Dossier central

Stefan Zweig

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3. Stefan ZweigStefan Zweig, testigo de los acontecimientos, relata excepcionalmente los efectos de la propaganda nacionalista y el entusiasmo despertado por la guerra entre las masas en ese verano de 1914. El escritor, austríaco de nacimiento, vivió las dos guerras mundiales en su país natal hasta que tuvo que abandonarlo por la barbarie nazi. Con gran agudeza señala las diferencias intelectuales con que se enfrentaron a la guerra dos generaciones distintas pero sucesivas.

 

 

El patriotismo del verano de 1914

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¡A la mañana siguiente estaba en Austria! En todas las estaciones habían pegado carteles anunciando la movilización general. Los trenes se llenaban de reclutas recién alistados, ondeaban las banderas, retumbaba la música y en Viena encontré toda la ciudad inmersa en un delirio. El primer espectro de esa guerra que nadie quería, ni la gente ni el gobierno, aquella guerra con la que los diplomáticos habían jugado y faroleado y que después, por chapuceros, se les había escurrido entre los dedos en contra de sus propósitos, había desembocado en un repentino entusiasmo. Se formaban manifestaciones en las calles, de pronto flameaban banderas y por doquier se oían bandas de música, los reclutas desfilaban triunfantes, con los rostros iluminados, porque la gente los vitoreaba, a ellos, los hombrecitos de cada día, en quienes nadie se había fijado nunca y a quienes nadie había agasajado jamás.

En honor a la verdad debo confesar que en aquella primera salida a la calle de las masas había algo grandioso, arrebatador, incluso cautivador, a lo que eraKapp-Putsch, Marinebrigade Erhardt in Berlin difícil sustraerse. Y, a pesar del odio y la aversión a la guerra, no quisiera verme privado del recuerdo de aquellos primeros días durante el resto de mi vida; miles, cientos de miles de hombres sentían como nunca lo que más les hubiera valido sentir en tiempos de paz: que formaban un todo. Una ciudad de dos millones y un país de casi cincuenta sentían en aquel momento que participaban en la Historia Universal, que vivían una hora irrepetible y que todos estaban llamados a arrojar su insignificante “yo” dentro de aquella masa ardiente para purificarse de todo egoísmo. Por unos momentos todas las diferencias de posición, lengua, raza y religión se vieron anegadas por el torrencial sentimiento de fraternidad. Los extraños se hablaban por la calle, personas que durante años se habían evitado entre sí ahora se daban la mano, por doquier se veían rostros animados. Todos los individuos experimentaron una intensificación de su yo, ya no eran los seres aislados de antes, sino que se sentían parte de la masa, eran pueblo, y su “yo” que de ordinario pasaba inadvertido, adquiría un sentido ahora. El pequeño funcionario de correos que solía clasificar cartas de la mañana a la noche, de lunes a viernes sin interrupción, el oficinista, el zapatero, a todos ellos de repente se les abría en sus vidas otra posibilidad, más romántica: podían llegar a héroes; y las mujeres homenajeaban ya a todo aquel que llevara uniforme y los que se quedaban en casa los saludaban respetuosos de antemano con este romántico nombre. Aceptaban la fuerza desconocida que los elevaba por encima de la vida cotidiana; las madres y esposas incluso se avergonzaban, en aquellas horas de la primera euforia, de manifestar su aflicción y congoja, sentimientos por lo demás muy naturales. Tal vez, empero, intervenía también en aquella embriaguez una fuerza más profunda y misteriosa. Aquella marejada irrumpió en la humanidad tan de repente y con tanta fuerza, que, desbordando la superficie, sacó a flor de piel los impulsos y los instintos más primitivos e inconscientes de la bestia humana: lo que Freud llamó con clarividencia “desgana de cultura”, el deseo de evadirse de las leyes y las cláusulas del mundo burgués y liberar los viejos instintos de sangre. Quizás esas fuerzas oscuras también tuvieran algo que ver con la frenética embriaguez en la que todo se había mezclado, espíritu de sacrificio y alcohol, espíritu de aventura y pura credulidad, la vieja magia de las banderas y los discursos patrióticos: la inquietante embriaguez de millones de seres, difícil de describir con palabras, que por un momento dio un fuerte impulso, casi arrebatador, al mayor crimen de nuestra época.

La generación de hoy, que sólo ha sido testigo del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, quizá se pregunte: ¿Por qué nosotros no hemos vivido lo mismo? ¿Por qué en 1939 las masas no se inflamaron con el mismo entusiasmo que en 1914? ¿Por qué, calladas y fatalistas, obedecieron a la llamada sólo con seriedad y decisión? ¿Acaso no se trataba de lo mismo? Mirándolo bien, ¿no estaba en juego todavía algo más, algo más sagrado, más sublime, en esta guerra nuestra actual, que ha sido una guerra de ideas y no simplemente de fronteras y colonias?

La respuesta es simple: porque nuestro mundo de 1939 ya no disponía de tanta credulidad ingenua e infantil como el de 1914. Por aquel entonces la gente aún confiaba a pies juntillas en sus autoridades; en Austria nadie hubiese osado pensar que el veneradísimo padre de la patria, el emperador Francisco José, a sus ochenta y cuatro años pudiera haber llamado a su pueblo a la guerra sin haberse visto obligado a ello por una fuerza mayor, ni que le hubiera pedido un sacrificio cruento, si no fuera porque enemigos malvados, pérfidos y criminales amenazaban la paz del imperio. Los alemanes, a su vez, habían leído los telegramas de su emperador al zar en los que su monarca luchaba por la paz; un gran respeto hacia los “superiores”, los ministros, los diplomáticos y hacia su juicio y honradez, animaba todavía al hombre de la calle. Si había guerra, por fuerza tenía que ser contra la voluntad de sus gobernantes; ellos no podían tener la culpa, nadie del país la tenía. Por lo tanto, los criminales, los instigadores de la guerra tenían que ser los del otro país; era legítima defensa alzarse en armas, legítima defensa contra un enemigo pérfido y ruin que, sin motivo alguno, “atacaba” a las pacíficas Austria y Alemania. En 1939, en cambio, esta fe casi religiosa en la probidad o, al menos, en la competencia del propio gobierno, ya había desaparecido en toda Europa. La gente menospreciaba la diplomacia desde que había visto, irritada, cómo ésta traicionaba en Versalles la posibilidad de una paz duradera; los pueblos conservaban demasiado vivo el recuerdo de la desvergüenza con que los habían engañado con promesas de desarme y abolición de la diplomacia secreta. […]

Además, en 1914, después de casi medio siglo de paz, ¿qué sabían las grandes masas de la guerra? No la conocían. Apenas habían pensado en ella. Era una leyenda y precisamente la distancia la había convertido en algo heroico y romántico. Seguían viéndola desde la perspectiva de los libros de texto y de los cuadros de los museos: espectaculares cargas de caballería con flamantes uniformes; el balazo mortal siempre disparado noblemente en medio del corazón; la campaña militar entera era una clamorosa marcha triunfal. “Por Navidad volveremos todos a casa”, gritaban a sus madres los reclutas, sonriendo, en agosto de 1914. ¿Quién, en los pueblos y ciudades, recordaba la guerra “de verdad”? A lo sumo, cuatro viejos que en 1866 habían combatido contra Prusia, el país aliado de aquel momento, ¡y vaya una guerra más rápida, incruenta y lejana!: una campaña de tres semanas que terminó sin muchas víctimas y antes de haber tomado aliento siquiera. Una veloz excursión al romanticismo, una aventura alocada y varonil: he aquí cómo se imaginaba la guerra el hombre sencillo de 1914, y los jóvenes incluso temían que les faltara este maravilloso y apasionante episodio en su vida; por eso corrieron fogosos a agruparse bajo las banderas, por eso gritaban y cantaban en los trenes que los llevaban al matadero, la roja oleada de sangre corría impetuosa y delirante por la venas de todo el imperio. La generación de 1939, en cambio, ya no se engañaba. Conocía la guerra. Sabía que no era romántica, sino bárbara. Sabía que duraría años y más años, un lapso de tiempo insustituible en la vida. Sabía que los soldados no iban al encuentro del enemigo engalanados con hojas de encina en la cabeza y cintas de colores, sino que holgazaneaban durante semanas en las trincheras y los cuarteles, comidos por los piojos y medio muertos de sed, que los harían añicos y los mutilarían desde lejos sin siquiera haber visto al enemigo cara a cara. Conocían de antemano, a través de los periódicos y el cine, las nuevas artes de aniquilamiento, de una técnica diabólica, sabían que los enormes tanques aplastaban a los heridos que encontraban a su paso y que los aviones despedazaban a mujeres y niños en la cama; sabían que una guerra mundial en el año 1939, gracias a su mecanización inhumana, sería mil veces más vil, brutal y cruel que cualquier otra anterior. Ya nadie de la generación de 1939 creía en la justicia de una guerra querida por Dios, y peor aún: ya nadie creía siquiera en la justicia y en la durabilidad de la paz conseguida por medio de la guerra, pues todavía estaba demasiado vivo el recuerdo de todos los desengaños que había traído la última: miseria en vez de riqueza, amargura en vez de satisfacción, hambre, inflación, revueltas, pérdida de las libertades civiles, esclavitud bajo la férula del Estado, una inseguridad enervante y una desconfianza de todos hacia todos.

He aquí la diferencia. La guerra del 39 tenía un cariz ideológico, se trataba de la libertad, de la preservación de un bien moral; y luchar por una idea hace al hombre duro y decidido. La guerra del 14, en cambio, no sabía de realidades, servía todavía a una ilusión, al sueño de un mundo mejor, justo y en paz. Y sólo la ilusión, no el saber, hace al hombre feliz. Por eso las víctimas de entonces iban alegres y embriagadas al matadero, coronadas de flores y con hojas de encina en los yelmos, y las calles retronaban y resplandecían como si se tratara de una fiesta.

 

El mundo de ayer memorias de un europeoZWEIG, Stefan, El mundo de ayer. Memoria de un europeo. Barcelona, El Acantilado, 2001, págs. 285-291.

 

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