Rufa

Por Venancio Rodríguez

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rufaConocí a Rufa estando jubilada. Rufa era un Can de Chira  o perra pastor altoaragonés que había desempeñado su labor en Yebra de Basa, comarca perteneciente al Alto Gállego. Allí prestaba sus servicios a Santos, su dueño y pastor. Fue a raíz de la muerte de su pareja, que nuestra relación se fue consolidando. Recuerdo que al poco de sufrir esta gran perdida, vino un día a cortarse el cabello a mi peluquería canina. Empezamos a hablar sobre lo divino y lo humano y, al final, terminamos en el asunto que a ella más le preocupaba: la pérdida de su amado. Tenía una amargura tan grande en su pecho, que no le dejaba vivir. Yo me sentía agradecido de que depositara en mí su confianza. Sentía que a Rufa le hacía bien sacar su dolor y me enternecía verla tan compungida.

A medida que fue pasando el tiempo, notaba que su sufrimiento menguaba, y sus conversaciones ya no terminaban en un baño de lágrimas, sino que incluso reíamos. Rufa tenía la afición de dar paseos matutinos alrededor de Zaragoza y de cultivar la escritura y la marquetería. Cucharas, pequeños salterios, tenedores, llaveros, casas, La Basílica del Pilar, Santa Orosia, etc., eran los principales trabajos que realizaba en madera de boj.

A lo largo de nuestras conversaciones, me contó muchas cosas de su pasado. Me relató, por ejemplo, que de pequeña había sido repatán (repatán era el aprendiz del pastor). Sus peripecias cuando pasó la Guerra Civil por Yebra, su amor por las ovejas, las anécdotas como mascota en la mili, cuando le acusaron injustamente de haber robado una bici, de su trabajo como encargado de una granja, de su paso por Susín, de cómo conoció a su marido y los problemas que tuvo para casarse con él… En fin, me contó cientos de acontecimientos en su vida que si las escribiera, llenarían montones de libros, pero no lo haré porque son confidencias entre mi amiga y yo. Sin embargo hubo una que sí puedo y quiero contar pues me parece muy significativa de la forma de ser de mi amiga. Esta es la historia de Rufa contada por Santos, su pastor, al que tuve el honor de conocer:

 −En las noches que dormía en o cletau (el corral), a mayor compañía que tenía era a perra Rufa que le hacía que se echara encima de a manta que me tapaba.  Aquella perra la quería como a una persona por la compañía que me hacía y además era muy inteligente y obediente a todo lo que le mandaba, haciendo as cosas con una perfección que una persona no lo hubiera hecho tan bien. La tenía tan bien enseñada, unas veces con palabras, otras con silbidos y zeños (gestos),  con os brazos cuando la mandaba, que muchas veces era muy lejos. Siempre a dónde le mandaba tenía que ser  a sitios donde estuviera a la vista, tanto mía como de ella. Lo primero le decía a dónde le mandaba, en cuanto se enteraba marchaba. Cuando yo quería dar nuevas órdenes le silbaba.  Ella sabía que tenía que parar y mirarme a mí para ver qué le decía. A según qué distancia estábamos, le daba la orden con palabras, si estábamos lejos, se lo decía con el brazo. Muchas veces, si estaba muy lejos no podía ver qué dirección le daba con el brazo, entonces me sacaba el pañuelo, así veía la dirección si era a la izquierda o a la derecha. Ella nunca ladraba  si no se lo mandaba. Cuando quería que ladrara le decía: “parla, parla”, y entonces se ponía a ladrar. Las ovejas se daban cuenta que la perra estaba cerca y ya no pasaban de donde estaba ella.

A esta perra la cogí pa enseñarle cuando tenía unos seis meses. Cuando la trajimos a casa yera pequeña, de dos meses, de color roya, cola corta, las orejas se las habían espuntau (despuntado), en las patas tenía unos espolones que los perros de ganau normalmente los tienen… Tenía todas las cualidades que tiene que tener esta raza de perros para o ganau (el ganado). El primer día que la llevé era muy pequeña, tenía afición, pero era tan pequeña que no tenía fuerza.  Tuvo muy mal comienzo.

 Ese día parió una oveja, éstas cuando paren no quieren que se les acerque ningún perro porque les parece que les van a quitar el cordero. Es el instinto que tienen estos animales, porque a veces cuando paren en el monte suelen acudir las rabosas (zorras) que les quieren quitar la cría para alimentarse. Tienen el instinto de parir en sitios que a la cría las pueda proteger, en estos casos, cuando paren,  si se acerca algún perro nunca escapan, se ponen al lado del cordero. Y si se acerca el perro, lo primero que hacen, con las patas de alante (delante), es pegar golpes en el suelo, si el perro no se marcha y trata de acercarse sale la oveja al frente del perro y con la cabeza trata de golpearlo para que se marche.  El mal comienzo que digo que tuvo es porque se acercó  la perra sin ninguna experiencia y la emprendió la oveja a tozadas (cabezazos). Les cogió tanto miedo que después no quería acercarse a las ovejas. Yo  pensé que esta perra ya no serviría para el ganau (ganado).

Cuando le tozió (le embistió) la oveja era para el mes de mayo. Para Todos los Santos, cuando bajaron las ovejas de o Puerto, la perra  había crecido y tenía mucha fuerza. Entonces empezó a acercarse a las ovejas.  Se dio cuenta de que escapaban de ella, y perdió el miedo. Desde ese momento se animaba, le mandabas algo y empezaba a hacer alguna cosa, pero como una principianta, y creo que se acordaba de las tozadas que le daba aquella oveja. Porque cuando le mandaba, sí que iba, pero se desquitaba de aquello,  las atacaba mucho, demasiado, no se le podía consentir ese comportamiento. Ningún pastor quiere que el ganado sea maltratado. Cuando me hacía algo malo, si era amontonarlas,  estas cosas con gritos la corregía, y algún palo. Los castigos más grandes fueron en alguna ocasión que sacó alguna oveja del rebaño, “esbetarla”  que se decía en el aragonés de Yebra. Esto me lo hizo alguna vez, con la intención de matarla. En las veces que me lo hizo, siempre llegué en el momento que la estaba atacando, no me mató nunca ninguna. En estas ocasiones, al lado de la oveja, le daba una paliza con el palo.  Esta perra tenía una virtud que pocos perros tienen, que cuando le pegaba nunca se marchaba de mi lado, después de pegarle la llamaba a mi lado y le acariciaba, y se me acercaba pidiéndole perdón de lo que había hecho.  Otros perros, les daban el trato que le daba yo, y se “emburraban”, y durante el día no querían estar al lado del pastor. Ésta, todo lo contrario. Esperaba que le mandases otra vez para cuando la corrigieras hacerlo mejor. Este animal fue para mí una compañía y una trabajadora de esas que no te faltan nunca, y sin poner ninguna clase de protesta. Creo que muchas personas podíamos tomar ejemplo de mi perra.

Así era Rufa, mi amiga. Pasados unos años, recuerdo que un día entró en la peluquería, me miró y me dijo: “¡Ya está! Que me voy a morir. El Veterinario me ha dicho que tengo  cáncer de estomago y no me quiero operar porque soy ya muy mayor.” En ese momento no podía creerme lo que estaba oyendo. Cuando salí de mi estupefacción, le dije:

− lucha por tu vida, Rufa. En las personas mayores el cáncer corre más lentamente.

A lo que ella contestó:

−No, para qué. He sido muy feliz en mi vida. He tenido un marido y dos hijos estupendos. Para qué voy a alargar la agonía. La quimioterapia te arregla una cosa y te estropea otras. No, no voy a hacer nada. Qué venga ese día cuando tenga que venir y ya está. Eso sí, lo que no quiero es sufrir. Estoy cansada.

Cuando me lo estaba diciendo, yo la miraba y me emocionaba al verla con aquel convencimiento y con aquella serenidad. Aunque sufrió mucho, fue rápido. A partir de aquel día, sus salidas a la calle se fueron distanciando cada vez  más,  hasta que ya no pudo salir. Un día subí a su casa para cortarle el pelo y cuando entré en su habitación, me impresionó: estaba muy delgada y temblaba. Casi en silencio le corté el pelo. Su hijo mayor estaba con nosotros. En un momento que nos dejó solos, la abracé y le dije adiós. Noté que tenía los ojos arrasados. Le di la mano para despedirme.

Recuerdo que fue el miércoles 7 de junio del 2016, cuando su hijo me llamó por teléfono a la peluquería a las 8:30 para darme la noticia. Su madre había muerto la noche anterior y al día siguiente a las 13:30 sería la misa en la capilla número 3 del Complejo Funerario en Zaragoza. Después de colgar el teléfono, salí a la calle y paseando cabizbajo por las ajetreadas calles, musité: “Adiós amiga, me alegro mucho de haberte conocido”.

 

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