Belén Gonzalvo

Observador anónimo

Por Belén Gonzalvo

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Siempre me ha gustado ver caminar a la gente y desde donde estoy puedo satisfacer plenamente esta afición. Me encuentro en un lugar privilegiado de la gran ciudad y no necesito asomarme demasiado. Más concretamente, estoy en la avenida principal, en una de las arterias más importantes. El bullicio y el trajín están asegurados y distingo todo estupendamente.

En esta transitada calle se ubican tiendas de ropa de gran fama, multitud de cafeterías y las sedes centrales de los bancos de renombre, entre otros negocios. Con el paso de los años han ido cambiando, transformándose en modas y nombres, pero en esencia siguen alimentando con sus diferentes productos y servicios las ansias artificiales de acumular y atesorar de la gran mayoría de los mortales.

Cercana a mi centro de operaciones, como un broche de oro al final de la avenida, permanece inalterable una hermosa fuente formada por un conjunto de varias estatuas. Las figuras conmemoran uno de esos acontecimientos importantes que diferencian mi urbe de las otras y contribuyen a que los ciudadanos se sientan únicos. El suceso ocurrió hace varios siglos, pero las reivindicaciones se fueron sumando a raíz de otros incidentes similares. Las distintas opiniones y el afán de imponerlas es lo que tiene y el monumento se ha convertido en un referente, en un distintivo de sentimientos hacia la ciudad. He visto engalanar los bronces con flores y pañuelos. Las primeras, para honrar a los muertos con lágrimas perdidas y los segundos, para festejar las fiestas con vino, cerveza y alegría.

En su día, al arreglar la plaza, dispusieron diversos bancos que ahora utilizan los ancianos cuando hace sol y calienta y los jóvenes cuando cae la noche y sienten el deseo irrefrenable de disfrutar de los comienzos de su revolución hormonal. Conversaciones y besos se van alternando como el día y la noche.

Pero volvamos a la esplendorosa avenida. Por las mañanas, el ajetreo de mujeres solitarias o acompañadas con una amiga que entran y salen de las tiendas me dispersa y tengo que concentrarme en mirar de un sitio a otro con premura y sin distracción para poder enterarme de todo lo que ocurre. Muchas de ellas, balancean orgullosas la consabida bolsa de ropa recién comprada. Puedo percibir la sonrisa y la emoción del estreno y también algún que otro sentimiento de culpa escondido tras sus ojos.

Otras caminan con las manos vacías, pesarosas y amargadas por no haber podido comprar nada, mascullando para sus adentros que ya vendrán tiempos mejores y maldita la hora en que se les ocurrió dar una vuelta para ver qué se llevaba esta temporada. Apresuran el paso y desaparecen sin más y estoy seguro de que tardarán en volver por aquí.

Otros personajes de la calle que me gusta contemplar en esta parte del día son los hombres de negocios. Visten trajes impecables con elegantes corbatas y lucen su cabello engominado. Apresuran el paso con el maletín en una mano y el móvil en la otra, intentando disimular su preocupación ante la terrible amenaza de los famosos mercados. Puedo apreciar desde aquí el ansioso afán de que todo termine y poder permanecer tranquilos durante una temporada, aunque solo sea para coger nuevas fuerzas con las que afrontar la siguiente embestida.

También veo ancianos que pasean despacito dejando pasar el tiempo y sin pensar en las manecillas que se mueven inexorablemente hacia el final. Quieren disfrutar del presente y seguir contando aventuras de antaño cuando no necesitaban un bastón donde apoyarse, ni unos dientes artificiales. Otros van acompañando a sus nietos en el paseo matutino. Me hacen sonreír cuando los pequeñuelos se escapan y ellos se desesperan en su busca y captura. Las reprimendas ante las infructuosas escabullidas se repiten sin cesar pero los chiquillos siempre vuelven a intentarlo; es sabido que tienen que moverse y aprender.

Hacia el mediodía, un río de chavales hambrientos se desperdiga por la avenida para coger el medio de transporte correspondiente que los llevará hasta sus casas. Van cargados con mochilas imposibles que obligan a inclinarse para vencer el centro de gravedd. Sus apabullantes conversaciones me llegan mezcladas con risas y palabras malsonantes dirigidas hacia el profesor de turno.

Un poco más tarde, la hora de salida del trabajo o del cambio de turno abarrota de tal forma el espacio que no puedo abarcar todo lo que ocurre. Tengo que elegir el blanco de mis observaciones y me molesta perder información tan valiosa.

Me resigno al hecho de que soy incapaz de divisarlo todo y que después de comer podré continuar con mi recogida de información sobre el devenir de la gente. A lo largo de toda mi existencia, he aprendido muchas cosas y me ha gustado comprobar cómo se ha ido progresando en los coches, en las luces y en la forma de comunicarse y cómo han ido variando los peinados, las portadas de las tiendas, el olor de las cafeterías, el perfume y el ambiente. Me he aclimatado y soy uno más de la calle. Llevo mucho tiempo en este lugar, demasiado quizás. Pero me encanta.

***

Últimamente, he notado que no se realiza la misma cantidad de trabajo a mi alrededor como siempre y eso me preocupa. Yo sigo disfrutando de las vistas y del movimiento de la animada calle, pero crece una sospecha dentro de mí. Tengo la extraña sensación de que algo está pasando, que las cosas ya no son como antes. El ir y venir de dentro ha disminuido. He podido comprobar que se están llevando los archivos y los ordenadores; van desapareciendo poco a poco junto con los muebles y los cuadros. Y esta mañana he oído mencionar la palabra traslado. Estoy inquieto por lo que pueda pasar y un pesado malestar mezclado con miedo comienza a molestarme.

Pero la vida sigue y la primavera se acerca. La tentación de seguir contemplando lo que ocurre fuera es más fuerte que mi angustia y miro. La gente se anima aún más a salir de sus casas por la calidez de la temperatura y el aumento de luz. Intento observar todos los pormenores de lo que ocurre en la avenida como lo llevo haciendo desde siempre. Sin embargo, el ambiente negativo de dentro me ha invadido y no me encuentro con ánimos para ver esos pequeños detalles que antes me reconfortaban: una pareja que se da un cálido y breve beso mientras se mira con ternura, un abuelo que le ofrece un caramelo a su nieto con una sonrisa llena de cariño, una pareja de ancianos que caminan de la mano despacito y sin hablar, una mirada furtiva de un trajeado ejecutivo hacia las jóvenes curvas de una muchacha embutida en una corta falda, un chicle que se escapa con toda la intención de la boca de un chaval travieso y que se queda pegado en la gastada loseta, una colilla pisoteada por una despampanante mujer que inmediatamente se enciende otro cigarrillo, una cartera que cambia de dueño después de un chocar de cuerpos extraños…

Pasan los días y mi desasosiego va en aumento. Siento que ya no voy a poder formar parte de la agitación diaria de la avenida y de todo lo que me hace sentir vivo. No viene nadie a trabajar. Cada vez hay más polvo acumulado en las estanterías que se han dejado en una de las estancias. El suelo también está cubierto de una espesa capa gris por la que comienzan a circular hormigas y alguna que otra araña en busca de su festín. Una ventana mal cerrada se portea con el viento que se cuela a través de las rendijas. De vez en cuando creo oír un ruido de llave en la cerradura pero al final se convierte en una falsa alarma. No vienen a buscarme y el presentimiento de que se han olvidado de mí es muy fuerte y quiere inundar todo mi pensamiento.

Pero aún me quedan fuerzas para mantenerme en mi sitio y así lo haré; seguiré hasta el final. Me he propuesto continuar siendo el testigo del devenir de la calle y de sus gentes, a pesar de todo. Aunque no siga recibiendo la electricidad que necesito seguiré anunciando con orgullo el nombre de la empresa que me colocó en la fachada. Porque ser rótulo es una gran satisfacción para mí.

 

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