Ana María Matute: la magia de las palabras

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Ana María MatuteÉrase una vez una niña a la que gustaban mucho los cuentos. Primero que se los contaran, más tarde leerlos ella misma y, por fin, escribirlos. Así podría comenzar la historia de Ana María Matute, que gozó, desde sus primeros pasos, del privilegio de crear mundos fantásticos en los que dar rienda suelta a su imaginación. De ello dan fe sus cuentos, pulcramente escritos, ilustrados por ella misma y fechados a los diez años, así como una revista infantil en viñetas, que editó y de la cual hizo suscriptores a sus hermanos.

Fue la suya una infancia fácil en lo económico, sus padres gozaban de una posición acomodada, pero difícil por las circunstancias que la acompañaron: su salud frágil y nuestra guerra civil que marcó para siempre su personalidad.A los once años, cuando empieza a despertar el propio yo y se necesita el referente de una sociedad que aporte el modelo que seguir, resulta descorazonador verse en un mundo dividido por la intolerancia, el odio y la ambición. La muerte resulta entonces un fenómeno abrumador e incomprensible al que se asiste con temor y asombro.

Ella misma nos contaba, en una entrevista concedida a un programa de televisión, como pesó en su alma durante toda la vida el recuerdo terrorífico de los bombardeos. “Mi padre nos hacia cogernos de las manos y pegarnos contra la pared maestra de la casa. “No os soltéis, -nos decía-, mientras oíamos el estallido de las bombas sobre las casas o la calles cercanas”. Y nos relata, igualmente vívida, la imagen de aquel hombre muerto, tirado en la calle, que aún conservaba en su mano abierta un pedazo de pan. No es de extrañar, pues, que en sus obras esté latente ese mundo desgarrado de personajes que encarnan las más humanas contradicciones: el amor y el odio, la maledicencia y la sinceridad, la verdad y la mentira, la honestidad y las más bajas pasiones.

Por otra parte también anidan en su mente los recuerdos infantiles más dulces, los de su estancia en el pueblo de sus abuelos, Mansilla de la Sierra, en la Rioja, mientras se recuperaba de una enfermedad. Este ambiente rural en contacto con la Naturaleza desarrollará en ella una sensibilidad especial hacia la belleza de los paisajes serranos: prados, montes, ríos, bosques y, sobre todo, hacia los árboles a los que considera seres benefactores admirables. “Abrazarse a un árbol, decía ella, es como abrazar a un amigo, del que sabes que te da todo lo que tiene sin un ápice de egoísmo”.

Aunque barcelonesa de nacimiento, se educa en Madrid, en un colegio religioso, en un entorno burgués y conservador. Optará, entonces, por la lengua castellana para expresarse en sus obras. En su juventud participa de aquellos ambientes despreocupados y alegres entre amigos y fiestas.

Contando solo diecisiete años, escribe su primera novela, Pequeño Teatro. Nos cuenta que la escribió “a mano, en un cuadernos escolar, cuadriculado, con tapas de hule negro” y que cada día acudía con su manuscrito a la editorial Destino hasta que un empleado, o por lástima o por quitársela de encima, le procuró una entrevista con el entonces director, el escritor Ignacio Agustí y este le recomendó que la pasara a máquina.

En esta obra ya se percibe la característica que definirá su estilo: el lirismo en sus descripciones de ambientes y personajes, una prosa poética llena de emoción y percepciones, y el realismo —a veces surrealismo— en que se va transformando a medida que se desarrolla la historia. Al igual que un ser vivo, el relato crece y cambia de la ingenua inocencia a la más dura realidad. Como una premonición dice de su protagonista, Ilé Eroriak, que la imaginación le salva de la vida. Parece increíble que de la mano de una autora casi adolescente desfile ante nuestros ojos una galería de personajes, perfectamente estructurados en el argumento, que encarnan esa sociedad enferma de prejuicios, de vanidades, de vacuas apariencias y envidias en contraste con la pureza de los sueños.

Se da la circunstancia de que esta ópera prima no fue publicada hasta años después, seguramente dada su minoría de edad, a pesar de que al editor de Destino le gustó tanto que le ofreció a Ana María un contrato de tres mil pesetas. Obtendría con ella el Premio Planeta en 1954, y no sería este el único galardón logrado a lo largo de su dilatada carrera literaria. Aunque como ella misma afirmara: “Un verdadero escritor no escribe para ganar premios, sino para dar rienda suelta a lo que lleva dentro”.

En 1948 publica su primer éxito: Los Abel, historia de una familia en la difícil época de la posguerra, bajo el prisma de la percepción infantil; en el 52 obtiene el Premio Café Gijón con Fiesta al Noroeste; el Premio de la Crítica, en 1958, por En esta tierra, que había sido publicada tres años antes y mutilada por la censura, pero que sería revisada y reeditada completa en 1993 por Destino con el título Luciérnagas; en 1959 gana el Nacional de Literatura por Los hijos muertos, editada por Planeta.

La editorial Destino le publica, igualmente, la trilogía Los mercaderes, formada por Primera memoria, premio Nadal en 1959; “Los soldados lloran de noche”, en 1964, y “La trampa” en 1969. De 1971 es “La torre vigía” publicada con Lumen, donde cambia el registro histórico y se sitúa en la época medieval, aunque sigue interesada por el mundo juvenil; aquí es una joven muchacha quien debe iniciarse en las artes de la caballería.

Durante mucho tiempo se consideró a Ana María Matute como una autora de literatura infantil. La editorial Destino ha reeditado recientemente sus cuentos. Entre los más notables: “Los niños tontos”; “El río”, de corte autobiográfico al igual que “A la mitad del camino” e “Historias de la Artámila”; “Paulina, el mundo y las estrellas”; “El arrepentido”; “Caballito Loco”; “El aprendiz” y “Solo un pie descalzo”, con el que ganó el Premio Nacional de Literatura Infantil en 1984.

Es indudable su maestría en el relato corto, forma narrativa no demasiado fácil, como ella definió: “El relato es como la poesía, se dice mucho, con pocas palabras”. En 1976 fue propuesta para el Premio Nobel, aunque su nominación no prosperó.

Cuando todo a su alrededor parecía proclamar el éxito, se vio sumida en una larga y desgarradora etapa depresiva que la mantuvo alejada de la escritura. Probablemente habría que buscar la causa de su enfermedad en los avatares de su vida personal: recuerdos de la guerra, matrimonio fracasado, divorcio, separación de su hijo, posteriores años con una nueva pareja, que fue el gran amor de su vida y que moriría un día en que iban a celebrar su cumpleaños y a la misma hora en que ella había nacido. “No creo en las casualidades- dijo ella, al recordar el triste suceso- todo lo que pasa, es por alguna razón que escapa a nuestro entendimiento”.

En este país de pasiones y odios, adhesiones incondicionales y absolutos rechazos, pronto se echa en el olvido a quien no se mantiene en el candelero y Ana María Matute llegó a ser excluida de las listas de grandes autores del siglo XX. Sin embargo, el tiempo pone a cada cual en su sitio. En 1996 publica su Olvidado rey Gudú, sin duda, una obra maestra de la literatura fantástica.

Ese mismo año es nombrada académica de la Real Academia Española, ocupando el sillón K, con lo que es la cuarta mujer en la historia que consigue ser admitida en esta institución.Es también elegida miembro honorario de la Hispanic Society of América y, como tal, imparte conferencias y cursos de literatura española en diversas universidades de Estados Unidos. En 2007 recibe el Premio de la Letras Españolas. En el 2010, contando ya ochenta y cuatro años, se le otorga el más alto galardón de la literatura española: el Premio Cervantes.

La pudimos ver emocionada, pero serena, leyendo su discurso desde su silla de ruedas y afablemente acompañada por los reyes y otras personalidades. Con su habitual sinceridad y humor, decía: “prefiero escribir tres novelas y veinticinco cuentos a pronunciar un discurso”. Igualmente, se sinceró al decir que la literatura “ha sido y es el faro salvador de muchas de mis tormentas”.

El pasado 25 de junio de 2014 se cerró el último capítulo de su vida. Quedará en nuestro recuerdo como una indiscutible maestra en el difícil arte de dominar la magia de las palabras.

 

 

 

 


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