Non bene pro toto libertas venditur auro

Por Manuel Martínez Forega

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El epígrafe, mal atribuido a Horacio por Cervantes en el Quijote (I, XX), lo tradujo el Arcipreste de Hita así: «Libertad e soltura non es por oro comprado» (Libro de Buen Amor, v. 463), y de la Pelea que hubo don Carnal con la Cuaresma (Ibidem, vv. 1067-1314), extrae, entre otros, el certificado sesgo paródico de las gestas caballerescas. Se ha dicho todo en torno al Don Quijote, así que no se me ocurrirá establecer aquí similitudes o disímiles literarios que puedan perfilar el orden mayúsculo de la novela más didáctica jamás escrita. Sí quiero, en cambio, subrayar el contenido del epígrafe (cuyo propietario anónimo es —dice Castro Calvo— el autor de unas llamadas fábulas esópicas) y de su traducción, que Cervantes no lleva a sus páginas por casualidad.

Si en el Quijote parodia Cervantes las inverosímiles hazañas de unos héroes (al fin mitos) fantásticos, lo hace porque este ejercicio viene precedido de una disposición de su carácter literario (estético) y de su consciente práctica; lo hace porque tal carácter previo constituye una reflexión fundada en la «libertad e soltura» que a todo escritor deberían serle siempre propias e indisociables de su factor humano. Se adelanta con ello Cervantes a los escritores barrocos, a su empeño por empañar la gravedad con que el Renacimiento envolvió a los mitos clásicos y sus pátinas hazañescas. No le gusta (como no le gustó a Góngora) esa enumeración caótica de acontecimientos configurando una fenomenología del género caballeresco adornado con purpurina de gusto infantil. Y, sin embargo, Renacimiento y Barroco, a cuyas horcajadas se sienta Cervantes (como se sentó Góngora), pueblan el Quijote porque habitan en Cervantes: platonismo renacentista (a través de León Hebreo) y el incipiente neoplatonismo barroco (una suerte de enfoque preciso de la realidad -y de su desengaño- llevada a la escritura: como lo hizo Góngora).

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Cervantes peleando sobre la Galera. Batalla de Lepanto. Fondo Antiguo de la Universidad de Sevilla

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Cervantes se planteaba, pues, sin perder de vista «libertad e soltura», el problema conciliador de armonizar y conjuntar ambas sobadísimas tendencias: realidad e idealismo, sumas adheridas, claro está, a sus cánones genérico-literarios. Poesía por un lado y realidad por otro quedan bien patentes en el pensamiento cervantino y, más, ilustradas por el testimonio de sus propias palabras: «Hanse de casar las fábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren, escribiéndose de suerte que, facilitando los imposibles, allanando las grandezas, suspendiendo los ánimos, suspendan, alborocen y entretengan de modo que anden a un mismo paso la admiración y la alegría juntas, y todas estas cosas no podrá hacer el que huyere de la verosimilitud y de la imitación en que consiste la perfección de lo que se escribe (Persiles, III, cap. II). Esta realidad literaria del decurso y la narración es ahora quietamente aristotélica, ¿no?: mimesis y verus simile son conceptos caros al Aristóteles heredero de Platón.

Aunque hay más todavía: de frente al lector, como guante arrojado a su mejor entendimiento, sin dejar de mirarle a los ojos, estas palabras de respuesta al señor Hidalgo acerca de la poesía: «a mi parecer es como una doncella tierna y de poca edad y en todo estremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas que son las otras ciencias y ella se ha de servir de todas, y todas se ha de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios.» (Quijote, II, XVI), y compárense con éstas otras del Persiles otra vez (III, cap. X): «Es excelencia de la historia que cualquiera cosa que en ella se escriba pueda pasar el sabor de la verdad que trae consigo, lo que no tiene la fábula, a quien conviene guisar sus acciones con tanta puntualidad y gusto, y con tanta verosimilitud, que a despecho y a pesar de la mentira, que hace disonancia en el entendimiento, forme una verdadera armonía.»

Pero como no quiero, ni puedo, ni debo acudir a fichas de erudición ni a repertorios bibliográficos, permítaseme revivir al autor un tanto más de lo que acaso háyase deducido de los párrafos anteriores. Preguntemos: ¿nos basta lo que han dicho de él Lope de Hoyos, Acquaviva, Ezpeleta, Ayala, De Riquer, García Morales…? ¿Bastan Lepanto, Argel, Sevilla, Valladolid, Zaragoza, Barcelona, Tarragona… para agotar su geografía? Respondámonos: si vivió más que estudió, habría que reparar en que, cuando Cervantes escribe, pasaba ya de todo: Italia es para él analogía de educación humanística y platónica; el pasado arqueológico, escenario donde ha de escucharse el eco de los poetas; Lepanto, aunque signo de triunfo, no lo es menos de decepción; Argel ahonda en la podredumbre de la esclavitud… La vida de Cervantes es un continuum de sufrimientos y, vuelto de las guerras y del cautiverio, pensando encontrar comprensión y amistad, halló de nuevo dificultades y reveses. Lo sobresaliente de su actitud fueron las respuestas de su escritura: siempre amables, sin amargura.

Ortega y Gasset, afiladísimo y atinadísimo como casi siempre, adujo, a propósito del Ingenioso Hidalgo: «El tema del rencor y la crítica madurece en la novela picaresca. En la primera novela integral que se escribe, el Quijote, se dan un abrazo momentáneo… amor y rencor, el mundo imaginario e ingrávido de las formas y el gravitante, áspero de la materia.». Tal vez sean éstas las palabras más inteligentemente sintetizadoras del mundo cervantino, toda vez que armonizan el dualismo esencial de la fantasía épico-heroica, por un lado, y la reflexión crítica por otro; la corriente poética, abstracta, simbolizada en Don Quijote, y la histórica, concreta, representada en Sancho Panza.

Pero si de vida hablamos, deberíamos imperativamente asomarnos a la que Cervantes vierte en su obra toda. Es un tardoescritor; ha filtrado su sabiduría en el tamiz de la experiencia y de la observación y su amalgama estética es producto de ambas y de la paciencia, mientras que sus lecturas ávidas fueron otras tantas fuentes de contraste vital. Supo que del ascetismo medieval surgió la crátera instintiva del Renacimiento, y que el «Siglo de Oro», con la brillantez del Imperio, no traía sino su comatoso tránsito hasta desmayarlo en una vana consideración del mundo a costa de su integrismo. Tal vez -como ha dicho José Mª Castro Calvo- «ese transitivo fenómeno no fuera exclusivamente español, sino mediterráneo, de amplias demarcaciones…» Pero sin duda, en Cervantes, mostró su aspecto más ejemplar en el Quijote, en tanto que otras ejemplaridades son también obra suya: el mundo platónico de La Galatea; el imaginario de Los trabajos de Persiles y Segismunda; y el biográfico de las Novelas y el teatro. En todas ellas (y sin dudarlo también en el Quijote) late el mundo moral, el mismo pulso psicológico: doliente y, por ello mismo, resignado, afectuoso, transigente. «Libertad e soltura» de nuevo, no lo olvidemos; personalidad única en el abordaje consciente de la vida y en el desembarco de ésta en su obra: «Mi vida se va acabando al paso que las efemérides de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera en este domingo, acabaré yo la de mi vida…» Eran los primeros días de abril de 1616; escribía la dedicatoria del Persiles al duque de Lerma; había recibido la extremaunción y ¡aún anunciaba la segunda parte de La Galatea! En el telar quedarían para siempre el Bernardo y las Semanas del jardín. Murió en Madrid, en la casa esquina a la calle de León, hoy Lope de Vega. Nada más murió con él; sus otros siguen vivísimos.

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