Vidal y Planas en el Campo de Romanos

Por Javier Barreiro

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A Carmen Sanjulián

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Vidal y PlanasAlfonso Vidal y Planas (Santa Coloma de Farnés, Gerona, 1891-Tiijuana, México, 1965) fue autor muy leído en su época, en buena parte, por virtud del escándalo que lo acompañaría a raíz de asesinar el 1 de marzo de 1923 a Luis Antón del Olmet en el saloncillo del teatro Eslava y cumplir tres años y cuatro meses de internamiento en el penal del Dueso (Santoña), hasta ser indultado en julio de 1926. El número de sus publicaciones, entre novelas largas y sobre todo cortas, se aproxima al centenar. Tras su exilio, su huella desaparece del panorama literario español pero, después de la reivindicación de la astrosa bohemia española de entresiglos y, dada su desgarrada y pintoresca vida llena de contradicciones y altibajos, se ha constituido en uno de sus símbolos (1)

Durante la época del encierro, que no era la primera que el escritor pasaba en la cárcel, Artemio Precioso, director de la muy popular colección de narraciones breves La Novela de Hoy (2), le extendió un ventajosísimo contrato que le permitió vivir en su celda de pago mejor que en muchas otras épocas de su vida. De hecho, en los cuarenta meses que pasó en prisión publicó 27 títulos, casi todos de novela corta, y 11 de ellos pertenecieron a La Novela de Hoy. Ya indultado, todavía colaboró en dicha colección con otras siete narraciones. La última de ellas hacía el número 511 y vio la luz el 11 de marzoVidal y Planas de 1932. Con diecinueve números publicados, ya que había escrito otro meses antes del crimen, Vidal y Planas fue, pues, uno de los escritores más publicados en esta popular y prestigiosa colección que abarcó poco más de diez años -del 19 de marzo de 1922 al 29 de diciembre de 1932- totalizando 525 títulos pertenecientes a 95 escritores, entre los que estuvieron los más famosos de su tiempo desde Valle-Inclán a Blasco Ibáñez, pasando por Baroja, Unamuno, Zamacois, Colombine, Carrère, etc. Tras Los Contemporáneos, que totalizó 897 números entre 1909 y 1926 y la anarquista La Novela Ideal (1925-1938), que casi llegó a los 600, fue la colección más longeva en esta época de oro de la novela corta.

Fue precisamente la última obra de las publicadas en La Novela de Hoy por Vidal y Planas, a la que nos acabamos de referir, la que va a constituir el objeto de este trabajo; su título, Cena de pobre. Esta última época es la menos brillante de la colección, aquella en la que las tiradas fueron más cortas y la difusión, menor, por lo que los ejemplares son hoy más escasos.

Es curioso que Cena de pobre no haya caído en manos de los tan escasos escrutadores de las realizaciones de estos perdulariosVidal y Planas_Cena de pobre de la literatura, pues no conozco una sola referencia a la obra, que, además, tiene un interés añadido para los aragoneses, pues es la única obra narrativa de Vidal y Planas que se desarrolla en su comunidad histórica (3). En su portada, un viejo baturro delante de una casucha, ofrece un cesto de pan a alguien que queda fuera del foco del dibujante. Éste, un tal Esteban, ilustró diecinueve números de la colección, el mismo número de novelas que publicó en ella el narrador gerundense.

Casi todos los números de La Novela de Hoy llevaban una pequeña presentación en forma de entrevista o prólogo. En este caso su autor es Rafael Marquina y no presenta especial interés. Bajo el epígrafe “Retrato del autor”, se refiere a algunas cualidades de Vidal o Planas, no por ciertas menos conocidas: “Fondo de entusiasmo”… “Su rudeza está hecha de bondad; su picaresca, de candidez; su timidez, de vehemencia; su fortaleza, de debilidad”… “Niño grande”… “Es un sentimental y parece un demoledor”…

Pero acudiendo ya a la novelita, esta tiene bastante más interés literario que la mayor parte de la literatura –un tanto histérica y efectista- del Alfonso Vidal y Planas de esta época y, como ya se dijo, se desarrolla íntegramente en el zaragozano pueblo de Badules, cuya presencia en la literatura no es, desde luego, memorable. La localización no es aleatoria, pues el autor demuestra conocer ampliamente la toponimia del Campo de Romanos, subcomarca cuya capital es Daroca y en la que se ubica el humilde lugar de Badules. Por muchos indicios, parece claro que el argumento se basa en una experiencia vivida por el autor. Lo más probable es pensar en que durante algún viaje de Zaragoza a Valencia, hubiera de parar en las cercanías o, tal vez, que visitara a algún amigo con raíces en dicho pueblo.

Vista de Badules

El argumento puede resumirse así: Un forastero, identificable con el autor pero del que nada se nos cuenta sin que tampoco se diga el motivo de su estancia en Badules, es invitado a comer por el más pobre del pueblo, el tío Pelaire, de ochenta años, que vive de recoger leña en una casucha de adobes, sita en las afueras del lugar. El narrador se presenta con un pollo que el orgullo del tío Pelaire rechaza con vehemencia: “¡Amos, mañico! Mi probeza no ti ha hecho daño pa’que tú l’ofendas asina!” (p. 13). Es él quien, cumpliendo con las leyes de la hospitalidad, desea invitar al forastero.

El argumento deriva por tres cauces principales: la vida y personalidad del Tío Pelaire, adobada por sus sentencias y agudezas de filósofo rancio, la cena que ofrece al forastero y la visión de un Aragón rural, con muchos rasgos basados en la observación de la realidad pero también en algunos tópicos costumbristas y en la visión positiva e idealizada que muchos habitantes del suelo ibérico han tenido de los aragoneses, basada en parte en la vindicación de Aragón que propician los Sitios de Zaragoza, con su reflejo legendario en la literatura y en el género lírico.

El protagonista tiene ochenta años aunque está en perfecta forma física y es capaz de levantarse del suelo con los brazos cruzados. Y no sólo es el más pobre de Badules sino el único. También se nos aclara que “en los pueblos de Aragón hasta la pobreza es espléndida”. El ayuntamiento le perdona la contribución y su única forma de ganarse la vida es la recogida de leña. Anteriormente había sido alguacil y pidió un mejor destino a un candidato liberal al que había ayudado; éste le mandó una credencial de maestro en el cercano lugar de Nombrevilla, en cuyo término municipal se ubica hoy la llamada cárcel de Daroca “, pero como no sabía firmar, al llegar el nombramiento, no me lo daron” (25). Después, otro alcalde conservador le desposeyó del cargo de alguacil, por no querer echar un pregón “desigual”. Es decir, en el que trataba con un rasero a los de su bando y con otro al resto.

Otro episodio que protagoniza el tío Pelaire, con elementos directamente vinculados con el costumbrismo regional, es su encuentro con el rey. Por su significación, merece la pena reproducirlo parcialmente:

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Yo iba a Daroca, carritera abajo, a ver si querían tomame pa segar. Yo era alguacil por aquel entonces, pero no ganaba más que un real diario, y, como no era probe, con solico un rial no podía vivir. Llevaba colgá de un hombro la botica bien llena, junto con la hoz. En esto vide muchos carreteros juntos y que vestían como capitanes generales o asina, empeñaos a mi entender en tirar de un carro nuevecico, mu majo y tó brillante, como no lo había visto nunca.

-Sería un automóvil –interrumpe el forastero.

-No ti pongo adivinanzas. Sí que era otomovil. El primero que vide. Pero a mí se me figuró un carro sin varas pa la caballería. Pensé si ésta se había escapau, arrancándolas. En cuanti a aquellos hombres ataviaus de generales de Zaragoza u asina, que s’empeñaban en poner el carro en marcha, los tomé por locos y mi daron mucha lástima. Conque m’acerqué a beber, y uno va y me ice de pronto, arrempujándome como mu enfadau: “¡Aparta, borrico, que es el ray! ¿No ves que tiene pan el otomóvil?” “Pos si el otomóvil tié pan –li respondí tan tranquilo-, yo tengo vino de Longares, y a nadie hago daño brindándoos un traguico!” S’echaron ellos a reír y el que mandaba en tós se m’acercó tan campante, como si mi conociera, y me ijo: “¡Venga esa botica, buen hombre!”. Al dársela li pregunté: “¿Eres tú el ray, acaso?” Íjome que sí con la cabeza y, cuando acabó de beber, li agarré d’un brazo pa llevármelo aparte y a solicas los dos li disparé: “¡Pos hombre, m’alegro la mar! Precisamente tenía que pedirte un favor. Ello es que el tío Saltacerros, el de Villadoz, que es un buen hombre, aunque sía sacristán, tié un chiquillo mozo, que está en Madrí de Castilla, sirviéndote a tú. Y si le daras unos mesecicos de licencia ilimitada, harías una buena obra porque el tío Saltacerros tié un mal grano y, como si piensa el probecico que va a morirse, no hace más que suspirar por el piazo de su corazón” (…) Y el ray me preguntó por el nombre del tío Saltacerros y el regimiento en que servía. Yo se lo ije tó y antes de los ocho días el hijo del tío Saltacerros se encontraba en Villadoz con un mes de licencia (31-35).

separador_50No es la única vez que el tío Pelaire tiene relación con altas autoridades sino que se cuenta que su padre cenó con el general Cabrera, que, efectivamente, anduvo por las cercanías y él mismo con otro general, Serrano, al que cantó la siguiente copla (4):  “Gloria gana un general / cuando vence a un enemigo; /pero gana gloria doble / si s’hace d’un probe amigo”.

Estas y otras precisiones, como la índole de las anécdotas que se cuentan hacen pensar que la figura del tío Pelaire está basada en un personaje real.

Como se dijo, todo esto transcurre en el marco de una cena con la que el baturro obsequia al narrador aunque no se nos dice el pretexto de la misma ni la relación que existe entre anfitrión y convidado. Sí que se exalta en varias ocasiones su sentido de la hospitalidad que incluso le lleva a regalar el pollo que ha traído el forastero a un alemán que está en la cárcel del pueblo, de paso para Daroca, cabeza del partido judicial, porque ha robado un misal antiguo en el vecino pueblo de Mainar. Y, aunque obsequiado, no se libra de su copla: “Alimán de los demonios / toma el pollo y un consejo: / ¡No ti metas a ladrón / pa’robar un misal viejo!”

El menú de la cena es un cabal ejemplo de la gastronomía aragonesa.

Comienza con cardillo (Scolymus hispanicus) –no confundir con el cardo (Cynara cardunculus)- una verdura de sabor exquisito, poco frecuente y muy apreciada, que puede consumirse en ensalada o rehogada con aceite y vinagre. Prosigue con unos caracoles en ajolio, denominación exacta etimológicamente, que está desapareciendo en beneficio de “alioli”. Aparecen después las codornices, luego, los barbos, muy frecuentes, como los cangrejos, en el cercano río Huerva, que el tío Pelaire pesca con candil y tenedor y, para postre, requesón de Fuembuena, licor de pepino y té. Todavía no hace mucho -y aún debe de quedar alguna taberna que la conserve- la botella con licor de pepino se expedía en los establecimientos de bebidas. Había que introducir el pepino cuando era minúsculo en la propia mata y se lo dejaba crecer allí. Una vez que la cucurbitácea se desarrollaba y llegaba hasta el gollete, se rellenaba con aguardiente. Decían que tenía excelentes propiedades para los dolores de barriga y los juerguistas solíamos consumirla como espuela cuando, tras la farra, nos retirábamos a primeras horas de la mañana.

Nótese que los siete productos consumidos son de producción propia o de fácil consecución en la naturaleza, lo mismo que el vino que se trasiega, del que se dice: “No emborracha pero agacha”. No se olvide que Badules está al lado del Campo de Cariñena.

Cena de pobre_Dibujo de Esteban pp. 32-33 (2)

Cena de pobre_Dibujo de Esteban pp. 32-33 (1)

En cuanto a lo relacionado con el habla y las costumbres aragonesas, aparecen ya en el nombre del tío Pelaire, denominación del esquilador en el habla aragonesa. Con mayor o menor propiedad, el autor trata de poner en boca del personaje central la fonética del léxico aragonés: “cuidiau”, “paece”, “onde”, cambear, “ray”, ahura”, “tamién”, “asina”, “probe” y otras muchas, como se comprueba en el fragmento del encuentro con el rey, antes reproducido. En cuanto al léxico, aparte del socorrido “mañico”, con el que suele dirigirse al narrador, aparecen palabras como “apatuscau” (31), en el sentido de apañado, significación que desconozco y que tampoco aparece en el Diccionario Aragonés de Andolz. Generalmente, “apatusco” y no “apastucao” significa torpe y con pocas mañas. Tampoco conozco “gazupiau” (31), que se emplea como sinónimo de la anterior. “Fuchina” (17) se utiliza como daño o quebranto y también se encuentran otras, aún vivas en Aragón, como “ternasco” (41) o “ajolio” (25).

También son varias las coplas de jota que aparecen en el libro. La primera de ellas es una de esas cantas perogrullescas, que se cantaban como diversión y que en Tauste, donde fueron muy populares, llamaron “pepadas”:separador_50

Cuando me parió mi madre

acababa de nacer

y, a los quince días justos,

ya tenía medio mes.

separador_50Había sido grabada en un disco de 78 r. p. m. por Miguel Asso y, posteriormente, la llevarían al disco otros cantadores. Menor interés tienen las dos que se citaron, a propósito del ladrón alemán y el general Serrano, así como la que la ronda canta al forastero, no muy lograda estilísticamente: “Sagrado, como la Virgen, /forastero en Aragón: /cuando pises, ten cuidiau, /que tó el suelo es corazón”.

Ninguna de las tres son conocidas y, como se ve, ningún merecimiento tienen para serlo pero demuestran lo dicho (V. nota 3) en cuanto al papel fundamental de la copla octosilábica en la expresión popular.

Muchos otros elementos propios de Aragón podrían espigarse en una narración tan breve pero la mejor demostración de la exacta vinculación de la misma con el ámbito que describe es el número de topónimos que en ella aparecen en relación con el Campo de Romanos: Badules (pág. 9), Romanos (14), Río Huerva (18), Río Lanzuela (18), Nombrevilla (25) Daroca (29), Fuenfría (29), Longares (32), Fuembuena (38), Villadoz (35), Cucalón (43), Mainar (50)…

En suma, se trata de una narración olvidada y que, a su interés de desarrollarse en unos escenarios a los que apenas ha prestado atención la literatura de las últimas décadas, añade el aportar informaciones sobre la vida rural y el folclore del Campo de Romanos, contemplado, no desde el punto de vista científico sino desde el literario. Por otro lado, es una excepción aislada en la temática habitual de su autor, Vidal y Planas, siempre interesado en ámbitos más dramáticos como son los de la prostitución, las prisiones, los manicomios, los delincuentes sociales, los místicos visionarios… Aquí, el escritor trata de reivindicar un modo de vivir natural, autosuficiente, tradicional, encarnado en la figura de un anciano iletrado, pero vivo como el hambre, que se acomoda a la precariedad material del mundo en que vive y mantiene unos valores, una ética y una autenticidad muy diferentes a los que imperan en el universo urbano donde el autor suele desarrollar sus obras.

El escritor gerundense no debía de estar muy versado en la vida rural, ya que nunca vivió en el campo y, como es usual entreVidal y Planas urbanitas, la idealiza. En su siguiente novela corta, El perro que subió al cielo (1933), vuelve al exaltado desenfreno, en este caso, enalteciendo un perro que adoptó en prisión.

En realidad la literatura de Vidal y Planas rarísimamente remonta el vuelo. Cuando pretende ser lírico, resulta cursi; si intenta la mística, ridículo y grandilocuente; cuando aspira a ser crudo y tremendista es, sin embargo, cuando obtiene mejores resultados y más en sus primeras obras. En las últimas en cambio, la exageración y el énfasis, lo acerca a lo cómico. Nada más triste que resultar risible cuando se pretende objetivar la tragedia.

Curioso el destino de Vidal y Planas que, tras los avatares experimentados durante la guerra, enrolado en el Partido Sindicalista de Pestaña, embarcó en el Mexique, el vapor francés que llevó a Méjico a los llamados “niños de Morelia” y, tras su paso por los Estados Unidos, donde se doctoró, en sus últimos y muy mal conocidos años de exilio se convirtió en un respetable profesor de Metafísica y publicó tres libros de poesía, el único género que no había cultivado y que en la mayoría de los escritores suele ser más propio de los años juveniles. En la hoy atribulada ciudad de Tijuana, donde ejerció en los últimos años de su trayectoria, tiene dedicada una gran avenida.

 

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(1)Sobre su trayectoria puede verse Javier Barreiro, Luces de bohemia (Vidal y Planas, Noel, Retana, Gálvez, Dicenta y Barrantes), Zaragoza, UnaLuna, 2001, pp. 21-49.

(2)Acerca de esta publicación: Julia María Labrador Ben, Marie Christine del Castillo, “Estudio introductorio, Catalogación e Índices de “La Novela de Hoy” en La Novela de Hoy, La Novela de Noche y el folletín divertido. La labor editorial de Artemio Precioso, Madrid, CSIC, Colección Literatura Breve-15, 2005, pp. 9-267.

(3) En su vertiente teatral, el autor escribió también, en colaboración con Antonio Ballesteros de Martos, y música de Rafael Martínez Valls y Pascual Godes, la zarzuela en dos actos La ventera de Ansó, estrenada con buen éxito en el Teatro Apolo de Barcelona el 14 de Diciembre de 1928 y que después recorrió los escenarios españoles y argentinos. Una de sus romanzas fue llevada al disco por Emilio Vendrell.

(4)Está por estudiar la frecuencia con que hasta hace unas décadas, en el ámbito rural aragonés, los hablantes intercalaban coplas de su propia creación, muchas veces improvisadas, lo que, naturalmente se trasladaba a las rondas joteras. Los más dotados para este menester, que muchas veces eran analfabetos, obtenían un prestigio social que de pocos otros modos podía lograrse. Una olvidada novela de Manuel Sancho, Pascualico o El trovero de las bochas (1905), retrata perfectamente este ambiente.

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