Literatura

Secretos

Por Miguel Ángel González

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-¿Te he contado alguna vez todo lo que ocurrió?

La voz infantil de Carlos rompió el silencio de la noche llamando la atención de Jorge, su hermano pequeño, que un instante antes intentaba conciliar el sueño bajo las mantas, protegiéndose con ellas del frío.

-No tienes por qué hacerlo si no quieres, puedes contármelo otro día -respondió, mientras apretaba sus rodillas contra el estómago para proporcionarse algo más de calor.

Él en cambio se destapó por completo y, alargando su mano derecha, prendió la lámpara de noche situada sobre la mesilla. Sus dedos titubearon unos segundos antes de encontrar el pequeño cordón que la encendía; bailaron entre un despertador con forma de pelota de fútbol, un coche de carreras en miniatura y la caja de pastillas para la tos.

-¿Qué estás haciendo? Apágala, estoy intentando dormir -protestó Jorge.

Nuevamente la habitación quedó a oscuras, la inercia le hizo a Carlos obedecer la orden de su hermano. Durante un instante dudó ante la tulipa recién apagada, como si deseara volver a encenderla pero careciera de valor para hacerlo. A regañadientes se tapó con las sábanas hasta el cuello. Se revolvió furioso entre las mantas, no soportaba tener que sucumbir ante las órdenes de su hermano pequeño; él ya tenía trece años y Jorge acababa de cumplir diez. Encendió otra vez la luz, lo hizo con tal virulencia que la lámpara se tambaleó durante unos segundos sobre la mesilla.

-¿Qué pasa? ¿Es que no te interesa?  -preguntó desafiante.

El pequeño de los hermanos, que parecía estar inmerso en un profundo sueño, no respondió.

-Te estoy hablando, no te hagas el dormido.

Jorge resopló, apoyó la almohada en el cabecero de la cama y se incorporó.

-No te enfades, yo no he dicho que no me interese -contestó finalmente.

-Claro que no te interesa, tú eras muy pequeño para acordarte de papá.

-Cuéntamelo si quieres.

-Creo que ya no tengo ganas de contártelo -respondió Carlos.

Y de un salto se levantó de la cama y se dirigió hacia la ventana de la habitación. Corrió la cortina y pudo ver la puerta que daba acceso al pasillo reflejada en el cristal. Un nudo en su garganta le impidió respirar con normalidad. En su cabeza se agolpaban los recuerdos, unos reales y otros producto de la imaginación de un niño de trece años. Fue justo en ese preciso momento cuando odió con todas sus fuerzas a su hermano pequeño, le odió por no haberle querido escuchar. Su respiración se entrecortó por completo, sus mejillas se sonrojaron y sus pupilas comenzaron a brillar a la luz de la luna.

Una lágrima resbaló por su mentón. La limpió bruscamente con una de sus manos y de inmediato intentó pensar en la manera de no ser descubierto mientras lloraba. Agarró con los dedos el tirador de la ventana y la abrió.  El aire de diciembre entró colérico en la habitación precipitando la caja de pastillas para la tos contra el suelo; todas las pequeñas cápsulas rodaron por la tarima.

-¿Qué estás haciendo? Cierra la ventana.

Las quejas de Jorge pudieron escucharse desde el fondo de la habitación.

Tras escuchar aquellas palabras Carlos pensó en asfixiar a su hermano, agarrarle con fuerza por el cuello y apretar hasta que dejara de ofrecer resistencia. Le oiría jadear suplicando clemencia, entonces apretaría más fuerte, así nunca más podría darle una orden.

Cerró de nuevo la ventana, no sin antes asomarse para que el aire borrara el rastro de las lágrimas en sus ojos. La calle estaba desierta, ojeó su muñeca desnuda e intentó adivinar qué hora sería. Algo en su interior le provocó una extraña necesidad de salir al exterior; se imaginó recorriendo las avenidas vacías, montándose en un taxi para dirigirse al centro de la ciudad. Sentía curiosidad por ver las luces de neón de los teatros apagadas y las estaciones de metro cerradas.

Jorge, que contemplaba a su hermano desde la cama, sintió lástima de él al verle allí de pie, con la cabeza apoyada en la ventana, guardando un sepulcral silencio.

-¿Estás bien? -preguntó.

Carlos se giró hacia su hermano y le miró, pero tardó un largo rato en responder.

-¿Habrá gente en el centro ahora? -dijo.

-No lo sé, nunca he estado allí de noche.

-A mi me encantaría visitarlo de madrugada.

Se volvió de nuevo hacia la ventana y acercó la cabeza a ella hasta que la frente tocó el cristal.

-¿Y para qué? Por la noche no hay nada abierto.

Carlos no respondió a su hermano, se concentró en dejar escapar el aliento de su boca para empañar el cristal de la ventana; cuando lo hubo conseguido, lo limpió cuidadosamente usando la manga de su pijama.

-¿Crees que papá me quería? -preguntó inesperadamente.

La pregunta cayó sobre Jorge como un jarro de agua fría. Pensó durante unos segundos la mejor respuesta posible, pero no se le ocurrió ninguna acertada.

-¿Qué crees tú? -dijo finalmente.

-Yo creo que no me quería.

-A lo mejor sí, lo que ocurre es que lo hacía a su manera.

Carlos dejó de contemplar la ventana y caminó cabizbajo hacia su cama.

-Tal vez -dijo resignado-. ¿Tú le querías? -preguntó.

-Supongo -respondió-, aunque no me acuerdo demasiado de él.

-Te quería más a ti que a mí -le recriminó el mayor.

-Eso no es verdad.

-Si no lo es, ¿por qué a ti nunca te hizo nada?

La voz de Carlos sonó quebradiza, como si dentro de su garganta hubiera un vaso a punto de estallar.

Jorge no respondió a la acusación de su hermano, se quedó en silencio buscando otro tema del que hablar.

-¿Has estado llorando? -preguntó.

-¿Por qué dices eso?

-Porque tienes los ojos irritados -contestó señalando con el dedo índice su cara.

-Eso es una tontería, duérmete otra vez -sentenció Carlos.

Y acto seguido, para intentar quitarle importancia al comentario, se arrodilló y comenzó a recoger las pastillas que un momento antes el viento había arrojado contra el suelo.

-¿Qué haces? -preguntó Jorge.

-Buscar una cosa -respondió.

-¿Y qué buscas?

-Las pastillas para la tos, las ha tirado el aire.

Desde la cama Jorge señaló alguna de las cápsulas que se veían por el suelo. Carlos, que sujetaba en su mano izquierda el pequeño recipiente de plástico que las contenía, recogió aquellas que le iba indicando.

-No deberías haber abierto la ventana.

-Bueno, eso ya no tiene remedio.

Una cínica sonrisa se dibujó en el rostro del pequeño de los hermanos.

-La has abierto para que yo no te viera llorar -dijo sin dejar de sonreír.

-¡No quiero volver a hablar de ese tema! -contestó furioso Carlos-. Y más te vale no contarle nada de esto a mamá si no quieres que me enfade. Ya sabes que no le gusta que hablemos de papá.

-No pensaba contarle nada a mamá -respondió a la defensiva.

La habitación quedó en silencio tras la breve discusión. Jorge se tumbó dándole la espalda a su hermano y éste continuó buscando las pastillas para la tos hasta que consiguió recogerlas todas. Después dejó el frasco sobre la mesilla, lo cerró con la tapa y, tras apagar la luz, volvió a la cama.

-Jorge, ¿estás despierto? -preguntó Carlos tras unos minutos arropado en los que no consiguió conciliar el sueño.

-Sí -respondió su hermano.

-Sabes que yo siempre te he defendido y que nunca te haría daño, ¿verdad?

-Claro.

-También sabes que te quiero, igual que a mamá.

-¿A qué viene todo eso ahora?

-Nunca quise hacerte daño aquel día, en el entierro de papá.

Esta vez Jorge no respondió, tampoco Carlos volvió a hablar. Permanecieron un largo tiempo callados, llorando a escondidas esta vez ambos.

Tuvieron que pasar al menos diez minutos hasta que cesaron los sollozos.

-¿Jorge? -dijo Carlos.

El pequeño, que no conseguía quedarse dormido, se giró hacia su hermano, aunque casi no distinguía su silueta en la oscuridad.

-¿Qué quieres ahora? -preguntó.

-¿Te he contado alguna vez todo lo que ocurrió?

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