Francisco Caro

Poemas de Francisco Caro

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Francisco Caro 

Biobliografía

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Son blancas aves

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Sin ninguna

urgencia caen, como losas

ingraves caen, son blancas

aves tristes,

pedazos de la piel que me creciera

en los días de espuma

 

y caen,

calmada como está

al fin su rebeldía

 

son el vuelo,

son lo ceremonioso, caen

y en su liturgia fingen

la verticalidad

o la desidia fingen.

 

Quiero decir que nievo

desordenadamente

 

que desde una habitada

leprosería, nieva

este nueve de enero.

 

Hay un pecado inmóvil,

una mujer oculta tras columnas,

y una casa de vientos junto a un río

que lo contemplan todo,

todo

 

todo lo que creció ya roto,

todo lo que vivió ya roto,

y que sólo al caer, en el suelo posado,

busca recomponerse.

 

Quiero decir que nieva

solamente de mí, de cuanto fui inocencia

 

que nievo

desde este cuerpo azul

que todavía escribe.

 

Desde mi tiempo hoy,

sobre un tiempo que busca o que persigo,

nieva:

verdad que me deshace.

 

Copos, copos, copos, copos,…

 

De Casa, cuerpo partido

 

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Comme une orange (Atenas)

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La terre est bleue comme une orange

P. Éluard

 

 

Próximas a la luz que permanece

intacta en esas piedras, en los mármoles

blancos donde tocaran

las nobles manos

de Ictino, el sueño

noble de Fidias,

con su realidad acosan

con su quietud violenta,

de testigos,

con que ocupan el aire en la espesura ática,

son el gesto pictórico de la putrefacción,

y redondas acosan

 

con el enmohecido

silencio que me gritan desde el cuenco de barro,

en esta mesa pobre de terraza

y de hotel en olvido, dejadas a su estar,

calladas junto

a su pereza y frente

al templo que resiste,

sin mirarlas acosan

 

me acosan porque sé que nunca mienten

 

su cansancio proclaman y me acosan

tres naranjas azules: podredumbre

insaciada del mundo,

de mi cuerpo y su asfixia, y el aviso

del futuro en el verso

de Paul Éluard.

 

De Casa, cuerpo partido

 

 

 

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Líquenes en la casa recobrada

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De no usar el tiempo,

han nacido en las losas

que forman la escalera

mares de líquenes.

 

Contemplo la sorpresa,

su menudo decir y su sosiego

 

atrevidos, tenaces, han logrado

crecer en la humildad de la caliza,

viven.

 

Un caracol de sombras

los vela compasivo,

tal vez su voz recorra cada tarde

tanto existir sereno, el minúsculo

amparo que la piedra

parece permitirles.

 

Me he negado a pisarlos

 

no seré yo quien hiera su miniada

levedad de colores,

su luz raíz, en donde no distingo

ni baldíos reclamos

ni renuncias.

 

Mi casa recobrada,

mis hierbas minerales, la conciencia.

 

De Casa, cuerpo partido

 

 

 

 

 

 

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Como la playa

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Como la playa ociosa

a final de septiembre, allí

donde la luz asume que su vigor caduca

ajeno a la existencia de los otros,

así contempla el hombre

mansa y leve su mano, la herramienta

con la que atesorara

el esplendor azul de cada instante.

 

De Paisaje (en tercera persona)

 

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Bosque

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Las desgajadas, secas.

El hombre mira

bien que estén secas.

El haz crece, su brazo. Sólo busca

calor y las recoge. No todas,

él las prefiere

primero débiles,

han de

prender la lumbre, el temblor

de la llama que inicie, bien lo sabe

 

luego, las recias.

 

Su cuidado procura, cada noche,

sostén al fuego. Aún

ignora si las brasas

que pudieran salvarle

llegarán. Al final, cuando los hielos fuertes,

con los odios más fuertes.

 

Con paciencia recoge

-igual que hiciera ayer,

lo mismo que mañana- como si fueran leña

palabras en el bosque. Tiene frío y está

despidiendo la vida.

 

De Paisaje (en tercera persona)

 

 

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Fugaz la urbe

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En la débil mañana,

justo al momento

de atravesar la calle

 

ha mirado a la gente,

el hambre de los pasos

con que adelantan

 

el arroyo aliviado,

melancólico y turbio,

de los escaparates

 

ocupando la acera,

ha sentido el rumor

de las cervecerías

 

la cotidianeidad

indulgente y hermosa

de Madrid violento.

 

Sabe que todo, todo,

permanece en su sitio.

Él es la ausencia.

 

De Paisaje (en tercera persona)

 

 

 

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Octubre

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Se derraman

por tus manos y sucios los caudales

del alba mientras lees (sospechas que

la voz de Antonio

Colinas pudo

escribir para ti La tumba negra)

 

hay poca luz

y arde con frío

el carbón de la escarcha (te dices:

me asombra la quietud

que desprenden los montes, y la misericordia

con que el amanecer trata al cristal) lees

en un mundo

de tenazas y cuidos

cuanto el tiempo aniquila, cuanto el amor restaura

 

todo tú eres

obstinada lectura

y es oscuro este octubre, y es oscura carcoma

la hiel de los relojes repitiendo

 

apartas la mirada (piensas:

tanto tiempo me resta cuanto di, y aún

el árbol mineral que roza

la ventana desea disputármelo), lees y la mañana

apenas alza, sientes que es un

adoquinado, largo túnel, terca

morfina, vuelves

de nuevo a lo visible, lees

La tumba negra y su interrogación

olvidado del gozo, preso

de lo que fue tu vida.

 

     (Inédito)

 

 

 

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