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Residencia y tránsito de la letras en Aragón.

Autor: Javier de Navascués.

Escribía George Steiner que toda crítica literaria debía nacer de un acto de amor, o por lo menos, de agradecimiento. El libro que hoy nos congrega nace exactamente del sentimiento de amor y agradecimiento por lo que el crítico ha leído. La crítica, entonces en este caso, como en el de toda profesión verdadera, no solo es un ejercicio intelectual sino una vocación ética.

Todos quienes nos hemos beneficiado de la amistad y del magisterio de Fernando Aínsa sabemos que esto se palpa en cada página de sus libros sabios y reposados. Mi propia experiencia me asiste, ya que aún recuerdo cuando, en los ya un poco lejanos años ochenta, descubrí un nuevo modo de leer la literatura latinoamericana de la mano de un extenso, ameno y erudito libro, aquel Identidad de Iberoamérica a través de su narrativa. Para los jóvenes estudiosos de mi generación, este libro nos abrió una perspectiva  múltiple que trascendía el lenguaje formalista y eurocéntrico con el que nos enseñaron las letras de América. Esta visión abierta y englobadora ha acompañado el amplio itinerario de Fernando Aínsa. Por eso, a estas alturas no me extraña que Residencia y tránsito de las letras en Aragón sea lo que es: un repaso agudo, inteligente y honesto por la producción literaria de estas tierras, además de una colección de apuntes sobre la obra de otros escritores que, de alguna forma, se han vinculado a la biografía de Fernando.

Algo tengo que decir de entrada sobre el título. El título encierra dos palabras que son clave en el pensamiento de su autor. Residencia y tránsito. Cualquiera que repase la extensa bibliografía de Fernando Aínsa se encontrará con otros títulos que vuelven a evocar una vida itinerante, hecha de encuentros con espacios que convocan ideas, suscitan preguntas y tienden puentes hacia el otro. Cuántos libros nos ha dado Fernando y cuántos no tienen, de una manera u otra, alguna referencia al lugar, alguna metáfora en su título que no nos induce a pensar espacialmente…. Novelas como Los que han vuelto; libros de aforismos como Travesías. Juegos a la distancia; prosas como Del otro lado. Prosas concisas. Ensayos como La reconstrucción de la utopía, Los buscadores de utopía, De la Edad de Oro a El Dorado; Espacios del imaginario latinoamericano; Nuevas fronteras de la narrativa uruguaya; Del topos al logos. Propuestas de geopoética, etc… Ahora viene a nosotros la Residencia y el tránsito. Siempre, por tanto, la calificación espacial para descifrar y reconocer la escritura de los otros en función de su pertenencia espacial. Decir qué son las cosas tiene que ver con dónde están. No es casual que la residencia y el tránsito no solo definan a los personajes-escritores reseñados en este libro, sino también a quien los interpreta, viajero inmóvil, residente y transeúnte al mismo tiempo. Fernando, como todos sabemos, tiene o ha tenido la residencia, y el corazón, en Uruguay y en España, pero también en Francia. Y me gustaría añadir también que en toda América Latina, y muy particularmente en Chile también, ¿por qué no?. Tanta residencia ha necesitado lógicamente del tránsito.

Veinticinco textos abren la primera parte, todos ellos agrupados por la pertenencia a las letras aragonesas. El primer capítulo se dedica a Ramón J. Sender, gran escritor que tuvo, como Fernando, un destino americano. El repaso desde su primer y muy poco conocido libro sobre El problema religioso en México (1928), explica una fascinación temprana por el gran continente que luego se transformó en residencia a cuenta del forzoso exilio que tuvo que padecer Sender como tantos españoles después del 39. Allí se ve una justa reivindicación de alguna novela no suficientemente reivindicada como La aventura equinoccial de Lope de Aguirre que, más sobria pero no menos intensa, (o más, diría yo) que la de otros escritores latinoamericanos, por lo demás muy estimables, como Otero Silva, Uslar Pietri o Abel Posse.

El panorama de las letras contemporáneas en Aragón se despliega a continuación en un panorama abarcador que señala la riqueza y vitalidad de la escritura en esta tierra. Las siguientes reseñas y semblanzas nos abren la puerta a tantos intelectuales, editores, escritores, narradores, poetas, traductores, conocidos del autor: Ricardo Vázquez-Prada, José Verón Gormaz, Emilio Quintanilla Buey, Francisco Úriz, Ángel Guinda, Raúl Carlos Maícas, Luisa Miñana, Emilio Pedro Gómez, Carlos Manzano, David Rozas, David Mayor, Inés Ramón Gómez, Encarnación Ferré, Eugenio Mateo, Josian Pastor, José Gabarre, Estela Puyuelo, Ana Ubé y Elifio Feliz de Vargas, Pilar Aguarón Ezpeleta, y Miguel Ángel Yusta. No es posible detenerse en los muchas iluminaciones y fogonazos sobre temas y autores tan variados, pero sí me gustaría subrayar la limpieza con que se enhebran la experiencia personal del autor con el juicio crítico, la mirada posada en la tradición poética y el enfoque abierto a nuevos modos de expresión, la sensibilidad por el realismo histórico y la atención por las muy recientes corrientes negróticas. Cada texto enlaza frecuentemente una experiencia personal con la reflexión. El autor maneja con facilidad muchos registros: desde el académico al de la crítica periodística o la divulgación cultural. La facilidad con que se lee a Fernando Aínsa no debería despistarnos. La crítica universitaria tiende a escribirse de forma envarada y a disimular incapacidades con conceptos abstrusos. Nada de esto sucede aquí. Rotundamente no. Por el contrario, la profundidad no está reñida ni con la elegancia ni la sencillez.

El segundo bloque expone a los escritores que, en tránsito por Aragón, han entrado en la vida y en la escritura de Fernando. Si en la primera Sender marcó el sendero, por hacer un mal chiste, ahora el primero en aparecer es José Donoso, el gran escritor chileno que pasó tres años en Calaceite y que allí escribió algunas obras suyas de talla . El estudio de su obra, uno de los referentes imposibles de eludir del Boom hispanoamericano, había ocupado la atención de Fernando Aínsa en varias publicaciones realmente importantes. El resto de los capítulos nos proporciona, además de una serie sobre escritores de un lado y otro del Atlántico, dos o tres claves que permiten entender mejor la acendrada concepción de la lectura del autor. Una de ellos es la literatura como experiencia que anula fronteras. Así como el poeta cubano López Lemus aboga por una cultura nacional que rompa los límites de su país, Fernando Aínsa expresa la riqueza de una tradición lectora que entre y salga por distintos países. Una dimensión universal, o como mínimo panhispánica, alienta las páginas dedicadas a escritores uruguayos, españoles, chilenos, argentinos, cubanos. Como decía Borges respecto de la literatura argentina, nuestra tradición debiera ser la de toda la cultura universal. No hay, o no debería haber, identidades asesinas. Todo es de todos.

Otra cuestión tiene que ver con la condición peregrina que advierte en la poesía de Joprge Arbeleche y que, de vuelta, también define el pensamiento, la vida y la literatura de Fernando Aínsa. Esta naturaleza transeúnte, por cierto, no es únicamente externa y superficial, sino también interior. La crítica literaria, al igual que la creación, es un ejercicio inagotable, un viaje hacia los textos que no se agota nunca, como un verdadero intelectual nunca se termina de preguntar sobre la realidad. “Si siempre estoy llegando”, decía Troilo en el tango…

Voy acabando pero no quisiera que se me olvide la siguiente idea. Residencia y tránsito de las letras en Aragón es, perdonen si me pongo ahora un poco cursi (no me gusta, pero a veces hay que ser cursi para ser verdadero. Y si uno es cursi, pues lo es, y punto), es una celebración de la amistad. El autor ha tenido la gentileza de incluirme entre sus reseñados y esto es evidentemente un rasgo de generosa amistad. Pero también creo que es amigo de todos. Un hombre bueno es difícil de encontrar, pero a veces se encuentra.

Hace un momento utilicé una metáfora espacial –tender puentes-, para definir el ejercicio crítico. Quien hace puentes es, etimológicamente, el pontifex, el pontífice. La civilización romana construyó puentes por toda la península. Gracias a los puentes dejamos de ser turdetanos, arévacos o vascones para ser hispanos. O, mejor dicho, sin dejar de ser lo antedicho, con nuestras diferencias, fuimos hispanos porque aprendimos a cruzar los puentes que nos separaban. Aquí mismo, en el Ebro hubo un hermoso puente que simbólicamente lo atestigua con el paso de los siglos. Eso es, quizá, el ejercicio de la crítica literaria en el mejor sentido de la palabra: Una práctica que nos permite entender mejor a los otros y que, de hecho, nos ayuda a descifrarnos a nosotros mismos. El secreto de la crítica no reside en desplazar lo que ha dicho otro crítico, como alguna vez sostuvo cierto escritor, crítico y brillante lector argentino. La vida literaria no es sólo una palestra donde compiten vanidades. Esto no es un campo de batalla, sino un proceso en el que se va poniendo piedra sobre piedra hasta cruzar el río. Dicho de otro modo: un oficio con el que entender al otro para entendernos a nosotros mismos. Este libro es un ejemplo intelectual y ético de esta profunda voluntad. Muchas gracias.

Autor: Javier de Navascués. Escritor y profesor de Literatura Hispánica y Teoría de la Literatura en la Universidad de Navarra.

 

 

 

 

 

 

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