Benito Pérez Galdos: uno de los grandes

Por Javier Fernández

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Texto correspondiente a la conferencia pronunciada con motivo de la celebración del Día Mundial del libro y del derecho de autor (21 de abril de 2015)

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Benito Pérez Galdos es uno de los grandes, de los gigantes de la literatura, de esos dos o tres escritores nacidos en España que están en el parnaso. Casi cualquiera de sus obras, ya sean novelas, relatos, ensayos, teatro, traducción, merecería ser destacada y con mérito más que suficiente para entresacar de ella unos párrafos para ilustrar su magisterio, pero estando en Zaragoza sería imperdonable que no escogiéramos algunas partes de sus Episodios Nacionales dedicados a la gesta que nuestros antepasados protagonizaron frente al invasor napoleónico:

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Don José no conocía los artificios de la etiqueta, y por carácter y por costumbre era refractario a la mentira discreta y a los amables embustes que constituyen la base fundamental de la cortesía. Como él llevaba siempre el corazón en la mano, quería que asimismo lo llevasen los demás, y su bondad salvaje no toleraba las coqueterías frecuentemente falaces de la conversación fina. En los momentos de enojo era impetuoso y dejábase arrastrar a muy violentos extremos, de lo que por lo general se arrepentía más tarde.

En él no había disimulo y tenía las grandes virtudes cristianas en crudo y sin pulimento, como un macizo canto del más hermoso mármol, donde el cincel no ha trazado ni una raya siquiera. Era preciso saberlo entender, cediendo a sus excentricidades, si bien en rigor no debe llamarse excéntrico el que tanto se parecía a la generalidad de sus paisanos.

       (…)

Desde las cuatro de la madrugada el batallón de las Peñas de San Pedro fue destinado a guarecer el frente de fortificaciones desde Santa Engracia hasta el convento de Trinitarios, línea que me pareció la menos endeble en todo el circuito de la ciudad. A espaldas de Santa Engracia estaba la batería de los Mártires, corría luego la tapia aspillerada hasta el puente de la Huerva, defendido por un reducto; desviábase luego hacia Poniente, formando un ángulo obtuso y enlazándose con otro reducto levantado en la Torre del Pino, seguía casi en línea recta hasta el convento de Trinitarios, dejando dentro la Puerta del Carmen.

La campana de la Torre Nueva suena con clamor de alarma. Cuando esta campana da al viento su lúgubre tañido, la ciudad está en peligro y necesita de todos sus hijos. ¿Qué será? ¿Qué pasa? ¿Qué hay? En el Arrabal, dijo Agustín, debe andar mala la cosa. Mientras nos atacan para entretener mucha gente de este lado, embisten también por la otra parte del río. Lo mismo fue en el primer sitio. ¡Al Arrabal, al Arrabal!

 Las calles estaban llenas de gente. Los ancianos, las mujeres, salían impulsados por la curiosidad, queriendo ver de cerca los puntos de peligro, ya que no les era posible situarse en el peligro mismo. Las calles de San Gil, de San Pedro y de la Cuchillería, que son camino para el puente, estaban casi intransitables, inmensa multitud de mujeres las cruzaban, marchando todas aprisa en dirección al Pilar y a La Seo.

    (…)

Llegó un día en que cierta impasibilidad, cierta cruel y espantosa indiferencia se apoderaron de los defensores, y nos acostumbramos a ver un montón de muertos cual si fuera un montón de sacos de lana; nos acostumbramos a ver sin lástima largas filas de heridos arrimados a las casas curándose cada cual como mejor podía. A fuerza de padecimientos parece que las necesidades de la carne habían desaparecido y que no teníamos más vida que la del espíritu. La familiaridad con el peligro había transfigurado nuestra naturaleza, infundiéndole al parecer un elemento nuevo, el desprecio absoluto de la materia y total indiferencia hacia la vida. Cada uno esperaba morir dentro de un rato, sin que esta idea le conturbara.

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La descripción que hace de don José Montoria, al que retrata como arquetipo de zaragozano; la exactitud en las denominaciones de nuestras calles y edificios; y la pasión que pone en cada una de sus líneas para reflejar con dramatismo el horror que en aquellos meses se vivió en los solares por los que hoy paseamos, hace que nos preguntemos si nuestro autor nació o vivió en tierras aragonesas o si, acaso, tuvo ascendencia maña. Lo mismo ocurre respecto de su profesión o vocación militar, ya que sus descripciones sobre los combates, la precisión en las denominaciones castrenses y su maestría al relatar toda clase de luchas y peleas nos llevan a creer que quien escribe conoce desde dentro todos los entresijos de las batallas y el mundo que las rodea. Pero ninguna de estas hipótesis es acertada: no es aragonés ni vivió por estos lares y tampoco se le conocen antepasados de esta patria; y su posible vocación militar o interés por esta profesión le vino más por vía materna, la señora coronela, que paterna, ya que su padre no transmitió a sus vástagos, diez nada menos, nada de su profesión castrense más allá de su imagen vistiendo el uniforme.

La vida del joven Benito pudo haber sido la de cualquier burguesito educado en las escuelas de las Islas Canarias, donde nació y vivió sus primeros años, si el amor juvenil no hubiese aparecido en el domicilio de la citada coronela ante los ojos de ésta por la presencia de una sobrina que había ido al hogar de los Pérez Galdós a pasar unas vacaciones junto al mar. Este episodio, accidental, será decisivo en su vida ya que doña Dolores decidió apartar a los jóvenes enamorados y enviar al joven Galdós a Madrid, a estudiar la carrera de leyes bajo la tutela de uno de sus tíos. Al dejar atrás las islas afortunadas el futuro escritor se llevó la mejor herencia que su padre le podía legar: el gusto por las historias que su progenitor les contaba a sus hijos y en las que él era el protagonista en algunas de las batallas contra el invasor francés, en las que combatió y, de vez en cuando, relatos imaginarios de la guerra que marcó su vida.

Con el dolor del amor en el pecho y miles de pájaros en la cabeza, se dispuso el joven Benito a iniciar una nueva vida en la capital del reino. Pronto supo, lo había sabido siempre, que las leyes no serían su futuro, por lo que abandonó enseguida su presencia en las aulas, llenando los huecos que tenía con largos paseos y visitas al ateneo, centro que se convertirá en el centro de su actividad. Allí podrá oír a poetas y políticos, conocerá personalmente a los más famosos periodistas del momento y en ese lugar será donde podrá entregar sus primeros artículos para verlos publicados en prensa de escasa y polémica difusión. Poco a poco irá madurando su estilo narrador y se irá decantando hacia el realismo; la España del momento es apasionante y en torno a ella, y al reciente pasado, construirá su inmensa obra, colaborando en su etapa de madurez con dos de los periódicos de mayor difusión: La Nación y El Debate.

Los párrafos reproducidos más arriba corresponden a Zaragoza, el sexto título de la obra más ambiciosa de Pérez Galdos, Los9788491041191 Episodios Nacionales, que comenzó a publicar en 1873 con Trafalgar y finalizó en 1912 con Cánovas, pretendiendo abarcar la historia de España entre 1805 y 1874, desde Carlos IV a la restauración con Alfonso XII. Tenía 30 años cuando inició la serie y 69 cuando publicó el último episodio, 39 años dedicados a contarnos 70 del turbulento siglo XIX español. Pero en estos años no solo publica los Episodios Nacionales ya que simultánea esta escritura con la de otras obras, novela y relatos principalmente. Su teatro será más obra de madurez al igual que los ensayos, muy tardíos. En conjunto una obra ingente: 32 novelas, 48 episodios nacionales, 26 obras de teatro, 17 ensayos, 30 cuentos y relatos, además de diferentes traducciones literarias.

En la capital del Ebro es imprescindible citar el Episodio Nacional dedicado a Zaragoza, pero no es ésa la única obra dedicada al heroico segundo sitio contra el invasor francés ya que publicó una obra de teatro con el mismo título: Zaragoza. Dos vinculaciones más de Galdós con nosotros debemos reseñar: la obra escultórica que Pablo Serrano realizó del gran escritor para ser instalada en Las Palmas de Gran Canaria y la calle que tiene en nuestra ciudad, algo que sorprenderá a muchos pues es muy desconocida a pesar de ser muy céntrica; discurre entre el Paseo de Teruel y Hernán Cortés. Repasar los nombres de calles y edificios notables de la ciudad, en estas obras, nos da una buena prueba de la preparación que cada uno de sus escritos llevaba consigo ya que hasta el femenino del río Huerva, la Huerva, como es conocido entre nosotros, se encuentra perfectamente reflejado en sus páginas. Y el Arrabal, así, con esta grafía: Arrabal, como lo hemos llamado siempre, nada que ver con el catalanismo reciente de denominarlo Raval.

Si el nervio narrativo sobre acciones de combate ya lo hemos podido observar al tratar del Episodio Nacional escrito sobre nuestra ciudad, no podemos dejar de señalar la que se considera principal virtud de este autor: su descripción de los personajes, su enorme habilidad al narrar la vida cotidiana de los españoles de la época en la que vivió. Voy a reproducir dos párrafos de Fortunata y Jacinta, posiblemente la novela más recordada de Galdós, en los que se puede ver esta característica:

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Cuando el niño estudiaba los últimos años de su carrera verificóse en él uno de esos cambiazos críticos que tan comunes son en la edad juvenil. De travieso y alborotado volvióse tan juiciosillo que el mismo Zalamero daba quince y raya. Entróle la comezón de cumplir religiosamente sus deberes escolásticos y aún de instruirse por su cuenta en lecturas sin tasa y con ejercicios de controversia y palique declamatorio entre amiguitos.

     (…)

También pensaba Barbarita, oyendo a su novio, que la profesión iba por dentro y que el pobre chico, a pesar de ser tan grandullón, no tenía alma para sacarla fuera. ¿Me querrá?, se preguntaba la novia. Pronto hubo de sospechar que si Baldomerito no le hablaba de amor explícitamente era por pura cortedad y por no saber como arrancarse, pero que estaba enamorado hasta las cachas, reduciéndose a declarárselo con delicadezas, complacencias y puntualidades muy expresivas. Sin duda el amor más sublime es el más discreto y las bocas más elocuentes aquellas en las que no puede entrar ni una mosca. Mas no se tranquilizaba la joven razonando así, y el sobresalto y la incertidumbre no la dejaban vivir. ¡Si también le estaré queriendo yo sin saberlo!, pensaba. ¡Oh, no!, interrogándose y respondiéndose con toda lealtad, y resultaba que no le quería nada. Verdad que tampoco le aborrecía. Y algo íbamos ganando.

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Una vez abandonados los estudios de Derecho y tomada la decisión de ser escritor, la vida en Madrid comenzó a ser más plácida en compañía de sus tíos, en cuya casa viviría muchos años. El desengaño amoroso le llevó a frecuentar compañías muy breves y, a veces, de pago, aunque a lo largo de su vida sí mantuvo relaciones amorosas estables con alguna actriz e, incluso, llegó a reconocer a una hija nacida en estas compañías no santificadas por el sacramento matrimonial. Su vida sin pareja fija y sus ideas, siempre avanzadas, las plasmó con frecuencia en sus obras, siendo objeto de las iras de la sociedad más conservadora que, en repetidas ocasiones, hizo causa contra él, como cuando fue propuesto para ingresar en la Real Academia Española, lo que finalmente sí logró en 1897, o en el fracaso de su candidatura para el Premio Nobel de Literatura. A pesar de la inmensa obra que escribió no le faltó tiempo para participar en la vida política en la que entró de mano de Práxedes Mateo Sagasta, líder progresista, que le convenció para que fuese diputado en las Cortes de 1886 por la circunscripción de Puerto Rico. También lo fue en 1907, con los republicanos, en 1909 en una coalición con los socialistas de Pablo Iglesias, y, nuevamente con los republicanos, en 1914. Un reflejo de sus ideas contra la hipocresía de la sociedad más conservadora lo encontramos en esta conversación de su obra teatral Electra:

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Don Urbano: ¿Y Virginia?

Marqués: No está mal. La pobre siempre luchando con sus achaques. Vive por el vigor tenaz, testarudo digo yo, de su grande espíritu.

Don Urbano: Vaya, vaya,…., ¿quiere usted que bajemos al jardín?

Marqués: luego, luego. Descansaré un instante. Hábleme usted, querido Urbano, de esa niña encantadora, de esa Electra, a quien han sacado ustedes del colegio.

Don Urbano: No estaba ya en el colegio. Vivía en Hendaya con unos parientes de su madre. Yo nunca fui partidario de traerla a vivir con nosotros, pero Evarista se encariñó hace tiempo con esa idea, su objetivo no es otro que tantear el carácter de la chiquilla, ver si podemos obtener de ella una buena mujer, o si nos reserva Dios el oprobio de que herede las mañas de su madre. Ya sabe usted que era prima hermana de mi esposa, y no necesito recordarle los escándalos de Eleuteria.

Marqués: ya, ya.

   (…)

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En los últimos años tuvo que vivir en condiciones precarias por dos motivos, salud y dinero. Respecto de su salud hay que poner de relieve que fue perdiendo poco a poco la vista, algo muy doloroso para un escritor ya que le dificulta en extremo su trabajo. Y sobre el dinero, una constancia en toda su vida: su escasa habilidad para rentabilizar su numerosa creación y el gran éxito de la mayoría de sus escritos. Mantuvo pleitos durante años con sus editores y se sintió engañado en muchas ocasiones por los hábiles empresarios que nunca le remuneraron como correspondía. También sufrió en su fama los embates de las luchas políticas en las que no quiso participar en primera línea pero sí apoyar siempre las causas progresistas, sin lograr entender la desunión y continuas peleas en las filas no conservadoras. Se fue refugiando cada vez más en dos de los placeres que mantuvo durante toda su vida, la música y el tabaco. Fue un gran melómano e incluso llegó a ejercer de crítico para algún medio, y siempre asistió a los conciertos con un buen puro en la comisura de sus labios, manteniendo estas dos costumbres hasta el fin de sus días.

Galdós, escultura de Pablo SerranoGaldós ha sido reconocido como un autor realista, es decir, que supo reflejar en sus escritos lo que ocurría a su alrededor, aunque leyendo algunas de sus creaciones pudiera creerse que lo narrado solo podía ser fruto de una extraordinaria imaginación. Para entender esta posible contradicción tal vez debamos hacer un breve repaso de la época en la que vivió. Cuando publica el primero de sus Episodios Nacionales, Trafalgar, España está aún inmersa en el periodo que los historiadores han definido como Sexenio Revolucionario, que comenzó en Septiembre de 1868 con una revolución en la que estaban el general Serrano y el almirante Topete, y que lideraba Juan Prim y Prats, el general nacido en Reus (Tarragona) y que hizo famoso el eslogan de “abajo lo existente y Cortes Constituyentes”, al objeto de poner fin al reinado de Isabel II, la hija de Fernando VII y de María Cristina de Borbón, para muchos la principal culpable del estado de corrupción generalizado que imperaba en España. Con la salida de la reina se entró en un periodo de indefinición que, tras las oportunas elecciones, dio paso a una constitución, la de 1869, plagada de exageraciones como la regulada en el art. 29: La enumeración de los derechos consignados en este Título no implica la prohibición de cualquier otro no consignado expresamente. Y que definía (art. 33) a España como una monarquía, pero sin rey, para lo que debió aprobarse una Disposición Transitoria Primera ciertamente original: “la ley que, en virtud de esta Constitución se haga para elegir la persona del Rey y para resolver las cuestiones a que esta elección diere lugar, formará parte de la Constitución”. En una historia tan peculiar como la nuestra un nuevo botón de excentricidad, una monarquía electiva. Gracias al poder e influencia que Prim ejercía sobre todas las fuerzas políticas, el 16 de noviembre de 1870 consiguió que con 191 votos a favor, sobre un total de 311, se eligiese a Amadeo de Saboya como futuro rey. Para el primer día del año de 1871 estaba previsto que el hombre fuerte del régimen, el citado Prim, fuese a recibir al nuevo monarca lo que no pudo hacer porque quien había destacado que su vida se resumía en la frase “o la faja o la caja”, terminó con faja pero en la caja, al ser asesinado el 27 de diciembre, siendo este magnicidio el que, junto con el de Kennedy, más páginas ha inspirado a los amigos de bucear en todo tipo de conspiraciones. Por resumir los dos amargos años que Amadeo de Saboya (Macarroni Primero en los sainetes de la época) pasó reinando a nuestros antepasados baste decir que cuando presentó su abdicación, el 11 de febrero de 1873, lo hizo “por sí y por todos sus herederos”, no fuese a ser que alguno de sus descendientes tuviese la tentación de caer en el mismo error que él, pretender reinar a estos bárbaros españoles. Si la constitución vigente, la de 1869, prohibía a las dos Cámaras legislativas (art. 47) las deliberaciones conjuntas, a los parlamentarios del momento no se les ocurrió mejor solución para la crisis nacida con la marcha del rey que comenzar con un acto inconstitucional, reunirse en sesión conjunta, y decidir el nacimiento de la Primera República. Los once meses que tuvo de vida este intento de gobernarnos sin rey precisarían de muchos folios para hacer un intento serio de resumir lo que ocurrió. Cuatro presidentes, un intento frustrado de aprobar una constitución republicana y federal, y toda España levantada en armas en el fenómeno que conocemos como el cantonalismo, cuando una población se definía soberana y declaraba la guerra al Estado, o, en otros casos, se declaraban las hostilidades de comarca a comarca. Cartagena se llevó la fama pero no hubo parcela en el solar patrio que no participase de la orgía dinamitera. A pocos extrañó que el capitán general de Madrid, Manuel Pavía, decidiese el 3 de enero de 1874 poner fin a aquel estado de cosas, entregando de inmediato el poder al representante de las fuerzas políticas ya que su acción no perseguía quedarse con él. A finales de ese año otro general, ahora Arsenio Martínez Campos, se pronunció a favor de la restauración monárquica, lo que abrió el camino a la coronación de Alfonso XII, hijo de Isabel II.

Por lo narrado no queda muy claro si don Benito fue un gran escritor realista o si el realismo de la realidad que vivió superó a la ficción novelada.

Hemos citado los Episodios Nacionales: Trafalgar, Zaragoza, La revolución de julio, La campaña del Maestrazgo, Prim, La Primera República, Cánovas, por no hacer una relación exhaustiva; su novela más famosa, Fortunata y Jacinta, pero no debemos dejar de citar: La loca de la casa, Torquemada en la hoguera, La fontana de oro, Nazarín, La desheredada, Doña Perfecta o El abuelo; a la referencia de Electra, entre su teatro, hay que añadir: Realidad, Zaragoza, La de San Quintín; en sus ensayos son los más conocidos Memorias de un desmemoriado y su Discurso de ingreso en la Real Academia Española; Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Charles Dickens, es su traducción del inglés más citada; y entre sus cuentos y relatos, por destacar solo unos pocos, debemos citar: La mujer del filósofo, Tropiquillos, Fumándose las colonias y Una noche a bordo.

Para concluir este recuerdo a Benito Pérez Galdós nada mejor que hacerlo con un párrafo debido a su pluma y, más concretamente, uno muy apropiado para definir la época en la que vivió, contenido en La revolución de julio:

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Esta singular teoría de que los pecados mujeriles abren camino a las revoluciones, y de que éstas resultan siempre fecundas, no podía ser admitida sino como una forma de humorismo para pasar el rato, como quien dice. Pero él a sus paradojas se aferraba; con ellas se metió en el terreno político y explicóme su fervor revolucionario como un estado fisiológico contra el cual su voluntad nada puede. La regularidad y permanencia de las instituciones se representa en su ánimo como una enfermedad. La paz pública es como una parálisis. Él se subleva por un instinto de conservación o de salud, sintiendo en sí una parte de la dolencia que a toda la nación afecta. Es un miembro, un pedazo de carne y nervios, partícipe del general dolor. Romper la disciplina es lo mismo que medicinarse o, por lo menos, hacer ejercicio con el fin de buscar la salud en la actividad muscular y en la fluidez sanguínea. La ordenanza, la Constitución vigente y sus predecesoras, son síntomas terribles de una lesión honda que ha de traer la muerte. En todas las leyes establecidas hemos de ver formas de dolor, de la congestión, de la fiebre. Sus efectos en la vida equivalen a tumores, úlcera, sarna, postemas, calambres y demás lacerías, contra las cuales hay que aplicar, no solo el movimiento, sino el fuego y las sangrías.

 

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Lo dicho, uno de los grandes. Cuando se acerca el centenario de su fallecimiento, además de citar muy de pasada la polémica sobre si asistieron cien amigos o treinta mil admiradores a su funeral, no estaría de más ir preparando un buen homenaje. Mientras tanto, nuestra propuesta para cada día no puede ser más que ésta: léanlo, es un verdadero placer.

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