Literatura

No hay mal que por bien no venga

Por Pilar Aguarónseparador

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El ex seminarista y convencido franquista Jeremías Giles, tenía muchas cosas que celebrar aquel 20 de diciembre de 1973: cumplía cuarenta años y por fin iba a disfrutar de tres semanas seguidas de vacaciones. Pero el desdichado no pudo tener una celebración más desafortunada. Nada más terminar su turno de noche se enteró, con pánico, de que el coche del Presidente del Gobierno había volado cuarenta metros hasta aterrizar en el patio de los jesuitas y que habían muerto, además del propio Almirante Carrero, su chofer y su escolta. Por si esto no fuera bastante desgracia, al llegar a casa en vez de encontrarse, como era habitual, con el desayuno caliente y su mujer en zapatillas se encontró encima del fogón una notita de puño y letra de su consorte en la que le anunciaba que, después de pensarlo mucho, Mosén Samuel, su confesor y consejero espiritual desde hacía 10 años, y ella, habían decidido emprender una nueva vida juntos y que se había llevado la mitad del dinero de la caja de ahorros y el Simca 1000. A fuerza de ser sinceros, la desaparición del coche fue, con diferencia, lo que más indignó al infeliz cornudo.

Jeremías decaído y con el estómago vacío, se sentó en la salita y conectó el televisor por sentirse acompañado. Sus ojos y sus pensamientos iban de la pantalla a la nota y de la nota a la pantalla, en donde aparecía el monumental boquete producido por la explosión y el amasijo en que había quedado el lujoso dodge , y comparaba y pensaba qué habría sido de su simca azul, con tan solo seis mil kilómetros, y las bujías recién cambiadas.

Y ahí se quedó, como un lelo, delante del televisor, comiendo sobras, sin afeitarse y sin apenas dormir, hasta que unos días después escuchó que durante el funeral, el Generalísimo había dicho, ante el ataúd de su amigo y colaborador, que “no hay mal que por bien no venga”, los politólogos, los  opositores y los mismos franquistas se pusieron a elucubrar sobre las oscuras incógnitas que escondía tan enigmática frase, pero Jeremías lo tuvo claro: esa frase iba dirigida a él.

Así que pasado el entierro del almirante, decidió que también daba por terminado su duelo por la infiel. Se duchó, afeitó y mudó de ropa. Sacó de la Caja de Ahorros unos miles de pesetas, de lo poco que le había dejado la infame, y se dispuso a descubrir cuanto de bueno se escondía tras su tragedia.

Para vengar su cornamenta no se le ocurrió mejor idea que pagar cien duros por Susy, una fémina cariñosa y ardiente que trabajaba en el Amberes, un triste tugurio que había en la calle de Las Armas. Pero como si pareciera que el infortunio se hubiera encaprichado de sus huesos; cuando apenas le había dado tiempo de quitarse los zapatos, se desencadenó una redada policial en el local y el infortunado Jeremías fue esposado y llevado a empujones y descalzo hasta los sótanos de la Comisaría Central. Tan fuera de sí estaba y tan impotente y desgraciado se sentía, que acabó gritando un:

-¡Me cago en Dios!

El pobre Jeremías, fue acusado de blasfemo y pasó las dos semanas de vacaciones que le quedaban en la cárcel, compartiendo celda, confidencias y cigarrillos con un joven abogado laboralista, enchironado por repartir propaganda subversiva.

Así que, una vez terminadas sus vacaciones y sus dos semanas de condena, una fría noche de mediados de enero, el cornudo Jeremías Giles, medio arruinado, sin coche y con antecedentes penales, volvió derrotado a su trabajo en el turno de noche de Romesa, una fábrica de rodamientos metálicos.

Los meses siguientes fueron muy convulsos en España, la celebración del Proceso 1001 contra el sindicato comunista Comisiones Obreras, y los ajusticiamientos de Puig Antich y Heinz Chez, trajeron algaradas, detenciones, registros y huelgas. En la fabrica se montó una buena, hubo expedientes y despidos y, como a perro flaco todo son pulgas, al desventurado Jeremías, franquista convencido y que no había movido ni un dedo, le volvió a tocar. Como tenía antecedentes penales, fue de los primeros en perder su trabajo.

A punto de caer noqueado por la vida y sin enterarse todavía de lo que le estaba pasando, la riada de acontecimientos lo arrastró, junto a los otros siete despedidos, al despacho laboralista más combativo de la ciudad. Asustado y escondido en medio del grupo, no esperaba que al abrirse la puerta, escucharía el saludo impetuoso de Fabián Navales, su compañero de celda, que haciéndose hueco, llegó hasta él, le abrazó y lanzó un:

-¡Jeremías, canalla!

-Estoy muy jodido, Fabián, le farfulló a punto del llanto.

-Joder, Jeremías, no me vengas con esas, que en peores plazas hemos toreao, y dirigiéndose al resto del grupo les dijo sonriendo:

-Este pájaro y yo hemos sido compañeros de trullo, camaradas.

Y desde ese momento, Jeremías Giles pasó de ser un don nadie, a convertirse en una víctima reconocida entre los represaliados del régimen y avalado, nada menos, que por el carismático Fabián Navales, el atractivo y seductor abogado de treinta y cinco años, que encandilaba con su palabrería fácil y su entusiasmo contagioso.

Navales, que sabía de sus desdichas, lo acogió y protegió como a un cachorrillo desvalido. Loreto, la mujer del abogado, lo aceptó como otra de las excentricidades románticas de su idealista marido. Le hizo un hueco en su mesa y no tardó en coger afecto al bondadoso infeliz. Una sobremesa, mientras Navales dormitaba rendido en el sofá, le dijo en voz baja a su invitado:

-Sabes, Jeremías, son malos tiempos estos, lo más probable es que Fabián termine otra vez en el trullo, pero me gustaría que te la jugaras por él, viaja mucho y necesita un chofer y un amigo.

-Cuenta conmigo, no le faltará ni lo uno ni lo otro, contestó Giles sin titubear.

Durante los siguientes meses recorrieron juntos miles de kilómetros. Mientras Fabián Navales hablaba de libertad, socialismo y democracia, Jeremías escuchaba y aprendía que había más ideas que las que había creído, hasta entonces, como irrefutables.

Una mañana, al salir de casa, le estaba esperando Carmen, la que había sido su esposa durante doce años. Parecía triste:

-¡Hola, Jer!, le dijo en voz baja, como avergonzada

-¿Donde está tu cura?, le increpó él con voz cortante.

-Se fue, volvió a su iglesia, fue un error, sabes, yo es que…, balbuceó.

-¿y el simca? cortó él.

-¿Cómo?

-¿Que qué habéis hecho de mi coche?, alzó la voz.

-No sé, titubeó ella, se lo llevó él, yo no conduzco Jer, ya lo sabes, te lo devolverá, seguro.

-¡Mierda!, exclamó, ya sé que no conduces, pero lo que tú no sabes es que he estado en la cárcel por ti, me echaron del curro por ti, y… mira, va a ser verdad que no hay mal que por bien no venga, así que no vuelvas, Carmen, mejor no vuelvas, sabes, estoy mejor sin ti.

Anduvo unos pasos y giró la cabeza sin detenerse y señalándola con la índice le gritó:

-Y dile a tu maldito cura que me devuelva el coche, ¡joder¡

Para entonces, Jeremías se había convertido ya en el mejor amigo de Fabián Navales, quizá en su único amigo verdadero. Siguieron los viajes, las charlas clandestinas en fábricas, sacristías, universidades y tascas. Estuvieron expectantes ante a la primera flebitis de Franco; les inquietó el terror de la calle Correo; asistieron escépticos a la falacia de la llamada “apertura” del régimen, gritaron contra los fusilamientos del 27 de septiembre, asistieron a la agonía y a la muerte del dictador Franco y comprobaron como su última voluntad se hacía realidad, cuando vieron a Juan Carlos de Borbón y Borbón convertido en Rey. Parecía cierto que el general lo había dejado todo atado y bien atado.

-Sólo falta que tengamos que aguantar a este otros 40 años, dijo el abogado.

-Oye, Fabián, que creo que yo soy monárquico, comentó Giles.

-Bah, se te pasará con el tiempo, ya verás, profetizó el primero.

El siguiente año y medio fue un estallido de entusiasmo popular no exento de desconfianza, recelos y hasta de miedo. El año 1976 comenzó con una larga oleada de protestas laborales. Miles de trabajadores pararon y mostraron su descontento con manifestaciones callejeras jugándose el tipo ante la contundencia policial. En julio fue nombrado Presidente de Gobierno el ex franquista Adolfo Suárez y en diciembre se celebró el Referéndum para La Reforma Política. Los seis meses que transcurrieron desde esa fecha hasta el 15 de junio, en que se celebraron las primera elecciones democráticas, fueron los más difíciles de la transición política debido a la conflictividad laboral y social, al terrorismo, a la legalización de los partidos, a los nacionalismos y a la situación económica, que iba empeorando día a día.

Fabián Navales era ya un reconocido y rebelde líder socialista, que, como no quería desayunar todos los días tragando carros y carretas, decidió no afiliarse al PSOE y fundó un pequeño partido político: el Partido Socialista del Trabajo (PST), con apenas una veintena de afiliados contando con su familia, su secretaria, una docena de leales y, por supuesto, con Jeremías Giles.

En la primavera del 1977 fueron convocadas las primeras elecciones democráticas en cuarenta años. Fabián, a pesar de su carisma y de su entusiasmo, no encontró dinero para pagar su campaña y no le quedó más remedió que coaligarse con otra media docena de insignificantes partiditos y formar una coalición electoral que llamaron CP -Candidatura de Progreso.

Con su buen humor natural, bromeaba con que quizá les cayera algún voto  de algún viejo comunista despistado, que confundiera sus siglas con las del mítico PC, pero su humor se fue apagando y aprendió, en un sólo mes, lo que era la mezquindad, el egoísmo y la estupidez humana.

Cerrar la lista electoral fue un auténtico infierno y vivió una tensión mayor que la sufrida en sus años de clandestinidad. Una hora antes de cerrarse el plazo de presentación de candidaturas, todavía seguían las disputas y las zancadillas por ver quien iba en la dichosa lista detrás del mismo Navales que encabezaba, sin discusión, la candidatura. La bronca que se montó fue espectacular y a punto estuvieron de llegar a las manos. Fabián llegó al límite de su paciencia, dio literalmente un golpe en la mesa y gritó:

-¡Os podéis ir todos al carajo, presentaré una candidatura de mi partido!

 -¡Dame tu DNI, Jeremías, que tú vas a ir el primero en la lista!

  -¿Te has vuelto loco o qué? se asustó Jeremías, no me metas en estos líos, yo no valgo para esto.

  – Tranquilo, sólo es un trámite, terció Fabián, no ves que no tenemos ninguna posibilidad, nos servirá para aprender y coger experiencia, yo no puedo encabezar la lista, compréndelo, no quiero que estos mamones me acusen, encima, de oportunista.

 – ¡Pero tío!, exclamó y ya no fue capaz de añadir nada más.

El bueno de Jeremías acató sin más objeciones los deseos de su amigo.

En quince minutos montaron la candidatura encabezada por Jeremías, seguido de la esposa de Fabián, su secretaria, el novio de esta, tres fieles, de los que todavía le quedaban y en octavo y último lugar el propio Fabián Navales.

Y de esta manera, dos minutos antes de que se cerrarse la ventanilla en el Gobierno Civil y con el corazón de Sarita, la secretaria de Fabián, a punto de estallar debido a las carreras, Jeremías Giles, quien hasta hacía sólo unos meses había sido un devoto franquista, se convirtió oficialmente en el líder de la candidatura del Partido Socialista del Trabajo.

La campaña la hicieron con el entusiasmo y la ingenuidad de adolescentes enamorados. Fabián fue la cabeza pensante y entre todos convirtieron al inexperto candidato en un mártir de la causa obrera. Maquillaron hábilmente su biografía, presentándole como un represaliado por la dictadura y nunca, las dos semanas pasadas en la cárcel por culpa de aquel exabrupto a destiempo, fueron tan bien utilizadas y manipuladas.

Ayudados por la familia y algunos amigos, llenaron la provincia de carteles con la cara sonriente de Jeremías Giles, que aparecía en los pasquines disfrazado con un mono obrero y una llave inglesa asomando de su bolsillo. De tanto escuchar las arengas de su amigo, sabía hablar en público con cierta soltura. Ensayaba delante del espejo los discursos que le preparaba el abogado y tenía aprendidas respuestas ambiguas para cualquier pregunta comprometedora que le hicieran los periodistas.

Fabián hacía de presentador en los mítines e improvisaron una campaña audaz y divertida, con la tranquilidad que da el no tener nada que perder y ni tan siquiera nada ganar. Daban mítines en parques públicos, en las puertas de los mercados, volvieron a recorrer juntos las fábricas, las parroquias, las universidades y las tascas.

Según iban pasando los días los sondeos empezaron a tenerles en cuenta, pero se lo tomaban a chanza y aprovechaban para gastarle bromas al candidato con las prebendas que les iba a conseguir desde su escaño en Madrid. Jeremías era el único que se tomaba en serio las encuestas, y en vez de alegrase estaba cada ves más asustado.

En la única entrevista televisiva que le concedieron tres días antes del final de campaña, con el resto de los cabeza de lista y después de haberlos escuchado a todos, Jeremías Giles estaba tan asustado que se le olvidó todo lo ensayado, y con el miedo en el cuerpo y la garganta seca, se dirigió a la cámara y dijo con sinceridad:

 – Pues oigan, que después de haber escuchado a toda esta gente tan preparada, que es mejor que se lo piensen, que al fin y al cabo, antes que de que me echaran del curro cuando aquello de las huelgas y por haber estado en el cárcel, yo sólo era un pringao en el turno de noche.

Fabián, que escuchaba acompañado por su esposa en un rincón del plató, cogiéndola por la cintura le dijo en voz baja:

-Nena, de esta conseguimos el escaño.

La noche del 15 de junio fue larga y llena de emociones. La veintena de amigos  que formaban  el PST la pasaron en el viejo despacho laboralista convertido en sede electoral, desde donde siguieron por televisión  el lento escrutinio y entre risas y tragos pudieron comprobar el  milagro de que voto a voto se iban acercando al escaño y que a partir de las tres de la madrugada,  sólo un puñado de papeletas hacían que la balanza se inclinará bien por ellos o por los de AP, el partido de los nostálgicos franquistas.

Cada vez que el locutor daba los datos, la algarabía iba en aumento y había gritos y vivas al pringao del turno de noche. Solo el candidato parecía no disfrutar del victoria, porque, más acojonado que alegre, se fue bebiendo él solito una botella de whisky  escocés.

A las cinco de la mañana, cuando por fin se recontó la última papeleta, definitivamente el escaño cayó del lado del PST y amaneció con Jeremías Giles convertido en Diputado electo de las Cortes Generales Constituyentes.

Un enjambre de periodistas acudió al viejo despacho laboralista, para recoger las primeras declaraciones del nuevo y sorprendente diputado obrero. Jeremías apenas se tenía en pie, estaba como flotando. Eran tantos los reporteros y tan pequeño el despacho que los tuvo que atender en el rellano de la escalera. Cuando  vio aquel barullo de micrófonos y lápices  lo único que atinó a pronunciar fue un:

-¡No hay mal que por bien no venga!

Los miró  sin llegar a verlos, se volvió y de manera inconsciente les cerró la puerta de un golpe.

Pasmados y boquiabiertos, los reporteros se pusieron a elucubrar sobre las oscuras incógnitas que escondía tan enigmática frase y el por qué del gesto altanero y provocador del político socialista.

Mientras tanto, en el pequeño retrete del fondo del pasillo, Fabián Navales sostenía la frente de su amigo Jeremías Giles, que pálido y sudoroso, vomitaba hasta la primera papilla que le había dado su madre.

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Ver:  “Las verdaderas historias de amor son pasajeras (Pilar Aguarón en la mejor tradición del realismo histórico español)”, por Fernando Aínsa

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Campaña electoral 1977

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