Carlos Tundidor

Las cuatro estaciones en el río Gallo

Por Carlos Tundidor

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PRIMAVERA

 

            —¿Has vuelto? Mentiría si dijera que te esperaba, pero me alegra verte. Hace mucho de tu última visita. Me flojea la memoria, debe de ser por la edad, recuerdo mejor tu llegada por primera vez. Eras un crío, podrías tener diez u once años. Llegaste en bici, con un puñado de chicos y chicas, bueno chicas solo había una, Almudena creo que se llamaba ¿no? Mientras los demás subieron al alto en una escapada frenética, dejando las bicicletas a vuestro cuidado, vosotros, Almudena y tú, os metisteis en mis aguas, frías a pesar de ser primeros de junio. Las aguas del Gallo siempre han tenido fama de ser santuario de cangrejos de los buenos, de los autóctonos, con eso queda dicho todo con respecto a su pureza y transparencia. Ahora quedan pocos, la enfermedad y los de fuera, esos americanos bastardos, se los han llevado a casi todos. Todavía hay parajes escondidos dónde corretean por mi lecho pero… ¿Vas recordando?, al salir del agua os tumbasteis en las piedras calientes por el sol, no había prisa, el griterío del resto se escuchaba entre las paredes del barranco denunciando que todavía no habían llegado a la cresta.

           

—¿No te apetecía subir arriba con tus amigos?

            —Quería estar contigo, Almudena. Me tendré que ir a Guadalajara cuando acabe el curso y deseaba…

           

La pierna de la muchacha se movió en la piedra y rozó la de Alfonso. El muchacho estaba en calzoncillos y la falda de la chiquilla había subido muy arriba. La piel estaba caliente, la respiración de los dos chavales se agitó proporcionalmente al desasosiego generado por la confesión y por el roce. El chaval torció la cabeza hacia la izquierda, se encontró con la de la chica que miraba con sus grandes ojos verdes. Cerró los ojos y la arrastró unos centímetros, los justos para que sus labios encontraran los de Almudena y ahí se quedaron, quietos, como si mover un dedo supusiera el fin del mundo, de esa magia que hacía temblar de emoción y de ansiedad.

—Ni siquiera os movisteis cuando el griterío revoloteó a pocos metros vuestros. Mis aguas acariciaban tu pie y una mano de tu compañera. Los chavales, contentos de haber encontrado tema para la diversión se pusieron a cantar a coro: ‛Almudena y Alfonso son novios, son novios…’. Tardasteis en moveros. Tampoco lo negasteis. ¡Para qué! No iban a callar por ello. Lo inteligente era no protestar, esperar a que les diera por otra cosa que tampoco tardó en llegar: el chapuzón de los cuatro a la vez. Y vuestras piernas, en la piedra caliente de mi ribera, tornaron a juntarse.

           

—¡Hablando con un río, debo de estar lelo! Me cuesta trabajo volver a la niñez pero sí, me veo en esa piedra, aún estará por ahí ¿no? El mes se me pasó en un soplo. Molina se me antojó el más bonito de los pueblos a partir de entonces; la villa, en las lindes de Aragón de ahí el nombre, había sido mi residencia el tiempo que duró el traslado de mis padres. Mi padre era sargento de la guardia civil y mi madre, mis hermanos, unos pocos muebles y yo íbamos con él a todos los sitios que una extraña y lejana señora, la que conocíamos como Comandancia, decidía cada cierto tiempo. La estrella de teniente le había llegado y con ella la ansiada recompensa: el traslado a la capital de la provincia.

           

—Me caíste bien. Tampoco creas que me fijo en todos los que pasan por el paraje de la ermita, demasiados son los que se extasían con el conjunto de mis aguas limpias y rápidas, de mis arboledas frondosas, de las paredes del barranco que me encajonan. Pero en ti sí, me fijé, fue por ello por lo que te reconocí cuando volviste. Tardaste mucho, déjame contar…debió ser como siete u ocho años. Fue un mes de julio, hacía calor y también fue con la misma niña, ahora una espléndida mujer…

 

 

VERANO

           

Era pasado mediodía. Las aguas del Gallo culebreaban con los escasos rayos de sol que traspasaban las copas y la estrecha cicatriz de la hoz. Dos personas se bañaban en sus aguas y chapoteaban alegremente. Apoyadas en uno de los grandes álamos, dos bicicletas se acariciaban con el mismo fervor que lo hacían los dos muchachos del río. A pesar de la vegetación hacía calor. El paraje se encontraba solitario, tan solo los dos bañistas dejaban constancia. A la salida del agua buscaron uno de los pocos lugares en donde diera el sol y se tumbaron. Con rapidez, las piernas se buscaron y enroscaron, la desnudez de ambos sonó gloriosa en un cántico triunfal mientras que la adolescencia encorsetada se liberaba de ataduras gritando, muy alto y callado, libertad. Jamás podían suponer como ésta podía llegar a ser tan maravillosa en las pieles de unos muchachos de dieciocho años. Las virginidades de ambos, tan escondidas, se perdieron para siempre en el sendero excitante y dichoso del amor.

—Te prometo, Almudena, que serás mi mujer si me dices que sí.

            —Llevo siete años esperándote, Alfonso. Fíjate si te quiero que aunque me negaras más encuentros sería feliz solo por haberte tenido hoy.

            —En dos años acabaré los estudios, hablaré con tus padres para que podamos ser novios. También yo tenía necesidad, un deseo infinito de volverte a ver.

           

—No os distéis cuenta pero os acaricié nuevamente. No perdí la memoria de vuestros rostros, los fijé en la profundidad de mis aguas y os contemplé, contemplé cómo vuestros cuerpos desnudos se volvían a juntar y volvían a erguirse en libertad.

           

Callaron las aguas. El silencio dio paso al recuerdo. Una semana escasa transcurrió antes de que la noticia llegase: unos generales despóticos, creyéndose salvadores de la Patria —de esa clase de salvadores que solo quieren amasar fortunas y privilegios aunque ello tengan que causar un millón de muertos— se revolvieron contra el orden establecido, contra el orden democrático de una República que quería salir de las cavernas y del clericalismo. Y volvió el país al frío, al hambre y a la desolación. Las aguas del río, por aquel entonces, lloraron de rabia. No pudo hacer otra cosa, el llanto acrecentó sus caudales en el invierno de manera desmesurada. Recordaba muy bien los húmedos cuerpos de sus dos amigos preguntándose en dónde podían estar, si los volvería a ver, si volverían a bañarse juntos. Pasaron cientos, miles de personas por sus aguas, por el frescor de sus umbrías, desaparecieron los rosados cangrejos, fueron a menos las procesiones anuales y nunca vio a ninguno de los dos, ni por separado ni mucho menos juntos.

OTOÑO

 

—Esta vez fue a principios de octubre, pero muchos años después, cuarenta exactamente. Lo sabía porque el día anterior una hoja de periódico me dijo la fecha. Apenas os conocí. Lo pude hacer porque escuché vuestros nombres un par de veces y la memoria todavía la tenía buena. ¡Son ellos!, me dije, más talluditos pero ellos. Os miré con atención antes de saludaros con un abrazo. Tú, Alfonso, estabas delgado, fuerte, las huellas del tiempo habían sido benévolas y respirabas fuerza y salud. Abrazabas a Almudena como si ésta se fuera a escapar. Pero no, se encontraba feliz en sus brazos, de eso no había la menor duda. La madurez había redondeado su figura dotándola de una belleza serena. También los años se habían portado, las carnes seguían siendo prietas y tersas. Si acaso en la mirada, radiante ahora, se percibía —mirando hondo, muy hondo— huellas de una larga y profunda tristeza. Las piedras calientes siguieron siendo vuestro lecho.

—El mismo río, el mismo sitio, las mismas personas enamoradas…

            —Pero cuarenta años después, Alfonso.

            —Y la misma pasión. Como si no hubieran pasado. ¡Cuánto te he echado de menos! ¡Maldita asonada fascista! La riada de la movilización se me llevó por delante. Participé en todas las batallas importantes, en la de Madrid primero, luego en Teruel, finalmente en el Ebro. A mi padre lo habían fusilado sin contemplaciones ni juicios: ¡un teniente de la guardia civil fiel a la República! Seguí luchando contra los nazis en la Francia ocupada. A pesar de la victoria no pude volver. Te escribí a la dirección que sabía pero vinieron devueltas las cartas. En los primeros años me jugaba la vida, luego el trabajo, el exilio, la creencia de que tú me habías olvidado hizo que siguiera en Francia.

            —No lo hice. Permanecí en Molina durante los años de la guerra. Después me trasladé a Madrid con mis padres. Yo también te busqué. Indagué, me horroricé ante la idea de que hubieras muerto. Prefería mil veces que estuvieras en los brazos de otra mujer antes que ubicarte en una lista de desaparecidos. Y seguí esperando…

           

—A pesar de que el verano había pasado hacía calor y, de nuevo, ese día, os tuve en el vientre de mis aguas y volví a saber lo que era un día feliz de verdad. Escuché las dos historias, unas historias separadas por cuarenta años y unidas de nuevo por vuestro amor. Fui feliz. Todo lo feliz que puede ser un río al que le faltan los cangrejos y muchas de sus truchas. Gocé con vuestros abrazos, pusisteis la misma pasión que la de juventud, si no más. Era martes y, a pesar de las fechas y el calor, la serranía estaba vacía de domingueros. Pocas personas pudieron distraer vuestros besos. De todas formas, a vosotros os importaba poco. Pasó ese día y al siguiente ya no supe de vosotros, otra vez las fechas pasaron desmayadas, aburridas. El otoño melancólico dejó paso a un invierno gélido, a una primavera sosa y a otro verano pendiente de vuestra visita…

           

—Pero no fui, no fuimos. Al día siguiente volvimos a Madrid. Fue poco tiempo pero si hay paraísos en la tierra puedo jurar que lo tuve. Seis meses, seis meses nada más. Al séptimo le detectaron un tumor cerebral y se marchó en un suspiro. Pero quiero recordar esos meses llenos de fuego, de vida, aprobando asignaturas pendientes, con ella de la mano por calles, por ciudades, por otros ríos…, aunque prometimos volver al nuestro, contigo. Al final de la siguiente primavera se marchó, el último beso nos lo dimos mientras moría. Creo que lo hizo contenta a pesar de todo. No quiso sedación, quería estar mirándome, hablándome, alegre como un pájaro. Su último gorjeo fue una semana antes de la entrada en el verano. Cuarenta años para poder encontrarnos de nuevo y nueve meses escasos de encuentro.

           

INVIERNO

 

Callaron los dos, el río y el hombre. En el recodo que el Gallo hace, enfrente del comienzo de los quinientos y pico escalones de piedra que suben a lo alto del barranco, un anciano estaba sentado al pie de las aguas limpias y frías del río de la serranía. Bajaban bravas, los meses de otoño y el principio de invierno había llovido mucho y en esos días primerizos de Marzo era cuando más caudales aportaba al vecino Tajo, allá por el puente de San Pedro. Se le notaba suelto en la conversación, ágil de ideas, todavía ligero de movimientos. El río contestaba con su ronco rumor a sus palabras. Llevaban tiempo los dos allí, uno miles de años, el otro mucho menos, eso sí, había llegado cuando el sol no llegaba al cenit y hacía mucho que las sombras precursoras de una nueva noche habían llegado despacio, en silencio. Las arrugas del rostro denunciaban muchos años aunque la viveza en los gestos de las manos, la firmeza de la voz, la recta posición de la espalda cuando se levantó aventurasen una fortaleza mayor que la que prometían los surcos de su frente.

 

—Y aquí estoy de nuevo. Tú y yo, solos. Ahora es cuando entiendo que no, no estoy lelo al hablarte ni tampoco al escuchar tus susurros. Debemos estar acostumbrados a nuestras soledades. Seguirás contemplando el paso de chiquillos en bicicleta mientras se musitan dulces promesas, algún día esos feos cangrejos negros serán erradicados por los de siempre y volverá la alegría a colorear tu lecho. ¡Cuántas barbaridades hacemos solo porque nos creemos reyes! ¡Cuándo nos creeremos súbditos sin dueños! Se hace tarde, viejo, me tendré que ir, lo que ocurre es que no quiero volver, me gustaría quedarme, seguir recordando…

El viejo se irguió. Era alto, delgado, lo hizo con una energía envidiable para su edad. El día había sido soleado y sin aire pero la tarde, una tarde que se convertía rápidamente en noche, se estaba volviendo fresca. El sonido de las ramas al chocar con el viento pareció que terciara en la conversación del río y del viejo.

 

—¿Cuánto tiempo tendré que esperar a tu nueva visita, cuarenta años más? Yo puedo aguantar, a pesar de los disparates de algunos de tus congéneres, seguiré llevando caudal al Tajo cercano y continuarán mis aguas disfrutando de vida aunque ésta sea cada vez más escasa. Pero tú, amigo, tú no aguantarás tanto tiempo. ¿Qué vamos a hacer?

Volvió el silencio. El río no se percató de la sonrisa de inteligencia que mudó el rostro del anciano cuando acabó de hablar. La mirada fue cambiando, de abstraída y ausente pasó a brillante y alegre. Despacio, muy despacio, Alfonso fue quitándose la ropa plegándola despacio en el recodo. Luego colocó los zapatos encima a manera de contrapeso. El viento cesó de repente, los trinos de los pájaros callaron de golpe y el agua apagó el murmullo de su conversación. Perezosa y lánguidamente, el anciano se fue introduciendo en el agua y esta le acarició, mansa y tierna, adivinando su intención. Las aguas se abrieron como una gran colcha para acogerle con cariño. Si el viejo hubiera querido mirar en la profundidad del río hubiera visto que dos lagrimones engrosaban el caudal. Pero Alfonso había cerrado los ojos y se dejaba llevar sin resistencia aguas abajo.

 

—Aliviaremos nuestras soledades, no te preocupes, tendrás mi compañía hasta donde yo muero. Sueña con esas caricias nuevamente y duerme, descansa un poco amigo mío.

 

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