Cine

De Rosebud a Harry Lime

separador

Por Hugo Burel

separador 

Olor a cine

El pasado 6 de mayo se ha conmemorado el centenario del nacimiento de Orson Welles. El escritor Hugo Burel —autor del libro Olor a cine (Aguilar, 2014) con prólogo del director de cine Gerardo Herrero—evoca de un modo testimonial las dos películas que considera fundamentales del gran realizador fallecido en 1985: El Ciudadano y El tercer hombre

separador_50

El Ciudadano

separador_50

El ciudadano es una película que empieza por el final, mezcla un argumento de ficción con noticieros que parecen reales y muestra a un protagonista que va transformándose de joven emprendedor y arrogante a viejo moribundo y extraviado en el delirio. Un film que utiliza todos los adelantos técnicos disponibles en la época, todas las influencias previas y todos los recursos narrativos para contar, en blanco y negro, la historia asombrosa de un hombre llamado Charles Foster Kane.

Una obra colosal, desmesurada, desbordante de hallazgos narrativos, contada como un biopic que a su vez es un thriller deCitizen Kane investigación sobre el misterio de quién es o fue el ciudadano del título a partir de significado de una única palabra. Un planeta cinematográfico que todavía no agota el afán exploratorio, que ha pretextado libros, foros, debates interminables y discusiones sobre la real autoría del guión, y que es siempre esgrimido por aquellos que defienden la teoría de un autor único para un film y también por quienes la combaten. Estrenada en New York el 1 de mayo de 1941, este año El ciudadano cumple 74 años de misterio y fascinación. Lo cual indica que al celebrarse el siglo del nacimiento de su director, es fácil calcular los asombrosos 26 que tenía cuando Welles la hizo.

En 1941 esta historia compitió por 8 premios Oscar y solo conquistó el de mejor guión original, que compartieron su director y protagonista, Orson Welles y Herman J. Mankiewicz, que después disputarían por la real autoría intelectual de lo que se filmó.

Hace cuatro años, desde Buenos Aires, y por mediación del excelente crítico Álvaro Sanjurjo Toucón, fui invitado a colaborar en un libro de varios autores en homenaje al 70 aniversario del film. La consigna del proyecto era contar cual fue la primera vez que vi El ciudadano. Por ahora el libro no se ha editado y mi colaboración integra estas reflexiones, que también figuran en el libro Olor a cine, que a fines de 2014 publiqué en el sello Aguilar con prólogo de mi amigo el director Gerardo Herrero que llevó a la pantalla mi novela El corredor nocturno (2009).

Por más que lo pienso no logro recordar cuándo y en dónde vi por primera vez El ciudadano. Supongo que como después volví a ver el film muchas veces, mi memoria ha suprimido esa vez primera y decisiva para que no infravalorara las posteriores. O tal vez se trata de que con El ciudadano, cada vez es la primera vez porque ese film está destinado a sorprendernos siempre desprevenidos, a verlo con una condición de inocencia y asombro que no admite el recuerdo de lo ya visto. Sospecho que hay un mecanismo de borrado de las veces anteriores que se instala en nuestra mente y prepara el terreno para que El ciudadano ingrese por nuestros ojos y oídos como una melodía nunca antes escuchada, como un paisaje jamás contemplado.

Concluyo que es irrelevante que me esfuerce por recordar si vi El ciudadano en algún viejo cine de Montevideo, repuesto con una copia gastada en una sala sin calefacción ni butacas cómodas en algún invierno posterior a 1970. Quizá fue en la Cinemateca de la calle Camacuá o –ahora que lo pienso- en televisión, en algún ciclo del canal oficial, presentado por Jorge Ángel Arteaga con los precisos y escuetos datos que enumeraba antes de la proyección. De ser así, tuve que ver El ciudadano con un poco de nieve y alguna interferencia porque en casa, en una época pre cable, la antena de cuernitos era insuficiente para captar la siempre precaria señal del Canal 5. Por suerte, la deficiente emisión no atentaba contra el color, porque película y señal eran mono cromáticas. Aun así, con esa precariedad de la sala fría, la copia gastada o la emisión  deficiente, El ciudadano debió ser como un cachetazo en medio de un velorio.

Admito que estos tanteos en mi memoria no van más allá de la conjetura, de sopesar las chances objetivas que podía tener para ver allá lejos y hace tiempo El ciudadano. Lo que sí es seguro que esa vez, cuando sea que se haya producido, fue decisiva para crear en mí la condición de acólito de la obra, que debió desplegarse ante mis ojos como una epifanía del cine –como también lo haría Amarcord, en otro tiempo- .

Una vez que se ve, El ciudadano incide en nuestro espíritu y en nuestra disposición para ver el cine: ya no somos los mismos y entonces comienza la era de la persecución del film por cuántas salas lo den, lo repongan, lo re estrenen, lo ofrezcan como una prueba de la existencia de una película como adicción, como abismo de significados y significantes, como laberinto en el que necesitamos perdernos con la absoluta convicción de no querer volver a salir. Como el “Rosebud”, misterioso y balbuceado por el agonizante Kane,  pronunciar el nombre de El ciudadano pasa a ser una especie de santo y seña que nos conjura con otros irredentos que saben que la vida no sería lo mismo sin ese film.

Como ocurre cuando algo se convierte en culto, las peregrinaciones se suman, a distinta edad y con diferentes medios que culminan en la edición remasterizada en DVD con materiales extras sobre su filmación para disfrutar en casa. Un proceso que he vivido con fervor y en lo posible, tratando de contagiárselo a los demás.

A comienzos de los 90 tuve la oportunidad de ser el predicador de Kane. Daba clases de publicidad en la Universidad Católica del Uruguay y ante más de dos docenas de alumnos que apenas superaban los veinte años, una mañana les pregunté si habían visto El ciudadano. La respuesta unánime fue “no”. Entonces les hablé del film y les aseguré que cuando lo vieran iban a descubrir cosas que a ellos les parecían recién inventadas por los spots publicitarios. No me creyeron demasiado pero aceptaron verla si yo lograba que la proyectasen en una sala de Cinemateca.

Hablé con Manuel Martínez Carril, entonces director de Cinemateca Uruguaya, y logré una función en la sala B del complejo de la calle Lorenzo Carnelli. También convencí al crítico Eduardo Alvariza para que les diera una breve charla a los jóvenes antes de la proyección. Finalmente una tarde gris y fría –jamás debe verse El ciudadano en verano- el grupo de estudiantes vio los girones de una copia en celuloide del film. La exhibición combinó todo lo precario que podía darse: rayas, saltos de cuadro, sonido defectuoso, parpadeos, baja luminosidad del proyector y chirriar permanente de butacas. Aun así, la platea quedó fascinada.

Después les encargué un trabajo domiciliario para que volcaran en una carilla su  parecer sobre lo visto. Cuando les dije que yo tenía una versión en VHS de El ciudadano en mucho mejor estado que la que habían visto en Cinemateca, la misma empezó a circular y a ser copiada y, creo, atesorada por los recientes conversos.

Insisto: no recuerdo cuándo y en dónde vi por primera vez El ciudadano, pero puedo atestiguar cuando la vio ese grupo de asombrados veinteañeros. A algunos todavía me los cruzo por ahí, ya consolidados en sus profesiones, con hijos adolescentes y en una era en que todo puede verse cuando uno lo desea. A veces me comentan la vez que vieron El ciudadano por primera vez. También me confiesan que no fue la última.

En su comienzo, El ciudadano tuvo una recepción más bien fría por parte del público. La crítica, en cambio, no demoró demasiado en enviarla a la cima de la cinematografía. El calificativo de mejor película de la historia no tardó en llegar a través de las famosas listas del British Film Institute. Otros críticos han planteado que El ciudadano está sobrevalorada. Pero devaluar la película no deja de ser, también, una actitud equivalente a la de los que lo ensalzan sin reservas. La cuestión es otra: ¿quién mira hoy El ciudadano? Seguramente ningún circuito comercial de salas reponga el film en versión digitalizada y todas las chances de los interesados en verlo se reducen a obtener una copia alquilada de las pocas que puedan tener los clubes de video.

No obstante, la fama y el prestigio el film se inicia con un error. Comienza con la muerte de Kane en el palacio de Xanadú. En su agonía, el anciano tendido en su cama pronuncia la enigmática palabra: “Rosebud”. El film gira en torno a descubrir su significado. Pero si miramos con atención comprobamos que en ese momento final no hay nadie en la habitación, ningún testigo que pueda oír ese susurro póstumo, las famosas últimas palabras. Aparentemente, se había omitido una breve toma en la que una enfermera ingresa al cuarto. Maurice Zuberano, uno de los dibujantes que colaboró con las escenografías, le hizo notar el error a Welles recién en 1970. Acaso ese error o esa distracción –que muchos afirman que no es tal y obedece a una licencia creativa de los que lo editaron- le confiera al film una involuntaria condición fantástica.

Jorge Luis Borges profetizó una vez en la revista Sur que “el tema (a la vez metafísico y policial, a la vez psicológico y alegórico) es la investigación del alma secreta de un hombre, a través de las obras que ha construido, de las palabras que ha pronunciado, de los muchos destinos que ha roto”. Inclusive profetizó: “Me atrevo a sospechar, sin embargo, que Citizen Kane perdurará como perduran ciertos films de Griffith o de Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esa mala palabra”.

Afirmar que El ciudadano es la mejor película de la historia quizá sea una hipérbole inventada para no tener que encontrar otra. Es la que suele invocarse sin dudar demasiado y tiene suficientes años de realizada para refulgir entre la bruma de lo que no ha de superarse. Y como buen creyente que no abjura de su fe recomiendo a quienes no la vieron, que lo hagan.

separador_50

 

El tercer hombre

separador_50

Allá por los tempranos 60 daban en la TV uruguaya una serie que se llamaba El tercer hombre y la protagonizaba el actor británico Michael Rennie. La BBC la comenzó a emitir en 1959 y estuvo al aire hasta 1965 totalizando 77 capítulos. La serie se ambientaba en Viena y contaba historias de espionaje en el tiempo inmediatamente posterior al final de la II Guerra Mundial y su protagonista central encarnaba el rol de Harry Lime. Pero, a los once años de edad yo ignoraba demasiadas cosas sobre los antecedentes de la serie.

The Third Man (1949)Directed by: Carol ReedShown: Orson WellesNo sabía que la música de El tercer hombre –The Harry Lime theme- la había compuesto el citarista austríaco Anton Karas, que trabajaba en un club nocturno de Viena. Fue su única creación para el cine y esto le deparó una instantánea fama planetaria porque esa música sencilla, pegadiza y obsesionante no podía dejar de silbarse. Era tan famosa que los tempranos Beatles la incluían en su repertorio en versión instrumental.

También desconocía por completo que, previo a la serie, una década antes se había rodado un film dirigido por Carol Reed, producido por sir Alexander Korda, protagonizado por Orson Welles, Joseph Cotten y Alida Valli y guionado por Graham Greene.

Después crecí y pude ir a las fuentes para descubrir primero la película realizada en 1949, que es considerada la mejor película inglesa de la historia, y luego leer la novela que Greene escribió antes del guión.

No recuerdo cuando vi el film por primera vez, pero a partir de entonces, sus imágenes en blanco y negro “tétrico”, como algún crítico las definió, me marcaron en muchos sentidos. Por empezar la Viena derruida y casi siempre nocturna que muestra tiene una carga de ambigüedad y misterio que se condensa en cuatro o cinco escenas que deben figurar en la historia del cine. La más genial es la primera aparición de Orson Welles –que encarna a Harry Lime- oculto en un portal e iluminado de pronto por la súbita luz de una ventana que se abre. Por supuesto que he seguido mirando ese film infinito –empieza y termina en un cementerio- cada vez que he tenido la oportunidad. Hoy tengo una copia en DVD del original remasterizado y lo veo con cierta periodicidad.

De la película luego pasé a indagar en la novela que Greene escribió para poder trabajar mejor en el guión, construyendo personajes más literarios que cinematográficos. Pero precisamente eso les dio en el film una consistencia que de otra manera no habrían tenido, aunque en el prólogo de la novela, el autor reconoce que la película es mejor, porque es la realización definitiva de la idea original que, en su génesis, fue apenas una anotación en el dorso de un sobre. Textualmente, según consigna Greene, esa anotación decía: “Había transcurrido una semana desde que hiciera mi visita al cementerio para despedir los restos de Harry. Fue pues, con incredulidad, que lo vi pasar, sin que diera señales de reconocerme, entre la muchedumbre de desconocidos del Strand.” Esa breve frase condensa la esencia de El tercer hombre y demuestra que las grandes ideas en general pueden expresarse en pocas palabras.

Leí el libro de Greene tantas veces como vi la película. En el año 2000 publiqué “El autor de mis días”, novela que a través de su trama resume mi obsesión por la historia de El tercer hombre. Disfruté mucho escribiéndola y por un tiempo pensé que ese homenaje que se decanta de su historia iba a permitirme terminar con esa obsesión. Pero faltaba un último rito de paso.

Una escena clave de la película se desarrolla en uno de los sitios más típicos de Viena, la Rueda Gigante que, con sus 60 metros de altura, desde 1897 destaca su inconfundible silueta en el parque Prater de la ciudad. En una de las cabinas de la rueda, Orson Welles y Joseph Cotten mantienen un diálogo inolvidable que dura lo que una vuelta en la noria. Gravemente dañada durante el final de la II Guerra Mundial – un incendio destruyó sus treinta cabinas- fue reconstruida en tiempo record y volvió a funcionar en 1947. Luego la película de Reed la inmortalizó.

Hace unos años conocí Viena y pude, por fin, visitar el Prater y subir a la rueda para ver la ciudad desde la altura. Por supuesto que ese fue el pretexto para realizar un sueño secreto: dar una vuelta en la Wiener Reinsenrad y, dentro de una de las quince cabinas que actualmente tiene, culminar esa larga relación con El tercer hombre –serie, película y novela- que comenzó para mí hace casi medio siglo. Al llegar a la máxima altura y sin poder evitarlo empecé a silbar la música de Karas hasta que sentí que de una manera inexplicable había cumplido una postergada cita con Harry Lime y quizá con Orson Welles.

separador

Orson Welles

 

 separador

separador

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s