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Kase.O: el rapero que no murió de joven

Autor: Miguel Espigado.

En noviembre de 2016, y tras un largo silencio creativo, el rapero zaragozano Kase.O publicó El Círculo, su esperado álbum en solitario. En las entrevistas de promoción se sinceró sobre la enorme crisis personal que había atravesado en los años anteriores. Viniendo de un mundo artístico como el rap, tan reconfortante para la debilidad ajena como un patio de reformatorio, su confesión me conmocionó. Kase.O ha conseguido todo lo que yo he ansiado en el ámbito creativo; durante la década larga de actividad de su grupo Violadores del Verso, logró elevar una propuesta musical surgida del más puro underground a la escena internacional, y sin perder un ápice de autenticidad. Y tanto El Círculo como su album anterior, Jazz Magnetism, han demostrado que su capacidad creativa sigue creciendo aún veinte años después de comenzar su andadura. Su nuevo disco, sin embargo, también rezuma sufrimiento, desazón existencial, un caos emocional propio de un Peter Pan expulsado de Nunca Jamás. Kase.O, pese a haber disfrutado de una vida pública alucinante, parece atrapado en las mismas mierdas adultas que el resto de nosotros.

Después de escucharle ese quejío, las canciones de vacile de El Círculo, clásicas en su despliegue de chulería y ataques ingeniosos a otros raperos, me suenan a convención de género. El Kase.O de hoy ya no transmite aires de conquistador, sino de Papa mortificado, de viejo león que sabe que ha llegado su hora de ceder el trono, por mucho que los medios de comunicación y la cultura institucional le doren la píldora más que nunca. Porque la corona del rap no te la colocan los periodistas culturales ni los políticos. De hecho, el reconocimiento del mundo adulto a un rapero tan hardcore como Kase.O funciona más como un abrazo del oso, un cordón sanitario que lo aleja de la manada encendida de pura juventud y sed de éxito, violencia, sexo y competición que conforma la escena viva del hip hop. Kase.O y sus fans tenemos claro que, aunque no haya límites a la vista para su carrera musical, como rey del rap, está acabado. Y no pasa nada. Y puede sentirse honrado. Porque el maestro Javat A. K. A. Kase.O, junto a otros pocos pioneros, ha sido para el rap español lo mismo que los Run-DMC para el estadounidense: uno de los que crearon la primera narrativa genuina del género en España.

En cada país el hip hop serio debe encontrar una historia real que contar. Y en ese sentido, el rap español se desvió pronto de la deriva que tomó en los Estados Unidos, donde un público de clase media comenzó a consumir esta música como quien va a ver una película de far-west, pero con traficantes de drogas en lugar de forajidos, y guetos raciales en lugar de desiertos. El rap de nuestro país podía haberse convertido en un circo de imitación barata de estos escenarios americanos. Pero en su lugar, raperos como Kase.0 apostaron por rimar sobre los lugares verdaderos de la juventud española del momento. Era una época en la que los hijos de currantes y funcionaros nos pasábamos la vida inercambiando jugos salivares, cachis y canutos en los botellódromos de provincias. Y el carisma y talento lírico del rapero lograron convertir esas emociones fuertes -las únicas al alcance de una juventud sometida a la mediocridad y la alienación posmodernas-, en una aventura romántica. El poder de toda poesía, al fin y al cabo, es sublimar una forma de existencia.

He usado aquí la palabra poesía, que en la actualidad alude un tipo de arte muy pautado. Sin embargo, quienes juzguen la lírica de Kase.O a través de la lectura silenciosa de sus letras se equivocarán tanto como quienes criticaron el Nobel a Bob Dylan por lo mismo. Se trata esta de una malinterpretación común y sin embargo tan gruesa como juzgar la calidad de una novela por su adecuación para ser declamada ante un auditorio. El magnetismo y la musicalidad con que estos artistas interpretan sus textos en directo suponen ingredientes tan fundamentales como su papel para definir la identidad colectiva de una comunidad de jóvenes que surge en un momento y lugar muy concretos. Estas obras, sin su puesta en escena y su interacción con un contexto social particular, no pueden comprenderse.

Una consecuencia negativa de la naturaleza de este arte como algo que ha ocurrido, y no como algo que es, es que yo ya solo puedo escuchar Violadores del Verso desde la nostalgia de un mundo perdido. Para quienes ya no somos adolescentes, el culto al ego y el ataque al rapero rival que consisten los temas principales de los juegos de ingenio de Kase.O, se nos vuelven cansinos, insustanciales. En los inicios de la banda, además, el género en España seguía en una fase primitiva de producción musical, en parte debido a los escasos medios económicos con que contaba, y sus primeros discos resultan ásperos al oído actual (aunque también poseen el atractivo que tiene la cultura urbana antes de ser embellecida por una industria).

A la vista de lo anterior, el final de Kase.O podría haber sido como el de muchos artistas atados a la cultura juvenil de un momento, que se apagan cuando su arte no madura a la par que su público. Muchos raperos han forjado sus carreras interpretando roles tan macarras que cuando se vuelven miembros respetables de la sociedad, su identidad hiphopera se les cae como un disfraz. Kase.O, sin embargo, siempre se distinguió por mezclar esta actitud urbana con una dimensión humanística, una profundidad filosófica y estética, que le han permitido trascender más allá de los clichés del rap para adolescentes. Ojalá siga explorando las posibilidades del hip hop para trasladar sus experiencias vitales de madurez en su veta más literaria, como ya ha hecho el El círculo. Aunque los músicos pop suelen apagarse jóvenes, los escritores ganan con los años. Y aún no hemos visto cómo envejecerá el rap, pues todavía ningún rapero español se ha muerto de viejo. Así pues, larga vida a Kase.O.

Autor: Miguel Espigado. (Salamanca, 1981) es autor de Superego (premio Federico García Lorca), La ciudad y los cerdos y El cielo de Pekín (Lengua de Trapo, 2013 y 2011), La vida de los clones (Aristas Martínez, 2017) y Reír por no llorar (Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2017). Es doctor en Teoría de la Literatura por la Universidad de Salamanca. Ha trabajado como docente en la Universidad de Liberec, en Peking University, en el Instituto Cervantes, en la BLCU (Universidad de Lengua y Cultura de Pekín) y en la USAL.

 

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