Ensayo

Ópera y literatura: Los maestros cantores de Richard Wagner

Por Manuel Águila

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Nota : IMÁN comienza una serie de colaboraciones de destacadas firmas de especialistas relacionados con el mundo musical y específicamente con el operístico. Bajo el título genérico de “Ópera y literatura”  se irán publicando  trabajos sobre este tema que creemos muy interesante, ya que numerosas y famosas obras operísticas se han basado en otras literarias de no menos fama, cuando no han sido los mismos compositores -caso de Wagner-  quienes han hecho de sus libretos obras de gran envergadura. En la mente de todos están las obras de Shakespeare, Victor Hugo, Schiller, el Duque de Rivas Ángel de Saavedra, Alejandro Dumas hijo, García Gutiérrez… que han dado lugar a famosas óperas.
En esta primera entrega, Manuel Águila, desde Alemania, nos ilustra sobre “Los Maestros Cantores” de Richard Wagner, con la erudición, pulcritud y minuciosidad de las que esperamos disfruten los lectores.

Miguel Ángel Yusta

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Richard WagnerEstamos en el año 1862. Richard Wagner tiene cuarenta y nueve años. Ha llegado a obtener la gloria y el reconocimiento de sus paisanos en Dresde, pero lo ha tirado todo por la borda por su participación activa en las revueltas de 1849. Su último estreno ha sido Lohengrin, en el ya lejano 1850 y gracias a la ayuda del incondicional Franz Liszt.

En estos doce años Wagner no ha estado ocioso, ha compuesto El oro del Rin y La walkyria, ha dejado la composición de Siegfried casi con el segundo acto finalizado. Las pocas esperanzas de poder estrenar El anillo del nibelungo y la pasión que desató en él la mujer de su mecenas Otto Wesendonck, Mathilde, hicieron que se dedicase en cuerpo y alma a componer la que será su obra más moderna, la que mostrará a la siguiente generación el camino del siglo XX, pero Tristán e Isolda, permanece en un cajón. No hay teatro capaz de estrenarla.

Wagner ha dejado pasar su última oportunidad. El París que le rechazó siendo un joven compositor, le ha reclamado ahora. Tannhäuser ha subido a la escena en su versión de París. La tozudez del compositor, con toda la razón del mundo, en no ceder y colocar el ballet en el acto II, sino al comienzo, con la bacanal en la Venusberg; ha hecho que los distinguidos caballeros del Jockey-Club, que asistían tarde a la ópera para ver a las bailarinas, o mejor dicho, las piernas de las bailarinas, hayan reventado las representaciones en uno de los mayores escándalos de la historia de la ópera.

Además, Wagner se encuentra en una difícil situación económica y personal, su matrimonio con Minna está definitivamente acabado.

Wagner sólo puede escapar de esta penosa situación estrenando una nueva obra. Se decide por un asunto fácil, cómico y consigue convencer al editor Schott de Maguncia para que le anticipe 10.000 francos, comprometiéndose a tener la obra acabada en septiembre de 1862.

Wagner recuperó un antiguo proyecto. Ya en la época de Tannhäuser, había pensado en un torneo de canto cómico como contrapunto del serio torneo del Wartburg.

Pensó entonces en situar la obra en el Núremberg del siglo XVI, en la época en la que los maestros artesanos también eran poetas y músicos. En este contexto histórico, buscó como protagonista la figura del más célebre de los maestros cantores, el zapatero poeta, Hans Sachs.

Se podría pensar que en las difíciles circunstancias por las que estaba pasando Wagner, componer una ópera cómica no era la mejor idea. En estos años sólo un hecho positivo había alegrado su vida, la amnistía que le permitió volver a pisar suelo alemán, con la excepción del Reino de Sajonia, en el que había sido un peligroso revolucionario. Sin embargo, pese a las penosas circunstancias, Wagner escribió un texto positivo, divertido, con su dosis de melancolía cuando hace falta, porque no estamos frente a una ópera cómica, estamos frente a una comedia humana.

Finalizó el plazo con el editor Schott y Wagner sólo pudo presentar acabados los preludios de los actos primero y tercero. Visto como avanzaba el trabajo, Schott se negó a seguir ayudando a Wagner. Le despidió con unas palabras que llegaron a ser proféticas: Usted no necesita un editor, usted precisa de un príncipe o de un banquero.

Todavía una ultimísima oportunidad se presentó a Wagner. La Ópera Imperial de Viena se interesó en Tristán e Isolda. En marzo de 1864 todo se vino abajo, tras setenta y dos ensayos la Ópera de Viena calificó la obra de Wagner como inejecutable.

Al cancelarse el estreno, los acreedores empezaron a acechar a Wagner, que tuvo que abandonar Viena ante la posibilidad de ser encarcelado por deudas. Comenzó un errar sin ningún destino. Wagner llegó a pensar que ese era el final. El 30 de abril de 1864, el el modesto Hotel Marquardt de Stuttgart recibió la visita de Franz Seraph von Pfistermeister, Secretario del Gabinete del Reino de Baviera. El Rey Luis II quería a Wagner a su lado. Las palabras de Schott se habían cumplido. Las preocupaciones materiales se habían acabado para siempre.

Gracias al patrocinio del Rey de Baviera, Tristán e Isolda se estrenó por fin en 1865 y Wagner pudo dedicarse a componer Los maestros cantores de Núremberg sin mayores preocupaciones que las intrigas palaciegas que hicieron que el compositor abandonase Múnich para instalarse en Lucerna.

Pero qué es lo que tiene de especial Los maestros cantores. Al margen de ser una obra maestra absoluta, como todo el Wagner de madurez, contiene una serie de claves, más o menos ocultas.

En Los maestros cantores hay una trama principal centrada en la historia de amor entre Eva, la hija del rico orfebre y maestro cantor Veit Pogner y un joven caballero francón llamado Walther von Stolzing. Para conseguir la mano de Eva, Walther tendrá que ganar un concurso de canto. En el examen para alcanzar el grado de Maestro, el escribano Beckmesser, pretendiente de Eva, humilla al caballero que es suspendido. Con la ayuda de Hans Sachs, Walther conseguirá componer una canción que será la ganadora del concurso y de paso ganará la mano de Eva.

Si Los maestros cantores sólo fuera esto, sería una agradable comedia, al estilo de Albert Lortzing, autor, por cierto, de una ópera titulada Hans Sachs, con el mismo maestro cantor como protagonista.  Pero es que en Los maestros cantores, hay mucho más. Para descubrirlo, quizá sea bueno recordar la infancia de Wagner.

Wagner no conoció a su padre, fallecido en 1813 unos meses después de que él viniera al mundo. Su madre se casó con el actor Ludwig Geyer que siempre quiso al pequeño como si fuera su hijo, incluso le inscribió en la escuela como Richard Geyer. Pero el buen hombre falleció cuando Wagner sólo tenía ocho años. El muchacho no fue un niño especialmente fácil. Con una fantasía desbordante desde muy pequeño. Un amigo de su padrastro, un músico de gran talento, pero aún no muy conocido iba a suponer una gran influencia en el pequeño. De la noche a la mañana el músico se hizo famoso gracias al estreno de su ópera Der Freischütz, traducida libremente como El cazador furtivo. El compositor se llamaba Carl Maria von Weber. Weber llevaba al joven Richard a ver la ópera entre bambalinas. Con sus demonios y aparecidos Richard disfrutaba y por la noche no podía dormir de miedo.

Weber se marchó a una gira a Londres, ya no regresaría, su débil salud hizo que falleciese en la capital británica.

Mientras el joven Richard era cada vez más problemático. La familia se trasladó a Leipzig dejando al joven en Dresde con su tío Adolf, teólogo, docente y traductor. Adolf Wagner fue el primer adulto que ejerció una verdadera influencia en el difícil muchacho. Gracias a él descubrió a los clásicos griegos, pero también a Shakespeare, a Goethe o a Hoffmann.

Impulsivo como siempre fue, Richard lo tenía decidido, iba a ser autor teatral como Shakespeare. Escribió su primera tragedia con quince años, Leubald und Adelaide. Hasta cuarenta y dos personajes morían en escena. Sus hermanas lloraron de risa cuando Richard les leyó el texto. Pero lejos de desanimarse, el joven autor sacó una lectura positiva. Sabía qué era lo que le faltaba a su obra. La pieza estaba incompleta, le faltaba la música.

Pero Wagner no era músico. Al margen de unas piezas fáciles para piano, no tenía otros conocimientos. Eso no arredró nuestro joven. Se fue a la tienda de Friedrich Wieck, padre de Clara, la que sería más tarde la mujer de Robert Schumann, y le alquiló el Tratado de composición de Logier. De forma autodidacta, Richard Wagner comenzó a estudiar música. Con ese bagaje llegó a componer y estrenar alguna obra, con escaso éxito.

Finalmente, en 1830, Wagner acudió a la Thomas-Schule de Leipzig, durante un año. Trabajó con Theodor Weinlig, el Thomaskantor de esos años, el puesto que había ocupado Johan Sebastian Bach ochenta años atrás. Weinlig enseñó a su talentoso alumno las bases del arte compositivo que nuestro joven desconocía. Le hacía componer áridas fugas, que luego comparaba con las propias. Cuando Wagner protestaba le respondía: Joven, usted probablemente no compondrá ninguna fuga en su vida, pero con esto está usted conquistando su independencia.

Tras once meses Weinlig llegó a la conclusión de que no tenía nada más que enseñar a nuestro hombre. Wagner ya era compositor.

Pero volvamos a 1866 y a Los maestros cantores. El joven Walther von Stolzing es entrevistado por los Maestros en el acto primero. Le piden que explique dónde ha estudiado y con qué maestro. Walther responde así:

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Walther

En los días de invierno, sentado tranquilamente

junto al hogar mientras mi castillo y el patio

se cubrían de nieve, tal como la Primavera sonríe

dulcemente al invierno antes de volver a nacer,

un libro que me dejó mi antepasado

Herr Walther von der Vogelweide

fue mi maestro.

Sachs

Un buen maestro.

Beckmesser

Pero, si llevaba muerto tanto tiempo,

¿cómo pudo enseñarle las reglas?

Kothner

Pero ¿en qué escuela aprendisteis el arte del canto?

Walther

Cuando la pradera se veía libre de la nieve

y volvían los días de verano,

lo que el antiguo libro me había enseñado

durante las largas noches de invierno,

ahora resonaba entre el esplendor del bosque,

ahora lo podía oír:

en el calvero del bosque aprendí

también a cantar.

Beckmesser

¡Oh, oh!

¿De los pinzones y los paros aprendisteis

las melodías de los Maestros?

Entonces ¿vuestras canciones serán

todas sobre este tema?

Volgelgesang

Aquí ya ha compuesto las bonitas estancias

Beckmesser

¿Le alabas, Maestro Vogelgesang, porque

ha aprendido a cantar de los pájaros?

Kothner

(A parte, a los Maestros)

¿Qué opináis, Maestros?

¿Sigo haciéndole preguntas?

A mí me parece que el caballero

se ha equivocado de lugar.

Sachs

Eso pronto lo aclararemos:

si posee el verdadero arte y es un buen

guardián de éste, ¿qué importancia

tiene quién le enseñó?

 

 

Kothner

(A Walther)

¿Estás preparado a demostrarnos si has sido

capaz de componer una canción cuyos poemas

y melodía sean de tu propia creación?

Walther

Aquello que las noches de invierno,

lo que el esplendor del bosque,

lo que el libro y la arboleda,

lo que el maravilloso poder de la canción del poeta

intentaron en secreto mostrarme;

aquello que el trote de mi caballo

en la lucha con armas,

lo que el corro de la danza durante

las alegres fiestas, me hizo pensar:

si he de cambiar el premio más alto

de la vida por el canto,

entonces habré de hacerlo con mis propias

palabras u mi propia melodía

que me convertirán en Maestro Cantor,

si la canto ante los Maestros.

Beckmesser

¿Habéis entendido algo de este

torrente de palabras?

Vogelgesang

Bueno, ¡es muy valiente!

Nachtigall

¡Es un caso curioso!

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Ruinas de la Iglesia de Santa Catalina de Núremberg. Allí es examinado y suspendido Wagner-Walther (c. Manuel Águila, 2015)

Ruinas de la Iglesia de Santa Catalina de Núremberg. Allí es examinado y suspendido Wagner-Walther (c. Manuel Águila, 2015)

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Aquí nos queda claro que Walther von Stolzing es el representante de la nueva música, es el propio Wagner. Ha aprendido sólo, con un viejo libro, como lo hizo el joven Richard en buena parte de su caótica formación. Entre los maestros hay de todo, desde Hans Sachs que está dispuesto a apreciar el arte, no importa de dónde venga, a Kothner, el panadero y Secretario de la Corporación, que representa el inmovilismo de las instituciones. Beckmeser, el marcador, se muestra hostil, es el otro pretendiente, pero además es la crítica vacía que no tiene nada propio que aportar y que sólo busca los fallos de los demás. Wagner representó aquí a la figura del critico vienés Eduard Hanslick.

Walther canta, muestra su arte y no es comprendido por los Maestros. Es atacado con saña  por Beckmesser. Pero queda Sachs. Sachs enseguida ve que este joven es un Maestro, su canto no sigue las reglas, pero no tiene fallos, canta en su monólogo del acto segundo. Sachs representa al arte alemán, es Sachs, pero también es Bach, Haydn, Gluck, Mozart, Weber y Beethoven.

Hans Sachs en la plaza que lleva su nombre en el centro de Núremberg. Tras el monumento se encontraba el taller del zapatero-poeta (c. Manuel Águila, 2015)

Hans Sachs en la plaza que lleva su nombre en el centro de Núremberg.
Tras el monumento se encontraba el taller del zapatero-poeta (c. Manuel Águila, 2015)

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Hans Sachs

¡Qué suave y fuerte es el aroma del saúco!

Me relaja con suavidad,

quiere que le diga algo

¿De qué sirve algo que te pueda decir?

Tan solo soy un hombre pobre y sencillo.

Si mi trabajo no me gusta, quizás quieras,

amigo, librarme de él.

Me iría mejor si trabajara la piel

y dejara de hacer poesía.

(Intenta volver al trabajo, pero lo deja, y empieza a pensar)

Y sin embargo, no puedo dejarlo.

Lo siento, y no puedo entenderlo.

No puedo tenerlo, pero no puedo dejarlo,

y si lo cojo por entero, no puedo medirlo.

Pero ¿cómo puedo desear coger

lo que parece inmensurable?

No parece seguir ninguna regla,

y sin embargo, no tiene fallos.

Parecía antiguo, y sin embargo era tan nuevo,

como el canto que cantan los pájaros

en el dulce Mayo:

aquél que lo oiga, y, llevado por la locura,

lo cantara después del pájaro,

ello sólo le traería mofa y deshonor.

El curso de la primavera,

la dulce necesidad lo pusieron en su pecho:

y él cantó como tenía que cantar;

y como tenía que cantar, así cantó.

De eso me di cuenta.

El pájaro que hoy ha cantado

tenía el pico bien formado,

y si ha molestado a los Maestros,

a Hans Sachs le ha gustado mucho.

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El arte alemán reconoce a Walther-Wagner como uno de los suyos y tiene que hacer que le acepten las instituciones, este talento no se puede perder.

Por otra parte, Sachs es un hombre recto y auténtico. Renuncia a Eva, pese a estar enamorado, no quiere para si la dicha del Rey Marke. Así que se dispone a ayudar a Walther a obtener la mano de la joven. Va a encauzar el arte del poeta para que venza en el concurso de canto. En e acto tercero, en un marvilloso diálogo, Sachs muestra a Walther cómo la poesía se alimenta de la materia de los sueños.

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Walther

He tenido un sueño maravilloso.

Sachs

¡Eso es buena señal!

¡Contádmelo!

Walther

Casi no me atrevo a pensar en él

pues me temo que se me escape y lo olvide.

Sachs

Amigo mío, precisamente la tarea del poeta

es interpretar y recordar sus sueños.

Creedme, la locura más real de un hombre

se le presenta en sueños,

y la poesía y el arte del verso

no es más que la interpretación de esos sueños.

Según vuestro sueño

¿Qué posibilidades tenéis

de convertiros hoy en Maestro?

Walther

No, mi visión no quiso inspirarse

en el gremio y sus Maestros

Sachs

¿Pero os enseñó el embrujo mágico

con el que poder conseguir a la doncella?

Walther

¡Cómo os engañáis a vos mismo,

si tras tan gran desastre

aún creéis que hay alguna esperanza!

Sachs

No dejo que mi esperanza desaparezca,

pues todavía no ha ocurrido nada

que me obligue a ello.

Sí así fuera, podéis creer que en lugar

de impedir que escaparais

¡Yo mismo habría escapado con vos!

Por lo tanto os suplico que dejéis

a un lado ese pesimismo.

Estáis tratando con hombres de honor,

que se equivocan y se alegran

de que alguien los desafíe en su propio campo.

Aquel que decide quién es el ganador

y ofrece los premios también espera que,

a la larga, la gente le complazca a él.

Vuestra canción los incomodó,

y razón tenían para incomodarse,

pues, si lo pensáis bien,

con ese fuego poético y ese amor

los hombres seducen a sus hijas

para engañarlas.

En cambio, para futuros matrimonios felices

y dichosos se inventaron

otras palabras y otras melodías.

Walther

(Sonriendo)

Eso también lo se yo,

desde ayer por la noche:

había tanto ruido en la calle.

Sachs

(Riéndose)

¡Sí, sí! ¡Verdad!

¡Y seguro que también oísteis la pelea!

Pero, dejemos eso, y seguid mi consejo;

en pocas palabras: atreveos a componer

una canción Maestra.

Walther

¡Una canción hermosa; una canción Maestra!

¿Cómo puedo llegar a entender

en qué se diferencian?

Sachs

Amigo mío, durante la dulce juventud,

cuando al pasar del impulso divino

al dichoso primer amor el pecho

se hincha libre, muchos han conseguido

cantar una bella canción,

pues la primavera cantaba por ellos.

Pero cuando llega el verano,

el otoño y el invierno,

el duro trabajo y las preocupaciones de la vida,

el matrimonio, bautizos, negocios,

peleas y disputas, aquéllos que todavía

pueden cantar una canción hermosa,

ellos son llamados Maestros.

Walther

Amo a una mujer, y le haría

la corte para que fuera mi esposa por siempre.

Sachs

Aprended las reglas de los Maestros

para que puedan acompañaros y ayudaros

a guardar en vuestro corazón

lo que durante la juventud,

el amor y la primavera os han enseñado,

y lo podáis mantener siempre.

Walther

Si ahora gozan de tanta reputación

¿quién hizo las reglas?

Sachs

Fueron Maestros compungidos de dolor,

espíritus oprimidos

por las preocupaciones de la vida:

en la soledad de sus problemas

crearon para sí mismos una imagen

que les mantendría vivo, claro y fuerte

el recuerdo del amor de juventud

en el que vive la primavera de la vida.

Walther

Pero ¿Cómo puede captar la imagen del amor

aquél al que la primavera de la vida

abandonó hace tiempo?

Sachs

Hace lo posible por recordarlo;

así que como hombre de edad,

lleno de preocupaciones,

si he de enseñarte las reglas,

será mejor que me las expliques de nuevo.

Mira, ahí hay tinta, pluma y papel.

Yo iré apuntando lo que me dictes.

Walther

¡Cómo puedo empezar a explicar

lo que apenas conozco!

Sachs

Cuéntame el sueño que has tenido esta mañana

Walther

Me siento como si hubiera

sido borrado de los preceptos de vuestras reglas.

Sachs

Por esa razón, toma la poesía de la mano:

así muchos han averiguado lo que no sabían.

Walther

Así, mi sueño podría no ser un sueño,

sino poesía?

Sachs

Los dos son buenos amigos

y se ayudan mutuamente

Walther

¿Cómo he de empezar según las reglas?

Sachs

Tú las haces, y después las sigues,

pensando sólo en ese hermoso sueño

que has tenido esta mañana;

el resto déjalo para Hans Sachs

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Al final Walther vence pero rechaza ser Maestro, Sachs vuelve a intervenir, los Maestros, pese a sus defectos, representan el arte y Walther no debe despreciarlos. Finalmente, convencido por el sabio Sachs, el joven acepta la distinción de Maestro Cantor y la obra concluye entre vítores al noble Sachs de Núremberg.

Y Wagner, en la música, también homenajea a los maestros del pasado, especialmente a Bach que está presente desde el oficio religioso que inicia la obra. Pero el momento más emotivo es para su maestro Theodor Weinlig, aquél que decía que ejercitarse componiendo fugas daba la independencia. Wagner concluye el segundo acto de la obra, la escena de la pelea, con una soberbia fuga.

Así honrando a los maestros alemanes concluye la obra de un maestro que ya se sabía parte de ellos.

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Créditos:

Traducción del libretto www.wagnermania.com

Fotos: Wagner:

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:RichardWagner.jpg#/media/File:RichardWagner.jpg

Fotos de Núremberg: Manuel Águila, junio de 2015

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