Literatura

Poesía, Francisca Aguirre

Por Miguel Ángel Yusta

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paca-aguirre-3Francisca Aguirre  (Alicante 1930) fue Premio Nacional de Poesía en 2011 por su obra “Historia de una anatomía”. Persona cercana, mujer excepcional, testigo de una cruel posguerra, viuda del recordado Félix Grande, luchadora, resistente y escritora que “ahonda – cito palabras del escritor y crítico Manuel Rico- y evoluciona en la búsqueda del núcleo, de la médula de la existencia humana, de la existencia propia”, su lenguaje poético, impecable formalmente y desprovisto de elementos prescindibles, cala en el lector hasta la emoción que perdura. Su obra “Ensayo general” reúne su poesía entre 1966 y 2010.

«He venido hoy aquí a escuchar poemas de los demás, no los míos, y de pronto me he encontrado con un grupo de excelentes criaturas como vosotros, que absorben todo lo que leen. Y no sólo eso, sino que lo desmenuzan y hacen con ello su propia creación»

 

Persona sencilla y accesible estas fueron sus palabras en la presentación el pasado mes de mayo en el Centro Cultural ‘José Saramago’, del libro homenaje a la poeta  que elaboraron los alumnos de 16 Institutos de Enseñanza Secundaria de Leganés, y escogemos estas palabras por ser pronunciadas ante jóvenes estudiantes en un acto sencillo y emotivo a los que nunca niega su asistencia y su apoyo. Este y otros muchos detalles definen el carácter cercano de Francisca Aguirre, que afirma identificarse absolutamente con el pensamiento de Antonio Machado con respecto a la creación literaria.

He aquí algunos de sus poemas de varias de sus obras y recitales:

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El préstamo

                                                           (A Esperanza y Manuel Rico)

Apenas si veía pájaros.

Se oían voces y ruidos de vasos,

y una música triste, derrumbada,

una canción distinta, pero intensa.

Todo se hallaba absurdamente detenido

dentro de una burbuja de desdicha,

de distancia sin aire, de muralla de hielo.

Y la niebla besaba largamente

aquel rincón del mundo en que te hallabas,

aquella esquina mísera y absurda

desde la que mirabas hacia fuera,

hacia un lugar inhóspito y aislado,

un sitio que te rechazaba,

donde tú no existías,

donde nadie entendía tus palabras,

un sitio en donde sólo se podía llorar,

llorar como esa niebla que todo lo cubría.

Como una gasa vieja

aquel opaco manto te ocultaba

detrás de los cristales.

Allí, lejos del sol y falta de tu idioma

tu acorralada infancia descubrió

el castigo del abandono.

Cayó la noche sobre las aceras

como un charco de tinta:

apoyaste la frente en los cristales

y lloraste despacio en español.

Unos niños cantaban a lo lejos:

‘Au clair de la lune/

mon amí Pierrot/

prete moi ta plume/

pour écrire un mot’.

Y con la pluma que ellos te prestaron

has venido escribiendo sin reposo

la palabra tristeza.

 

 

 

El último mohicano

 

No tuve nada, y sin embargo, de algún modo,

comprendo que lo tuve todo

no teníamos nada, nada, salvo el miedo, el dolor,

el estupor que produce la muerte.

Cuando mataron a mi padre, nos quedamos en esa zona

de vacío que va de la vida a la muerte

dentro de esa burbuja última que lanzan los ahogados,

como si todo el aire del mundo se hubiese agotado de pronto,

ahí nos quedamos, como peces en una pecera sin agua,

como los atónitos visitantes de un planeta vacío.

Nada teníamos, aunque también es cierto que ya nada queríamos.

Recuerdo bien que a mi hermana Susi y a mí

nos dieron la noticia en el cuarto de aseo de aquel colegio

para hijas de presos políticos.

Había un espejo enorme y yo vi la palabra muerte

crecer dentro de aquel espejo hasta salir de él y alojarse

en los ojos de mi hermana

como un vapor letal y pestilente.

Nada ha logrado hacerme olvidar aquellos ojos

salvo algunas horas de amor en que Félix y yo éramos

dos huérfanos, y el rostro milagroso de mi hija.

Y nada más tuvimos durante mucho tiempo

pero mamá tuvo menos que nadie,

mamá quedó como un espejo sin azogue,

lo perdió todo, salvo un hilo delgado que la unía a nosotras.

Y por aquel inconcebible puente, como tres hormiguitas, íbamos y

veníamos a su estatua de vidrio restituyéndole el azogue.

Volvió a nosotras desde el país del hielo.

Y volvió tan absolutamente, que gracias a ella, nosotras,

que nada teníamos, lo tuvimos todo.

Mamá fue nuestro esparzo nuestro guerrero del antifaz, el país de las hadas, la abundancia dentro de la miseria,

nuestro mejor amigo, nuestro escudo contra los moros,

la enamorada de las bellas artes

la que hizo posible que papá no muriera,

la que lo fue resucitando en cada uno de sus cuadros.

Mamá fue quien nos dijo que mi padre admiraba a los griegos,

que adoraba los libros, que no podía vivir sin la música,

y que fue amigo de Unamuno.

Cierto que no tuvimos nada.

Que muchas veces nos faltaba todo

Pero aunque algunos días no comimos,

tuvimos una radio para oír a Beethoven.

Y un día de reyes de 1944 mamá y los tíos fueron al Rastro.

Nos compraron tres libros: La Cuesta encantada, Nómadas del Norte y el último mohicano.

Dios sabe cuántas veces habré leído esos libros.

Mamá nos trajo El último mohicano. Y de la mano de ese

indio solitario entramos en el mundo de lo maravilloso.

Y lo tuvimos todo para siempre.

Y ya nadie podrá quitárnoslo.

 

 

 

Los trescientos escalones

(A Susy y Margara)

Estaba todo quieto en la casa apagada.

Hasta el día siguiente, hasta sabe Dios cuándo

el silencio reinaba como un ídolo antiguo.

No funcionaban las leyes de tráfico,

esas imprescindibles ordenanzas

que hay que acatar para transitar el pasillo.

Es como si la noche propusiera una tregua,

como si al apagar la luz se apagara el peligro.

Escucho. Nada. Todos callen unánimes.

Mirar la oscuridad es profesar de muerto:

los ojos van de lo negro que nos habita

a lo negro que nos envuelve.

Somos los apagados, los ausentes,

los que gavillan tiempo en sus muñecas;

somos los auditores del silencio

y ese silencio es como un túnel por el que sólo avanza el tiempo.

No ver, no estando ciegos, es hundirse en el tiempo.

El armario, con su puerta entreabierta, da a las costas de Francia.

Oigo los barcos que salen o entran por el puerto del Havre.

Veo tres niñas muy contentas, en Barcelona,

porque se iban de viaje:

se acababan los bombardeos,

ya no tendrían que esconderse debajo de aquella escalerita

que conducía a las habitaciones superiores

mientras oían, espantadas, el agudo silbido de las bombas.

Nos íbamos, nos íbamos a Francia.

Y así, llegamos a Bañolas:

nosotras contentísimas de ver el lago,

papá, mamá y la abuela

arrastrando su corazón, empujándolo a la frontera.

París fue para mí, durante mucho tiempo, un gato.

Había un gato en aquella pobre pensión en que vivimos,

un gato que dormía al lado de una estufa.

Yo nunca vi París: tan sólo vi ese gato.

Y nos fuimos al Havre para tomar un barco.

Nosotras con dos muñecos y un monito,

papá con su caja de pinturas y un sueño acorralado,

un sueño convertido en pesadilla,

un sueño multitudinario

arrastrado como único equipaje

por una inmensa procesión de solos.

Pero aquel barco no llegó a su puerto:

esperamos, mientras mamá, para alumbrarnos,

cantaba algunos días El niño judío: “De España vengo, soy española”.

No llegó el barco. Llegaron aviones alemanes.

Hubo que caminar a gatas por las habitaciones del hotel,

que estaba frente al puerto.

Aquel hotel tenía un nombre,

se llamaba “La Rotonde de la Gare”.

Papá pintaba. Y como Modigliani,

iba a ofrecer sus cuadros a las gentes. Tampoco a él le compraban.

Nosotras aprendimos francés en dos semanas.

El reloj de La Gare ha dado un cuarto,

papá me dice que levante la cara un poco más,

dos o tres pinceladas y termina el retrato.

Mi padre, no sé bien por qué, me pintó de japonesa.

Para siempre quedé con mi abanico,

con los ojos ligeramente oblicuos y asombrados,

en una edad más bien indefinida

y con una diadema de pensamientos sobre el pelo.

Papá, vamos al puerto, vamos al puerto ahora que hay tiempo

y luego vámonos corriendo a ver el Bois des Hallates,

vamos, que se perdió tu cuadro y ya sólo podré verlo contigo y para

siempre.

Papá, perdimos tantas cosas

además de la infancia y los trescientos escalones que tú pintaste

nunca he sabido si para decirnos que había que subirlos o bajarlos.

Y ahora pienso, desde tu mano que me ayudaba a recorrerlos,

que tal vez me dijiste entonces

que había que subirlos y bajarlos

y para eso los pintaste

y para eso pasaste días enteros

pintando una escalera interminable,

una hermosa escalera rodeada de árboles y árboles,

llena de luz y amor,

una escalera para mí,

una escalera para que pudiera subir,

vivir,

y una escalera para descender,

callar,

y sentarme a tu lado como entonces.

Me he levantado para cerrar la puerta del armario.

Está mi casa sosegada,

apenas en el aire zumba tenue la remota sirena de un barco.

Los que más amo duermen:

mi hija, arropada en sus nueve años

y Félix indefenso ante sus treinta y ocho.

Al fin se extingue el eco de los barcos.

vuelvo a la cama.

—Buenas noches, papá. Hasta mañana si Dios quiere.

Que descanses.

 

 

 

 

Y si después de todo, todo fuera

 

Y si después de todo, todo fuera,

un ir muriendo para al fin morirnos

a qué este loco empeño en convertirnos

en contables de un tiempo que no espera.

Y si resulta que lo cierto era

este sermón que viene a repetirnos

que avanza el huracán para abatirnos

y es inútil y absurda esta carrera.

Entonces, amor mío, ten sosiego,

y aprovecha esta cueva que te ofrezco

y apura el agua que yo no he bebido.

el viento nos arrastra, frío y ciego,

toma mi manta mientras yo envejezco,

amarte de otro modo no he sabido.

 

 

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