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El espectador insaciable

Autor: José Luis Esteban. Actor y dramaturgo.

La noticia saltó a los papeles a mediados del mes de abril. El actor Giovanni Mongiano acudió al Teatro di Popolo, en Gallarate, en la Lombardía italiana,dispuesto a representar su monólogo “Reflexiones de un actor que lee”. La taquillera del teatro lo recibió con una expresión de espanto en la mirada. “Maestro, no sé cómo decírselo, pero no hay ni una sola entrada vendida en la sala”. Una de las pesadillas que con más frecuencia nos asalta a los cómicos se había convertido en realidad. La reacción de Mongiano fue inesperada: se dirigió al camerino y ordenó que la función empezara con normalidad, a la hora convenida. Y así fue: interpretó la obra con el patio de butacas completamente vacío.

Lo que no consiguió en directo, lo hizo en diferido. No sabemos exactamente si la función fue un éxito, pero su gesto, a la vez heroico, entrañable y patético, se hizo viral a los pocos días. Si en estos momentos tecleas en google “Actor italiano actúa sin público”, obtienes un total de 973.000 resultados. Casi cualquier actor o dramaturgo del mundo firmaría por tener esa presencia en redes.

El gesto de Mongiano, explicado por él mismo como un acto de homenaje al teatro, de rebelión y provocación a partes iguales, fue criticado por muchos profesionales como una maniobra publicitaria. Partamos de la base de que es difícil prever la visibilidad de un acto publicitario al que no acude nadie. Pero no es ése el debate. Lo que hizo Mongiano, al margen de cuestiones personales, ¿fue un acto teatral?

Xabier Doménech, un teatrólogo muy sensato del que lamentablemente hoy casi nadie se acuerda, afirmaba que son tres los componentes esenciales que definen al teatro como acto comunicativo de carácter poético: La intención previa -que vendría a corresponder con la dramaturgia, sea ésta de la forma que sea-, el espectáculo -es decir, lo que se ve, escucha y siente en el escenario-, y el público. Si alguno de esos tres elementos no aparecen en la fórmula, no puede hablarse de teatro.

Estoy completamente de acuerdo con Doménech, y por tanto considero que lo que Mongiano hizo aquella infausta noche fue un acto de desagravio, de despecho o de desahogo personal, pero no un acto teatral. Y no tengo duda acerca de la dignidad del mismo, pero sí de su eficacia y, dicho sea con sana ironía, de su sostenibilidad. Y tampoco creo que, si a resultas del eco que ha tenido su actuación, un empresario le ofreciera al bueno de Giovanni una suculenta gira por teatros vacíos, la aceptara de buen grado. Por mucha publicidad que le ofreciesen.

El teatro solo existe porque alguien lo mira. Como el arte en general. Nadie hablaría de la belleza del Partenón si en vez de en lo alto de una colina, en Atenas, estuviera oculto en medio de una selva inaccesible y aún no hubiera sido descubierto. Si Shakespeare, después de haber escrito el Hamlet, hubiera perdido el manuscrito en alguna noche de barahúnda y permaneciera hoy en día en algún cajón, intacto pero inencontrado, realmente Shakespeare no sería el autor de esa pieza excelsa, porque nadie la habría visto. Ni siquiera la pieza sería excelsa, a pesar de haber sido escrita. Ni aún pieza sería, puesto que nadie la habría leído. Sin salir de Shakespeare, muchos eruditos todavía especulan con el paradero de su comedia perdida, el Cardenio, que al parecer consta que realmente escribió. Magro consuelo de un dramaturgo: ser autor de una obra que no existe, porque se consume olvidada en un cajón. Por muy de Stratford upon Avon que seas.

Necesitamos al público. Esta conclusión de perogrullo no arregla nada pero sitúa nuestro oficio en un lugar del que nunca debe salirse. Este oficio se sustenta del contacto con el público. En ese lugar ha nacido y sólo ahí tiene sentido. Como todas las manifestaciones artísticas, el teatro surge en las sociedades primigenias cuando aparece el tiempo libre, es decir, el que resta después de asegurar las necesidades esenciales: cazar, comer, no ser comido, aparearse, dormir a cubierto y guerrear con los vecinos. Los espectadores fueron, al principio, los miembros del propio clan, que asistían asombrados a la narración de la caza del gran mamut. Luego, los del clan vecino, cuando ya no hizo falta guerrear con ellos porque había recursos para todos; más tarde los de las pequeñas aldeas, y por último los de las ciudades emergentes. Poco a poco, lo que surgió como respuesta a nuestra necesidad sapiens de juntarnos para contarnos, se fue sofisticando, formalizando y convirtiendo en un hermoso, revelador y placentero lenguaje artístico. Cuando llegaron los griegos todo eso cristalizó en el teatro-espectáculo tal y como lo conocemos hoy en día, y para representarlo se construyeron grandes recintos a los que acudían miles de espectadores.

Que el teatro es un lugar donde la gente se encuentra no pasa de ser, de nuevo, una obviedad de sobras conocida. Pero ese encuentro no se produce exclusivamente entre el espectador y el espectáculo. Los espectadores también se encuentran entre sí. Fernando Fernán Gómez cuenta en uno de sus libros una anécdota reveladora. En pleno siglo XVII, un artesano gallego decide viajar de propio a Madrid para ver una representación de La vida es sueño en el Teatro del Príncipe. Y lo primero que le sorprende cuando entra en el Corral, abarrotado de un gentío bullicioso y apasionado, es que gran parte del personal está más interesado en socializar a grandes voces que en atender a la acción de la comedia. Todo el mundo pagaba su entrada religiosamente, y muchas veces había altercados por conseguir sitio, pero una vez dentro, la función era un aliciente más de la jornada, junto con el roce, el galanteo, la pendencia o el negocio chusquero. Eso sí, en el momento en que Segismundo sufre y se debate entre el bruto y el príncipe, las lágrimas de empatía corrían aún por las mejillas más cuarteadas.

Espectador, expectativa y expectación se conjugaban en un solo y globalizador sustantivo: espectáculo.

No quiero decir con esto que debamos volver a los tiempos en que los cómicos omitían páginas enteras del libreto para acelerar la llegada de los momentos más interesantes, ni que a partir de ahora, cuando suene un móvil en medio de la escena más comprometida, arrullemos al espectador con dulces gorjeos de felicidad compartida.

Lo que quiero decir es que es una pena que al pobre Giovanni Mongiano le pasara lo que le pasó, que la expectativa de su función no fuera atractiva, o que la expectación fuera nula, o que los espectadores inexistentes.

El espectador del siglo XXI tiene a su alcance la más apabullante, diversa y mejor oferta de ficción que el mundo ha conocido. Y se ha convertido, sin quererlo y seguramente sin saberlo, en un experto conocedor de tramas, conflictos, estructuras y personajes. Los distintos tipos de ficción que consume -literatura, cine, televisión, internet, teatro, videojuegos, comics, etc…- se realimentan unos de otros, y se mezclan en un inconsciente colectivo, nada académico, nada formal, nada estructurado, que desarrolla su competencia para detectar aquello que le interesa… y lo que no. Y eso sin contar con que a la vuelta de la esquina se agazapan los experimentos narrativos de realidad virtual, donde el ciudadano va a poder ser no solo espectador, sino protagonista, y más aún, guionista . Por supuesto, dentro de este proceso tan esquemáticamente formulado caben todas las contradicciones, excepciones y puntualizaciones semióticas que se nos ocurran (por cierto, no tiene que ver, pero de repente me acuerdo…. ¿la semiología existe aún? ¿o le pasa lo que al monólogo de Mongiano?).

El mundo es como es, y evoluciona como evoluciona, al margen de singularidades históricas como la salvaje crisis de estos últimos diez años, o como el desprecio facundo y rampante de nuestro gobierno a todo lo que huela a inteligencia creadora. Los tiempos y la gente cambian, y los teatreros tenemos la obligación de renovar día a día, función a función, el antiguo acuerdo que tenemos con el espectador.
¿Todo por el espectador?
No.
Todo para el espectador.
En ocasiones, desde determinados ámbitos de creación se extiende la especie de que trabajar con el espectador como objetivo crucial supone una banalización del acto creativo, que debe fluir por otros conductos diferentes que los que aprueba el público.
O se lamenta el hecho de que solo El club de la comedia consigue llenar los auditorios (por cierto, no tiene que ver, pero… ¿todavía no le han quitado la licencia a ningún arquitecto por los auditorios que se han construido en España en los últimos treinta años?), y de que la vulgarización y el adocenamiento producido por la televisión y el acceso a internet es una bacteria ultrarresistente a los mejores antibióticos teatrales. O se proclama la muerte de la cultura a manos del entretenimiento. En lo esencial, no es un debate nuevo. Llevamos así desde la invención de la imprenta.

Siempre ha habido diferentes niveles de entretenimiento. En el siglo XIX, los puristas alertaban contra la aparición de las novelas en los periódicos -los folletines por entregas-, y alertaban de la muerte de la verdadera literatura, víctima de una intoxicación de populacho. Nada de eso ocurrió. La literatura siguió su camino, adaptándose a los nuevos usos, costumbres y contextos. Sin ir más lejos, hoy en España se lee más que nunca. Que es poco, aún, pero eso no quita.

A mí me encanta entretenerme. Mi negocio consiste en entretener al público. Es así desde el tiempo de los mamuts. Sí, también hay que transmitir ideas. Historias. Ampliar la expectativa del oyente. Cultivar su competencia y su capacidad de reflexión. Pero entreteniendo. Al final de todo, haciendo gozoso seguimiento del antiguo aforismo escolástico: no hay docere sin delectare.

En definitiva, lo que yo me pregunto es: ¿Cómo es posible que ni uno solo de los 54.000 habitantes que pueblan la localidad de Gallarate apareciera aquella noche en el Teatro di Popolo -ni aún en el nombre del recinto tuvo suerte nuestro Giovanni- para ver las Reflexiones de un actor que lee? ¿No se enteraron? ¿No se decidieron? ¿Ni se lo plantearon?
Seguramente, un poco de las tres cosas.

El teatro sucede en directo. Aquí, ahora, irremediablemente. Una vez y no más. No podemos apretar el pause ni recargar la página. El teatro son 20 euros la entrada. El teatro es el amor, la violencia, el deseo, el poder, expuestos en directo, en carne y hueso, para saciar la expectativa del espectador. La verdad y la emoción son dos antídotos infalibles para combatir su absentismo. La verdad que produce un estremecimiento que salta del escenario y anega las costuras del espectador. La emoción que en la vida real nubla el entendimiento y lo entorpece, pero que en el teatro se convierte en una revelación que modifica en algo -poco, no seamos pretenciosos, pero algo- la conciencia del espectador, de forma que no sale igual que entró.
Se está haciendo. Se va por ahí. Se tiene que ir por ahí.
Se trata de invitar al espectador -bueno, invitar no, que tiene que pagar la entrada- no solo a ver un espectáculo sino a realizar un viaje, necesariamente emocional.

Autor: José Luis Esteban. Actor y dramaturgo. Como actor, he participado en cerca de cincuenta producciones teatrales, con directores como Carlos Martín, Ernesto Caballero, Ramón Barea, Helena Pimenta, Aitana Galán, Luis Olmos, o Fernando Fernán Gómez, entre otros.
En el campo del cine, he trabajado a las órdenes de Paula Ortiz (De tu ventana a la mía), Hugh Hudson (Altamira) y Ana Murugarren (La higuera de los bastardos, pendiente de estreno el próximo mes de octubre)Como dramaturgo, he estrenado, de una parte, espectáculos inspirados en clásicos (El Buscón, de Quevedo; Arte de las putas, de Moratín; El alma en vilo, sobre poesía española del XVI, La novia de don Quijote, a partir de la novela de Cervantes). De otra, textos originales como Rodin: la puerta del infierno; De parte de Marte, o Marcha atrás; así como dramaturgias sobre materiales poéticos: Territorio Beat, No siempre fui tan feo, Amores feos, Abre la puerta (estreno septiembre de 2017). Y tengo tres libros publicados con parte de mi obra.