Literatura

Mi luz de vida

Por María Pilar Morosseparadorseparador

El sótano era oscuro. Miré a derecha e izquierda, arriba y abajo, moví las manos ante mis ojos, ni un atisbo de movimiento. Parpadeé, parpadeé de nuevo. Nada. El aire, demasiado espeso, era casi sólido… pero el aire no es un sólido. Deseaba cogerlo con las manos, romperlo en pequeños pedazos, introducirlo en mis pulmones… Cada vez que respiraba me ardía la tráquea. Los sonidos del exterior eran tan lejanos, tan inciertos,  que mi soledad respiraba con la angustia y el pensamiento de  que en un lugar como este era fácil morir.

Y entonces, un pequeño milagro. Mi madre me tira de la manga y en la oscuridad aparece un resplandor verde. ¡Luz! Era el  reloj de mi madre. Mantuve los ojos pegados a esas manos de color verde fluorescente. Tenía tanto miedo de perderlas que no me atrevía ni a pestañear.

-Piensa en algo bueno –Me dijo mi madre al oído-. En algo feliz.

Algo bueno. Algo feliz. Dejé vagar mi mente. Dejé que los recuerdos me invadieran:

El cielo, cargado de grupos de nubes, adoptó un color gris hielo. En el parque soplaba una fría brisa. Aparecieron niños con sus padres. Se saludaban, se abrazaban, se besaban, intercambiaban comida. Alguien encendió el carbón de una barbacoa y muy pronto multitud de aromas inundaban mis sentidos. Los niños jugábamos en un dominio sin límites, nuestras risas eran ecos que volaban por el aire…

Cielo y nubes, la tierra húmeda y blanda, árboles que invitaban a trepar por su tronco… Allí sentada,  estaba Julia, su mirada lejana y ausente. Las nubes se movían despacio a favor del viento.

-Julia, mira las nubes –le digo, mientras me acerco.

-¿Qué ocurre con las nubes, Juan? –me dice ella extrañada de mi pregunta.

-¿Quieres jugar al juego de ver las nubes? –se me ocurre esa idea en un instante para conseguir que salga de su ensimismamiento.

– No he oído nunca hablar de ese juego, ¿Cómo se juega? –me contesta con una sonrisa cómplice.

– Hay que buscar en el cielo una nube, la que quieras y mirarla muy fijamente durante un  rato, -le explico-. Te darás cuenta de que tiene forma de algo.  No todos vemos las mismas cosas porque cada uno tenemos nuestra propia imaginación.

– Vamos a mirar los dos la misma nube –me dice entusiasmada Julia.

– Aquella, es muy bonita.  -Le señalo con el dedo.- ¿Qué te parece que es? Yo veo un duende que vuela.  Mira la cabeza, sus ojos  enormes traspasan la distancia que nos separa.

– Sí, es cierto. –Julia, me mira risueña y divertida.- Sus orejas son puntiagudas, su boca se abre como si nos hablará… Está sentado en un tronco, sus pies descalzos se mueven al son de una música celeste.

– ¡Ahora cambia de forma, Julia!  –me sorprende el viento diluyendo a nuestro duende y creando otra figura según sopla el viento.- Un caracol nace y extiende sus antenas con gran expectación.

– Juan, es fantástico. Su concha tiene la tonalidad del arcoíris.  –Julia sonríe, feliz con el juego.

Nubes cambiantes de tonalidades y formas nos llamaban a descubrir nuevos horizontes, en nuestros ojos una luz radiante de infatigable emoción. La oscuridad que por momentos tenía el cielo, el olor de una lluvia apremiante no existía. En su lugar, aparecía una negrita gorda que llevaba una falda de puntillas con un lazo enorme en la cintura, sobre su pelo negro se adivinaba un tocado con adornos de plumas  que  ondeaban al compás del aire.

Un grito penetrante y angustioso llega desde el exterior,  me despierta de mi ensoñación y me devuelve al silencio y a la oscuridad.  No estoy solo, la imagen de Julia se visualiza en mi mente, escucho su risa acompañada de la mía. Regresan a mi vida las vivencias de aquellos días felices, y me aferro a ellas casi con desesperación.  Deseo mantenerlas para sentirme arropado de luz vibrante…

Inmersos en nuestra aureola de ilusión habíamos perdido la noción del espacio y el tiempo. Un sueño real, un juego que no había que comprar, que no necesitaba de pilas para recargar su magia.  Nuestro juego hacía volar la imaginación a posesiones infinitas, nuestros sentidos marcaban su propio ritmo aflorando con velocidad de vértigo. Un mundo nuestro, el mundo de cada uno era de los dos.  Nos pertenecía.  Mirar las nubes con los ojos de la imaginación  era una forma diferente de ver, solo era necesario desearlo para que siempre estuviera  con nosotros…

 Cada vez que volvíamos a nuestros días de nubes, nuestra existencia siempre cambiante se entrecruzaba con ellas, un regalo que nos regalaba la vida sin necesidad de que ocurriera nada especial. De día y en noches claras nos acompañaban con su presencia… retazos de una existencia que se disipan en el camino de la vida.

Otras ilusiones, otros lugares, otros juegos y experiencias llenarán  lo  que en  su día fue algo único. Sin embargo,  lo que hemos  vivido  permanece en nuestro interior, nos pertenece y podemos volver a vivir y revivir lo sentido.

Escucho las palabras de mi madre: – Piensa en algo bueno…

Penetro en el túnel de los recuerdos, camino en una búsqueda de pequeños fragmentos de vida donde el volumen de mi pesar se mitigue. Mis pasos giran apresuradamente  entre ellos para que regresen al presente.  Pero mi caminar es volátil, ninguna imagen aflora con nitidez, no permanece ninguna estampa en su paso…

Anillos de humo se desprenden del punto verde de luz, difuminándose sus estelas en el silencio de las sombras. Como una estatua viva, mis ojos intentan abarcar todo para no perderme nada,  para que la esperanza aleje mi angustia al rincón más lejano de una soledad ajena…

Un momento feliz… Ahondé en la profundidad de mi mente…

Una figura tenue y difusa aparece ante mis ojos, apenas la reconozco pero me invade una intensa emoción… De su cara brota una sonrisa, sus labios se mueven con la brújula  de sus ojos bebiendo sus palabras.  Es ella, ¡Es Julia! ¡La niña de las coletas y la mirada perdida! Mi compañera de juegos.  De repente el cansancio desaparece  y un resplandor perdido inunda mi rostro.

 Julia me coge de la mano, me invita a marcharme lejos con ella. No hablamos, nuestro resplandor fluye en la línea  de nuestras miradas. Nos sentamos al lado de un lago en un cálido ocaso otoñal. Rodeados de encinas y robles de hojas rojas y amarillas, arropados por el sonido del bosque y la brillante luna reflejándose en el agua, miramos las nubes… Dejamos volar nuestra imaginación que con grandes alas de libertad elevan nuestros sueños a las tintineantes estrellas.

-Juan, ¿ves un duendecillo?… -me señalaba  con el dedo.

-Veo un duende  bailando.  –le dije emocionado.

 -Son dos los duendes, danzan en los tejados color plata de la ciudad encantada. Sus puentes unen los barrios encapsulados en pequeñas islas tapizadas en blanco y gris… -Julia era un torbellino de visiones que me atrapaban  con su entusiasmo inusitado.

 -Saltan de tejado en tejado, ahora bailan en el río bajo las estrellas, es un baile trenzado en una alfombra de lucecitas relumbrantes. Sus ojos se sumergen en el brillo de la fiesta de la alegría sin fin.  -Julia, ¿bailas conmigo?,  le  pedí  llevado  por el impulso de sentir la magia de los duendecillos.

 La luna llena reflejó dos nenúfares gigantes en las profundas aguas de la laguna, cómplices de una noche fascinante alrededor de una danza eterna. Nos dejamos acompañar por los acordes de melodías sin sonido. Sonidos en armonía con nuestras almas girando en una cadencia inusitada que acariciaba el silencio.

Bailamos, bailamos…

Extenuados nos  tumbamos en la hierba con las manos enlazadas, y seguimos nuestra danza infinita contemplando el cielo y las sinfonías de las nubes.

 Julia, a mi lado, sonreía. Nuestras miradas eran claras y serenas. Estaba despierto, vivo. Deseé que el tiempo se detuviera. Y me pregunté en qué momento había olvidado, que a pesar de todo, seguía siendo solo un niño. Sigues siendo un niño. -me oí decir.- Parpadeé y mi sonrisa permanecía en mi semblante.

Mi silencio era un refugio en un escondrijo oscuro, del que haciendo un ovillo me ocultaba del mundo. No ocupaba apenas espacio, caminaba como si me diese miedo dejar huellas a mi paso. Me movía como si no quisiera desplazar el aire a mi alrededor.  Un rompecabezas de libros sin abrir. Sueños que se marchitan sin apenas florecer. Lagunas en mi memoria desconocida.  Pero no estoy solo. La llave está siempre conmigo,  preparada para abrir la puerta de los enigmas que encontramos en nuestra travesía,  donde solo hay que entrar…

 

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