Ada del Moral

Descubriendo a la Gente Nueva

separadorPor Ada del Moral

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Joaquín Dicenta

Joaquín Dicenta

En España somos tan aficionados a etiquetar a las generaciones como a olvidar a quienes primero rompieron lanzas contra los tabúes. Se escribe del 98, de los regeneracionistas, del 14, del modernismo, la bohemia y la golfemia o del 27 y podemos seguir así un largo trecho donde todo parece perfectamente colocado en las hornacinas de los santos laicos de nuestra literatura de los últimos ciento y pico años. De tanto repetir fórmulas, hemos dejado yacer en el tópico a figuras como Luis Bonafoux (1855-1918), Joaquín Dicenta (1862-1917) o José Zahonero, cuya calidad literaria quizás sea inferior a su valor humano pero cuya impronta progresista fue más que sobresaliente y dejó huella aunque aquellos que atacan primero lo establecido después suelen pagar con el olvido. Tal es la razón por la que cuando se habla de la Gente Nueva surja una interrogación. ¿Quiénes son? ¿Dónde se ubicaron? ¿Qué ha quedado de ellos? Cuáles eran sus características, además del ardor juvenil y esa pobreza animosa que, con poco romanticismo y sí mucha causticidad, denomina “Mi bohemia” Joaquín Dicenta en aquel raro prólogo al aún más raro todavía cajón de sastre De un periodista (Madrid, Romero, 1897) del bibliófilo y fervoroso republicano, Ricardo Fuente (1866 o 1870-1925), uno de los fundadores de la Hemeroteca Municipal, quien dirigió El País y El Radical y estuvo a sueldo de los hermanos Garnier en París. Él también era Gente Nueva aunque mientras emigraba a Francia con otros jóvenes escritores de su generación, Dicenta prefería quedarse para pelear por su país tan lleno de virtudes y complejos. Pronto regresarían todos, con el simbolismo y la revolución social a cuestas. Y su

Alejandro Sawa

Alejandro Sawa

bohemia, ese tiempo de lampar para poder decir lo que querían sin collares al cuello está a camino entre la que presenta Pérez Escrich en el ncantador El Frac Azul y la terrible Declaración de un vencido de Alejandro Sawa, que se quedó en bohemio a secas. La primera noticia que se tiene del grupo Gente Nueva es hacia 1884, en pleno bienio conservador de Cánovas, un periodo tumultuoso durante el cual la mayoría de los futuros miembros de la Gente Nueva eran estudiantes en la Universidad Central de Madrid. A raíz de las revueltas surgidas a causa del discurso de apertura del catedrático de historia republicano Miguel Morayta, en el que defendía la libertad de cátedra y atacaba los presupuestos del Estado, se suscitaron grandes movimientos estudiantiles,

Fernando Verdes Montenegro

Fernando Verdes Montenegro

entre el 17 y el 20 de noviembre, que fueron duramente reprimidos. La Gente Nueva o Joven nació del magma de los encarcelamientos y las protestas. Así fundaron su primer periódico Juventud republicana cuyo entusiasmo radical le procuró una corta vida. Le sucedieron, también dentro del republicanismo, La Discusión, La Tribuna Escolar, La Universidad o La Piqueta. Una de sus mayores fuentes de inspiración fue la figura del renacentista Giordano Bruno a quien uno de los más ilustres miembros del grupo, autor del volumen Gente Nueva, Crítica Inductiva en 1888, Luis París y Zejín, le dedicaría un ensayo titulado Giordano Bruno y su tiempo (1886) con una coda de Ricardo Fuente sobre la intolerancia religiosa. El radicalismo del precursor del evolucionismo y del progreso indefinido le hacía personaje muy apetecible, teniendo en cuenta, además, que fue víctima de la Inquisición, lo que cuadraba al dedillo con la pugna entre la Gente Vieja y la Gente Nueva, es decir, progresismo y liberalismo frente a tradición y conservadurismo. Pronto, el periódico La universidad hizo un homenaje a Bruno en el teatro Alhambra donde Rosario de Acuña, ilustre miembro de la Gente Nueva, se arruinaría y escarnecería a lo más reaccionario de la sociedad con su obra El Padre Juan (1891). Allí, en ese homenaje a Bruno, se darían la mano estos librepensadores contra los siervos de la Fe: Alejandro Sawa, Manuel Paso, Nicolás Salmerón y García, Ricardo Yesares, José Fraguas, Rafael Delorme, Ricardo Fuente, Rafael Torromé, Luis París, Rafael de Labra, García Mayoral, Joaquín Abatí, José Ortiz de Pinedo, Joaquín Dicenta, , José Verdes Montenegro y Montoro o la misma Rosario de Acuña. A todos se les puede aplicar aquel poema de La media noche que vertió el fino y malogrado poeta Manuel Paso (1864-1901), autor de un único libro, Nieblas (1902), al cual se rendiría el propio Juan Ramón.separador

¡Sabios y artistas, elevad la frente,

vuestro ha de ser el porvenir eterno.!

En las auroras increadas late

la luz que adivinó nuestro deseo;

romped por fin las frágiles barreras

que estorban y embarazan los progresos.

¡Artistas, a luchar! Y si cobarde

alguno siente la ruindad del miedo,

¡fuego encendido que del cielo caiga

le abrase el corazón y el pensamiento!

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Silverio Lanza

Silverio Lanza

A ellos hay que añadir los nombres del radical Ernesto Bark, del afilado periodista Luis Bonafoux, del plumilla Federico Urrecha (1855-1930) o del inclasificable Juan Bautista Amorós y Vázquez de Figueroa, alias Silverio Lanza (1856-1912) y algunos más que se juntaron y murieron por el camino pues a muchos les cuadra esa dedicatoria terrible de la no menos amarga novela El periodista (1884) que reza así: “Este libro está dedicado a la memoria de José de Alcántara, periodista. Murió en la redacción del diario político La correspondencia ilustrada en brazos de sus compañeros. El exceso de trabajo y miseria le llevaron a este fin”. Hubo varios que reventaron así, con los pantalones rotos, la tuberculosis en los pulmones y agujeros en los bolsillos.

Rafael Delorme

Rafael Delorme

“Oiga usted, arréglese los bajos que se le ven los cataplines”, parece que le decían al americanista y activista político Rafael Delorme (1867-1897) a lo que el joven respondía con helado orgullo: “Síntoma de que al menos los conservo. Y es que eran años de plomo, no hay más que comprobar los secuestros de las ediciones como la del semanario anticlerical Las dominicales del libre pensamiento (1883-1909), dirigido por Ramón Chíes (1843-1893) y Fernando Lozano (1844-1935), alias Demófilo, que, gracias a los devotos ferroviarios, llegaba a los amigos de la verdad, la libertad y la risa.

Distantes al 98, de los que fueron sus hermanos mayores, pensaban que la nación española estaba en un tris ya no de perder su identidad sino la visión de su propia entidad real y de su posibilidad de libertad en medio de una vorágine de reaccionarismo, represión e Iglesia. Sin embargo, lejos de ser el pesimismo su sentimiento y clave dominante, era la esperanza en un futuro mejor, en “germinar” una sociedad más justa y humanista. También se les llamó “modernistas” y un joven Unamuno les llamaría “viciosos” por sus costumbres noctámbulas aunque poco tuvieron que ver con los otros modernistas de las princesas y los cisnes. Les cuadra más el calificativo de “modernos”. Luego, con el tiempo, los que no fueron cayendo en la miseria y la enfermedad como Limendoux o Delorme constituyeron el llamado grupo Germinal donde resuenan los ecos de Zola y el affaire Dreyfuss. No habían perdido la impronta de su juventud de ningún modo. Se agrupaban para comprometerse con una labor social a través del arte, para manifestar ideas comunes sin dejar de ser individuos. El Grupo Germinal se consolidó en 1897 a partir de la Agrupación Demócrata Socialista que fundara Ernesto Bark en 1888 y la revista del mismo nombre que fundó Joaquín Dicenta Benedicto en 1897 y que ya había tenido ecos en aquel periódico efímero que se llamó La democracia social (1895). Así pues, la Gente Nueva se enfrentaba al fin de siglo con un ímpetu donde no cabía el catastrofismo noventayochista. Para ellos siempre había demasiado que hacer y la esfera personal era tan importante como la pública. Si en la década anterior se habían enfrentado desde sus periódicos humildes pero con aguijón a los males sociales de la patria, también en Germinal comenzaban así: “¿A dónde vamos? Del caos, de esta espantosa catástrofe tiene que salir el mundo nuevo que germine y cuyo nacer anunciará tal vez el estallido de una revolución elemental”.

José Nakens

José Nakens

Algo que no deja de llamar la atención dentro de este grupo es su heterogeneidad, tanto de ideología como de edad. En él se mezclan anticlericales, anarquistas, socialistas o republicanos que van en una curva de edad que se distancia en más de quince años desde José Nakens, que vino al mundo en 1841, a Eduardo Sojo, alias Demócrito -hijo del 49 y alma de las caricaturas de Don Quijote y el nakensiano El Motín (1881-1926)-, a Rosario de Acuña, nacida en 1850, o José Zahonero, en 1853, a Felix de Limendoux, de la cosecha del 1870 y que era una suerte de benjamín, además de autor de un curioso libro donde se unen versos sicalípticos y fotos eróticas de todo pelaje y es que, al parecer, fue el propio Limendoux quien acuñó o empezó a utilizar en fecha muy temprana aquel término que originó todo un subgénero frívolo. Su ideología y estética, una estética más moral que puramente ornamental, aúna rasgos naturalistas y tendencias libertarias; además, lejos de estar aislados, la Gente Nueva, estaba muy bien conectada con lo que sucedía en el resto del mundo. Antes del poeta César Vallejo ya practicaban aquello de “Siempre en el curso, jamás en la corriente”. Creían en la libertad para la acción y el pensamiento, tenían un deseo inmenso de desenmascarar la inmoralidad y combatir el excesivo poder de la iglesia, el fanatismo y la intolerancia, apoyaban la causa de los obreros y los explotados y defendían la educación como un derecho y la mejor vacuna contra los males que genera la ignorancia, detestaban la retórica inútil, tanto en prosa como en la poesía y el verso, y practicaban la sátira y la caricatura para que las críticas fueran más efectivas. A partir de 1897 dan guerra en Germinal, Vida Nueva, Don Quijote, Alma Española, La Vida Galante, Revista Nueva…o la tinerfeña Gente Nueva

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“No estáis solos, jóvenes entusiastas que colaboráis en la empresa de enaltecer esta patria querida. Difundir la instrucción, que un día fue monopolizada por seres egoístas, y hacerla asequible al desheredado de la sociedad, es una verdadera obra de misericordia escrita en el código de la moral universal, y además, la base y adelanto de todo progreso. A reparar ese daño han de tender los esfuerzos vuestros. Demostrad a los viejos que contáis con el aliento necesario.”

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Mientras, la Gente Vieja ocupaba grandes rotativos y revistas, como La Ilustración Española y Americana, La España Moderna, Gedeón o Gente Vieja. Clarín y Bonafoux se mataban en los papeles, empezaban los modernistas de los cisnes a cabrear a los viejos con aquello de “pero porqué están los jóvenes tan tristes”, mientras la Gente Nueva -ya no tan joven- seguía siendo fiel reflejo de la Gente Nueva. Crítica Inductiva de Luis París:
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Nacidos entre los fulgurantes esplendores de las revueltas y las asonadas, con la leche que hemos mamado ahumada por las explosiones de la pólvora y cortada por los sobresaltos de nuestras madres, hemos dado los primeros pasos de la vida a ciegas por entre medio de las emboscadas de la política rastrera y mediocre de nuestra patria, asistiendo como espectadores a las luchas diarias y desiguales de lo que se va… Alrededor nuestro (sic) hemos visto realizarse todas las antítesis, encajar todas las faltas de lógicas y ensalzarse la apostasía. Y con estos gérmenes nocivos y hediondos, hemos comenzado envenenándonos como si hubiéramos nacido en los bordes de alguna laguna maldita.

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Luis Bonafoux

Luis Bonafoux

Eran hijos del fin de siglo, sí, pero nada decadentes. Buscaban un renacer, crear en vez de imitar. En vez de padres y modelos habían encontrado a la peor grey y se habían vuelto sobre sí mismos, para aprender de sus acciones en su propia carne y, a costa de sacrificar a la decencia y la dignidad, esa comodidad que sacaba a los prebostes decimonónicos las temidas barrigas obispales. Siempre prefirieron el viejo café de Fornos, los dos reales de estofado con cuartillo de vino y estar entre los muslos de una chispera salvaje y valiente a los salones de los clubs y casinos. Núñez de Arce era hueco, Campoamor, frívolo, Galdós fue diputado monárquico y se hizo blando con la ceguera. Valera tenía un escepticismo hacia la ciencia, hijo de la ignorancia, que le hacía decir que el microscopio era una patraña por donde no se veía nada. Pereda era una piedra. Castelar, un falsario. Continuamente, se acogían a la Francia librepensadora. Allí dieron con sus huesos Zahonero o Bonafoux, que al fin moriría en Londres; en Portugal acabó exiliada Rosario de Acuña, por afear la conducta a unos estudiantes que se habían metido con unas alumnas de la misma universidad. Creían en Darwin, no en el Diablo y en que el alma se vendía a cambio de un puesto político o administrativo o por un sillón de académico. Luego, con el correr del tiempo y el olvido, por ese escaso gusto a estudiar más allá del canon, su obra se ha ido perdiendo en los almacenes de las bibliotecas. Está publicada, ya en su tiempo, pobremente. Salvo excepciones, tuvieron vidas difíciles y coherentes. No es que los hubiera machacado el tiempo como apuntó Manuel Machado, es que su tiempo, quizás no había llegado. Otros, pocos, llegaron a mayores como Eduardo

José Zahonero

José Zahonero

López Bago (1855-1931), José Zahonero (1853-1931) o el siempre escéptico catedrático y filósofo socialista José Verdes Montenegro y Montoro (1865-1940), que acabó sus días en el exilio mexicano junto con el humanista y pedagogo Rafael de Altamira (1866-1951), vinculado a la Institución Libre de Enseñanza por la cual tanta simpatía sentía Dicenta. Incluso hubo quien, como José Ortega Morejón (1860-1948), combinó la política con la pluma, ya que fue, entre otros cargos, presidente del Tribunal Supremo entre 1930 y 1931. Cabe recordar lo que de él escribió París con su fina ironía: “Está empeñado en ser un monaguillo poético”.

Eduardo López Bago

Eduardo López Bago

Quizás hoy, al releer a los mejores integrantes de la Gente Nueva, en este contexto de crisis mundial que se prolonga desde el 2009, descubramos a unos personajes lejos del canon convencional, que merecen, ya de una vez, estar presentes en las escuelas por las cuales tanto pelearon. “Todo el mundo escribe en España. La calidad es otra cosa. La literatura por sí sola no sirve para sentar plaza de erudito. Aquí, los hombres de letras tienen horror al estudio formal. ¡Oh, quisiera que fuérais siempre dignos de vosotros mismos y de vuestra época!”, reflexionaba Luis París.

Sabias palabras que hacen desear que los mejores miembros de este grupo se libren de aquella taxonomía que les aplicó con buena intención Federico Sáinz de Robles: “La generación de 1886” o “La Promoción de El Cuento Semanal”, la famosa y excelente colección popular que apareció en 1907. Lo malo es que de aquella han caído en la de “raros y olvidados” cuando se les debiera llamar, al menos, valientes y desconocidos.

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