Casta Diva

Por María Dolores Tolosa

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Llegó el gran día, Ahí están, esperándome, mis compañeros, la escena preparada, la orquesta. Atrás quedaron los ensayos, las interminables sesiones de preparación. Y los años de estudio y de lucha sin cuartel contra la oposición de los míos.

—De ninguna manera. Quítatelo de la cabeza. Solo los que son verdaderamente extraordinarios pueden vivir de la música. Tú lo que tienes que hacer es estudiar. Dedícate a los libros y haz una carrera que te asegure un buen porvenir. La música es para los trotamundos.

Lo que no sabían era que, precisamente, esa palabra despertaba en mí los mayores anhelos. Trotar por el mundo. Viajar. Conocer gentes, países, sitios diferentes a mi pequeño planeta cotidiano. Y mientras soñaba, cantaba. Cantaba las tonadillas de doña Concha Piquer, “Picadita de viruela”, “La vecinita de enfrente”, que escuchábamos por la radio o aprendía las romanzas de zarzuela en el viejo tocadiscos. Mi favorita era “La carta” de Gigantes y Cabezudos”. Me imaginaba como Pilar intentando leer, sin saber, la misiva de su novio desde la lejana Cuba. Tiernas imágenes de tiernos años.

En el Instituto la clase de música está llena de sillas de pala, presidida por el piano vertical y la humilde banqueta que soporta estoicamente los cien kilos de doña Concha.

Las alumnas solfeamos las lecciones, aburrido ejercicio imprescindible para leer y entonar la notación musical. Las canciones eran otra cosa. Tras el sacrificio llega la recompensa: un pequeño repertorio de cantos populares en versión polifónica.

Aquel miércoles, víspera de vacaciones, doña Concha nos propone algo que despierta en todas y cada una de nosotras una maravillosa expectativa: Vamos a participar en un congreso de coros escolares con otros muchos institutos de España. El evento será en Barcelona, nada menos que en el Liceo. A final de curso. Tenemos todo un trimestre para prepararnos; con clases extra, eso sí. Pero hay un pero…No toda la clase va a poder ir. Será necesario hacer una selección con las mejores voces.

Sufro un pequeño ataque de vanidad: yo canto bien, estoy segura. Tengo que ser seleccionada. Tengo que ir a Barcelona.

Y así es: estoy entre las veinte niñas que disfrutarán de la experiencia.

Doña Concha nos ha prohibido cantar durante el viaje. Hay que preservar las gargantas. Distraemos las horas de carretera con nuestros tebeos: el Pulgarcito, el Jaimito y sus deliciosas historietas de héroes infelices y patosos o el Claro de Luna que escenifica las canciones de moda.

El mar está gris. El cielo aparece cubierto de nubes. Las chimeneas de los barcos y las grúas del puerto rompen el horizonte. Mi primera mirada al Mediterráneo echa por tierra la imagen romántica de verde esmeralda, espumas de nácar y azul luminoso.

Nos alojamos en una residencia femenina en Valvidriera. Es un ambiente completamente nuevo para mí, que nunca antes he salido de vacaciones con mis padres. Me parece una especie de hotel con un enorme comedor y bandejas de autoservicio. Las habitaciones comunitarias con tres literas dobles en cada una. También va a ser la primera vez que comparta mi cuarto con alguien y mi primera noche fuera de casa. La emoción me mantiene despierta mucho rato. Oigo una campana lejana, unos perros que ladran y el silbido del viento que se cuela a través de las ventanas entreabiertas.

A la mañana siguiente nos aseamos y desayunamos de nuevo en el gran comedor, leche con bollos. No me gusta la leche sola y, por suerte, nos sirven en unas bandejas unos sobrecitos de cacao en polvo.

El autobús nos deja a la puerta del Liceo. Vamos a tener ensayo general.

Los grupos participantes se mueven inquietos en las butacas esperando su turno. Parece una buena idea esta primera toma de contacto con el escenario. Mañana no nos resultará desconocido y estaremos más tranquilas. Al menos eso nos dice doña Concha para infundirnos confianza.

Delante de nuestra fila, el coro del instituto masculino de Ceuta. Dos chicos con acento andaluz se giran hacia nosotras y entablan rápida conversación con algunas de mis compañeras. Yo no participo, estoy demasiado nerviosa. Pero me quedo con sus nombres: Justo y Ramón. Yo escuetamente les digo el mío: María.

Y por fin llega el domingo. Una mañana espléndida con una ligera brisa para dar ánimo a nuestros ya excitados corazones. Todas llevamos falda azul marino, blusa blanca y una beca roja con el distintivo de nuestro instituto: el Miguel Servet de Zaragoza. Actuamos en cuarto lugar. A los de Ceuta les han adjudicado el segundo. Después de su actuación, Justo nos susurra mientras nosotras ya nos estamos situando entre bambalinas:

—Nada, chicas: no pasa nada. Desde ahí no se ve a la gente es como si no hubiera nadie. Suerte y a por ellos. María, te va a salir genial.

Se dice fácil, pero yo sé que la sala está llena. Han venido muchas familias, la mía no.

¿Y si olvido la letra del solo que tengo que cantar? ¿Y si no me sale la voz? Pero Justo, el ceutí, tenía razón: Los focos nos inundan con su luz y apenas se distingue una masa oscura ante nosotras. Iniciamos nuestro pequeño concierto: “¡Ay linda amiga!” anónimo del siglo XVI. “En toda la quintana” popular de Asturias. Y el solo, mi primer solo, me sale sin ninguna dificultad, metida de lleno a pregonera del triste suceso: “En toda la quintana ya no hay quien baile, que murió la zagala mejor del valle”. Terminamos con una parte versionada de la jota de “La Dolores”, la famosa ópera del maestro Bretón, en la que el coro demuestra su entusiasmo maño.

Todo pasa como en un sueño, los aplausos, la algarabía juvenil recibiendo en la calle las felicitaciones de allegados y simpatizantes.

Doña Conche propone:

—Habrá que ver algo de Barcelona. Vamos a la Catedral.

En la plaza están bailando sardanas. Observamos el lento circular de los bailarines con sus manos unidas, como una rueda solidaria. Me fijo en los pasos, no parece difícil. Algunas chicas nos animamos a intentarlo. Cuando lo estamos pasando mejor, nuestra profesora nos recuerda que hay que ir a comer, son más de las dos.

Volvemos al autobús que nos lleva al Pueblo Español, y allí volvemos a reunirnos con los otros coros. No sé si nos han buscado o es la casualidad la que hace que coincidamos con los chicos de Ceuta junto a las largas mesas servidas con fiambres, panecillos y refrescos.

No puede haber comida festiva sin baile, aunque los profesores no están por la labor de hacer más horas extras que las que aún les restan hasta sus respectivos destinos. De modo que a falta de orquesta, radiocasette o cualquier otro instrumento verbenero improvisamos la Conga de Jalisco. La enorme fila serpentea por entre los espacios libres, chicos y mayores, todos unidos por la cintura, levantando las piernas como un enorme ciempiés, al compás del sonsonete.

También mi primera conga multitudinaria. Y mi primer beso de despedida, amistoso y casto, de Justo, un chico que no volveré a ver más. Lástima, solo recuerdo de él su nombre y que tenía los ojos como ese Mediterráneo del que me quedé prendada a mis trece tiernos años.

Y ahora sí, ahí están todos, esperándome: mis compañeros, la escena, la orquesta, mi familia, mis amigos, el público.

Pero yo ya no soy María, soy Norma. La Norma de Bellinni.

Llegó el gran día, Ahí están, esperándome, mis compañeros, la escena preparada, la orquesta. Atrás quedaron los ensayos, las interminables sesiones de preparación. Y los años de estudio y de lucha sin cuartel contra la oposición de los míos.

—De ninguna manera. Quítatelo de la cabeza. Solo los que son verdaderamente extraordinarios pueden vivir de la música. Tú lo que tienes que hacer es estudiar. Dedícate a los libros y haz una carrera que te asegure un buen porvenir. La música es para los trotamundos.

Lo que no sabían era que, precisamente, esa palabra despertaba en mí los mayores anhelos. Trotar por el mundo. Viajar. Conocer gentes, países, sitios diferentes a mi pequeño planeta cotidiano. Y mientras soñaba, cantaba. Cantaba las tonadillas de doña Concha Piquer, “Picadita de viruela”, “La vecinita de enfrente”, que escuchábamos por la radio o aprendía las romanzas de zarzuela en el viejo tocadiscos. Mi favorita era “La carta” de Gigantes y Cabezudos”. Me imaginaba como Pilar intentando leer, sin saber, la misiva de su novio desde la lejana Cuba. Tiernas imágenes de tiernos años.

En el Instituto la clase de música está llena de sillas de pala, presidida por el piano vertical y la humilde banqueta que soporta estoicamente los cien kilos de doña Concha.

Las alumnas solfeamos las lecciones, aburrido ejercicio imprescindible para leer y entonar la notación musical. Las canciones eran otra cosa. Tras el sacrificio llega la recompensa: un pequeño repertorio de cantos populares en versión polifónica.

Aquel miércoles, víspera de vacaciones, doña Concha nos propone algo que despierta en todas y cada una de nosotras una maravillosa expectativa: Vamos a participar en un congreso de coros escolares con otros muchos institutos de España. El evento será en Barcelona, nada menos que en el Liceo. A final de curso. Tenemos todo un trimestre para prepararnos; con clases extra, eso sí. Pero hay un pero…No toda la clase va a poder ir. Será necesario hacer una selección con las mejores voces.

Sufro un pequeño ataque de vanidad: yo canto bien, estoy segura. Tengo que ser seleccionada. Tengo que ir a Barcelona.

Y así es: estoy entre las veinte niñas que disfrutarán de la experiencia.

Doña Concha nos ha prohibido cantar durante el viaje. Hay que preservar las gargantas. Distraemos las horas de carretera con nuestros tebeos: el Pulgarcito, el Jaimito y sus deliciosas historietas de héroes infelices y patosos o el Claro de Luna que escenifica las canciones de moda.

El mar está gris. El cielo aparece cubierto de nubes. Las chimeneas de los barcos y las grúas del puerto rompen el horizonte. Mi primera mirada al Mediterráneo echa por tierra la imagen romántica de verde esmeralda, espumas de nácar y azul luminoso.

Nos alojamos en una residencia femenina en Valvidriera. Es un ambiente completamente nuevo para mí, que nunca antes he salido de vacaciones con mis padres. Me parece una especie de hotel con un enorme comedor y bandejas de autoservicio. Las habitaciones comunitarias con tres literas dobles en cada una. También va a ser la primera vez que comparta mi cuarto con alguien y mi primera noche fuera de casa. La emoción me mantiene despierta mucho rato. Oigo una campana lejana, unos perros que ladran y el silbido del viento que se cuela a través de las ventanas entreabiertas.

A la mañana siguiente nos aseamos y desayunamos de nuevo en el gran comedor, leche con bollos. No me gusta la leche sola y, por suerte, nos sirven en unas bandejas unos sobrecitos de cacao en polvo.

El autobús nos deja a la puerta del Liceo. Vamos a tener ensayo general.

Los grupos participantes se mueven inquietos en las butacas esperando su turno. Parece una buena idea esta primera toma de contacto con el escenario. Mañana no nos resultará desconocido y estaremos más tranquilas. Al menos eso nos dice doña Concha para infundirnos confianza.

Delante de nuestra fila, el coro del instituto masculino de Ceuta. Dos chicos con acento andaluz se giran hacia nosotras y entablan rápida conversación con algunas de mis compañeras. Yo no participo, estoy demasiado nerviosa. Pero me quedo con sus nombres: Justo y Ramón. Yo escuetamente les digo el mío: María.

Y por fin llega el domingo. Una mañana espléndida con una ligera brisa para dar ánimo a nuestros ya excitados corazones. Todas llevamos falda azul marino, blusa blanca y una beca roja con el distintivo de nuestro instituto: El Miguel Servet de Zaragoza. Actuamos en cuarto lugar. A los de Ceuta les han adjudicado el segundo. Después de su actuación, Justo nos susurra mientras nosotras ya nos estamos situando entre bambalinas:

—Nada, chicas: no pasa nada. Desde ahí no se ve a la gente es como si no hubiera nadie. Suerte y a por ellos. María, te va a salir genial.

Se dice fácil, pero yo sé que la sala está llena. Han venido muchas familias, la mía no.

¿Y si olvido la letra del solo que tengo que cantar? ¿Y si no me sale la voz? Pero Justo, el ceutí, tenía razón: Los focos nos inundan con su luz y apenas se distingue una masa oscura ante nosotras. Iniciamos nuestro pequeño concierto: “¡Ay linda amiga!” anónimo del siglo XVI. “En toda la quintana” popular de Asturias. Y el solo, mi primer solo, me sale sin ninguna dificultad, metida de lleno a pregonera del triste suceso: “En toda la quintana ya no hay quien baile, que murió la zagala mejor del valle”. Terminamos con una parte versionada de la jota de “La Dolores”, la famosa ópera del maestro Bretón, en la que el coro demuestra su entusiasmo maño.

Todo pasa como en un sueño, los aplausos, la algarabía juvenil recibiendo en la calle las felicitaciones de allegados y simpatizantes.

Doña Conche propone:

—Habrá que ver algo de Barcelona. Vamos a la Catedral.

En la plaza están bailando sardanas. Observamos el lento circular de los bailarines con sus manos unidas, como una rueda solidaria. Me fijo en los pasos, no parece difícil. Algunas chicas nos animamos a intentarlo. Cuando lo estamos pasando mejor, nuestra profesora nos recuerda que hay que ir a comer, son más de las dos.

Volvemos al autobús que nos lleva al Pueblo Español, y allí volvemos a reunirnos con los otros coros. No sé si nos han buscado o es la casualidad la que hace que coincidamos con los chicos de Ceuta junto a las largas mesas servidas con fiambres, panecillos y refrescos.

No puede haber comida festiva sin baile, aunque los profesores no están por la labor de hacer más horas extras que las que aún les restan hasta sus respectivos destinos. De modo que a falta de orquesta, radiocasette o cualquier otro instrumento verbenero improvisamos la Conga de Jalisco. La enorme fila serpentea por entre los espacios libres, chicos y mayores, todos unidos por la cintura, levantando las piernas como un enorme ciempiés, al compás del sonsonete.

También mi primera conga multitudinaria. Y mi primer beso de despedida, amistoso y casto, de Justo, un chico que no volveré a ver más. Lástima, solo recuerdo de él su nombre y que tenía los ojos como ese Mediterráneo del que me quedé prendada a mis trece tiernos años.

Y ahora sí, ahí están todos, esperándome: mis compañeros, la escena, la orquesta, mi familia, mis amigos, el público.

Pero yo ya no soy María, soy Norma. La Norma de Bellinni.

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