José Antonio Prades

Don Pelayo de la Casta

Autor: José Antonio Prades.

Este relato forma parte del libro ‘Desde Molintonia’, que reúne varios ensayos novelados sobre gestión de personas.  Quise rendir un humilde homenaje a don Quijote de la Mancha, en el 5º centenario (2005) de su primera edición.

1.- Cuando Jesús L’Hôtellerie, directo descendiente del Barón de Warsage, murió, me contaron que habían encontrado entre sus pertenencias unos legajos cuyo contenido presagiaba una aventura del calibre andante de Amadís.

En vista de que hace cuatro lustros, el ilustre descendiente me honró con sus enseñanzas al ser compañero veterano en mi primera andadura laboral, tomé su búsqueda como un reto y me dirigí presto, en una corta visita a Zaragoza, pues ahora vivo en Madrid, al bar donde mataba las horas tristes de su soltería jugando al guiñote con principales señores de su barrio egregio.

Las noticias que allí me dieron dirigieron mis pasos a su casa de la calle Supervía, donde vivió junto a su madre.  La señora, con ochenta y siete primaveras que no dejaban graves honduras en su piel, me agasajó con una copita de moscatel mientras habló largo y tendido de las cualidades de mi compañero con esa pena amarga de quien ha sobrevivido a un hijo.  Al despedirme, me hizo un regalo venturoso: la carpeta colorada cuyas cintas de raso desgastado sujetaban unos cuantos folios amarillos.

Lo imagina usted bien, amigo lector: se trataba de la mentada historia.

Constaba de muchos pergaminos, cuartillas y octavillas, rellenas de apuntes, que unos parecían tomados “in situ” y otros elaborados con más tranquilidad.  Descubrí otra letra además de la del Barón, que, por mis recuerdos y deducciones, correspondía  a Luis Mata Vilches, otro compañero fallecido y que siempre compartió una relación de amor y odio con el hombre de sangre azul, una relación de amistad que se prolongó por más de cuarenta años, basada en una admiración mutua que ninguno de los dos quería reconocer.

Me volví a Madrid con el cartapacio bajo el brazo, sin meterlo en la maleta para no perderlo de vista ni un segundo de descuido.

Anticipo algo que descubrí luego de la lectura exhaustiva de aquellos escritos.  El Barón y Luis querían escribir una novela con las andanzas del protagonista, y nunca, nunca, revelaron la existencia de esos legajos, salvo a quien me hizo la confidencia, a la sazón Elena Santolaria, partícipe de la remesa de novatos en la que me incluí para ingresar en la empresa, que sólo lo recordó al comunicarme el fallecimiento de su poseedor.

El susodicho personaje se llamaba Don Pelayo de La Casta, filiación confirmada por mis averiguaciones posteriores, que realicé suponiendo equivocadamente un posible seudónimo para las aventuras escritas.  Don Pelayo de La Casta Juárez (el segundo apellido no aparece en los legajos, es producto de aquellas comprobaciones) anduvo por Manchosa (nombre ficticio de la empresa que introduzco a título personal) en los años 60, proveniente de una filial del Pirineo, donde ejercía de Gerente antes de la compra y absorción por Manchosa.

Don Pelayo ya no cumpliría 70 años en esa época de la fusión, y lo describen como un hombre enjuto, de rasgos afilados, con manos huesudas y piernas largas, barba en disminución hasta una punta retocada con gomina, y un pelo blanco, casi abundante.  Sus ojos negros tan pronto desprendían arrogancia como benevolencia y generosidad, acompañantes de una mandíbula, mentón y pómulos pronunciados.

Parece ser que en el pacto de compra se mantenían los derechos de todos los trabajadores de la empresa absorbida.  Don Pelayo recibió una suculenta oferta para su jubilación, pero negóse en redondo, ofendido, sintióse humillado y maltratado.  La Dirección de Manchosa le adjudicó entonces una labor de coordinación interdepartamental, algo menuda y falaz, pero le mantuvo su vehículo de empresa, un Mercedes blanco, con su conductor de toda la vida, don Paco Sánchez.

Don Pelayo había sido un Gerente estricto, pero por los adentros de sus dominios fue considerado como un hombre ecuánime, algo idealista en sus proyectos, aunque ajustado en las cuentas de resultados que nunca descuidaba a final de año, y sin perder de vista el futuro.  Al ser el principal accionista de la empresa absorbida, hizo abundante caja con la venta, pero nadie le percibió un cambio en sus costumbres de vida, siempre austeras y comedidas, salvo en sus trajes grises, de impecable factura, y en sus sombreros, de fieltro y ala ancha.

Nuestros relatores cuentan que llegaron a sus oídos las actuaciones de Don Pelayo como Adjunto al Consejero Delegado, cargo que hacía constar en sus tarjetas de visita con trazas de letra gótica.  Y en ocasiones hasta solía trocar el nombre con el adjetivo para mentarse Consejero Delegado Adjunto.  No parece que recibiera amonestación por ello, sino una cándida sonrisa de indulgencia.

Paco Sánchez derrochaba campechanía, la propia de un aragonés criado bajo techos de cobertizos, los que su padre guardaba con cuidado en la ganadería de Los Chaparros, gente negociante de terneras en las tierras de Sabiñánigo.   Y su padre tuvo la responsabilidad en la selección de Paco para desempeñarse como ordenanza primero y chófer después en la empresa de suministro eléctrico para la comarca.  Don Pelayo poseía una finca, en cuyo acceso un olmo incomodaba la entrada de su nuevo automóvil.  Así, en el Casino, dejó caer que daría un puesto en su empresa a quien lo talara.  Escuchólo Sánchez padre, cortó el árbol, y aprovechó para dar salida a su hijo Paco, de quien poco sacaba como ayudante de porquerizo.  Fue Don Pelayo consecuente con su oferta y aceptó el trueque del padre por el hijo, por lo cual el muchacho pasó a engrosar la nómina como un obediente y aplicado ordenanza, durante cuyo ejercicio aprendió a leer, escribir y hacer cuentas con precisión, incluso con cálculo mental.

Y fue el Gerente General, el que, cinco años más tarde, financiara el carnet de conducir de Sánchez hijo para que pasara a ser su chófer privativo, aunque tuvo su primer automóvil propio muchos años más tarde, un Citröen 2CV gris perla al que llamaba “Burro”. Los pocos movimientos físicos de su oficio y la afición a la comida abundante le dieron una configuración rechoncha y coloradota, que aliñaba con gran salero y filosofía parda, lo que agradaba sobremanera a Don Pelayo.

 

2.- Allá donde asomara Don Pelayo se armaba el revuelo.  Parecía que seleccionaba sus actuaciones por olfato, pues su intervención se juzgaba oportuna y acertada en la mayoría de las ocasiones.   Veamos, verbigracia, la primera que cuenta el Barón.

Hizo el buen hombre su aparición por las dependencias de la planta baja del edificio social.  Le seguía con pasos cortos y rápidos su fiel lacayo Paco, que apenas alcanzaba a mantener los dos pies en el suelo para ir a unos metros de su jefe.  Don Pelayo siempre caminaba seguro y firme, mentón levantado y mirada retadora.  El señor Sánchez bufaba por el esfuerzo de trasladar su enorme barriga a la velocidad necesaria.

Sortearon el mostrador de mármol donde se atendían las reclamaciones de facturación, bandeando con fuerza una puerta baja con bisagras de muelle.  Obvió las miradas de los abonados que guardaban fila y se dirigió hacia la puerta del despacho acristalado de don Julián Cortés, desde donde podía vigilar el buen hacer de sus probos empleados.  Pero no se detuvo dentro del despacho, sino que lo atravesó a la misma velocidad para llegar a la otra puerta que daba acceso a la sala de trabajo de los oficinistas.  Don Julián lo miró alucinado.  Sánchez, tropezando con las sillas de confidente, aún se atrevió a rumiar un ‘buenos días tenga usted’, mientras hacía una reverencia.  Casi llegó a empujar a Don Pelayo, que se había detenido oteando el horizonte.

Buscaba un objetivo mirando a cada uno de los empleados, que habían dejado su labor ante tal presencia extraña en su ámbito de dominio.  En cuanto lo hubo encontrado, allí que se dirigió, ahora con calma y delicadeza, como procede en el acercamiento a una dama principal.

–¿Es usted doña María Pilar Salas? –inquirió a la señorita más alejada de la entrada.

–Sí,  soy yo.

Don Pelayo le tendió su mano con suma educación.

–Mi nombre es Pelayo de La Casta, Director Adjunto al señor Consejero Delegado y responsable de asuntos varios en torno y dentro de la compañía.

La muchacha se levantó, pero el Adjunto le espetó con suavidad, aunque con firmeza, en un volumen extremadamente bajo:

–No, no se levante.  Sólo quiero hacerle dos preguntas para verificar mis informaciones y  mis pesquisas.  ¿Será tan amable usted de responderme?

–Si está en mi poder.

–Lo estará, lo estará.  Señor Sánchez, tome, tome nota del evento, por favor.

Paco sacó una libretita y con lápiz se aprestó a dejar por escrito la constancia que le requería su señor.

–Veamos, María Pilar.  ¿Es cierto que el señor Cortés, jefe de usted, el pasado día 24, a las 12:30 de la mañana, le dirigió, con voz alterada y manifiestamente incorrecta, una frase que más o menos vendría a decir esto: “Cierre la boca.  Aquí no le pagan por pensar, sino por trabajar”?

La señorita tragó saliva y comenzó a ponerse pálida porque el mentado señor Cortés se había levantado de su silla y posaba, erguido, manos atrás, mirada de soslayo, al otro lado de la mampara, desde donde veía lo ocurrido.

Don Pelayo pareció percibirse de tal situación, por lo que se giró, se estiró como un torero ante la presidencia, alargó su brazo en alto y en diagonal, y, mirando al observante, le dirigió un gesto despectivo moviendo la mano arriba y abajo.  Extrañamente a su condición autoritaria, don Julián se retiró.

–¿Y bien, señorita?

–Sí –contestó ella en un susurro.

–Tome nota, Paco.

–Así lo hago.

–La segunda pregunta.  ¿Ha sido usted desagraviada por el señor Cortés?

–¿Cómo dice, señor?  No entiendo a qué se refiere.

–Si le ha proporcionado alguna explicación, disculpa, dispensa o descargo por tamaña alocución atentatoria a su persona…

–¡Ah!, no, no.

–¿Todo registrado, señor Sánchez?

El fedatario asintió con la cabeza y un ligero mugido.

Así como lo escuchó, Don Pelayo se dirigió hacia la puerta que antes había atravesado y, justo habiendo sobrepasado un metro su dintel, con un papel en la mano que Paco le proporcionó, comenzó la siguiente exposición:

Don Julián Cortés, Jefe Superior de Facturación, sea usted enterado por esta vía de lo siguiente.  El pasado día 26, recibió Nota de Régimen Interior número 3257, de mi autoría y con firma y sello que lo corrobora, del tenor siguiente: “He sido informado de que el día 24 de los presentes, a las 12:30 de la mañana, en presencia de todo el elenco de sus empleados, hizo uso de formas y palabras incorrectas hacia la señorita doña María Pilar Salas, en las que cuestionaba su valioso aporte a la compañía, en forma de ideas o pensamientos para mejorar un proceso de trabajo.  Sepa usted que ese comportamiento tan infame ocasiona un grave perjuicio a los resultados empresariales, además de atentar contra el respeto debido a toda persona, y más a una empleada de esta casa.  La capacidad de pensar resulta inherente al ser humano y es su responsabilidad aprovecharla y aplicarla, incluso incentivarla en todos los empleados a su cargo.  Deberá disculparse ante la persona agraviada, así como ante el resto de sus compañeros.  También deberá dar prueba de que usted impulsa acciones para que todos, y no sólo usted, aporten descubrimientos para dar valor al trabajo.  Firmado: Don Pelayo de La Casta”.

Carraspeó ligeramente antes de levantar la vista del papel para clavar sus ojos en la cabecita pelada de don Julián.

–No espero que diga nada.  Sólo he venido hasta aquí para informarle públicamente de que esta felonía va a quedar reflejada en mi Noticiario mensual de Acciones, que es elevado a la Comisión de Desarrollo, desde donde le harán llegar una réplica valorativa, que espero sea tan negativa como la mía, y le haga reflexionar.  Estas señoritas y señores –señaló hacia la sala, son testigos de mi reprimenda más severa.  Si antes de diez días, usted se dirige a mí presentando sus excusas y solicitándome soluciones dignas para sus comportamientos futuros, estimaré indicar a la Comisión su arrepentimiento y acto de contrición ante tamaña afrenta.

Y se fue.  Se fue tal como llegó, mientras revisaba las notas de Paco después de quitarle al vuelo la libreta.

Luis Mata le asignó el apelativo de Defensor del Empleado, el botones Mariano le nombraba Capitán Trueno, y en el Jurado de Empresa se reían de sus andanzas llamándolo El Abogado de los Imposibles.  Pero la realidad era que sus actos no quedaban sin conclusión.  Don Julián Cortés fue apercibido por el Jefe de División Comercial mediante una misiva en la que irónicamente reforzaba los mensajes de aquella NRI, número 3257.  Ah, y parece ser que el ‘sobre’ del señor Cortés quedó mermado un par de puntos porcentuales sobre su salario sin complementos.

 

3.- El Mercedes blanco cabalgaba presuntuoso por las carreteras de Aragón.  Se convertía en un rocín que, a paso lento, sin llegar siquiera al trote, transitaba por los más recónditos lugares para hacer su entrada allí donde la presencia de Don Pelayo fuera necesaria.

Pero al igual que su dureza podía exorbitarse ante los incumplimientos, también desbordaba capacidad de ayuda si era requerido con prestancia.  El Jefe de Zona Teruel, que como Don Pelayo procedía de la Gerencia General de una empresa absorbida por Manchosa, le remitió una NRI, número 19254, en la que con un estilo solícito, demandaba asesoramiento en materia de mando para solventar un grave conflicto laboral.

Y allí que dirigió las revoluciones de su montura, cuya decrepitud le provocó un paso penoso por las estribaciones del puerto de Paniza y en las curvas de Burbáguena.

Don César Prieto, sabedor de la ascendencia que Don Pelayo gozaba en la empresa, había solicitado su intervención para dirimir un largo conflicto sobre aplicación de complementos en el recibo salarial a un grupo de operarios que trabajaba a turnos cerrados de 24 horas, siete días a la semana.  Fue recibido con gran boato, como correspondía a su nivel jerárquico.  Don César, acompañado de su Jefe Técnico, le expuso el problema y la confianza que tenía en que su intervención le pusiera fin.

–Tome nota, Paco –ordenó.

Esperó pacientemente, en un silencio sepulcral que podía cortarse con una espada, a que su sirviente le hiciera un gesto de asentimiento.

–Verá, don César, no tengo por costumbre intervenir personalmente en la resolución de conflictos, porque el buen mando se hace con la práctica, que supone asumir las riendas de sus funciones.  Le agradezco su confianza en mí, pero sólo le aportaré unas directrices para que se oriente en su proceder.  Informaré positivamente de su actitud en la Comisión de Desarrollo.  Queden ustedes con Dios.

A los pocos días, en Zona Teruel se recibió la NRI número 3314 del siguiente tenor:

“Un jefe nunca debe derivar el accionar con sus empleados a un tercero, salvo caso de extrema gravedad, entendida como catástrofe inevitable.  Podrá recibir ayuda o consejo, asesoría u orientación, pero el enfrentamiento con el problema se acometerá sin intermediarios para conseguir varios objetivos:

 

  • Adquirir práctica en las técnicas efectivas de gestionar.
  • Transmitir autoridad al conjunto de sus empleados, de tal manera que ellos sientan que están en manos de un directivo competente.
  • Recibir vis a vis los pareceres y consecuencias de sus acciones y disponerse después a la reflexión para mejorar los resultados en la siguiente oportunidad en la que deba aplicar similares modales.

 

Señor Prieto, usted es ejemplar en la administración de transformadores, líneas y redes.  Sabe sacar de ellos el mayor rendimiento aplicando las instrucciones que le indican los manuales de montaje y mantenimiento, de alivio de cargas, de fechas de renovación.  Tiene bajo su cargo importantes recursos, ¿no es verdad?  Pues aténgase a que todos los empleados que le reportan son recursos, recursos humanos, hombres y mujeres,  y su responsabilidad, ¡la suya!, no la mía ni la de la Jefatura de Personal, es que aporten su máxima producción.  Pero ojo, igual que usted sabe qué tornillo debe desenroscar para cambiar el aceite del transformador, lo mismo está obligado a conocer qué resortes debe utilizar para que sus empleados sean cada día mejores en ese proyecto a largo plazo que es Manchosa.

Me estoy aplicando en redactar unas bases de actuación que estaré gustoso en enviarle.  Tan sólo necesitan la aprobación de la Comisión de Desarrollo y de nuestro Consejo de Administración.  En ellas leerá esas instrucciones específicas para personas, y no para esclavos ni herramientas ni aparatos, que le proporcionarán las claves para que ellos y usted sonrían al observar los resultados a corto, medio y largo plazo.

Quede Ud. en el Amor de Dios”.

Tuve el honor de conocer a Emiliano Oliva, un administrativo puntilloso que llegó a ser compañero mío durante dos años.  Tras mis indagaciones, averigüé que anda por ahí un librito que relata su historia bajo el título “Epistolario de un oficinista”, tomando prestado dicho personaje con el seudónimo de Ponciano.  Lo he leído, y se lo recomiendo a usted, estimado lector.  De mis recuerdos, puedo apuntar que Emiliano pudiera fallar algo en su cordura, puesto que fabulaba en torno a unas supuestas misiones que le eran encomendadas aparte del trabajo, con supuestos contactos a niveles muy altos del Ministerio del Interior.  Igualmente, hablaba de Inma, una novia, hija del General Sanjurjo, con la cual  siempre estaba a punto de casarse, con gran pompa y festejo, en el altar mayor de la Basílica del Pilar.  En su trabajo, era aplicado y pulcro, exigiendo ante los jefes deferencias por su cargo externo.  Poca gente le hacía caso.

A Emiliano, don Tomás Aldama, Jefe Superior de Contabilidad, le cogió manía.  Pudiera ser que fuera por esos aires de importancia o por un error en un apunte, sí, quizá por tan poca cosa, pues el tal Aldama oscilaba desde el paternalismo hasta la más cruel tiranía en función de que soplara cierzo o bochorno.  Y como el cierzo es el viento más habitual en Zaragoza, gélido con las nieves del Moncayo, así de hiriente era el estado habitual del dictador.  Según cuenta L’Hôtellerie, el señor Oliva quedó defenestrado en un rincón, con una mesa adjudicada que semejaba un mapa en relieve, dados los escorchones que ostentaba en su tablero.  La silla bien pudiera haber servido de instrumento a un inquisidor, dura como el granito en su asiento y similar a un potro de tortura su respaldo.  Se le había confiscado la calculadora y limitado el uso de lápices y gomas, utensilios imprescindibles para realizar un trabajo eficaz.

Don Pelayo apareció como un resorte escapado de un sillón malherido.  Casi ni le oyeron llegar a no ser por los resoplidos de Paco, que llegó unos segundos más tarde.  Púsose el señor de La Casta en posición de ataque frente a la puerta del despacho, cerrada a cal y canto y, con patada lateral dirigida a la cerradura, la golpeó seca y duramente, manteniendo la posición de guardia cuando el arco quedó franco.

4.- El Jefe de Contabilidad gritó con autoridad y Don Pelayo contestó con fiereza:

–Cállese.

Dejó pasar el instante de desconcierto y llamó a don Emiliano a su presencia.  El hombre, asustado, acudió obediente.  Sin atravesar el dintel, con Aldama a cierta distancia previsora, pero con el rostro inflamado, el Defensor del Empleado, con la mano apoyada en el hombro del trabajador agraviado, usando voz de arenga, soltó en voz muy alta:

–Es usted –y le señaló con un índice acusador un bellaco y malandrín que no merece acogimiento en esta empresa.  Su hostilidad hacia las buenas maneras le incapacitan para desempeñar cualquier cargo y, si en mis manos estuviera, fuera confinado a las mazmorras de Argel, con un moro perverso de carcelero que le azotara cinco veces al día con un verga de toro.  ¡Avergüéncese!, baje la mirada, humíllese.

De La Casta mantenía el dedo como el cañón de un arcabuz dirigido hacia el entrecejo del villano.  Y cuando éste, rojo grana cual pimiento, quiso responder:

–¡¡Cierre esa boca arpía!!  ¡Ciérrela si no quiere que la llene de escarabajos y babosas que le impidan una sola frase infiel!  Va a ser castigado con el más terrible de los tormentos, la indiferencia, la indiferencia, la indiferencia.  Desde hoy, será desposeído de sus galones, trasladaré su despacho al sótano y su ficha de entrada será marcada con el negro fúnebre de los condenados.  Más grave que un despido, más duro que el alejamiento, señor Aldama, la merma de su salario será tan sustancial que deberá rogar limosna para un frugal alimento.  Y si dimite, yo me encargaré de que nadie se muestre indulgente con este desprecio que elevaré hasta el Gobierno si es preciso.

Don Pelayo se llevó a Emiliano y lo colocó en el departamento de Administración Comercial.  Los legajos no dicen nada de las posteriores consecuencias acaecidas con el Jefe Superior de Contabilidad.

Me quedan dos episodios reseñables a transcribir, episodios que hablarán de la grandeza de don Pelayo de La Casta, de su corazón y de su ideario, como dos complementos encajados a la perfección que descartarán todo atisbo de locura en el proceder del Caballero del Blanco Mercedes.

Tengo delante de mí un folio amarillento, escrito a máquina Olivetti, con anotaciones en los márgenes que parecen manuscritas por Luis Mata con su caligrafía rechoncha y almibarada, círculos a modo de puntos sobre las íes y las jotas, comentando unos párrafos que no sé clasificar si como transcripción de un hecho, como carta original o como creación de una pluma prodigiosa.  Lea usted.

[1]Para vos sólo soy de masa y de alfeñique, y para todas las demás soy de pedernal; para vos soy miel, y para las otras acíbar; para mí sois la única, la hermosa, la discreta, la honesta, la gallarda y la bien nacida, y las demás, las feas, las necias, las livianas y las de peor linaje; seré caballero postrado ante vuestros pies y deshojaré las estrellas para entregároslas y que iluminen vuestro corazón. 

¡Oh, sabed, amada mía!, que en los albores de los reinos que visito siempre acudís a mí en un recuerdo incandescente que me otorga fuerzas para el desagravio del humilde y del desamparado.  Sabed que me inspiráis hasta el más pequeño de mis discursos, donde vuestra huella se eleva para resolver los más intrincados aconteres y entuertos que mi deambular por los caminos me trae.

Sé de la indulgencia que os conduce, de la equidad que obráis para con los menesterosos que solicitan cobijo y amparo en vuestra hacienda.  De este proceder tomo mi ejemplo y mi modelo para dar a mi vida el Amor que aún excuso sin vuestra presencia.  Amor es lo que rige mi existencia, amor por los seres humanos que crecen en este mundo de locos, amor para que crezcan por sí solos, y  se procuren el hallazgo de esa esencia interna que cada uno conserva y que los abusadores anulan por soberbia y altanería.

Os amo, princesa mía, y llegará la luna en la que mis cansadas piernas reposen en vuestro cálido regazo.  Os haré entrega de mis méritos y de mis fracasos, de mis diplomas y de mis errores, y valoraréis con justicia los resultados obtenidos en este difícil sendero que me he trazado para hacerme acreedor de vuestra eterna compañía.

Cerca está el día, amada de mis anhelos.

Quizá, como Luis Mata indica, se trate de una misiva dirigida a Marinola de Alquézar, heredera soltera de un terrateniente altoaragonés, habitante en los dominios del valle de Gistain.  No he conseguido datos que atestigüen su existencia, ni más información que la referida por el Barón en una octavilla:  que era la mujer adorada de sus sueños, sólo por ella por quien vivía y actuaba Don Pelayo, la receptora de todos sus comunicados… una bella señora maldita por una hechicera del Pirineo para morir sin conocer el amor, confinada en su enorme caserón de piedra, allá donde las montañas se erigen en eternos vigías de la llegada de su enamorado proscrito.

Con la misma fecha que esa octavilla, hay escritos unos versos:

Por vos cruzo las anchas travesías

con mi paso incierto y dolorido,

con un eterno Amor encendido

que alumbra mis penadas celosías.

Seré caballero sin más amantes

que me trajeran los negros aromas,

que van llenos de cuerdas y maromas,

surgidos en maldades acechantes.

Vuestro para siempre, leal princesa,

vuestro postrado en la esperanza,

volando libre en mi grácil calesa,

sin atender a la sutil  ‘fraganza’

del apetecible desfallecimiento

que me traería la destemplanza.

5.- Zaragoza, jueves, 14 de junio de 1965, salón del cine Goya, sito en la Calle de San Miguel, frente a la sede social de Manchosa.  Allí se ha convocado la Junta General de Accionistas, para comunicar un ejercicio portentoso que confirmará a Don José Sinués y Urbiola como Presidente de la Sociedad.

Se cumple a rajatabla el Orden del Día, con las intervenciones de los altos comisionados.  La presentación del Estado de Cuentas se salva con grandes aplausos al proponer el reparto de un suculento dividendo.  Y llega el turno de Ruegos y Preguntas.  Don Pelayo de La Casta, Director Adjunto al Consejero Delegado había hecho constar al Secretario General su deseo de intervenir.  Fue anunciado su turno y subió a la tribuna, con un elegante traje gris y unos folios en la mano.

Señor Presidente, señores y señoras accionistas:

“Agradezco la oportunidad que me brindan para comunicar desde el principio mi jubilación como empleado de esta compañía.  Seré breve y conciso como marcan las costumbres de estos eventos.  Si he pedido mi turno es para expresar mi sincero agradecimiento a quienes han sido de eficaz ayuda en mi labor, nada sencilla, de estos últimos años.

“Sepan ustedes, señores accionistas, dónde se deposita el logro de los excelentes resultados que hoy les han presentado.  Nada más y nada menos que en estos eficientes y diligentes empleados de los que consta la plantilla, desde la primera jefatura al último operario.  Sépanlo, entiéndanlo y valórenlo.  Pero vienen tiempos correosos, tiempos que deben marcarnos la anticipación a los obstáculos.  Podrán ustedes aportar financiación, podrán ustedes tomar decisiones de ahorro de costes y eficiencia de procesos, pero conozcan de primera mano que nada será factible si no toman en consideración a quienes deberán transmitir, aplicar y ejecutar esas directrices.

“Señoras y señores accionistas, vienen tiempos de cambio, vienen tiempos para aplicar nuevas consignas que deben basarse en una consideración distinta de lo que siempre hemos llamado, despectivamente, mano de obra.  Ustedes sólo obtendrán su máximo beneficio, al que legítimamente aspiran, si se sienten orgullosos de que esa plantilla de personas abnegadas se ocupen de hacer crecer su capital.  Y ese orgullo debe concretarse en actos que lo confirmen tratando a los señores empleados como ustedes exigen ser tratados por el Consejo de Administración, con el respeto que proporciona el depósito de un capital que siempre puede posarse en otros nidos.  Esos trabajadores también eligen a Manchosa para hacernos depósito de su más preciado bien: su capacidad de esfuerzo, su capital intelectual y su confianza para que sea tratado como se merece, es decir, aumentado día a día.

“Todos los empleados que tienen bajo su cargo la dirección de un equipo de personas deben valorar adecuadamente el aporte industrioso que cada cual deposita en su actividad diaria.  Y también todos los empleados deben entender que nuestros clientes, al igual que nuestros accionistas y proveedores, deben recibir una exquisita acogida en la empresa.  ¿Son ustedes conscientes del ciclo que les estoy proponiendo: accionistas, empleados, clientes, proveedores… y sociedad?  Sí, estimados accionistas, y por qué no decir, queridos o amados accionistas.  Ese ciclo autoalimentable que hoy les presento como despedida de mi andadura profesional es el giro de un molino que continuamente debe ser nutrido con una corriente de agua o viento.

“Les estoy hablando de una corriente de Amor.  Y por favor, que nadie sonría desde la racionalidad que dan los balances, llenos de números, exentos de emociones.  Cada uno de esos apuntes precisos surge de una acción de Amor, y cuanto mayor sea el caudal de la corriente que mueve el molino, más nos hartaremos de números elevados.  No piensen ustedes que los objetivos de una empresa deben estar libres de las emociones que sólo provocan los sentimientos.

“Sean ustedes capaces de ordenar con Amor a su Consejo de Administración que actúe con Amor y la rueda del molino girará más tiempo y más deprisa.  Piensen en el Amor como cauce, como ayuda desinteresada para que cada cual a su lado, incluso cualquier empleado, sí, encuentre un camino digno y venturoso.  Sean capaces y la cuenta de resultados despegará hacia cotas nunca conocidas en los anales de la Bolsa.

“Me retiro a mis aposentos, a mi querido Pirineo donde me esperan otras batallas que también tienen que ver con el Amor que les propongo.  Tomen nota y sean leales a la conciencia que les nutre para enfocar su existencia.  Dios es parte de todos y todos formamos parte de un proyecto único.

“Amen y hagan lo que quieran… los demás les premiarán.

Siendo como soy alguien que se dedica a este noble oficio de ayudar a otros a gestionar personas, me congratulo con un personaje como Don Pelayo de La Casta, adalid de las buenas maneras y lacayo de la urbanidad, un adelantado de luces que plantó su huella como pionero de la bonhomía, que es la mayor virtud que debe ostentar quien quiera ser llamado Director de Recursos Humanos.

Queda con Dios, buen lector, y reitero con el Caballero del Blanco Mercedes: ama y haz lo que quieras… los demás te premiarán.

Cide Hamete Benengeli

NOTA: Don Pelayo le ofreció a Paco Sánchez una Jefatura de Negociado y tres sombreros de copa, pero él sólo pidió quedarse con el Mercedes y una buena paga para su jubilación.  Su Citröen 2 CV ya no funcionaba.

[1] Texto recreado desde párrafos del capítulo XLIV, de El Quijote (2ª parte).

Autor: José Antonio Prades. Graduado Social, Máster en Dirección de Empresas (MBA), Máster en Dirección de Recursos Humanos, Máster en Gestión Integrada, Postgrado en Consultoría Organizacional y Experto en Consultoría Interna de Recursos Humanos. Escritor con más de veinte obras publicadas.

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