Carmen Bandrés Sánchez-Cruzat

La cueva

Por Carmen Bandrés

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Mi tiempo no es como el de los humanos, que graban cada otoño surcos sobre mi piel y depositan semillas en ellos mientras dirigen esperanzados la vista al cielo, confiados en recoger una cosecha abundante antes de que se desvanezca la próxima primavera. No; mi ser es tranquilo, inmutable; casi eterno. Y sólo después de mucho, mucho tiempo, vi llegar a los hombres, nuevos reyes de un mundo que aún no han aprendido a amar. Admiré sus progresos, primero despacio y después muy rápido; observé cómo se expandían, viviendo de la caza y de la recolección; cómo aprendieron a cultivar la tierra y cómo, apenas algo más tarde, levantaron grandes ciudades erizadas de enormes templos de vidrio y metal, en los que se recrean como en un espejo de inmensa soberbia. Penetraron muy hondo en mis entrañas, descendieron al fondo de los mares y surcaron los cielos en una loca carrera por conquistar hasta mis más ocultos rincones. Pero, en su errante caminar, han llegado a olvidar sus orígenes, cuando su relación conmigo era más natural y, en su infinita arrogancia, me han vuelto la espalda, como si realmente fuesen ellos los dueños del universo; como si ignorasen que apenas son un diminuto punto en mi historia… A pesar de todo, les quiero…Y confío en ellos, porque sé que ahora han visto que, desde las estrellas, soy un hermoso planeta azul.

 

 

—¡Vamos a jugar, Rosario!

—¿A qué?

—Al escondite. Por toda la casa y el huerto. ¿Vale?

—No, no quiero jugar. No quiero jugar al escondite porque es muy aburrido.

—¿Pues a qué quieres jugar?

—Ahora mismo no me apetece jugar a nada.

—¿Pues sabes lo que te digo? ¡Que eres una sosa! Y te vas a quedar sola, sin una amiga ni media y cuando quieras jugar, no encontrarás a nadie.

—¿Y para qué quiero amigas como vosotras, que siempre andáis a la greña como el perro y el gato?

—Bueno, ¿y qué pasa?; luego hacemos las paces y punto.

—Sí, sí… cuando os apetece jugar, hacéis como si no hubiera pasado nada, pero luego dale que dale al run-run, con la rabieta por lo bajini. Y, a la mínima, a liarla otra vez. Yo prefiero quedarme aquí, leyendo un cuento.

—Eres una niña muy rara y te vas a quedar sola.

—Pues tú eres una tramposa, que te he visto. Que cuando juegas al escondite y te toca pagarla, siempre miras por el rabillo del ojo. Y luego andas presumiendo por ahí de que eres la más agudica y que los demás son tontos.

—A ti lo que te pasa es que te pica. ¿Y qué, si soy más espabilada que Pablito y María? ¡Te pica, te pica y te pica…!

—¿A mí? ¡Qué va, qué bobadas dices!

—Te pica porque te gusta Pablito. ¡Te gusta Pablito, te gusta Pablito! ¡Aaaanda, que no! Mira qué colorada te has puesto… ¡si pareces una amapola!

—¡Hay que ver qué tonta eres; más que tonta, retonta y sólo dices chorradas!

—Pues anda, que tú… Eres una niña rara, que se traga las bolas de los cuentos como si fuesen de verdad.

—¡En los cuentos no hay mentiras! Tú si que eres una mentirosa.

—Si fueran de verdad, no se llamarían cuentos. Los cuentos son de mentira. Mi papá dice que a la tía Luisa no le haga ni pito caso, porque siempre anda con cuentos de casa en casa y es una mentirosilla como tú.

—¿Ves cómo me estás dando la razón?

—Yo no te estoy dando la razón. Tú eres más tonta que Abundio.

—Sí que me la estás dando, porque dices que tu tía Luisa anda por ahí contando chismes de las vecinas y luego las llama amigas a todas.

—¡Pero yo sí que tengo amigos! Tengo a Pablito. Y María.

—Sí, sí. ¡Y les haces trampas, trolera!

—Yo no les hago trampas. Lo que pasa es que soy la más lista de los tres y por eso gano siempre. Y para que lo sepas: ellos también hacen trampas cuando les toca pagarla y se creen que me engañan, pero como yo me doy cuenta, al final siempre les gano.

—Pues menudos amigos sois vosotros. Por eso prefiero quedarme leyendo un cuento.

—Rarita, rarita; quédate con la ranita, llévatela a la boquita y le das un besito, a ver si se vuelve principito y a Pablito le pones ojitos de besugo, con esa melenilla de estropajo que pareces un pollito remojao…

—Pues si tanto te molesta que me haga caso Pablito es que tú andas detrás de él… ¡Hale, lárgate por donde has venido y déjame en paz!

—Me voy porque me da la gana, no porque tú me lo digas. Y, si quiero, me quedo aquí jugando, que me he traído la pelota por si acaso; que tú, con lo sosona que eres…

—¿Ves? Si te gustarán los libros no te haría falta nadie para jugar.

—¡Anda esta, con lo que me sale ahora!

—Tú te lo pierdes: yo me lo paso guay leyendo cuentos y me río un montón y aprendo muchas cosas… Mira, en éste hay una niña que naufraga en el mar y de todos los del barco, sólo se salva ella: se monta encima de un delfín que la lleva a la playa y se hacen muy amigos y la niña lo quiere tanto que un día se vuelve delfina y luego tienen delfinitos. Y es muy feliz porque tiene por casa todo el océano y hay muchos delfines para jugar y ya no se acuerda de que antes fue una niña que vivía en la Tierra y…

—¡Pues vaya cuento feo! A mí no me gustaría ser delfina.

—¡Es un cuento muy bonito y tiene unos dibujos muy chulis!

—¡Bah, de delfines! A mí los delfines no me gustan.

—¿Cómo lo sabes, si no has visto ninguno? ¡A ver, dibújame uno!

—¿Con qué te lo voy a dibujar, si no tengo lápiz ni papel?

—¡Toma, ya te dejo mi boli! Y aquí tienes mi cuaderno.

—Vale, pero luego jugamos un poco al pilla-pilla. ¡No mires!, ¿eh? Tú no mires hasta que lo acabe.

—¿A ver?, ¡si parece un tiburón!

—No es un tiburón; es un delfín.

—¡Es un tiburón! Mira, mira: ¡se te va a comer, con esa bocaza que les has puesto, toda llena de dientes!

—¡Eso no son los dientes, son las aletas! Siempre te estás imaginando cosas que no son, como cuando fuimos a las cuevas de Molinos y tú venga a repetir que había un niño de hielo escondido entre las estalactitas.

—¡Sí que estaba allí! Yo vi como se movía y me hacía señas. Se parecía a Pablito.

—¿Así que no te gusta Pablito y te sale hasta en la sopa, eh? ¡Hasta la maestra dijo que te lo habías inventado!

—¡Sí que lo vi! A ti lo que te pasa es que eres una envidiosilla y, como no pudiste verlo, convenciste a todos de que no había nadie. ¡Seguro que ese niño se asustó de los gritos que dabas y luego ya no se atrevió a salir!

—¡Ahí va! ¿Pero tú te crees que hay niños de hielo de verdad?

—¡Pues claro que sí! ¡Yo los he visto! Y hay muchas más cosas bonitas que tú no puedes ver, porque eres una desconfiada y no te gustan los cuentos.

—Vengaaaa… ¿jugamos un poco al pilla-pilla?

—No, que eso es un rollazo.

—¡Halaaaa!, sólo un ratico. ¡No seas tan aburrida!

—¡Que no! Mira, se me ocurre una idea: ¿por qué no nos subimos hasta la ermita de San Macario? Te enseñaré una cosa maravillosa…

—¿Ahora? Si ya es muy tarde. No sé… mi mamá dice que no me aleje de casa cuando se hace de noche.

—A ti lo que te pasa es que eres una miedica. Además, hay luna llena: se verá todo muy bien. ¿Te piensas que te va a salir un vampiro y que te chupará la sangre? Si no vienes, te perderás una cosa muy, muy, muy maravillosa.

—¿Y qué cosica es esa tan bonita?

—No te lo puedo decir. ¡Es un secreto!

—¡Bah! ¿Sabes que te digo?: que no me creo nada de nada.

—Oye, si tienes miedo, le pedimos a Pablito que nos acompañe.

—¿Y por qué no subimos toda la pandilla mañana por la mañana?

—Porque es un secreto muy gordo y no se lo puedo contar a todo el mundo. ¡Así ya no sería un secreto! Como mucho, a Pablito y a tu hermanito Luis.

—¿Luis?, ¡si es un renacuajo!… bueno, pero subimos mañana y ahora jugamos un poco al pilla-pilla, ¿vale?

—¿Cuándo llegamo? ¿Aún falta mucho…?

—¡Cállate, Luis. ¿Ves?, ya te dije que es muy pequeñajo. ¿No te echarás a llorar ahora, verdad?

—¿No decías que estaba junto a la ermita?

—Bueno, por ahí; sólo un poquito más lejos…

—¿Aún falta mucho?

—Toma un caramelo, Luis.

—Es que hace mucha caló… ¿aún falta mucho?

—¡Mirad! ¡Ahí está la entrada!

—¡Pero si sólo hay piedras!

—Es que hay que entrar a gatas. Por eso no la ha descubierto nadie antes.

—¿No será una mina abandonada? Mi papá dice siempre que no hay que acercarse a las minas, que es muy peligroso…

—No es ninguna mina; es una cueva muy bonita… ¡como la de Molinos! Y dentro hay cosas como las que nos enseñó la maestra…

—A ver, ¿qué cosas? ¡Seguro que es todo mentira y te lo ha contado otro niño de hielo!

—Pues con este calor se habrá derretido.

—¡Venga!, entra si te atreves y lo verás todo. A ti, lo que te pasa es que eres una miedica.

—Dejaros de bobadas y vamos adentro, que se estará muy fresquito. ¿Dónde está la linterna?

—Yo ahí no me meto.

—Bueno, pues te quedas esperando fuera con Luis, que es muy pequeño.

—Yo tero entrá, que pa’eso he vinío…

“Yo, Aibekeres, hijo de Bartar y Auruningica, te invoco a ti Diosa-Madre de la Tierra para que hagas crecer estas semillas que ahora te entrego y, dos veces siete más siete lunas después, nos devuelvas grano abundante con que alimentar a los míos cuando las nieves y el lobo alejen a los venados fuera del alcance de mis flechas”

Cuando Aibekeres bajó por fin sus manos alzadas hacia el cielo, Kara observó a su padre recogiendo con mimo sus dos arcos y un haz de flechas. Aibekeres es muy diestro con ellos, lo repiten todos los miembros del poblado: el mejor cazador que jamás han conocido; seguro que la mismísima Lida le ha enseñado el arte de la caza. Todos le admiran y le temen a un tiempo, pues es proverbial su ira cuando alguien se opone a su voluntad.

La gran luna estaba ya bajando hacia el horizonte, presta a esconderse detrás de la montaña, pero Kara sabía que tras un nuevo sol, tornaría de nuevo, fiel a su cita, como la sangre que brotaba de sus entrañas cada vez que la luna empezaba a crecer después de apagarse durante toda una noche. Iba ya para siete lunas que Kara había visto manar aquella sangre, pero nunca tuvo miedo pues Smilcia, su madre, la había prevenido sobre aquel suceso y todos habían bailado una danza ritual para festejar el advenimiento de su fertilidad. A la luz de una gran fogata, Kara vio cómo se dibujaba, recortada en la oscuridad, la silueta de Ausa. Ella amaba a Ausa en secreto, pero Aibekeres y Smilcia tenían otros planes para ella: estaba destinada a Eikebor, para fortalecer la alianza entre los clanes sedetanos, y nadie consentiría su unión con Ausa. Kara sabía que, al otro lado de las llamas, los hermosos ojos de Ausa brillaban mirándola, adivinando su presencia en la sombra. Ausa tenía los ojos más negros que el carbón que empleaba Irariber para hacer sus colores, mezclándolo con grasa de jabalí. Pero a Irariber, el color que más le gustaba era el rojo, rojo de sangre que guardaba en una vasija como su más preciado tesoro. Irariber sabía todo lo que pasaba en el poblado, pues nada se ocultaba a su magia; a Irariber no le gustaba Eikebor, pero si Aibekeres se irritaba con él, de poco le servirían sus hechizos; por eso, Kara había adelantado la fecha de la fuga planeada con Ausa, antes de que Irariber los delatase. Sería esta misma noche cuando, dentro de muy poco, todos se recogiesen en las chozas. En un cabezo próximo se abría la enmascarada boca de un cobijo, que sólo Ausa y ella conocían, donde días antes habían escondido algunos enseres y útiles de caza y abrigo, junto a unas piezas de tasajo que les ayudarían a sobrevivir durante la huída, hasta que pudieran fundar un nuevo hogar donde nadie pudiera encontrarles.

Kara se arrebujó nerviosa debajo de una cálida piel de oso. Sus manos aferraron con energía una pequeña bolsa de enea trenzada donde había guardado varias piedrecillas delicadamente pulidas y un anillo. Los guijarros eran todos de idéntico tamaño, mitad blancos y mitad rosados, cantos rodados pacientemente recogidos por Ausa; el anillo, de metal, algo tosco, lo había forjado Ausa en prueba de su amor por ella y, junto con los abalorios, cuidadosamente enlazados para formar un collar, eran para Kara los objetos más valiosos del mundo. Con el corazón a punto de saltarle del pecho, Kara se incorporó de su colchón de heno: no era factible la salida por la atrancada puerta principal, donde además también se encontraba el catre de Aibekeres y Smilcia; Kara no había oído llegar a Aibekeres: él siempre hacía mucho ruido cuando volvía del Consejo. Temblando de frío y miedo, se aproximó muy despacio y silenciosamente a un pequeño ventanuco, abierto directamente en el muro de adobe del segundo piso sobre la única calle del poblado. Cuando se asomó al exterior, el búho cantó tres veces seguidas: era la señal convenida con Ausa. Kara deslizó su cuerpecillo delgado a través del estrecho vano; primero los pies, para descolgarse luego de las manos hasta que los fuertes brazos de Ausa la sujetaron por los tobillos y la depositaron dulcemente en el empedrado.

—No podemos escapar por los torreones, están muy vigilados; parece como si esta noche hubiesen doblado la guardia. Nos descolgaremos por la muralla; mira: he traído una cuerda…

—Tengo miedo, Ausa: esta noche he soñado que Tagotis nos arrastraba a los infiernos —exclamó Kara con voz trémula—. Y también he visto a Irariber, que buscaba a mi padre… ¡Abrázame, Ausa; abrázame muy fuerte!

—Sabes bien que te protegeré hasta la última gota de mi sangre, Kara. ¡Vamos!, no podemos perder ni un instante… cuando salga el sol y Smilcia descubra tu ausencia, tenemos que estar muy lejos.

Hacía ya tiempo que la luna se había hundido en el horizonte y sólo las estrellas brillaban tenues en el firmamento; aquella noche lo hacían con un fulgor especial, bañadas en halos iridiscentes, como si quisieran amparar el triunfo del amor naciente. Sí; faltaba mucho aún para el alba, pero, de repente, coreadas por estentóreos gritos que recorrían de uno a otro extremo la calle abierta entre los dos torreones, las llamas trémulas de numerosas antorchas empalidecieron la luz que llegaba del cielo, tan débil, tan lejana…

—¡Me estoy poniendo el vestido perdido de tierra! ¿Por qué te habré hecho caso?

—Pos a mí me guta mucho eta cueva.

—¡Cuida con la cabeza, Pablito; te vas a dar!

—¿Y dónde están esas maravillas que decías?

—¡Anda, si es un collar… y un arete! ¿Y eso otro?

—¡No toquéis nada! Estas cosas son como los dibujos que salen en el libro de Historia.

—Ya está la sabionda dando otra vez la murga… ¡Huy, qué interesante te pones, chica!

—Es que igual son restos iberos. ¡Hay que decírselo a la maestra!

—Igual se lo llevan todo para un museo. ¿Y si nos callamos y nos lo quedamos? Para eso lo hemos encontrado, ¿no?…

—A ver, chicos, ¡no toquéis nada, por si acaso!

—¿Y qué pintan aquí unos restos iberos?

—Si vieras menos la tele y leyeras más libros, te enterarías…

—Igual te haces famosa, Rosario.

—¡Y saldrás en los periódicos!

—Pues, si sale Rosario, nosotros también, ¿no hemos descubierto la cueva todos?

—¡No! Eso es mentira. La ha encontrado Rosario solita…

—¡Mirá aquí! Son do manos pintás… ¿a que zi?

—¿Dónde? Yo no veo nada.

—¡Ahí, ahí!…

—¡Ah! Sí, sí, sí; esas manchas rojas… parecen de sangre, ¿verdad?

—¡Fijaros bien, son dos manos derechas! Es como si las hubieran pintado por fuera…

—Y una es más pequeñica que la otra: ¡seguro que son de un chico y una chica!

—Igual es un pacto de amor. ¿Quién las habrá hecho?

—Oye, ¿no las habrás pintado tú, verdad?

—¿Yo?… Te has puesto muy rojo, Pablo… ¿En qué estás pensando?

Los ojos de Rosario se cruzaron por un instante con los de Pablo. ¿Fue una ilusión? Tal vez. Pero ella juraría haber visto, a través de un inmenso pozo abierto en el fondo de sus pupilas, una lucecita parpadeante. Un reflejo mágico llegado de otro mundo, más allá de la memoria; una estrella fugaz, viajera en el tiempo, que transportaba un eterno mensaje de amor…

Un hermoso planeta. Sí; ese soy yo: un hermoso planeta azul, que muchos humanos tiñen de rojo para saciar su sed de poder y ambición: los he visto pelearse por pequeñas rencillas, obstinados en perpetuar con malas artes su estirpe. Y fenecer, enredados en graves conflictos que nadie recuerda cómo empezaron. Quizá mañana desaparezcan, víctimas de su propia locura, y, durante algún tiempo, nada sobre mi faz recordará su floreciente pasado. Tan sólo algún resto, profundamente enterrado… un mensaje que hablará de amor a quien sepa leerlo miles de años después.

 

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