Charles Dickens y los cimientos del socialismo: las ciudades de ladrillos que habrían sido colorados…

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DickensLos términos socialista, marxista o comunista nos son habituales, aunque los usemos sin coherencia con respecto a sus orígenes y hayan servido para abanderar movimientos de tan variada naturaleza y tan contradictorios entre sí que, si echamos la vista atrás y analizamos la verdadera gestación de sus postulados y terminología, nos replantearemos todo aquello que con la historia política haya tenido que ver de un par de siglos a esta parte.

También sabemos que Marx y Engels fueron los autores del famoso Manifiesto Comunista, pero pocos reparan en la labor de Engels, eclipsado por Marx y casi borrado por la historia. Sin él y su fortuna personal, la obra de Marx no hubiese visto la luz. Sin perder de vista que Marx falleció antes que su amigo y este continuó con la tarea; es más, aún en sus comienzos, fue Engels quien ocupó mejores cargos en las asociaciones proletarias; concretamente, fue nombrado delegado de la Conferencia de la Liga de los Comunistas, posteriormente fue presidente y comenzó a escribir los principios de la misma en solitario.

Por otro lado, es casi impensable un análisis de ideologías sin tener en cuenta el contexto social del momento en el que se desarrollan. A su vez, la literatura tampoco puede ser analizada fuera de su época y viceversa. En este círculo de retroalimentación nos movemos al leer Tiempos difíciles (1854), de Charles Dickens; tal vez, uno de los mejores reflejos de la incipiente sociedad de clases que tuvo por protagonistas a la burguesía y al proletariado en la cuna de la Revolución Industrial. Personajes creados ad hoc para una novela se transmutan en prototipos, bien del burgués (un propietario, o fabricante en terminología de Dickens), bien del obrero integrante de una masa sin identidades individuales, considerado como uno más en una colonia de hormigas. A su vez, sobre este tipo de literatura teorizaron los propios Marx y Engels, entendiéndola como un buen instrumento para luchar y sacar al obrero de la alienación, es decir, para adquirir la denominada conciencia de clase.

Lo que sigue en adelante aspira a ser un análisis de los orígenes del socialismo, sus postulados y sus términos; una recuperación de los eslabones perdidos no tenidos en cuenta a posteriori, pero que fueron decisivos en el desarrollo de los acontecimientos y la teorización de la ideología; y un estudio interdisciplinar entre historia y literatura que ayudará a comprender el impulso de un pensamiento en rebelión contra las circunstancias. Al fin y al cabo, la novela realista social (desde su punto de vista diacrónico) siempre acaba siendo un modo de denuncia y de lucha. A veces, más efectiva que largos y caudalosos ríos de tinta dedicados al debate, a la filosofía o a la justificación de una idea.

Todo esto se desarrollará sin perder de vista un precepto: una ideología y un tipo de literatura social solo sirven y adquieren sentido en unas circunstancias y un contexto determinados.

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Dickens, Marx y Engels: algo sobre ellos y algo en común
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Charles Dickens (1812-1870) nació, vivió y murió en Inglaterra. Su madre pertenecía a la clase media, pero su padre, a pesar de ser un oficinista con un trabajo estable que hubiese dado a la familia seguridad y cierta suficiencia económica, acumulaba deudas a causa de sus impulsivos despilfarros, que lo llevaron a la cárcel y condenaron a su hijo a no pisar la escuela hasta los nueve años. En aquel momento, nadie podía pensar que el autodidacto Charles acabaría convirtiéndose en todo un emblema de la literatura inglesa. Lo cierto es que en sus obras podemos apreciar que nunca sintió demasiada simpatía por la burguesía, pero sí empatizaba con la mayoría de los hombres que, casi por inherencia al sistema, eran proletarios. En 1854, vio la luz una de sus obras más ilustres: Tiempos difíciles (Hard times for these times). En pleno siglo XIX, y coincidiendo con el auge de las publicaciones por entregas, Dickens se sirvió de su cargo como director de la revista Household Words para ir dando a conocer, entre el 1 de abril y el 12 de agosto del citado año, a los capitalistas burgueses, los desamparados obreros y los ajenos personajes circenses que poblaban su novela. En el tono irónico característico de su producción hay cabida para hablar de una novela social que destapa las inmundicias humanas.

Karl Marx (1818-1883) nació en Prusia, concretamente en Trier. Su familia era judía convertida al protestantismo y podría decirse que de clase media, si bien gracias a sus viñedos gozaban de cierto desahogo. Estudió en las universidades de Berlín, Bonn y Jena, y llegó a ser Doctor en Filosofía. Tras residir en París, tuvo que trasladarse a Bélgica a causa de sus ideas políticas revolucionarias asentadas sobre la dialéctica de Georg Friedrich Hegel (1770-1831), si bien, más tarde, acabaría en Londres, donde se vería rodeado por la misma realidad que llevó a Dickens a reflejar el panorama de la Revolución Industrial. Sin embargo, su estancia en París resultó de lo más provechosa, dado que, fue allí donde entabló estrecha amistad con Friedrich Engels (1820-1895), natural de Barmen, también una ciudad prusiana. Ya se habían conocido años atrás en su tierra natal, si bien no congeniaron en un primer encuentro por la desconfianza que sentía Marx hacia un capitalista que bien podría haber sido un infiltrado. Tiempo después, cuando Engels regresaba de Manchester, hizo escala en París y volvió a proponer a Marx una mutua colaboración. Este último ya se fiaba de él, pues ambos, pese a sus diferentes lugares de residencia, en los últimos años, habían contactado con una sociedad obrera secreta: La Liga de los Justos. Engels compartía presupuestos con Marx y lo consideraba superior intelectualmente, pese a que los dos habían teorizado casi idénticas ideas y conclusiones. En ese momento (1844), Engels se convertiría en el pilar de sustento para que Marx pudiese desarrollar su pensamiento. Ello fue posible porque Engels pertenecía a una familia burguesa propietaria de fábricas vitivinícolas y textiles, lo que le proporcionaba una inmejorable situación económica para satisfacer cualquier inquietud con lo que aquello que en un momento provocó la desconfianza de Marx se acabó convirtiendo en el motor y medio para poder difundir su obra. Sin embargo, a pesar de su posición como hijo de empresario, en la Universidad de Berlín, Friedrich se sintió atraído por los movimientos revolucionarios de la época y por la filosofía hegeliana. Su estancia en Manchester se debe a la encomienda por parte de su padre para que se formase y pusiese al frente de los negocios familiares en Inglaterra. Allí, Engels también descubrirá de primera mano las míseras condiciones de vida de los trabajadores en la principal potencia industrial del mundo.

Resulta paradójico que ninguno de los tres proceda de la clase humilde. Es más, Marx y Engels se habían formado en buenas universidades alemanas y, sin embargo, fueron los líderes indiscutibles de la revolución obrera del siglo XIX. Como se acaba de apuntar, los dos se interesaron y formaron en las ideas de Hegel, si bien sustituyeron el idealismo de este por una concepción materialista. Asimismo, ambos acabaron residiendo en Inglaterra, la cuna de Dickens; y este es uno de los hechos más determinantes para el desarrollo de este estudio.

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Serpientes y elefantes de ciudad
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¿Cómo eran las ciudades que se desplegaban ante Marx, Engels y Dickens? Podríamos hacer una descripción histórica, pero el escritor ya elaboró un magnífico retrato de la imaginaria Coketown en su obra Tiempos Difíciles y, sin lugar a dudas, pretendía acercarnos del modo más realista posible a una ciudad industrial de mediados del siglo XIX. Algunos estudiosos creen ver tras esas descripciones, no a Londres, sino a una ciudad del norte de la Inglaterra victoriana, posiblemente Preston. No importa tanto el qué sino cómo es, pues su esencia se puede extrapolar a cualquier urbe que en aquellos mismos años estuviese viviendo los mismos “tiempos difíciles”:

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Era una ciudad de ladrillo rojo, es decir, de ladrillo que habría sido rojo si el humo y la ceniza se lo hubiesen consentido; como no era así, la ciudad tenía un extraño color rojinegro, parecido al que usan los salvajes para embadurnarse la cara. Era una ciudad de máquinas y de altas chimeneas, por las que salían interminables serpientes de humo que no acababan nunca de desenroscarse, a pesar de salir y salir sin interrupción. Pasaban por la ciudad un negro canal y un río de aguas teñidas de púrpura maloliente, tenía también grandes bloques de edificios llenos de ventanas, y en cuyo interior resonaba todo el día un continuo traqueteo y temblor, y en el que el émbolo de la máquina subía y bajaba con monotonía lo mismo que la cabeza de un elefante enloquecido de melancolía. Contenía la ciudad varias calles anchas, todas muy parecidas, además de muchas calles estrechas que se parecían entre sí todavía más que las grandes; estaban habitadas por gentes que también se parecían entre sí, que entraban y salían de sus casas a idénticas horas, levantando en el suelo casi idénticos ruidos de sus pasos, que se encaminaban hacia idéntica ocupación, y para las que cada día era idéntico al de ayer y al de mañana y cada año era una repetición del anterior y del siguiente. (C. Dickens, Tiempos difíciles, “La nota tónica”. Edición de F. Galván y traducción de A. Lázaro Ros. Madrid: Cátedra, 2012, p. 107)

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Se describen fábricas donde trabajaban durante largas horas gentes que se parecían entre sí. El proletariado vivía en pésimas condiciones, se hacinaba en suburbios sin alcantarillado, sin agua corriente o luz, trabajando a un ritmo que se podría considerar de explotación, a cambio de un ridículo salario. Los niños también cumplían con la jornada laboral sin poder disfrutar de una infancia escolarizada. Las condiciones higiénicas eran muy malas y, con facilidad, se contraían enfermedades que, muchas veces, terminaban en el peor de los desenlaces. Una forma de vida miserable que se desarrollaba de manera rutinaria en una ciudad, en cada ciudad, teñida de gris.

Fábrica

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Una asociación de artesanos alemanes exiliados
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Antes de hablar de la Liga de los Comunistas, donde tantas veces se sitúa directamente a Marx y Engels, hay que remontarse a una asociación que, en sus orígenes, se hacía llamar la Liga de los Justos, que a su vez procedía de la Liga de los Proscritos, fundada por un grupo de artesanos alemanes que había huido a París, asociándose con el propósito de liberar a Alemania de la servidumbre. En 1836 pasó a llamarse la Liga de los Justos, a iniciativa de Karl Schapper (1812-1870), otro exiliado alemán, que incluyó dentro de sus proyectos una revolución social y publicó La Comunidad de bienes (1838). He aquí el antecedente del Manifiesto Comunista. Wilhelm Weitling (1808-1871) se unía a la Liga poco después y desarrollaría sus principios teóricos en La humanidad tal como está y tal como debería estar (1838), defendiendo la revolución frente a las reformas, el comunismo como única posibilidad de organización social, su materialización a través de asociaciones de familias y su justificación en la doctrina cristiana, considerando a Jesucristo como el primer comunista.

Sin embargo, parece que la Liga no era más que una facción de otra organización superior: La Sociedad de las Estaciones (Societé des Saisons), liderada por Louis Auguste Blanqui (1805-1881), el famoso revolucionario que osó llevar a cabo un levantamiento en 1839, tan ambicioso como para intentar derrocar la monarquía de Luis Felipe I (1773-1850) en Francia. La Liga apoyó semejante empresa, que, al resultar fallida, condenó al exilio en Gran Bretaña a sus integrantes, entre ellos a Schapper.

Mientras tanto, Marx y Engels llevaban a cabo su proyecto de colaboración y fundaron, en 1846 y por cuenta propia, el Comité Comunista de Correspondencia. Pese a que Weitling fue miembro de la Liga y admirado por Marx en sus inicios, la radical postura comunista del primero le costó las críticas del segundo y el rechazo de la Liga de los Justos. Aquí se produce una gran confusión en los términos dado que Weitling es desplazado del movimiento por su radicalismo comunista cuando, poco después, la Liga adoptará el apellido de los Comunistas y los dos teóricos revolucionarios protagonistas de este estudio reunirán sus principios bajo el título de Manifiesto Comunista. Esta paradoja queda simplemente apuntada pues, como se verá más adelante, responde a una justificación más práctica que ideológica. En cualquier caso, hasta tal punto llegaron los debates que la Liga celebró, durante 1887 en Londres, un Congreso al que fue invitado el Comité de Marx y Engels. Integrados en la Liga, Engels fue nombrado delegado y el lema “Todos los hombres son hermanos” fue sustituido por el famoso “¡Proletarios de todos los países, uníos!”. El nombre de Liga de los Justos cambió, como se ha dicho, a Liga de los Comunistas.

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Manifiesto comunista por encargo
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Una vez incluidos en la Liga, los socios antiguos propusieron a los nuevos que, puesto que aceptaban sus postulados comoManifiesto Comunista buenos, podían ser los encargados de redactar sus principios y plasmarlos por escrito. A semejante tarea se aventuró Engels en solitario, tras ser nombrado presidente (saltándose las normas que regían para la elección dentro de la Liga), comenzando a escribir una especie de catecismo bajo el nombre Principios del Comunismo. No tardó en abandonar y echar mano de quien mejores cualidades tenía para la teorización: Marx. Entre 1847 y 1848, juntos redactaron el Manifiesto del Partido Comunista (Manifest der Kommunistischen Partei en alemán, lengua de la primera edición). Se publicó el 21 de febrero de 1848, en Londres. Se ha calificado como un panfleto de retórica incendiaria donde se denuncia la explotación del obrero, la apropiación de la plusvalía por parte de los propietarios y se llama a la revolución para acabar con un régimen que, a su vez, había nacido para acabar con el feudalismo. No siendo suficiente, el capitalismo también estaba condenado a sucumbir debido a sus propias contradicciones internas. Ahora, según en Manifiesto, el nuevo orden destinado a sustituirlo era el socialismo:

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El régimen económico de la producción y la estructuración social que de él se deriva necesariamente en cada época histórica constituye la base sobre la cual se asienta la historia política e intelectual de esa época, y que, por tanto, toda la historia de la sociedad es una historia de luchas de clases, de luchas entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, a tono con las diferentes fases del proceso social, hasta llegar a la fase presente, en que la clase explotada y oprimida -el proletariado- no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime -de la burguesía- sin emancipar para siempre a la sociedad entera de la opresión, la explotación y las luchas de clases (F. Engels, Manifiesto Comunista, Prólogo a la edición alemana de 1883, Edición de W. Roces, Madrid: Ayuso, 1974, p. 57)

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Para emanciparse, el primer paso es tener conciencia de clase y salir de la alienación. Este concepto fue desarrollado por Hegel, de cuya filosofía vimos que bebieron tanto Marx como Engels en sus albores. Se trata del mismo concepto filosófico aplicado al contexto, es decir, a la situación de opresión real que se estaba dando. En ello se basa el socialismo. No es solo una lucha contra la burguesía sino, también, contra la dominación. Es más, la burguesía, en un primer momento es más una aliada que una enemiga.

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El comunismo es de obreros, el socialismo de burgueses
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Llega el momento de aclarar la terminología que tan malas pasadas puede jugar a la historia. Una vez comprendidas las inquietudes y casi obligaciones que llevaron a Marx y a Engels a escribir el Manifiesto Comunista, debemos preguntarnos: ¿por qué lo llamaron así? Y, ¿era lo mismo el socialismo que el comunismo en sus orígenes? La respuesta la tenemos en el mismo texto: “El objetivo inmediato de los comunistas es idéntico al que persiguen los demás partidos proletarios en general: formar la conciencia de clase del proletariado, derrocar el régimen de la burguesía, llevar al proletariado a la conquista del Poder.” (Manifiesto Comunista, “Proletarios y comunistas”, p. 86)

Además, el propio Engels se justificó tras la muerte de Marx: cuando este Manifiesto vio la luz, no lo bautizaron como Manifiesto Socialista porque el concepto “socialista” englobaba a los utópicos owenistas de Inglaterra y a los fourieristas de Francia, que ya no eran más que sectas moribundas. También se referían con tal término a los charlatanes que prometían remiendos contra las injusticias sin tocar lo más mínimo aquello que tuviese que ver con las ganancias.  En definitiva, eran personas ajenas al propio movimiento obrero, que iban a buscar apoyo para sus teorías a las clases altas, que, casi por definición, debían ser cultas. El sector obrero que, convencido de la superficialidad de las meras promesas políticas, reclamaba una transformación radical de la sociedad, no tenía más salida que diferenciarse, agrupándose bajo la terminología “comunista”.  Por tanto, el socialismo se relacionaba con un movimiento burgués o, al menos, que buscaba en la burguesía sus apoyos y una doctrina de la que conversar en los salones; mientras que el comunismo era el auténtico movimiento obrero de las calles y los gritos.  Y, como Marx y Engels tenían la firme la convicción de que “la emancipación de los trabajadores sólo podía ser obra de la propia clase obrera”, no podían titular a su texto de otro modo.  “Más tarde no se nos pasó nunca por las mentes tampoco modificarlo.” (Engels)

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Cucharas de oro, cucharas de palo
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Para exportar la revolución, la Liga se sirvió de una especie de red que iba integrando a varios países. Esta primera etapa de la lucha se haría colaborando con la burguesía, en una alianza común en contra del Antiguo Régimen. Antes de acabar con la dominación burguesa, había que acabar con la servidumbre y las monarquías absolutistas que aún no habían desaparecido del mapa europeo.

Es importante detenerse en la descripción que nos dan en el Manifiesto de la burguesía; aunque hay que poner fin a su sistema, se le reconoce el mérito de su revolución para superar a la aristocracia de la sangre, dando, por lo tanto, un paso imprescindible, pero no suficiente, pues se centró en el poder del dinero y no en el del trabajo, consiguió la emancipación política y jurídica, pero se dejó a medias: “Echó por tierra todas las instituciones feudales, patriarcales e idílicas. Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero contante y sonante, que no tiene entrañas. […] Enterró la dignidad personal bajo el dinero y redujo todas aquellas innúmeras libertades escrituradas y bien adquiridas a una única libertad: la libertad ilimitada de comerciar.” (Manifiesto Comunista, “Burgueses y proletarios”, pp. 74 y 75)

Ahora, nos encontramos con una nueva clase social, el proletariado, que no puede entrar en el círculo de esta nueva aristocracia del dinero, pues en una sociedad donde otros son propietarios de los medios de producción, a los obreros solo les queda un camino ya que solo tienen una cosa que ofrecer: su trabajo. Y no solo el proletariado que habita en los alrededores de las fábricas, sino cualquier ciudadano que ejerza su profesión libremente, la acaba poniendo al servicio de los fabricantes:

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La burguesía convirtió en sus servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote, al hombre de ciencia […] La burguesía va aglutinando cada vez más los medios de producción, la propiedad y los habitantes del país.  Aglomera la población, centraliza los medios de producción y concentra en manos de unos cuantos la propiedad […] Se desata una epidemia social que a cualquiera de las épocas anteriores hubiera parecido absurda e inconcebible: la epidemia de la superproducción, la barbarie momentánea, las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya para fomentar el régimen burgués de la propiedad; son ya demasiado poderosas para servir a este régimen, que embaraza su desarrollo […] Las armas con que la burguesía derribó al feudalismo se vuelven ahora contra ella. Y la burguesía no sólo forja las armas que han de darle la muerte, sino que, además, pone en pie a los hombres llamados a manejarlas: estos hombres son los obreros, los proletarios. (Manifiesto Comunista, “Burgueses y proletarios”, pp. 77 y ss.)

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Volviendo a retomar a Dickens, hallamos ejemplos muy esclarecedores de situaciones concretas que ponen de manifiesto las terribles consecuencias de contar solo en unidades monetarias, en vez de en unidades humanas. Esas gentes que se parecían entre sí se consideraban como un todo, como un elemento de la cadena de producción:

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Tiempos difícilesPor primera vez en su vida entraba Luisa en una habitación de una familia obrera de Coketown; por primera vez en su vida hallábase frente a frente de algo individual en relación con los obreros. Se representaba la existencia de éstos por centenares y por millares. Sabía la cantidad de trabajo que rendía un número determinado de obreros en un determinado tiempo. Los había visto salir en grandes grupos de sus nidos y volver a ellos, lo mismo que las hormigas y los coleópteros. Pero, gracias a sus lecturas, sabía muchísimo más de la vida de estos insectos trabajadores que de la de aquellos hombres y mujeres obreros […] Todo esto sabía Luisa de los obreros de Coketown. Pero tan lejos estaba de su pensamiento el separar a esa masa en unidades, como de separar las aguas del mar en las gotas que las integran. (Tiempos difíciles, “El alejamiento”, pp. 263 y 264)

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Además, se echaban las cuentas según su rendimiento, nunca según sus necesidades. No había cabida para las prestaciones, porque todo lo que se saliese del bucle que determinaba el binomio “trabajador-salario / propietario-ganancia” y le costase dinero extra al dueño, implicaba una parte de capital derrochado que dejaba de ganar. Y eso, les asustaba:

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Lo admirable de Coketown era que existiese. Tantas veces había sido reducido a ruinas, que causaba asombro cómo había podido aguantar tantas catástrofes. Se puede afirmar que los fabricantes de Coketown están hechos de la porcelana más frágil que ha existido jamás. Por grande que sea el mimo con que se los manipule, se rompen en pedazos con tal facilidad, que lo dejan a uno con la sospecha de si no estarían antes agrietados. Cuando se les exigió que enviasen a la escuela a los niños que trabajaban, se arruinaron; cuando se nombró inspectores que inspeccionasen sus talleres, se arruinaron; cuando estos inspectores manifestaron dudas acerca del derecho que pudieran tener esos fabricantes a cortar en tajadas a los obreros con sus máquinas, se arruinaron; y cuando se insinuó la opinión de que acaso no fuese indispensable que produjesen tanto humo, se arruinaron total y definitivamente (Tiempos difíciles, “Efectos en el banco”, pp. 209 y 210).

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Es más, la percepción se distorsionaba y acababan temiendo levantamientos provocados por la ambición:

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-Por último -prosiguió Bounderby-, hablemos de nuestros obreros. No hay en nuestra ciudad hombre, mujer o niño que no esté poseído de una ambición en su vida. Esa ambición consiste en vivir de sopa de tortuga y carne de venado con cuchara de oro. Pues bien: ninguno de ellos conseguirá jamás verse alimentado de sopa de tortuga y carne de venado con cuchara de oro. Y con esto queda dicho cuanto hay que decir acerca de esta ciudad (Tiempos difíciles, “Don Santiago Harthouse”, p. 228)

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¿Realmente les movía la ambición?, ¿realmente demandaban una cuchara de oro? No, simplemente demandaban una cuchara… Una cuchara para cada uno. Cucharas normales y corrientes, iguales para todos porque todos debían ser iguales.

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¡Proletarios de todos los países, uníos!
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La finalidad del Manifiesto Comunista no sólo era dar una explicación teórica de los ciclos históricos que se suceden y desarrollar cómo debería ser el sistema (o más bien, cómo no debería ser), sino impulsar a todos los obreros para que se rebelasen contra el orden establecido, pues las dos clases estaban enfrentadas por sus irreconciliables intereses. El proceso pasaría por la unión de los trabajadores, conscientes de su explotación: “Tiemblen, si quieren, las clases gobernantes, ante la perspectiva de una revolución comunista.  Los proletarios, con ella, no tienen nada que perder, como no sea sus cadenas.  Tienen, en cambio, un mundo entero que ganar. ¡Proletarios de todos los países, uníos!” (Manifiesto Comunista, p. 108) Y así, con esta llamada, que se convirtió en lema, finaliza la obra.

Una vez más, Dickens refleja perfectamente esta actitud que llama a los obreros a la sublevación y se materializa a gritos, jaleando y aplaudiendo a los líderes, instigadores para los burgueses:

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-¡Amigos míos, obreros oprimidos de Coketown! ¡Amigos míos y compatriotas, esclavos de una mano de hierro y de un despotismo martirizador! ¡Amigos míos, compañeros de sufrimiento, compañeros trabajadores y compañeros hombres como yo! Os anuncio que ha llegado la hora de que nos agrupemos todos como una sola fuerza unida, y que pulvericemos a los opresores que durante tanto tiempo han engordado con el saqueo de nuestras familias, con el sudor de nuestra frente, con el trabajo de nuestras manos, con la fuerza de nuestros músculos, con los derechos humanos más gloriosos que Dios creó, con los dones sagrados y eternos de la fraternidad. Estallaron muchos gritos de «¡Bravo! ¡Así se habla! ¡Hurra!», en distintos sitios del gran salón donde la muchedumbre se apretujaba en una atmósfera sofocante, y en cuyo escenario el orador se entregaba a todos los arrebatos de su ira y de su indignación. (Tiempos difíciles, “Hombres y hermanos”, p. 241)

 

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Más miedo que a la pérdida de capital por la concesión de prestaciones existía, si cabe, a los motines, a la unión, a la toma de conciencia por parte del mundo laboral que podría acabar en levantamiento. No interesaba tanto lo que se decía, sino que había que callar al que lo decía:

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Lo mejor que podías hacer es decirnos sin rodeos que el tal Slackbridge no anda por esta ciudad incitando a los obreros al motín; que no se trata de un jefe de organización de los obreros, es decir, de un canalla de lo más desvergonzado. Lo mejor que podías hacer es decirnos eso, sin más; lo que es a mí no me engañas. (Tiempos difíciles, “Un hombre y unos amos”, p. 251)

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Una novela más eficaz que un mítin
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Marx y Engels no escribieron un tratado sobre la función que el arte debía tener en la Revolución, sin embargo, sí dejaron pautas dispersas a lo largo de sus numerosos escritos. Especialmente, prestaron atención a la literatura. Algo podemos sintetizar y comentar acerca de esta concepción.

Marx, en su obra Contribución a la crítica de la economía política (1859), y Marx y Engels en La ideología alemana (1845-1846), plasmaron sus ideas acerca de la estructura de la sociedad: la base social para ellos es económica, y a partir de las fuerzas y relaciones económicas se articulan todas las demás superestructuras, es decir, el pensamiento, la cultura, la literatura… En definitiva, el arte viene determinado por la estructura económica. No es un hecho aislado, sino un producto ideológico y el reflejo de cada clase social. Planteamiento muy radical, pues casi priva de autonomía al ser humano al imponer un criterio determinista. Por ello, Engels decidió matizar, suavizar y aclarar ciertos aspectos: por ejemplo, advirtiendo que a veces es la literatura la que influye sobre la sociedad, que las manifestaciones artísticas precedentes determinan, en cierto modo, las presentes, etc. Quizás, la aclaración más importante sobre estas cuestiones la hizo entre 1885 y 1888, tras la muerte de Marx. La réplica más evidente que se les podría haber opuesto es la posibilidad de caer en literatura tendenciosa. Engels no opta por defender el contenido ideológico de una novela haciendo un llamamiento a la rebelión sino que los hechos deben contarse tal cual se están dando ciertas circunstancias en la realidad, pese a las preferencias del autor. Básicamente y simplificando los términos, se necesita un autor objetivo que no entre a valorar ideológicamente los conflictos. Esa es la tarea de los receptores de la obra. Reflexionar y comprender, tomar conciencia y actuar. La solución no la da el escritor, la da el lector.

Como casi siempre ocurre, de una respuesta sobreviene otra pregunta: si un autor ha de ser objetivo es por realista pero ¿qué es exactamente el realismo? Además de la precisión en detalles y la verosimilitud, para Engels, la literatura realista debe cumplir a rajatabla una encomienda: la reproducción fiel de caracteres típicos en circunstancias típicas. A esto nos referíamos en la introducción, cuando se decía que los personajes de las obras dickensianas son prototipos y reflejan a cualquier individuo de cualquier ciudad en medio de las circunstancias que se estaban dando. Así es como funciona la literatura en su vertiente de arma política al servicio de la sociedad. No lo hace con críticas exacerbadas, lo hace reproduciendo fielmente el conflicto, sin demagogia, sin manipulación, sin juicios de valor. Basta con contar verdades.

George Bernard Shaw (1856-1950) dijo: “the difference between Marx and Dickens was that Marx knew he was a revolutionist whilst Dickens had not the faintest suspicion of that part of his calling” (la diferencia entre Marx y Dickens era que Marx sabía que era un revolucionario mientras que Dickens no tenía la menor idea de que esa era parte de su vocación). Parece que Dickens se ajustaba a las ideas que sobre el arte y, en especial, sobre la literatura, Marx y Engels habían concebido. El escritor no era un agitador, ni revolucionaba a las masas, solo plasmaba por escrito el mundo que lo rodeaba. Si este causaba indignación o protesta era porque la realidad en sí misma las causaba. La crítica social es indirecta, la hace el lector, simplemente hay que llegar a él.

El nexo que mejor acaba de hilvanar este estudio es una cita que aúna a los tres protagonistas de estas páginas. Marx le dijo a Engels: “Dickens ha proclamado más verdades de calado social y político que todos los profesionales de la política, agitadores y moralistas juntos.”

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En manos del lector

separador_50Si la labor del escritor es plasmar objetivamente sin hacer juicios de valor, no corresponde aquí juzgar y mucho menos aventurarnos a un debate político-ideológico, pero sí apuntaremos algunas observaciones.

Por un lado, no hay duda de que Engels ejerció una gran influencia sobre Marx, pues le abrió aún más los ojos ante los problemas del proletariado inglés. Asimismo, gracias a su posición, que no dejaba de ser la de empresario, las obras de Marx vieron la luz y a su autor no le faltó el sustento. Incluso fue Engels quien asumió la tarea de publicar los dos últimos tomos de El Capital después de la muerte de su amigo. Prácticamente, se podría decir que sufragó el movimiento anticapitalista con capital. Por otro lado, ya fallecido Marx, Engels asumió el liderazgo del movimiento, salvaguardando lo esencial de la ideología marxista a la que él mismo había aportado matices relativos a las relaciones entre la infraestructura económica y las superestructuras (tanto las jurídicas como las culturales o artísticas, dentro de las cuales se encontraba la literatura) Y un matiz muy importante: Engels se opuso al radicalismo del movimiento hacia la izquierda.

La posteridad ya se ha encargado de añadir, a conveniencia, más de lo que Marx y Engels llegaron a formular. Su propósito fue siempre el de criticar y acabar con el orden burgués, distanciándose de los utópicos, de los “socialistas de salón” y de los anarquistas liderados por Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865) y Mijaíl Bakunin (1814-1876); pero no dijeron apenas nada sobre la forma que adoptarían el Estado y la economía socialistas una vez en el poder, dando lugar a interpretaciones muy variadas y alejadas de los orígenes. Esta manipulación en nombre del socialismo ha llevado a desarrollar regímenes que poco tienen que ver con la esencia y la idea primaria.

 Asimismo, las características propias de una sociedad determinada con unos problemas concretos es lo que recogen las novelas sociales. Si leemos Tiempos difíciles antes que el Manifiesto Comunista, es mucho más fácil de entender este último. Todo tiene un porqué en un momento determinado. Los contextos nunca son iguales, a lo sumo, se pueden entrever patrones que se repiten a lo largo de la historia (he ahí la importancia de los estudios sincrónicos y diacrónicos), pero no coinciden ni las puntadas ni las costuras. Parece que, efectivamente, son las circunstancias las que llevan a desarrollar una determinada ideología y a elaborar un tipo de literatura; si bien la relación entre contexto, ideología y literatura acaba siendo de influencia mutua. Analizando los tres elementos, podemos dar respuesta a las clásicas preguntas: dónde, cuándo y cómo. Al fin y al cabo, la literatura siempre sirve para comprender un poco mejor el mundo.

Dickens

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