Adela Rubio

Eternamente tuya

Por Adela Rubio

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Sus ojos eran dos lagos azules llenos de secretos. Aunque sólo hubiera sido por sus ojos, ella hubiera robado mi paz y mis sueños; pero no era sólo aquel color imposible destacando en la blancura de mármol de su rostro. Mármol o tal vez alabastro, porque, pese a su alma oscura, a veces parecía llena de luz por dentro. No… enloquezco. Voy cayendo en la sima de la locura a medida que pasan los días y las noches, desde que la conocí y desde que la perdí. Tuve que hacerlo. Enloquezco noche a noche, luna a luna. ¿Cómo podía haber tanta luz en aquel cuerpo maligno destinado al mal desde el mismo instante de su concepción? Destinada al mal, consagrada a los espíritus de las tinieblas por su propia madre. Su madre: una bruja maldita que entregó su virginidad al diablo durante la noche de un Viernes Santo. Todo el pueblo lloraba a Nuestro Señor muerto por nuestros pecados. También un Viernes Santo, muchos años antes, mi padre mortificaba sus carnes con ayunos y cilicios, y mi madre moría desangrada después de traerme a este mundo justamente aquella noche de dolor y penitencia. Quien nace en el dolor y el luto está destinado al dolor y al sufrimiento. Ése fue mi destino. Y así se ha cumplido. Yo no lo sabía. No sabía que había nacido para enloquecer y seguir viviendo como un espectro. Estoy muerto. Un muerto viviente que paraliza de miedo a sus servidores y a sus gentes. El pueblo me teme más que al Infierno pese a mis limosnas y favores. Nunca les he hecho daño alguno. Cuido de ellos como mi condición y mi deber me obligan. Soy su señor, ellos me obedecen, me entregan lo que me corresponde y yo velo por su seguridad. Pero ya no los recibo. Mi administrador o el clérigo del castillo me representan y comprueban que no me han esquilmado en el tributo. Todo es mío, incluso ellos me pertenecen. Soy su señor, dueño de su vida y de su muerte. No sé si me amaron alguna vez. Ahora me temen.

Ella fue concebida el día de mi cumpleaños. Nuestro vínculo monstruoso era innegable, la hija de la bruja y el hijo del conde estaban condenados a encontrarse en esta vida como lo están a seguir unidos en la otra. Cuando el clérigo habla de la otra vida y de la gloria de los justos evita mirarme. A mí ella me espera impaciente en el Infierno para que cumpla mi palabra de matrimonio delante de su padre.

Sé que debería casarme. Las nobles familias esperan que me decida por una de sus hijas. Hay cierta dama de la reina que me sigue con la mirada cuando visito la Corte. Debería casarme, tener hijos que continúen el linaje de mi casa. No puedo. Estoy prometido. Mi apellido se perderá y todas mis posesiones revertirán al rey. Sólo deseo terminar esta vida en muerte, esta muerte en vida. Enloquezco. Mi confesor se desespera y reza por mi alma, me conmina a hacer penitencia, a hacer voto de pobreza y redimirme en una ermita olvidada. Me niego. Estoy demasiado acostumbrado a la riqueza y a la vida muelle, al amor carnal, a las conquistas fáciles. Y desde que la perdí, a arder en las llamas de la lujuria insatisfecha.

Desde que ella no está conmigo visto de luto riguroso y doy rienda suelta a todos mis vicios. Cabalgo de noche en mi caballo negro atravesando la aldea a galope tendido, recorriendo el bosque hasta que la primera luz del alba me devuelve a mi casa, a mi lecho, a mi nada. Me entrego a la gula en vano, pues mi cuerpo rechaza los alimentos. Traigo a mi cama mujeres bellas y complacientes que se esfuerzan en vano en despertar mis sentidos. Deseo matarlas. Creo que si estrujara su vida entre mis manos sentiría el placer más intenso corriendo por mis venas. Sueño que lo hago. Sueño que las torturo. Sueño que me dejo inundar por su sangre. Tienen suerte de que tan sólo sean sueños atroces. Si supieran lo que pienso, lo que deseo de ellas, no abandonarían mi cámara con frustración y despecho en sus ojos, se quedarían muertas de miedo entre mis brazos.

Quiero traicionar su recuerdo con mis pensamientos, con mis obras, con mi cuerpo, con mi alma. Es en vano. Estoy prometido. El diablo, su maligno padre, nos unirá en matrimonio ante todos los condenados. Sólo es cuestión de tiempo. Puedo morir en cualquier momento: en la próxima guerra, en la próxima justa, en la próxima partida de caza. Me sorprende que no hayan intentado asesinarme o que mi gente no haya asaltado e incendiado el castillo conmigo dentro.

Dejé morir a su madre y la traje conmigo pese a sus gritos y a su resistencia. Era carne de hoguera, merecía morir. Era una bruja. Provocaba sequías, malas cosechas, tormentas, enfermedades. Todo mal procedía de ella. El pueblo y la Iglesia la querían muerta y yo se la entregué. Querían muerta a la hija de la bruja y yo me la llevé. La quería para mí. La amordacé, la até de pies y manos y me la llevé en la grupa de mi caballo metida en un saco.   Había demasiado alboroto y nadie reparó en el bulto que transporté hasta mi cámara. La mantuve encerrada y atada mientras se decidió la muerte de su madre. Tuvo que escuchar los gritos de dolor durante el tormento y mientras ardía viva. Ella se desmoronó. Aceptó mi asilo y mi protección sin proferir una palabra de reproche, sin preguntar por qué. Durante días mantuvo un silencio tan absoluto que creí que había enmudecido para siempre.

Yo ya la conocía. Me había curado un dedo roto con habilidad sorprendente. Vivía en el bosque, en una cabaña cercana a la fuente. Me ofreció agua, descanso y algo de comida. Yo me perdí en sus ojos, la quise para mí antes de que su madre terminara de corromperla. Fui estúpido y aceleré mi locura. No podía haber nada bueno en ella. Nada. Era virgen cuando la poseí. Transformé aquel deseo de la carne en un acto de piedad. “Te he redimido”, le dije creyendo sinceramente en mis palabras, “te quedarás conmigo para siempre, serás mi esposa y nadie te hará daño. Si renuncias al diablo, a hacer el mal, y aceptas el bautismo y a Cristo, tu alma estará salvada.” Ella me miró al fondo de los ojos y creí que me ahogaba en aquellos lagos inmensos y profundos. “Seré eternamente tuya.” Fue una maldición. Así me maldijo. Le di palabra solemne de matrimonio. Ella aceptó ser instruida en la fe cristiana y recibir el bautismo cuando estuviera preparada. “Eternamente tuya.” Lloraba a escondidas, palidecía y al mismo tiempo brillaba cada día más. Yo posponía mi decisión. Necesitaba el permiso de mi rey y no estaba dispuesto a arriesgarme a un matrimonio secreto. Me aterraba la idea de presentarme en la Corte de la mano de la hija de la bruja, de la hija del diablo. ¿De verdad creía en Cristo y en la Iglesia? ¿De verdad había renunciado al mal y al pecado? Si yo no lo creía, si mi confesor no lo creía, ¿cómo iba a creerlo el rey?

Volvió a haber malas cosechas, lluvias a destiempo, enfermedades entre el ganado y las gentes. Los niños morían, los embarazos se malograban.

Ella era una estatua de mármol o de alabastro iluminado con un reguero de lágrimas en sus mejillas. Me confesó que me amaba, que siempre me había amado. Que me perdonaba la muerte de su madre. Que se arrepentía de su breve pasado de extravío y pecado y aceptaba todo cuanto la Santa Iglesia predicaba. Yo posponía mi decisión. La situación empeoraba. Decidí no cumplir mi palabra, violar mi juramento de matrimonio. Me angustiaba. Cada noche, estrechándola entre mis brazos, me sentía desesperado. Sufría pesadillas horribles. Tuve la certeza de que me había equivocado, que había cometido un error irreparable, que había vendido mi alma. Yo lo había empezado y yo tenía que ponerle fin.

Le hice el amor una vez más, la última. La miré a los ojos, aquellos ojos increíbles, y clavé mi puñal en su corazón. Tenía quince años.

“Eternamente tuya.” Demasiado tarde comprendí el significado de aquella frase maldita disfrazada de amor. La enterré en el bosque, como una alimaña. Cada noche visito el lugar donde yace, sumido en la locura de su pérdida. Ella me espera.

 

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