José Antonio Prades

Nada es onírico

Por José Antonio Prades

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Dedicado a Lulú, por tantos motivos…

 

 

 

 

Mujer morena, mujer que espera a un hombre junto al ventanal. Su misterio fue leyenda en tiempos pasados. Ahora ya no retumba porque se apartó para la espera.

Él llega y la abraza desde atrás. Ella vuelve la cara y le besa en los labios, un beso de almíbar, humedecido, que desprende aroma a un perfume que envolvió los encuentros hace cuarenta años. Hoy de nuevo. Azur.

Cuarenta puede ser un número arcano, lleno de posibilidades que los universos paralelos manejan para unir a los amantes. Cuarenta años y una nebulosa que quiere ser galaxia, atrasos de sucesos que llevan a la más profunda historia de amor jamás vivida.

Él, David, sigue en silencio mirando al horizonte mientras abraza sus brazos. Los acaricia suave y siente su estremecimiento. Y le cuenta, en ese arrebato de sentir con la entraña abierta para saborear la sensación, que está volviendo a ser aquel muchacho que la iba a buscar al trabajo y se sentaba en el pretil para verla desde la calle, con el río detrás, haciéndole muecas para sonrojarla.  Le dice que ha descubierto en estos días la capacidad de amar y de dejarse amar; que está aprendiendo a sentir con paciencia confiando en que puede haber felicidad sin tener que mirar al pasado, que puede haber felicidad dejando apagada la mente, dejando oculto el pensamiento mientras el corazón se alarga más allá del cuerpo con tentáculos que mueven las sonrisas.

Chantal, después de mirar a la luna como si fuera su propia luz, le dice que es una mujer huidiza, rebelde, una mujer solitaria, que unas veces corre para alcanzar las estrellas y otras para romper las convenciones y vivir en el momento. Que todo fluye para converger en el día a día, carpe diem, confiando en que cada segundo crea el futuro. Le dice que le gusta viajar junto a él, que el mundo se le hace pequeño a su lado, que lo mira cuando está al volante y que es como si su aura se alargara y quisiera acercarse a sus hombros para convertirse en la mitad que siempre irá con él.

Pero nadie dijo que iba a ser fácil. Son los dos seres que luchan interiormente con los fantasmas que se les apoderan. Se han dicho, da igual quién, que lo que les pasa en pareja no es sólo en pareja, sino con la vida en general, que eso demuestra la consistencia del sentimiento, que todo es palpable… Pero los duendes de las dudas los asaltan y consiguen embrujarlos. Se ofrecen una realidad vital, se ofrecen caricias de amor, se ofrecen unirse con belleza, pasión y placer, sin necesidad de esconder nada. Se brindan proyectos, instantes mágicos que conviertan los días en años. Se contagian felicidad. Bonito es que te amen… pero más aún, mil veces mil, es amar… y sin condiciones…

Y es ahora David quien le dice:

“Eres tan bonita. Eres tan delicada y a la vez tan valiente.  Eres tan frágil y a la vez tan fuerte.  Tan dulce, tan dulce, tan dulce.  Tienes tanta ternura que tus ojos se deshacen cuando ríes y cuando lloras porque el alma desborda tu cuerpo. Es prodigioso sentirme compañero en tu interior, cada vez más dentro de ti y tú dentro de mí, como dos bolas de energía que se fusionan para conseguir ser más que dos seres unidos. Los gestos o las miradas o los latidos del corazón, dan la visión real de lo que nos está ocurriendo… Nada es onírico, todo se puede palpar. Tenemos alquimia, somos alquimistas, nos entendemos para actuar con sólo mirarnos. Es una fuente que nos está transformando por dentro… y por fuera.  Hay tanto que hacer juntos…”

Reciben señales de que todo marcha bien y además se convierten a veces en avisos para ir más deprisa, quizá.  Tantas coincidencias, tantas sincronías… Están desbordados y el universo confabula para seguir más y más adelante.

Nada escrito puede expresar lo que sintió David, no sólo de esa primera vez, pero también de esa primera vez en la que, con la naturalidad de quienes se conocen desde hace cuarenta años o cuarenta vidas, unen sus cuerpos a la vez que sus esencias en una fusión lenta y medida. Hubo delicadeza en ese proceso de confabulación que fueron creando poco a poco, como dioses engalanados que se procuraban un incendio de sentimientos para encontrarse con el otro. David entró en Chantal con respeto, tensando con suavidad cada segundo en el que la expectación se convertía en deseo de sentir.  La percibió como una sacerdotisa que cumple con el rito de la entrega más profunda, más entera, más intensa.  Quiso que el momento se guardara en la memoria de los amores pleno y natural, tal como los juegos y risas que les habían llevado hasta esa unión que no buscaron. Fueron sus cuerpos el cauce para llegar hasta el fondo del otro, con sus fluidos, susurros y mesuras tan sutiles, tan necesarias en lo que ha suplido a otras primeras veces que los tiempos no supieron darles como merecían.  Dos seres marcados para hacer el amor así, con esa cadencia que da el convencimiento de que la vida al fin trae la ventura.

Y Chantal le dice a David que aprenden a disfrutarse, que se saborean de formas sorprendentes, que entienden su profundidad en tránsito porque aún no han llegado al fondo. Le dice que son jóvenes porque tienen anhelos que cumplir y nunca se agotarán. “Me haces vivir los sueños, que no es vivir soñando.  Renuevo junto a ti cada instante, y te necesito cerca, saber que estás porque no quiero vivir con los fantasmas.  Eres mi debilidad aún… pero te convertirás en fortaleza…”

 

El viento puede convertirse en estrella…

y llega el deleite donde la realidad es irreal

y la luz se convierte en nube.

Busca él palabras para subirse al viento,

pero como ya no es viento, que es cometa,

le une a ella una y otra vez como la orquídea a la tierra…

Porque el amor es inevitable,

como la pura esencia sagrada,

la que llevan dentro,

para entender que su libertad vaga hacia los valles de la bonanza,

donde está alojado –el amor– para esperarla –libertad–

como a un rebato que ilumine de golpe las quimeras,

que las transforme en el albor que irradia,

y que sólo brilla cuando sonríe al cosmos.

Ninfa recóndita,

apolo de la armonía,

carisma de los mortales

que acarician la mutación hasta dominarla en un ritual de vida,

tanta savia como inunda sus cuerpos cuando la unión está cerca,

tanta humedad suculenta que nace de la presencia

como una posesión infinita del placer

que se sabe éxtasis de perfección en el amor.

Los tactos de los cuerpos enteros,

las vibraciones del deseo en los relámpagos,

cada momento de fuerza como caballo desbocado,

y ella buscándolo como amada

y como quien ama,

aparecida tras entornar su puerta

No es ficticio

y su calor enciende candilejas.

No es impostura

y cuando su ritmo esquilme a los otros ritmos

dejará de ser ergástula o galera o prisión o mazmorra,

y vengan, juntos,

y entonces, con la era renacida de cuando fueron uno,

uno como ahora, uno como ayer,

caminarán de la mano,

dedo a dedo, corazón a corazón,

para que el sortilegio se trueque en certidumbre

y llegue la remisión a expensas de jugar a la vida,

de traerse la euritmia

y amar.

 

Y cuando el tiempo ya no sea tiempo, o Chantal lo prefiera encapsulado para recibir de nuevo aquel amor roto, David no dejará de acariciar los brazos de esta mujer sensible y misteriosa.

Hay un final previsto que los hados callan. Sonríen cuando les preguntas.

 

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