Rostros y rastros de Sherlock Holmes en la pantalla

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por Alfredo Moreno

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Sherlock_Holmes_cabecera“Mi nombre es Sherlock Holmes y mi negocio es saber las cosas que otras personas no saben”. Toda una declaración de principios o carta de presentación que define (aunque no del todo) al personaje literario más popular del arte cinematográfico. Y es que, junto a una figura histórica, Napoleón Bonaparte (cuyo busto es clave en una de las más recordadas aventuras holmesianas), y otra, el Jesús bíblico, que combina la doble naturaleza de su desconocida realidad histórica y su posterior construcción literaria, política, mítica y religiosa, el detective consultor creado por Arthur Conan Doyle –se dice que tomando como modelo al doctor Joseph Bell, precursor de la medicina forense y entusiasta defensor de la aplicación del método analítico y deductivo al ejercicio de su profesión, de quien Conan Doyle fue alumno en la Universidad de Edimburgo en 1877– completa el podio de los personajes que más títulos cinematográficos y televisivos han protagonizado en la historia del audiovisual, pero es el único de los tres con dimensión exclusivamente literaria.

 

separador_25El cine ha sido al mismo tiempo fiel e infiel a Conan Doyle a la hora de trasladar el universo holmesiano a la pantalla. Infiel, por ejemplo, en cuanto al retrato de la figura del doctor Watson, al que se representa habitualmente como poco diligente, despistado, torpe, ingenuo y en exceso amante de las faldas, de la buena comida y de la mejor bebida, cualidades que no parecen propias, y así queda demostrado en la obra de Conan Doyle, de un hombre que ha cursado una carrera meritoria, que se ha especializado en cirugía y ha sobrevivido como oficial del ejército a complicados escenarios militares como Afganistán, lugar de algunas de las más dolorosas y sangrientas derrotas del imperialismo británico. Un hombre muy culto, que ha leído a los clásicos, sensible a las artes, en especial a la música, que lleva un pormenorizado registro de los casos de su compañero y mantiene al día álbumes de recortes con las principales noticias que contienen los diarios. Un hombre que se ha casado y enviudado tres veces, que participa activamente y cada vez de manera más decisiva en las investigaciones de su colega, y que trata a Holmes con la misma ironía con que su amigo se refiere a él en todo momento. Tampoco el cine se ha mostrado especialmente afortunado al aceptar en demasiadas ocasiones esa reconocible estética de Holmes, ese vestuario tan característico que en ningún caso nace de la pluma de Conan Doyle: su cubrecabezas y su capa de Inverness provienen de una de las ediciones de El misterio del valle del Boscombe en la que el ilustrador Sidney Paget convirtió en gorra de cazador lo que el autor describía como una gorra de paño; respecto a su famosa pipa se le atribuyen dos modelos, una meerschaum o espuma de mar que no existió hasta bien entrado el siglo XX y una calabash utilizada por el actor William Gillette (junto con la lupa y el violín) en las versiones teatrales a partir de 1899, cuando lo cierto es que el Holmes de Conan Doyle posee al menos tres pipas para fumar su tabaco malo y seco, una de brezo, una de arcilla y otra de madera de cerezo.

En lo que el cine sí se ha esmerado ha sido en la elección de intérpretes que pudieran encarnar a un héroe tan atípico como Holmes, atractivo, contradictorio, cautivador e irritantemente egomaníaco. Un adicto al tabaco de la peor calidad (célebre su enciclopédico opúsculo literario que cataloga y distingue entre los diferentes tipos de ceniza existentes en función del cigarro o cigarrillo del que provienen) y a la droga en la que busca salvarse del aburrimiento de la monotonía. Un virtuoso del violín, con preferencia por los compositores germanos e italianos, un melómano que conoce los recovecos más oscuros de la historia de la música lo mismo que se especializa en el dominio de una antigua y enigmática modalidad de lucha japonesa, un arte marcial olvidado denominado bartitsu. Un ser que expone abiertamente una atrevida ignorancia sobre conocimientos generales al alcance de cualquiera pero capaz de alardear de erudición de la manera más pedante cuando lo posee el aguijón de la deducción, que se tumba indolente durante semanas o se embarca en una investigación sin comer ni dormir en varios días. Un individuo cerebral que relega al mínimo la importancia de los sentimientos pero que es dueño de una vida interior inabarcable, con un elevadísimo sentido de la moral, no siempre coincidente con el imperante, gracias al que puede aplicar su particular concepto de la justicia si encuentra que la ley, utilizada con propiedad, choca moralmente con él (si, por ejemplo, una mujer asesina al causante de su dolor o si un ladrón roba a otro ladrón que arrastra un delito mucho más censurable, como alguien que ha asesinado previamente para robar). Y, no obstante, un hombre que falla, que puede salir derrotado, en lucha continua contra sus límites, que llega tarde, que piensa despacio o al menos no siempre con la rapidez necesaria, y que también puede ser víctima del amor. Un héroe que sabe ser humilde, ponerse del lado de los más desfavorecidos, ganarse la confianza de la gente porque no ejerce los métodos autoritarios y amenazantes de la policía, que en el criminal ve el mal pero también un producto social, la pobreza y la carestía que gobierna la vida de la mayor parte de la población bajo la alfombra del falso esplendor victoriano, que da una oportunidad al arrepentimiento y a la redención de los delincuentes menores pero que no duda en resultar implacable conforme a su privada idea de justicia, incluso de manera letal si es preciso, cuando no hay opción para la recuperación de la senda de la rectitud. En resumen, un héroe profundamente humano, alejado de cualquier tipo de poder superior.

Sherlock Holmes baffled

Sherlock Holmes baffled

De ello queda constancia en la primera aproximación del cine al personaje de Conan Doyle, Sherlock Holmes baffled, breve cinta de apenas treinta segundos dirigida por Arthur Marvin en 1900 (perdida durante años, se recuperó en 1968 y sus fotogramas, impresos en papel, se conservan en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos) en la que un ladrón con la capacidad de hacerse invisible a voluntad sustrae una serie de objetos del gabinete de Holmes sin que el detective pueda hacer nada para impedirlo. Más allá de este tanteo inicial, la complejidad y diversidad del personaje y la extremada amplitud de sus conocimientos, habilidades e intereses ha posibilitado aproximaciones del cine a la figura de Holmes bajo ópticas muy distintas y con diferentes grados de calidad, en busca tanto de una traslación ortodoxa del personaje al celuloide como de la introducción de novedades y variaciones a veces tan curiosas, enriquecedoras y estimables como en ocasiones extravagantes, decepcionantes o gratuitas.

Como se ha visto, Sherlock Holmes está presente en el cine desde sus comienzos y, ya en la etapa muda, se convierte en el personaje literario más

Holmes en el cine alemán

Holmes en el cine alemán

adaptado a la pantalla. Se conservan referencias de una docena y media larga de títulos con Holmes como protagonista entre 1900 y 1927, año de la irrupción del cine sonoro, repartidas por las filmografías francesa, británica, norteamericana y alemana, con predominio de versiones de El perro de Baskerville. En estas primeras películas se dan varias notas interesantes. En primer lugar, que el ya mencionado William Gillette, el actor que dio vida a Holmes en los escenarios londinenses con el cambio de siglo, fue también el elegido en 1916 para interpretarlo (y coescribir el guión) en el primer largometraje norteamericano sobre el personaje; en segundo término, que la cinematografía alemana adaptó, con inmenso éxito y acabado excelente, los relatos de Conan Doyle para varias producciones entre 1914 y 1920, es decir, en plena Primera Guerra Mundial y durante la negociación y firma del humillante Tratado de Versalles, con Alwin Neuß y Friedrich Kühne repitiendo como Holmes y Watson; por último, la cinta protagonizada nada menos que por John Barrymore en 1922. La prueba, empero, más palpable de la popularidad de Holmes en el cine y entre el público de aquel tiempo no es una adaptación de los relatos de Conan Doyle sino una de las grandes obras maestras del genial Buster Keaton, El moderno Sherlock Holmes (Sherlock Jr., 1924), la historia de un proyeccionista de cine que sueña con ser como el detective de una de las películas que proyecta y que milagrosamente se ve introducido en una de ellas. Este título servirá de inspiración seis décadas más tarde para una de las obras esenciales de uno de los más grandes admiradores de Keaton, La rosa púrpura de El Cairo de Woody Allen.

En la década de los treinta continúa la misma tónica, con adaptaciones, ya en sonoro, de conocidas aventuras de Sherlock Holmes como la británica El signo de los cuatro (1932), la norteamericana Estudio en escarlata (1933) o la alemana El perro de Baskerville (1937). De estos años cabe destacar dos circunstancias que condicionarán en buena parte futuras traducciones del universo holmesiano a la pantalla. En primer lugar, y siguiendo la fórmula alemana empleada durante la década de los diez, la del serial de títulos protagonizados por los mismos intérpretes, los actores Arthur Wontner e Ian Fleming (nada que ver con el creador de James Bond) darán vida a Holmes y Watson, además de en la citada El signo de los cuatro, en otros títulos como El valle del miedo (The triumph of Sherlock Holmes, Leslie S. Hiscott, 1935) o Estrella de plata (Silver blaze / Murder at the Baskervilles, Thomas Bentley, 1937). Por otra parte, se introduce ya lo que será una constante en paralelo a la adaptación respetuosa de los casos de Holmes y Watson al cine: la innovación, el juego, la variación del planteamiento original de Conan Doyle para crear productos sólo estéticamente holmesianos, abiertamente cómicos, paródicos o incluso satíricos. Así, la alemana El hombre que fue Sherlock Holmes (Der Der Mann, der Sherlock Holmes war, Karl Hartl, 1937) parte de una trama de equívocos: llegada a París una pareja de detectives erróneamente tomada por los célebres Holmes y Watson, deciden no deshacer la confusión e investigar la desaparición de un valiosísimo sello. Todo ello anuncia ya la primera gran huella de Conan Doyle y Sherlock Holmes en la historia del cine, la serie de catorce películas protagonizadas por Basil Rathbone y Nigel Bruce entre 1939 y 1946.

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Basil Rathbone era una actor consagrado especializado en dramas históricos, versiones de clásicos de la literatura, películas de intriga y de terror y, especialmente, en interpretar a villanos carismáticos en algunas populares películas de aventuras como El capitán Blood (Michael Curtiz, 1935) o Robín de los bosques (Michael Curtiz y William Keighley, 1938). El cine historicista de los hermanos Korda y el drama romántico eran igualmente los géneros habituales de Nigel Bruce, aunque sus interpretaciones dejaban un amplio espacio a la ironía y el humor visual. Al mismo tiempo y con posterioridad a sus intervenciones como Watson en esta serie de películas británicas, Bruce trabajaría a las órdenes de Alfred Hitchcock en Sospecha (Suspicion, 1941) o de Charles Chaplin en Candilejas (Limelight, 1952). De las catorce películas que compartieron como Holmes y Watson, en las tres primeras (Sherlock Holmes contra Moriarty, El perro de los Baskerville y La voz del terror) hubo cambio de director (Alfred L. Werker, Sidney Lanfield y John Rawlins, respectivamente), pero desde la cuarta entrega, filmada tres años después, en 1942, hasta el final de la saga en 1946 el director fue el mismo, un curioso personaje llamado Roy William Neill. Nacido en un barco en alta mar pero considerado irlandés, Neill dirigió más de un centenar de películas entre 1917 y 1946, el año de su muerte, casi siempre en los márgenes de la serie B de bajos, bajísimos presupuestos, rodando en diez o quince días películas de metrajes breves (entre 60 y 80 minutos) y narrativa concentrada pero con especial talento para la puesta en escena, el diseño de ambientes y la creación y el aprovechamiento de atmósferas de misterio y suspense. Su eficacia le valió a Neill ser inicialmente escogido para filmar Alarma en el expreso (The lady vanishes, 1938), que terminaría dirigiendo Alfred Hitchcock.

La serie de películas de Holmes y Watson dirigidas por Neill y sus antecesores y protagonizadas por Basil Rathbone y Nigel Bruce se caracterizan por la simplificación psicológica de los personajes, especialmente la de Watson, al que se reduce a la caricatura popular, la de una mente sencilla, llana, destinada únicamente a admirar la capacidad de deducción de su amigo y a ofrecerle ayuda material, contribuyendo así decisivamente a que la memoria colectiva de millones de lectores y espectadores haya identificado a Watson con sus atributos y estética cinematográficos. Neill, además de dotar a las historias del consabido humor inglés, repleto de sarcasmos, ironías y diálogos y réplicas chispeantes, suele conservar el hilo general de los relatos de Conan Doyle si bien introduce notables variaciones, en ocasiones de tipo narrativo por mera eficiencia cinematográfica y siempre, en otra de sus características como adaptador holmesiano, retrasando el contexto temporal victoriano en que tienen lugar las aventuras de sus protagonistas para acercarlos a la actualidad de los años treinta y cuarenta del siglo XX. De hecho, a menudo el cuerpo central del relato literario se altera convenientemente para ajustarlo a la realidad histórica y política del momento del rodaje, introduciendo tramas de espionaje o resonancias bélicas propias de la Segunda Guerra Mundial. Como resultado de este proceso de traslación que, sin embargo, captura y mantiene la esencia de la creación de Conan Doyle, en especial en cuanto a la personificación escrupulosamente respetuosa con su descripción literaria que del detective hace Rathbone, hay de todo, cintas coyunturales y modestas, películas brillantes alejadas por completo del contexto bélico –como la última de la serie, Vestida para matar (Dressed to kill, 1946)- pero también títulos excelentes como Sherlock Holmes frente a la muerte (también llamada Sherlock Holmes desafía a la muerte o, simplemente, Desafiando a la muerte), de 1943, adaptación del relato El ritual de los Musgrave, La garra escarlata (Sherlock Holmes and the scarlet claw, 1944) o El caso de los dedos cortados, también titulada Sherlock Holmes y la mujer de verde (The woman in green, 1945), importante además porque supone la culminación –por completo alejada del original literario– de la relación Holmes-Moriarty. No obstante, en plena Segunda Guerra Mundial, y como ocurre con otros clásicos contemporáneos (el caso más llamativo y exitoso pero en modo alguno único es sin duda Casablanca, de 1942), resultan prácticamente inevitables los mensajes de índole patriótica o intervencionista (dirigidos estos últimos al espectador norteamericano en el contexto del debate entre aislacionismo e intervencionismo) que contienen varias de estas películas. Así, en la citada La garra escarlata, cuya trama se desarrolla en Canadá, se alude explícitamente a este país como necesario eslabón geográfico, moral y espiritual en el entendimiento angloamericano; por otra parte, en Sherlock Holmes en Washington (1943) se aplaude abiertamente la participación norteamericana en el bando aliado, con manifiesta exaltación de los valores y principios que la democracia americana dice proclamar y defender. Tan burdo ejercicio de propaganda, hoy ridículo, no cabe ser considerado en absoluto banal. Ante un caso similar al de Casablanca, el de La señora Miniver (Mrs. Miniver, William Wyler, 1942), Winston Churchill llegó a afirmar que la película había hecho más por el esfuerzo bélico británico que toda una flotilla de destructores. Por otro lado, en un plano ajeno a la guerra, hay una nota curiosa que une la obra maestra de Michael Curtiz con la figura de Sherlock Holmes: de la misma manera que en Casablanca nunca se pronuncian dos frases que han pasado a la posteridad como propias de la película (“tócala otra vez, Sam” y “siempre nos quedará París”), el Sherlock Holmes de Conan Doyle nunca llega a decir una expresión que el cine ha convertido en personal e intransferible, su famoso “elemental, querido Watson”; sólo en dos ocasiones, al comienzo de El perro de Baskerville y en el relato La aventura del jorobado, Holmes recurre al término “elemental” en una formulación aproximada, pero no exacta.

Sherlock Holmes_Cushing_párrafo9Junto a Basil Rathbone, el otro rostro tradicionalmente identificado con Sherlock Holmes es el de Peter Cushing, y eso a pesar de que solamente encarnó al detective en una película, El perro de Baskerville (The hound of the Baskervilles, Terence Fisher, 1959). Su popularidad como Holmes se debe a tres factores. En primer lugar, el estreno de esta película en plena era del cine de terror producido por la compañía británica Hammer, en una serie de títulos que recuperaban las fuentes clásicas del terror cinematográfico (personajes como la Momia, el monstruo de Frankenstein, el conde Drácula, el doctor Jekyll y Mr. Hyde o el hombre lobo) y que destacaron por la cuidada ambientación, la elaborada recreación de atmósferas misteriosas e inquietantes, el excelente empleo de la fotografía en technicolor y también por la participación de un grupo de intérpretes carismáticos y reconocibles (el mismo Cushing, André Morell y, sobre todo, Christopher Lee). Además, Peter Cushing volvió a dar vida a Sherlock Holmes en dos ocasiones más para la televisión británica, primero en una serie emitida entre 1964 y 1968, y más tarde en el telefilme Sherlock Holmes y la máscara de la muerte (Sherlock Holmes and the masks of death, Roy Ward Baker, 1984), acompañado por John Mills. Por último, el ajustado encaje de la fisonomía de Cushing a la descripción literaria que Conan Doyle hace de su detective ha convertido al actor londinense en el favorito de los más veteranos seguidores de las películas holmesianas, al menos hasta la reciente irrupción de nuevas variantes televisivas. En el caso de esta versión de 1959 del misterio de los Baskerville, Cushing es Sherlock Holmes y Morell el doctor Watson, quedando para Christopher Lee el papel del heredero sir Henry Baskerville. Curiosamente, Lee interpretó poco después a Sherlock Holmes en la coproducción germano-británica, El collar de la muerte (Sherlock Holmes und das Halsband des Todes, 1962), codirigida también por Terence Fisher junto a Frank Winterstein, y que gira en torno a una reliquia de Cleopatra que trae de cabeza a Scotland Yard.

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La vida privada de Sherlock Holmes (Billy Wilder)

Los setenta son muy importantes en el ciclo de adaptaciones de las aventuras de Sherlock Holmes. Comienzan con la accidentada aunque espléndida aproximación al personaje que filma Billy Wilder, La vida privada de Sherlock Holmes (The private life of Sherlock Holmes, 1970), escrita por Wilder y su compinche I.A.L. Diamond a partir de la refundición de varias historias de Holmes y Watson y de cierta reinterpretación popular de los personajes, de sus aventuras y de su relación. Así, al mismo tiempo que resulta una versión canónica de las andanzas de la pareja en el Londres victoriano (en particular, se trata probablemente del mejor trabajo de dirección artística de cualquiera de las historias holmesianas en el cine; su recreación del 221B de Baker Street es para descubrirse), introduce a Mycroft (de nuevo Christopher Lee), el hermano de Holmes que trabaja para el gobierno británico bajo la tapadera del Club Diógenes, y reproduce con milimétrica exactitud la atmósfera, el ambiente y la caracterización interior y exterior de los inmortales personajes de Conan Doyle, ofrece una historia plenamente original en el marco del espionaje prebélico de la incipiente Gran Guerra que destaca por el empleo sin cortapisas del vitriólico humor wilderiano para mofarse de los tópicos más extendidos en torno a la caracterización del personaje. Unos lugares comunes de los que se queja airadamente el propio Holmes como si de un personaje real caricaturizado en los relatos de su amigo Watson se tratara; de hecho, habla amargamente del vestuario, de la pipa y de los experimentos químicos, de su rebajada solución de cocaína al siete por ciento y de la afición al violín con los que le identifican los lectores de Watson en el Strand Magazine, y que se ve obligado a utilizar para no decepcionar a sus seguidores. Wilder y Diamond ironizan sobre la relación de Holmes con las mujeres a través de la espía alemana que interpreta Geneviéve Page, e incluso sobre la presunta homosexualidad de Holmes y Watson en la excepcionalmente humorística apertura del filme en el ballet ruso y a las pretensiones de una célebre y entrada en años bailarina rusa por utilizar a Sherlock como donante de esperma. Comedia, una excepcional partitura de Miklós Rózsa, diálogos llenos de sarcasmo y un misterio a resolver de primer nivel y con una conclusión igualmente irónica y romántica (brillante colofón en el lago Ness, encadenando el mito holmesiano a la leyenda del famoso monstruo, haciendo de paso escarnio de algunas de las supuestas virtudes del carácter británico y mostrando cierta sensibilidad amorosa del detective) se unen en una película cuya realización fue largamente perseguida por Wilder pero que, salpicada de incidencias (por ejemplo la incapacidad del protagonista, Robert Stephens, actor de teatro, para adecuarse al ritmo de trabajo de un rodaje, su desánimo y su afición al alcohol) e inacabada en cuanto a resultado final (diversos problemas de montaje, abandonado sin más explicaciones por Wilder, con pérdida de tomas y de bandas de sonido han hecho que la versión conservada esté seriamente mutilada), constituyó una de sus mayores decepciones y abrió la puerta a una decadencia de varios (e injustificados) fracasos de crítica y público arrastrados durante la década que desembocaron en una prematura retirada del cine a principios de los ochenta. Sin embargo, vista hoy no es sólo seguramente la mejor adaptación a la pantalla del universo de Holmes y Watson en toda la historia del cine y la televisión (a pesar de o tal vez precisamente gracias a su intención irreverente), sino que también se trata de una de las mejores películas de la espléndida filmografía de Billy Wilder, repleta de películas notables y con un buen puñado de obras maestras en su haber.

La importancia añadida de la obra de Wilder radica en que, desde este momento, las adaptaciones de la obra de Conan Doyle transitarán por una de estas dos vías: la voluntad de fidelidad al texto literario y a la imagen tradicional del personaje o la introducción con mayor o menor fortuna de novedades, variantes, nuevas vertientes narrativas y reinvenciones de todo tipo.

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Asesinato por decreto

Así, en El detective y la doctora (They might be giants, Anthony Harvey, 1971) un paciente desequilibrado (George C. Scott) que se cree Sherlock Holmes arrastra a su psiquiatra, Mildred Watson (Joanne Woodward), por todo Manhattan tras las huellas de un supuesto profesor Moriarty; en El hermano más listo de Sherlock Holmes (The adventure of Sherlock Holmes’ smarter brother, Gene Wilder, 1975), un inventado Sigerson Holmes, después de treinta años a la sombra de su famoso hermano, se ve envuelto en un extraño juego de pistas, identidades falsas y líos de alcoba en una disparatada y absurda aventura en la que Gene Wilder está acompañado de Marty Feldman, Madeline Kahn y Don DeLuise; en Elemental, doctor Freud (The seven-per-cent solution, Herbert Ross, 1976), la historia juega con un hipotético encuentro entre Holmes, Watson y Sigmund Freud en el marco de un tratamiento para superar la adicción del detective a la cocaína, interrumpido por un extraño caso en el que está involucrada una de las pacientes del médico vienés; en The strange case of the end of the civilization as we know it (Joseph McGrath, 1977), protagonizada por el Monty Python John Cleese, lo que se produce es un enfrentamiento entre los nietos de Holmes y Moriarty. Paralelamente, también en este marco innovador pero más próximas al tratamiento literario del personaje, encontramos la película para televisión Sherlock Holmes en Nueva York (Sherlock Holmes in New York, Boris Sagal, 1976), con un reparto de lujo encabezado por Roger Moore, el cineasta John Huston, Patrick Macnee y Charlotte Rampling que no logra dignificar el conjunto; una enésima versión de El perro de los Baskerville (1978) con Peter Cook y el cómico Dudley Moore; y, fundamentalmente, una de las más efectivas adaptaciones del universo de Conan Doyle a la pantalla, Asesinato por decreto (Murder by decree, Bob Clark, 1979), por más que sorprenda aunando las aventuras de Holmes y Watson con los célebres crímenes de Jack el Destripador. Situada en 1888, Scotland Yard no tiene más remedio que acudir a Sherlock Holmes y al doctor Watson para esclarecer la identidad del famoso asesino de prostitutas de Whitechapel, en una investigación que comienza en lo ya conocido y se va complicando hasta involucrar a la alta sociedad londinense, la masonería y ciertos elementos de la familia real en una misteriosa conspiración. Christopher Plummer, James Mason, Susan Clark, David Hemmings, Anthony Quayle, John Gielgud, Donald Sutherland, Frank Finlay y Geneviève Bujold componen el excelente reparto de una película prometedora pero irregular, en última instancia fallida.

El Sherlock Holmes más tradicional queda para la televisión. Súbitamente, el inmortal detective de Arthur Conan Doyle parece abandonar definitivamente la gran pantalla para meterse en el salónsherlock_holmes_soviético_párrafo12 de casa a través de una serie de producciones de distintas nacionalidades que conservan y recrean las esencias más puras del personaje. En el mismo 1979, además de una breve serie norteamericana, comienzan las soberbias producciones televisivas soviéticas protagonizadas por Vasily Livanov y Vitali Solomin. Desde entonces y hasta 1986 se producirán cinco largometrajes televisivos que adaptan algunas de las narraciones más populares de Conan Doyle (por supuesto, El perro de los Baskerville, pero también Estudio en escarlata o El signo de los cuatro), y que destacan por el extremo cuidado en la adaptación literaria y el meticuloso perfeccionismo de una sobresaliente dirección artística que recrea a la perfección la Inglaterra victoriana sin salir de la Unión Soviética. Estados Unidos, Reino Unido y Australia son otros países que producen a mediados de los ochenta distintos programas televisivos sobre las aventuras de Sherlock Holmes, de nuevo con El perro de los Baskerville como título principal, y con la curiosidad de sherlock_holmes_granadatv_párrafo12ver a Frank Langella interpretando a Holmes en un telefilme de 1981. En este apartado destaca la producción británica de Granada TV protagonizada por Jeremy Brett y Edward Hardwicke, que durante diez años (1984-1994) ofrecerá más de veinte capítulos de sesenta minutos con adaptaciones de los relatos de Conan Doyle y una serie de capítulos especiales con duración de largometraje con los principales títulos protagonizados por Holmes y Watson. El respeto a la fuente literaria y la perfección británica en el tratamiento y traslado de clásicos de época a la pantalla hacen de la serie uno de los vehículos más fiables y disfrutables en el acercamiento a la figura de Sherlock Holmes desde la televisión. En el mismo año (1984), sin embargo, irrumpe en las pantallas occidentales la serie animada sobre Sherlock Holmes creada por el maestro japonés de la animación , y que hoy es casi un producto de culto para quienes eran niños a mediados de los ochenta. A lo largo de veintiséis capítulos, con los personajes encarnados en perros, los fascinantes casos creados por Conan Doyle venían salpicados de mucho humor, trepidante acción, finales sorprendentes y un estrafalario profesor Moriarty que anticipaba por mucho la actual moda del steampunk.

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Con todo, la película crucial de los ochenta, al menos en cuanto a nivel popular y por su contribución al mantenimiento del recuerdo y la vigencia de Holmes entre el gran público, especialmente entre los jóvenes, es El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, 1985). Dirigida por Barry Levinson pero producida por la factoría de Steven Spielberg y con guión de Chris Columbus, la historia fantasea con unos adolescentes Holmes y Watson que coinciden como alumnos de un internado londinense, donde forjan su larga amistad de años enfrentándose a un siniestro y desconcertante caso surgido de una sucesión de extrañas muertes cuyo móvil parece tener que ver con ancestrales rituales con origen en el Egipto antiguo. Entregada a todo tipo de excesos fantásticos y efectos especiales, la película respeta no obstante la esencia de los personajes de Conan Doyle, fabula con mucho ingenio y talento sobre el origen y el posterior desarrollo de su relación sin traicionar la naturaleza de Holmes y Watson ni sus rasgos principales. Magnífica en cuanto a puesta en escena, atmósfera y dirección artística, resulta asimismo brillante al desvelar una explicación alternativa a la eterna enemistad entre Moriarty y Holmes, apuntando a la ruptura de su vínculo de maestro y discípulo al situarse cada uno de ellos a un lado de la línea que divide el bien y el mal (excepcional resolución, la de esta cuestión, una vez concluidos los créditos finales, tal vez con vocación de continuidad en una secuela que nunca vio la luz). En suma, la obra es un perfecto producto de entretenimiento destinado a facilitar la exitosa aproximación del público joven a los personajes y la obra de Conan Doyle.

De finales de los ochenta es otra rareza holmesiana, Sin pistas (Without a clue, Thom Eberhardt, 1988). Se trata de una delicia semidesconocida que juega con la idea de un detective real, el doctorsherlock_holmes_sinpistas_párrafo14 John Watson (Ben Kingsley), que, debido a su nulo carisma, su poca empatía con la policía y su escaso atractivo físico, crea un personaje, Sherlock Holmes, para que encarne en sus relatos las aventuras que el propio Watson ha protagonizado en la realidad, y cuya narración publica puntualmente en el Strand Magazine londinense para el disfrute del público. El problema es que inventarse un cerebro contra el crimen exige encontrar alguien que lo encarne, y sólo tiene a mano a un actor vago, borrachín y mujeriego (Michael Caine) que por tanto es desordenado, indisciplinado y difícil de manejar. La película abarca así un triple plano: el plenamente investigador, con el robo de las planchas que utiliza el Tesoro Británico para imprimir las libras esterlinas; el juego realidad-ficción, con Watson como un personaje real que vive aventuras reales contadas en la prensa londinense pero cuyo protagonismo atribuye a un personaje de ficción inventado por él y encarnado por un actor contratado que sin embargo para el público es tan real como él mismo, o incluso, al poseer el atractivo del que Watson carece, más que él mismo; por último, la comedia pura, el choque de caracteres, la disparatada relación entre el auténtico detective, el doctor Watson, y el relaciones públicas que se ha buscado para vender su producto entre el público, Sherlock Holmes, y que produce una serie de momentos hilarantes repletos de torpezas, malos entendidos y dignos del mejor humor británico. Por si fuera poco, el reparto principal está acompañado de nombres como Jeffrey Jones, Paul Freeman o Nigel Davenport.

sherlock_holmes-charlton heston_párrafo15Los noventa son también eminentemente televisivos. La serie de Jeremy Brett y Edward Hardwicke compite con otra producción británica protagonizada por Christopher Lee y Patrick Macnee (1992). La gran sorpresa, además de la exótica Sherlock Holmes en Caracas (Juan Fresan, 1991), la constituye El crucifijo de sangre (The crucifer of blood, 1991), protagonizada por Charlton Heston con mayor solvencia de la esperada, y dirigida por su hijo Fraser. De inmensa tontería puede calificarse, en cambio, El regreso de Sherlock Holmes (1994 Baker Street: Sherlock Holmes returns, Kenneth Johnson, 1993), en la que el detective, una vez Moriarty ha sido vencido, inventa una fórmula para retrasar su envejecimiento y se traslada a la moderna ciudad de San Francisco, en la que combate el crimen ayudado por la doctora Winslow. Un absoluto engendro que, no obstante, no anda demasiado lejos (en cuanto a planteamiento; nada que ver en lo que se refiere al cuidado en la producción) de la actual serie televisiva Elementary que, protagonizada por Jonny Lee Miller y Lucy Liu, se emite desde 2012 y se sitúa en la Nueva York contemporánea. De la variopinta ensalada holmesiana en pantalla grande y pequeña de la segunda mitad de los noventa y de los inicios del siglo XXI (teleseries y películas de animación en Estados Unidos, Japón, Canadá y Reino Unido) destaca otra curiosidad, Ó xangô de Baker Street (Miguel Faria Jr., 2001), producción brasileña encabezada por los portugueses Joaquim de Almeida y Maria de Medeiros en la que Holmes y Watson viajan a Río de Janeiro para investigar la misteriosa desaparición de un violín propiedad de Sarah Berndhardt.

sherlock_holmes_BBC_párrafo16El siglo XXI sigue siendo plenamente holmesiano. Además de Elementary y del evidente uso por parte de los creadores de la serie House (2004-Sherlock_holmes-BBC2_párrafo162012) de la personalidad de Holmes como plantilla para la definición del médico protagonista, Guy Ritchie ha adaptado a la pantalla (en dos ocasiones, pronto en una tercera, y siempre con pésimos resultados) tebeos inspirados en Holmes y Watson. Media docena de películas televisivas (norteamericanas y británicas), en especial la interesante El extraño caso de Sherlock Holmes y Arthur Conan Doyle (The strange case of Sherlock Holmes & Arthur Conan Doyle, Cilla Ware, 2003), que habla de la relación entre el estudiante de medicina y escritor y su mentor universitario, el ya mencionado Joseph Bell, y que cuenta, entre otros, con Brian Cox y Emily Blunt en el reparto, preparan la llegada en 2009 del último hito holmesiano, la serie producida por la BBC que introduce a Holmes y Watson en el mundo actual. Benedict Cumberbatch y Martin Freeman son los protagonistas de una serie convertida en objeto instantáneo de culto cuya mayor virtud, además de las espléndidas interpretaciones, consiste en adaptar las historias de Sherlock Holmes a un mundo tecnológicamente avanzado a su plano temporal originario sin que se pervierta ni se adultere la naturaleza de los personajes ni, lo que es más importante, la construcción de las intrigas y de su resolución, aunque convenientemente adaptados al contexto de la modernidad y al empleo de los medios tecnológicos actuales. Ingeniosamente creativa y repleta de humor, Cumberbatch y Freeman se han convertido en indiscutibles iconos televisivos, y garantizan con nuevas entregas la pervivencia del mito de Sherlock Holmes durante mucho tiempo.

sherlock_holmes_garci_párrafo17Todo lo contrario que la bochornosa Holmes & Watson. Madrid days (José Luis Garci, 2012), horrible, ridícula, penosa película que no hace honor ni a los personajes ni a Conan Doyle ni a la cinefilia de su director, tan imprescindible como escritor de libros de cine y divulgador de la etapa del Hollywood clásico como olvidable en lo que a sus últimos años de carrera como cineasta se refiere. Mucho más presentable pero irregular en cuanto a tono y contenido, Mr. Holmes (Bill Condon, 2015) presenta a un detective (Ian McKellen) ya anciano (Watson ya ha fallecido), retirado en el campo y dedicado a la apicultura que empieza a sufrir pérdidas de memoria al tiempo que intenta resolver un último caso.

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Las futuras temporadas de serie de la BBC y la nueva película de Guy Ritchie, por más que sus adaptaciones de tebeos con Robert Downing Jr. y Jude Law dejen bastante que desear, proyectan la larga sombra de Sherlock Holmes en los próximos años. No puede ser de otra manera ya que las historias de Holmes y Watson, esos Don Quijote y Sancho británicos, y sus posibles variantes (en la nómina de relatos de Holmes y Watson las obras escritas por el propio Conan Doyle son ya minoría) son inagotables, imperecederas, irrenunciables, un lugar al que siempre es bueno y conveniente volver. Porque, como el autor escocés puso en labios de su detective, “cuando se elimina lo imposible, lo que queda, por muy improbable que parezca, debe de ser la verdad”.

 

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