéndola, nos aleja de la muerte. Nos aleja del tedio, del tósigo abaratado (porque hay venenos riquísimos por los que a uno no le importaría morir) de una poesía (que acaba por fin fulminada) desierta sin desiertos, amorosa sin eros, vital sin corralas, posesiva sin deseos, opaca sin sombras… en fin, disciplinada sin oficiales, esa poesía castrense iniciadora de una guerra puramente política que a Mariano Esquillor ¾avezado soldado defensor de la justicia del corazón y de los derechos del hombre ¾ no le interesa (aunque le interese).

Pues bien, dicen que las tormentas solares afectan a la Tierra en forma de cambios que modifican sustancialmente la climatología del planeta, el nuestro, el que nos interesa. Tornados, tifones y cuantos fenómenos atmosféricos de este orden se producen en la estrella tienen una inmediata consecuencia en nuestro clima exterior.

Vais a permitirme el uso de un símil con la poesía de Mariano Esquillor; con esa poesía que tanto afecta a nuestro clima interior, a nuestro clímax lector; con esa poesía huracanada y extraída de las esferas, poesía astral, poesía planetaria (adjetivo tan del gusto de Neruda); poesía, en fin, solar: luminosa e iluminada. Y me vais a permitir erigirme ahora en censor apologético para laurear de nuevo esa poesía esquilloriana que he defendido siempre, que he gustado siempre, que se ha desgañitado en profusos adjetivos heroicamente (como ninguna otra poesía española lo ha hecho en los últimos cincuenta años) por tantas tierras desde su atalaya condenada hasta las pérdidas más dolorosas y ha transitado engastada de hermosuras por el frío y la noche, por los vientos y el día, por los soles candentes y los oteros abrisados de aromas; por las lluvias que mojaron los labios sedientos de amor hasta empaparlos, los cabellos que en sus manos ateridas recogía, la mirada que albergaba otras miradas prestas, frías, cálidas, indiferentes…, o doloridas en esa lágrima viva que se le murió y cada día renace, sin embargo.

Huracán de sol es poesía solar y, por ello mismo, es poesía divina, es poesía emanada de una divinidad del mismo origen astral que puebla los rincones todos del espíritu de Esquillor con idéntica disposición sacrificial: ser que se entrega a la expiación verbal, absorto por el mismo dolor de la palabra hecha carne poética, pues no de otro modo puede comprenderse y asimilarse su comunión con la experiencia. Exultación, exaltación y lirismo extático formando un todo eurítmico, porque nada en él vive que no tenga origen en el aliento divino; es decir, en el canon, en el modelo: he ahí el juicio sumario de las tentaciones del poeta cuando se aplica a la escritura: ser dios que a sí mismo se envuelve en la seducción y el aniquilamiento, en el misticismo y el triunfo sobre la muerte, en el talento que le es proporcionado por la plena conciencia en su desértica libertad (pues a sí mismo es a quien invoca o interpela cuando a dios invoca o interpela). He ahí otra vez las formas del trance: visión y percepción discontinuas, clarividente presagio continuamente encadenado de imágenes multiformes simultáneas o alternas, asociación libre que da por fin en un caos de sensaciones plenamente armónico.

Pero este ser de palabras, ¿qué es, transido por sus venablos, sino el deseo de condensarse en unicidad? Borrar tanto los límites que marcan la dualidad (su Otro reconocible o su alma desasistida) como los límites que señalan las diferencias de espacio y tiempo: llegar a perpetuarse mediante la Palabra, que es lo mismo que decir la Obra (tan prolífica como los objetos de la Creación).

Huracán de sol es una esfera escrita. La esfera símbolo de totalidad; es el anhelo de abarcar el mundo todo, el cosmos todo suyo, como recogido en su mano poética gigantesca en una especie de ritmo que enlaza tiempo y espacio, sentimientos y reflexión, criterios y actos fabricando una sola red de materiales poéticos que inciden de manera decisiva en la estructura melódica del libre fluir de las ideas que van y vienen: se toman y se transforman, se asocian y disocian en una marea de expresión exultante sin dique reflexivo que las detenga, abandonando la corriente expresiva al solo hallazgo inesperado de la inmediata evocación.

Y, junto a la ensoñación ¾el sueño imaginativo¾, la conciencia plena que le permite acercarse a la belleza y entenderla; el instinto junto a la voluntad y la inteligencia que le hacen sentirse hombre más acá del Paraíso poético, más acá de la Obra una vez trascendida a su valor plenamente literario, al plano de la consciencia, al ámbito de la literalidad. En ese más acá cercano se encuentra el Hombre: el hombre que abrazamos, el que amamos, el amado. No otro que el verdadero ánimo encarnado, ¡oh Esquillor!

 

 

Mariano Esquillor, Huracán de sol, Zaragoza, Libros del Innombrable, 2004.

 

 

 


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