José Ángel Monteagudo

Poemas de José Ángel Monteagudo

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José Ángel Monteagudo

 

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ORUÑA

 

 

Es terrible nacer

con la conciencia de una idea difusa

y de unos Dioses

que hablan de abrazar a la muerte

contra el pecho.

Es terrible nacer

con la imagen de amarla cruelmente,

de fijar las heridas.

Es terrible nacer libre

y morir esclavo,

cruento es nacer

y hablar de muertos.

Es terrible nacer

con la espada en la mano

y los besos ensangrentados.

Es terrible nacer

con tu tierra en la mente

y el destino marcado.

Es terrible nacer

pero aquí estamos.

 

 

Del libro “Oruña”, Cantela, 2008

 




***

 

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LE VIN ROUGE (El vino tinto)

 

 

El bermellón quema mis labios

mientras arden las entrañas del hotel;

los quejidos malsanos del viejo ascensor,

los eróticos tacones marcando el paso y el parquet,

las maletas de los viajeros flagelando los sombríos peldaños,

los jadeos de los amantes en permanente celo.

El vino tinto muestra mi mejor verdad,

vino rojo, exprimido de las venas del maestro,

vino sangre que mana desde el cementerio sur

hasta mi refugio del Montreal,

Baudelaire vive en mis versos… ¡y bulle en mis venas!

“Raza de Caín, ¡sube al cielo

y arroja a Dios sobre la tierra! [1]

Y así se reflejó en las escrituras;

con los efluvios del buen vino

Lot y sus hijas disfrutaron fornicando como bestias,

así como Cam lo hizo con su madre,

todos disfrutaron en bíblicas orgías, gozosos incestos infernales

exhibiendo, sin pudor, que la raza salió torcida desde el Génesis.

Y nos espantamos de los placeres prohibidos de la carne

cuando hoy, la vergüenza impúdica, el nuevo holocausto,

se exhibe a las puertas de esa vieja e hipócrita Europa.

Satán reina cual Dios de dioses;

aún se escuchan, desde mi habitación, los ecos del Bataclán,

los silencios desde los hogares de las mujeres condenadas,

los disparos de todas las guerras y causas del mundo

atravesando mi delirante conciencia…

¡Satán Luzbel! ¡la verdadera luz, ascendió a los cielos!

Y Dios Satán bajó a la tierra y se hizo horror.

Dios dogma, Dios puñal, Dios grito, Dios llanto…

Y el hombre aprendió de Dios Satán, y asimiló bien;

la maldad humana, con su multitud de variantes y odios,

nunca descansa.

 

 

Mi herida, aunque mortal y mía,

es nimia frente a la herida de la fétida humanidad

que se abre, se infecta aceleradamente, ante cada injusticia,

por ello; ¡suframos!.. ¡nunca ha de sanar!

¿Quién marca la ética de lo aberrante cuando lo aberrante es que no exista la ética?

¿En nombre de qué Dios, sino de Satán, vive el mundo actual?

 

Sólo ella nos salvará de este mundo.

Pertenecemos a la muerte.

Cuando creemos hallarnos en el corazón de la vida

ella se acerca a llorar con nosotros,

nos evita el ocaso.

“In vino veritas” [2], clama Plinio.

Se terminó todo el vino de París

en mi delirante bacanal,

confuso paisaje de cipreses con corcho

que muestran el exceso ante mis ojos vidriosos,

que desbordan cada rincón de la habitación 13,

monólogo de vómitos

y secuestrada ansiedad.

En el fondo turbulento de la copa

destellan relámpagos de furia

y hoy la tormenta

estalla en mi cerebro.

 

 

Del poemario “La herida”, Editorial Teleo, 2016

 

[1] Del poema “Abel y Caín” de Baudelaire.

[2] “En el vino está la verdad” (proverbio latino de Plinio el viejo).

 

***

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LE TESTAMENT (El testamento)

 

 

Cuando mis venas no sean más que polvo

en mi testamento sólo encontraréis

poemas flamígeros,

acicalados y oscuros,

la decadencia de los turbios versos.

Y podréis gritar, suplicar al cielo,

nadie os escuchará, la pesadumbre del olvidado,

porque más arriba existe otro cielo

de nubes de acero,

de alma cainita.

Y aunque el eco angustioso traspase los poros de éste,

más arriba hay otro cielo desolado

por nuestro propio duelo,

espasmo del dolor,

desasosegante guarida

de tronos sin reyes,

de ranas sin príncipe

pues los besos, no existen.

Y sobre él descansa otro pesar, siniestro y extraño,

un cielo de llantos,

anegado

con todas las lágrimas de nuestras vidas.

Y más arriba no hay cielos;

coexisten infinitos sótanos,

laberintos infernales

en los que un decrépito Teseo

siempre cae ante el Minotauro.

Y en las simas que taladran nuestros pies

nacen virales buhardillas

que habitan las almas del Diablo.

Y quiero que recordéis

que estos inveterados caminos

sólo los recorre el polvo,

aquel que antes fuera cuerpo.

Polvo a merced de huracanes ciegos,

polvo ilustre,

polvo mendigo,

polvo templo,

polvo al que Dios no guía

porque el propio Dios está muerto.

Nadie gobierna ni manda en la pesadilla de los cielos,

ni la luz cenital, ni la sombra del infierno.

A su lado… Dante imaginó un recreo.

Yo soy polvo y os digo

que por encima de los sótanos

no existe nada;

espacio aparente,

luz oscura,

el péndulo del silencio.

Y por debajo de las buhardillas

nada existe;

el sonido de un pulso muerto,

un poeta en una silla

y en su frente, escritos, sus versos.

Del libro “La herida”, Teleo editorial, 2016

 

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