Las muchas figuras

Por José María Milagro-Artieda

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—Entonces, ¿la has visto? ¿De verdad que la has visto?

Mónica, al fin, parecía despierta. Por primera vez desde que llegaron se había incorporado en el asiento, liberándose por un instante del pesado abrazo de Arturo. Aprovechó para encender un marlboro y echar otro chorrito de ron. Ya bien provista, se dejó caer de nuevo, inclinando la cabeza como antes, en busca de cobijo. Su voz, sin embargo, traslucía un claro interés.

—Sí… Bueno, en cierto modo… —se excusó César.

—¿La viste o no la viste? — inquirió Fernando, que parecía recién surgido de las sombras. En su caso, la dormida era Verónica. Una de sus piernas sobresalía en parte, apoyada en la penumbra sobre el mayor puff de cuantos había amontonado.

—La vi, la vi… Creo que la vi, o a alguien que lo parecía —concedió.

—¿Como el que se despierta y recuerda un sueño muy reciente o como el que tiene las gafas de sol sucias y no distingue bien las siluetas en la playa? No es lo mismo, creo yo — puntualizó Nuria, que había apartado las suyas y limpiaba las marcas de sus dedos con el borde del mantel.

—Si me dejáis que lo cuente, igual llegamos a alguna conclusión —replicó—. Pero con calma, ¿estamos? No es cosa de interrumpir cada dos frases, como de costumbre.

—Un plan apasionante —bromeó Fernando—. Lo que más mola en estas ocasiones es escuchar las historietas de César. Si quieres, vendemos entradas.

—Deja que se explique —le defendió Nuria.

—Venga, sí. A mi me apetece oír ese cuento —insistió Mónica, adelantándose hacia la mesita de modo que la luz de la pantalla le iluminó un costado. Parecía más clara de piel y el pelo le caía en cascada suave sobre el hombro y la camiseta de flores, tapando justo la rayita de los tirantes.

—Pero esta vez no es otro cuento de los míos —protestó César—. Me sucedió de verdad hace cuatro años. Al final del invierno, más exactamente.

—Lo que tú digas —comentó Fernando con displicencia. Acto seguido, se hundió en la sombra del rincón con otro trago de pedro ximénez mientras agitaba los cubitos con su dedo meñique—. Real como la vida misma…

—La idea de encontrártela así, de sopetón, me parece de lo más alucinante —comentó Nuria.

 Yo nunca lo había oído; bueno, como una cosa figurada y simbólica, sí, pero…

—Comienza ya, que nos tienes en ascuas —protestó Mónica en un tono ansioso que le encantaba. Estuvo tentado de continuar con los preliminares, pero las dos chicas permanecían tan atentas a sus palabras que prefirió no contrariarlas.

—Bueno, bueno. Me vais a acobardar —protestó— Ya empiezo: como os he dicho, era al final del invierno, una de esas mañanas de lunes. Ya sabéis que cuando tengo turno de tarde aprovecho para salir al campo. Me gusta, sobre todo, perderme por la zona de Los Tasajos. Casi siempre por un sendero que va paralelo al barranco, entre las colinas de caliza blanda y dando todas las curvas y revueltas del mundo. Sigue después hasta cerca del pueblo aquel, no recuerdo cómo se llama, aunque yo no llego nunca tan lejos. El paseo resulta un poco empinado, pero es un sitio muy tranquilo y no tengo que preocuparme de controlar a la perra. La dejo a su aire para que corra y olisquee los rastros que quiera. Así se desfoga, llega rendida a casa y me deja tranquilo. Me encanta esa zona porque siempre sopla el viento, se respira sin agobios y no suelo encontrarme con nadie. Algún paisano con su furgoneta que va a dar vuelta a los olivos si por casualidad es época de labores, pero nadie más. Una vez pasó un jeep del Seprona y me pidieron la documentación, antes que nada porque les extrañaba ver a un tipo despistado por esos campos, no porque les pareciese sospechoso.

—Eso está claro —dijo Nuria con intención.

—Deja que siga —le recriminó Mónica, impaciente.

—Y eso: que por allí estoy como en mi casa. Hago siempre el mismo recorrido, cosa de ocho o diez kilómetros en total y vuelvo agotado, pero nuevo. Me sirve para ordenar las ideas. Si alguien me viese, discutiendo conmigo mismo en voz alta… Pero quién va a pasar por esos descampados. Al menos, eso pensaba yo.

—¡Para nada! ¡Para nada, colega! Eso no es así. La vida es chunga, tío —exclamó Fernando con voz blanda, haciendo tintinear los hielos a la altura de la cara de Mónica. Ésta le dio un suave manotazo y Fernando se quejó, atragantándose con el licor.

—Esa mañana el cielo estaba nublado y amenazaba lluvia. Soplaba un vientecillo de la sierra que helaba las entrañas. No sé si estaba destemplado del fin de semana, porque había ido a la despedida de uno de la oficina y hubo mucho trago o empezaba a incubar esa gripe tan mala que me dejó diez días en camano sé si os acordaréis. El caso es que estaba aterido. Por eso llevaba un paso más que ligero, a ver si con el esfuerzo entraba en calor. Oli, como siempre, siguiendo el olor de los conejos y las perdices, y yo con mis asuntos en la cabeza, mirando sin ver.

En un momento dado noté algo. Creo que fue la perra quien me dio la alarma. Esa sensación de que alguien viene por detrás y no te has dado cuenta hasta que está encima. Una persona haciendo footing o un ciclista silencioso. Con el viento y el ruido de los pasos, muy a menudo no me percato de su presencia y me dan unos sustos morrocotudos. Miré a mi espalda y no había nadie. Oli volvía a la carrera, como cuando me trae el palo que le he lanzado o ha oído un trueno. Se cobijó entre mis piernas. Gruñía, asustada. “¿Qué te pasa, bonita? ¿Qué has visto?”, le dije, acariciándole la barriga. Sin embargo, no conseguí calmarla. Tenía la misma actitud que al recibir un extraño en casa. Algo le hacía desconfiar. Pensé que habría un animal por ahí cerca, el perro abandonado de algún cazador, un zorrillo, a lo peor un jabalí, pero era raro que apareciesen a esas horas y en pleno descampado.

Porque estábamos justo en ese punto que es una cuesta suave pero constante, el camino se aparta de la quebrada y por primera vez divisas hasta lo alto de la colina. Los campos de olivos ascienden en una sucesión de repechos muy cómodos y no hay un punto que se esconda a la vista. Miré hacia las torres del pueblo, que estaban cubiertas por unos nubarrones tremendos, y pensé que quizá nos alcanzase la lluvia antes de llegar a donde suelo dejar el coche. No había un alma. Sin embargo, Oli seguía temblando como en día de tormenta. Supuse entonces que habría escuchado un trueno lejano, ya sabéis el oído tan fino que tienen estos animales. Así que no le di importancia y la obligué a caminar. Desde ese momento no se despegó de mi lado.

El viento arreció. Las nubes pasaban rápidas sobre nosotros, como si se congregaran en lo alto de los montes cercanos. Pero era uno de esos días extrañamente luminosos. En ningún momento me quité las gafas de sol ni tuve problemas para ver hasta el límite del horizonte. Sabéis que tengo buena vista. A lo lejos distingo bien los detalles. Sin embargo, cuando escruté el paisaje para averiguar por qué se asustaba mi perra no vi nada que atrajese mi atención. Anduvimos Oli y yo un par de minutos y, de pronto, comenzó a gimotear. Ya digo que la tenía pegada a mí como un cachorro. Pues bien: se metía entre las piernas, me entorpecía el paso como si no quisiera seguir por el mismo camino que llevábamos más de una hora recorriendo. En un momento dado, como la corregí dándole con dos dedos en el hocico, sabéis que no les hace el menor daño, pero molesta, tuvo la intención de gruñirme. Entonces levanté la vista.

—¿Y qué había? —preguntó Mónica, impaciente.

—¿Qué viste? —dijo Nuria.

—No sé qué vi. Lo juro. Una sombra. Una figura desvaída al fondo del camino. Tan lejana que no pude diferenciarla de los olivos que lo bordean. Por un momento pensé que sería el reflejo de un charco, un montículo de tierra, incluso un grupo de grajos posados en medio. Luego, fijándome bien, me pareció que se movía. Avanzaba hacia nosotros. “¿Ves? No pasa nada. Un señor que viene por ahí”, le dije a Oli, dándole palmaditas en el costado. “Pero está muy lejos todavía, tonta”.

El caso es que eso no era cierto. Al levantar la vista de nuevo comprobé que la figura se había acercado un buen trecho. No entendía nada. Supuse que se trataba de un ciclista, o un paisano en moto, por eso se movía con tanta rapidez. Pero, aún así, la atmósfera de la mañana, esa luz grisácea tan poco definida, me había confundido. Es imposible desplazarse a esa velocidad en apenas un par de segundos. Para que me entendáis, de estar al final de la cuesta había pasado a verse con bastante claridad. No en los detalles, porque todavía no reconocía si era hombre o mujer, pero sí supe que era sólo uno. Y que no se oía el motor de ningún vehículo, por lo que había de ser una bicicleta lo que llevara.

Los dos nos detuvimos. Y la cosa también retrasó su marcha. Ahora se acercaba, eso era innegable, pero con un ritmo tan pausado que, al rato de estar contemplándolo, casi seguía en el mismo lugar. Más o menos como un observador alejado podría decir de nosotros. Para disgusto de Oli, seguimos adelante. Desde entonces no quitaba la vista del objeto, salvo cuando algún obstáculo del camino me obligaba a sortearlo. Es una senda estrecha, con rodadas profundas que han ido marcando los tractores y pronto se llenan de lodo, así que a veces más vale salirse y caminar por el sembrado. De lo contrario, acabas con las botas llenas de barro. Comprobé que en esos momentos de distracción se acercaba. Es decir, que era como si aquello esperase el instante preciso en que no lo tenía enfocado para recorrer distancias enormes.

—Como en el chocolate inglés —graznó Fernando, más atento a la historia de lo que suponían.

—Sin embargo, ya estaríamos a no más de trescientos metros y no conseguía aclarar los pormenores del caminante. Por lo pronto, no llevaba bicicleta, eso sí que era evidente. ¿Se trataba de hombre o mujer? ¿De qué color era su abrigo, una especie de gabán que se agitaba con el viento como si no lo llevase abrochado? Es decir, luego lo he pensado y había cosas muy confusas, porque unos aspectos principales me resultaban dudosos y, en cambio, no había error en lo del vuelo del abrigo.

—Tuvo que ser la luz del día. Has dicho que era poco nítida… —terció Mónica.

—Eso creía yo, pero lo dudo. Por lo pronto, la claridad seguía molestando y era suficiente: al quitarme las gafas ahumadas no dejaba de lagrimear. Oli, por ejemplo, seguía perfectamente la trayectoria del objeto. De hecho, no había dejado de lloriquear y tuve que sujetarla con la correa. Por un momento temí que se espantase y saliera de estampida campo a través. Estaba aterrada y a mí también me empezaba a entrar una pizca de nerviosismo. Pero a estas alturas no quedaba otra posibilidad que seguir adelante.

—¿Por qué? ¿No podías volver? Has dicho que amenazaba lluvia —preguntó Nuria.

—No podía —dijo César con rotundidad—. Hay un momento en que no te atreves a volver sobre tus pasos sin despertar sospechas, y eso estaba demasiado cerca. Si hubiese querido me habría dado alcance en segundos. Ya os he dicho con qué facilidad se aproximaba… Además, tenía curiosidad. Miedo y curiosidad.

—Así que estabas acojonado, ¿eh? ¡Qué hombretón! —dijo Fernando.

—¡Cállate! —respondieron las dos.

—No sé qué sentimiento prevalecía. Cuando escrutaba a esa persona, tan pronto se me aparecía como un anciano o como una mujer que debía ser muy joven. Pero la amplitud de su ropa me despistaba. Ya se había puesto a menos de doscientos metros y no sabría decidir una cosa u otra. Más aún, juraría que cambiaba. Si las lágrimas me hubiesen dejado o si tuviese unos prismáticos, estoy seguro de que… No digo nada. Sólo que la perra había empezado a aullar de un modo que no le conocía y tiraba con todas sus fuerzas. Ahora, hacia el caminante, vamos a llamarlo así.

En uno de sus empujones, intentando sujetar a Oli con las dos manos, lo perdí de vista un instante. Casi me caigo del susto. Ahora estaba a menos de veinte metros. Ella, porque no pude otra cosa que verla mujer. Era joven, vieja, de edad indefinida, con un rostro que a veces palidecía como de tiza y otras tenía la tonalidad aceitunada de algunas extranjeras. Como he dicho, llevaba ropas amplias, largas. Tanto, que no recuerdo haberle visto los pies. Unas veces el viento las ceñía a un cuerpo esbelto, aniñado. Otras se desplegaban como con desenfado, sin ocultar lo que permanecía oculto por sí mismo. Y sus rasgos… No era un rostro solo, sino todos los rostros. Por debajo de la capucha entreví personas que no estaban conmigo; quiero decir, detalles casi olvidados de compañeros, parientes que ya habían desaparecido mucho antes, una sonrisa mezclada con muecas de dolor, suspiros sordos, gestos casi lascivos, caras de mi infancia… Algo repugnante. Repugnante.

Juro que en ese momento se me erizó la columna. Y no sólo a mí, inmóvil en medio de aquel camino. Oli empezó a bufar, enseñando los dientes de puro miedo. Iba a decir algo, ensayar un saludo o una disculpa, y me pareció que ella levantaba la mano. Sólo un poco, podría ser el viento, pero vi ese gesto. Callé en seco. Se acercaba con una lentitud inverosímil, con paso ligero pero sin apenas avanzar. Quería que yo viera. Estoy seguro de que me exigía como testigo. Por un momento pensé que la reconocía. Esa expresión, sin ser la de nadie, era como si ya la hubiese visto anteriormente. ¿De dónde recordaba esa sonrisa? Era un amago triste, inexpresivo, con los labios entreabiertos que iban a decir pero no pronunciaban palabra.

Porque todo sonido se había apagado y no escuchaba sino el viento, no las ramas agitadas, sino un viento que envolvía las cosas y extraía toda vida que contuvieran. Una palabra oscura zumbaba en los oídos. Creo que eran mis propios pensamientos, si los hubiera tenido, porque creo que entonces dejé de razonar. Algo ajeno me llevaba sin yo mover un músculo del cuerpo. Sólo podía mirar. Y lo que veía no tenía sentido. Ella mantenía su paso firme, pero era como si nunca me alcanzase. Y todo parecía contradictorio. En el ademán, desorbitado y sereno a la vez, en sus brazos, que de pronto se agitaban y luego caían como leños muy pesados. Había un poder tan absoluto que todos los aspectos eran la misma mujer, pero ninguno se le parecía. En cuando le entendía una mueca amable me espantaba comprobar el abismo irracional, la locura terrible que mostraban sus aspavientos. E inmediatamente exhibía sorpresa, odio, revelación. Mirarla era como asomarse a un pozo oscuro y no ver nada más. Sólo las sombras.

Estaba tan convencido de que al fin me había encontrado y debía seguirla que hice mención, o pensé que hacía el gesto, de mostrarle mi conformidad. Entonces, como movida por un resorte, pasó a mi lado sin siquiera rozarme, volvió la vista y sé que me sonrió. Aunque también pudo ser una amenaza: sólo la vi un instante. Cuando di la vuelta, había desaparecido entre los olivos.

Segundos después comenzaba a llover. Cayó una tromba impresionante, una cortina de agua que golpeó con furia incluso después de refugiarnos los dos en el coche, totalmente empapados.

Al volver a casa me dieron la noticia: Luis, mi hermano pequeño, había tenido un accidente de tráfico. Iba con dos amigos que no sufrieron heridas importantes, pero él no se había colocado el cinturón de seguridad. Salió despedido por el parabrisas. Aún no había cumplido los veintitrés. Entonces recordé la sonrisa que me había extrañado tanto, la que pensé reconocer como propia en el rostro de ella. Estaba en una foto de Luisito cuando era niño, una que guardaba en un cajón del aparador.

Así que ya podéis suponer lo que imagino de ese encuentro en Los Tasajos y quién era la mujer que caminaba hacia mí —terminó sin que notásemos nada en su voz.

 

 

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