Alberto Jodra

Los enigmas del mundo

Por Alberto Jodra Marcos

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Alirio sueña que nada a través de un jardín de algas. Aparta las plantas con las manos y avanza por aguas cálidas y cristalinas. Viniendo hacia él desde la superficie, Viviana le toca el hombro y sus cabellos barren el rostro de Alirio como abanicos de plumas.

«Alirio, despierta. Es la hora, ya viene»

Arrancado por sorpresa de su primavera de algas, la mirada de Alirio gira en busca de la barriga de ella, antes aún de mirarla a los ojos y de reconocer la urgencia en el ademán inquieto de su esposa. Palpa el colchón para comprobar que la humedad no es real, y con un gesto resignado se incorpora y posa los pies desnudos sobre el suelo de tablas.

«Vamos, acabemos con esto de una vez»

Guiados por una linterna, Alirio y Viviana abandonan su casita de madera sin atender la alegría de un perro que sale a su encuentro. El caminito de tierra que lleva hasta la orilla del río está sembrado de charcos, y las ranas que entonan versos al resplandor de la luna se van callando una tras otra al pánico de sus pisadas. La vereda al completo duerme, y los tejados de zinc destellan como láminas de plata. El puesto de salud quemado y desplomado por las lluvias parece un fortín antiguo invadido por la jungla.

«Sube, ten cuidado» indica Alirio mientras sujeta la canoa en la orilla para que Viviana se acomode en un extremo. «Cúbrete con ese plástico, no cojas frío»

Con un impulso de pértiga, Alirio aparta la canoa de la orilla y se abre paso por el bosque de embarcaciones que duermen amarradas al manglar como un rebaño de peces atraídos por aguas bajas. El río está manso y silencioso, aunque existe el peligro de topar con un tronco arrancado por las lluvias en la cabecera y Alirio permanece obstinadamente atento, de pie en el extremo de la canoa con la pértiga dispuesta y un resplandor de luciérnagas orbitando su silueta. La sombra de la selva se alza frente a ellos como una barrera insalvable, pero levantando la vista más allá de los árboles se abre una cúpula perforada de estrellas.

“Iremos a la playita quemada» dice Alirio con un susurro que apenas vence el rumor del agua. «Allí no tendremos problemas»

La canoa busca la querencia de una estela familiar y entra en el chorro central del río para eludir la trampa de las raíces ocultas. Conviene además alejar la orilla, donde arranca el territorio de la guerra como una enfermedad epidémica que puebla la selva. La silueta de un hombre en pie y de una mujer acurrucada que protege una vida nueva en sus entrañas pasará desapercibida para los miles de ojos que nunca duermen en el corazón del bosque, y la embarcación irá salvando algunos rápidos con la maniobra veloz de un remo que Alirio maneja a diario desde que era un niño. Allí donde el caudal de agua es mínimo y la canoa roza el lecho invisible de piedras, se ayuda de la pértiga, clavando el peso del cuerpo y haciendo palanca para seguir avanzando hacia la bocana del río, donde la corriente muda y sinuosa choca contra el perfil abrupto del mar. Antes de llegar al peldaño irregular de olas, Alirio conduce la canoa a la izquierda y se adentra en un estero angosto que se hunde como una grieta en los manglares. En esta jungla inundada duerme una nube blanca de garzas que murmura acrobacias en sueños.

«¿Cómo estás tan segura de que será esta noche? No pareces a punto de dar a luz…»

Viviana no reacciona a la pregunta de Alirio. Sigue acurrucada en la barca, aferrándose al plástico que sujeta a la altura del mentón para protegerse del relente húmedo del trópico. Tiene los ojos clavados en las fauces del manglar y mantiene un gesto atento a las señales incógnitas del cuerpo.

«Lo sé, las mujeres sabemos estas cosas. No te apures, no empezará antes de que lleguemos al mar»

Alirio enmudece, acostumbrado a que los enigmas del mundo permanezcan oscuros a la mirada de un hombre. La certeza de Viviana es sólida como una losa, fruto de su habilidad para leer el cosmos, y Alirio vuelve a concentrar el ritmo en el vaivén de la pértiga para vencer agua estancada. La vigilia de un caimán destella a la luz de la linterna y el aire se llena de insectos que acuden al resplandor con mansedumbre hipnótica. El estero se abre paso en la jungla hasta desembocar en una ensenada de arenas negras. El ronquido circular del mar sepulta el chapoteo de los pies de Alirio, que salta al agua y arrastra la canoa hasta dejarla varada sobre un tapiz de conchas. La espuma de las olas que besan la playita quemada deja un rastro fugaz de luna que alumbra la silueta de Viviana, puesta en pie a un costado de la barca mientras se quita la ropa y queda desnuda como una ofrenda al mundo.

«Acompáñame» pide, extendiendo una de sus manos hacia Alirio. «Busca un sitio donde no haya piedras»

Alirio guía sus pasos, entrando en el mar despacio y tanteando la arena con los pies hasta que encuentra el lugar que busca. Cuando Viviana se sienta, el agua cubre sus caderas pero el resto del cuerpo queda a flote, enfrentado a la cúpula del cosmos. Se inclina hacia atrás, apoya el peso en los codos y poco a poco estira y abre las piernas, dejando que el vaivén de la marea conquiste su vientre. Collares mágicos de espuma adornan sus senos, y los hombros desnudos se cubren con un sedimento lunar.

«No me sueltes» susurra, «ya está aquí…»

Los dedos de Viviana se aferran a la mano inquieta de Alirio, que clava sus huellas en la arena y gira el rostro hacia el friso de palmeras sumidas en la oscuridad para no poner atención en el vientre de su esposa. Quiere enterrar su cabeza en otras cosas, poniéndole distancia al fruto de su desgracia y al resuello de Viviana que está empujando con fuerza. Los senos de Viviana tiemblan, las caderas se contraen, y una nube lechosa tiñe de algodón sus muslos, mezclándose con la espuma efervescente del mar. Con una contracción final el vientre se desinfla y un delfín chiquitito abandona el cuerpo de Viviana con el comportamiento aturdido de quien recién llega al mundo. Por unos segundos se mueve en círculos, resistido a la marea que trata de alejarlo de las piernas abiertas y temblorosas de su madre, pero su instinto de horizontes lejanos y de aguas profundas le señala finalmente el mar abierto y abandona el resguardo materno entonando una música prehistórica. Alirio lo ve alejarse como el cuerpo oscuro de un ahogado.

«¿Y qué diremos esta vez?» pregunta, clavando la mirada en el estómago voraz del mar. Viviana suelta su mano pero no se incorpora, hundiendo los talones de los pies en la arena para resistir la deriva. Su cuerpo desnudo brilla al fulgor de las estrellas.

«Lo de siempre» responde, estremecida por el agua salada en sus entrañas. «Otro hijo que nació muerto. Un túmulo más junto a la casa»

Alirio queda callado, masticando el rencor por la desdicha infantil que le condenó por siempre con la simiente de un pez.

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