Sarilis MontoroBlanca memoria

“Sufren demasiado por mí. Yo los veo y me entristezco al no poder hacerles comprender que mi blanca memoria es mi solaz. Están decidiendo si contratar el servicio de una cuidadora o directamente institucionalizarme. Ingresar en una residencia geriátrica a mí, sinceramente me es indiferente. A mí, me han dejado de importar mis hijos, mis sobrinos, mi difunto marido incluso yo misma soy como una vasija seca y vacía y no me afecta donde me quieren colocar. Siento que mi vida ya ha terminado y lo que ahora queda de mí, es un alma encarcelada en un cuerpo que tiene vida y en un cerebro que navega entre nubes de niebla cerrada. Me he convertido en una fantasmagoría de mí misma. Ahora recuerdo, ahora olvido, ahora sé donde estoy, ahora no sé qué hago aquí, ahora conozco a mi hijo, ahora no sé quién es, ahora, ahora, ahora…
¿Qué es el ahora? Me río, lloro, grito, siento oleadas de violencia y vuelvo a romperme en un llanto tan incompresible como inconsolable, todo esto sucede en un terrible e insoportable ahora. Quiero volver al ayer, encontrar retazos de mi pasado para así quizás encontrarme con retales con los que cubrir los huecos en blanco de mi presente. Sin embargo, resulta agotador, el esfuerzo es descomunal y termino como el juguete roto que soy, una marioneta a la que nadie puede manejar puesto que los hilos que hilvanaban mis neuronas se están desvaneciendo por momentos. No atiendo ni a razones propias ni a las ajenas. El desaliento termina invadiendo mi desorientado ser perdido en la nada de un desierto infinito, me rindo y caigo desplomada en una butaca en medio del salón de mi casa y al fin consigo encontrar algo de paz. Me tranquilizo y es cuando rostros que no conozco vienen a conversar conmigo, mueven los ojos, mueven los labios, pero yo no entiendo ni quiero entender.
La situación se me va de las manos, yo misma me he ido sin irme, estoy sin estar, entiendo y no entiendo y al final del tortuoso camino sólo deseo encontrar la felicidad en mi blanca memoria. Nadie la conoce excepto los que tomamos contacto con ella como si de un nuevo planeta se tratase. Es maravillosa aunque no la pueda entender. ¿Qué significa el concepto entender? No es necesario entender. Tan sólo el que se encuentra en el planeta de la memoria blanca será capaz de ser feliz sin entender, sin conocer, tan solo sentir es lo primordial. Pero por favor, no tratéis de entrar en él los que todavía tenéis la memoria en color, no estáis preparados y entonces si entráis y tratáis de hacernos comprender es como si nos ultrajaseis, nos arrancáis de nuestro mundo y nos perdemos de nuevo cuando nos habéis obligado a volver. No ser crueles, os lo pido por compasión, no nos hagáis regresar al mundo del entendimiento racional cuando nosotros ya perdimos la razón. La memoria en blanco es absoluta y no permite que nadie le diga lo que tiene que aprender, respetarla y así los que habitamos en ella, podremos descansar en paz hasta que nos llegue el momento de la verdadera liberación. No lloréis por mí, si me sacáis de paseo para que me dé el aire en el rostro y oxigene mis pulmones, no me resistiré pero por favor, os lo pido por compasión, no me observéis con el rabillo del ojo con expresión doliente, seré feliz de ir cogida de tu brazo y si alguien quiere saludarme no le digas si he tenido un mal día, si puedo sonreiré amablemente y si no puedo no trates de obligarme a que salude, respeta mi memoria en blanco. Es tan poco lo que pido. Dejar que me vaya, no tratéis de retenerme en un mundo que ya no está hecho para mí. Si me volví loca, si perdí la cabeza no la busquéis porque no la encontraréis jamás. Respetad mi pérdida. Las nubes blancas son silenciosas y en el silencio puedo encontrar la paz que tanto necesita una mente en blanco, una mente que navega a través de un océano si olas, sin mareas, plano y quieto como la mente de un loco o de una loca. Sí, me volví loca, aceptémoslo. No se hable más.”
Mi madre falleció un año después de escribir esta nota. Bien podría decirse que se trata de una carta de despedida en toda regla, una despedida hacia ella misma, hacia María de las Nieves Saavedra Lanzón. Ella fue consciente en todo momento de que se iba y no deseaba más que la dejáramos marchar en paz y, eso es lo que hicimos. No la sometimos a una disciplina de actividades orquestada por una terapeuta ocupacional, porque decidimos que la ponía extremadamente nerviosa. El esfuerzo que para ella suponía intentar comprender la secuencia de números o imágenes y encontrar la lógica de tales secuencias la agotaba de tal modo que comprendí al instante después de varias sesiones lo que quería decir mi madre en su nota al estilo epistolar cuando se refería a que no pretendiéramos que comprendiera el mundo racional que la acababa de abandonar.
Mi madre quería que le permitiéramos fluir dentro de su vaporosa mente, que le facilitáramos el descanso que le ofrecían sus neuronas pulverizadas por el frío que se colaba entre ellas dejándolas en un estado de congelación perpetua hasta hacerlas casi desaparecer. Le gustaba escuchar el silencio del olvido, sentir la paz de no saber nada, cerrar los ojos y observar dentro de una mirada perdida y ausente que nadie veía, su vida convertida en una secuencia de recuerdos indefinidos y borrosos que nada tenían que ver con los juegos de la profesional en rescatar mentes perdidas. Yo me quedo como recuerdo de mi madre sus lágrimas cuando acariciábamos su rostro, sus cabellos, sus manos arrugadas y cansadas por el paseo demasiado prolongado en el mundo de la cordura y es que el cariño era la mejor medicina que le podíamos suministrar. A lo único que era verdaderamente receptiva era a eso, al cariño. Eran lágrimas de felicidad puesto que la sensación de afecto nunca la perdió.
Mi madre fue una persona muy estricta consigo misma a lo largo de su vida y por lo tanto se exigía mucho a sí misma, trabajadora y responsable apenas se permitía un despiste, o un olvido o una licencia. No nos hacía la vida imposible pero tampoco permitía que lo tuviéramos fácil en cualquier actividad o proyecto que nos propusiéramos, nos marcaba metas altas y de gran compromiso emocional. Es a lo que la acostumbraron sus padres y ella siguió con la misma escuela. No bajaba la guardia nunca y más bien la palabra ocio y relajación no entraban con frecuencia en su diccionario ni en su estilo de vida. Por eso, cuando mi madre comenzó a dar sus primeros pasos en el mundo de la locura me caía extremadamente simpática y enternecedora. Me reía con ella y ella conmigo, algo poco habitual en el pasado. Al principio no me di cuenta de lo que realmente le estaba sucediendo pero la encontraba tan relajada y tan feliz que no me preocupé en absoluto. Recuerdo una anécdota: fui a comprar al mercado varios productos de limpieza, y una crema hidratante para su rostro. Cuando llegué con la compra, saqué todos los productos y los coloqué sobre la encimera de la cocina, mi madre decidida se levanto de su asiento en el que estaba cómodamente sentada viendo su programa favorito, se dirigió a la encimera y por supuesto cuando se disponía a recoger su preciada crema hidratante vio que brillaba por su ausencia. Yo presentí que se avecinaba una tormenta, unos gritos y de paso alguna descalificación como la de despistada empedernida que nunca sabes dónde tienes la cabeza y la personal elucubración de ella ¡A saber en qué novio estará pensando ahora!
Su reacción fue totalmente inesperada para mí, en lugar de irritarse conmigo y enfurecerse por mi despiste se echó a reír y es más, me dijo que si se me había olvidado era lo mejor que me podía haber sucedido tanto para mí como para ella. Ya no quería más cremas del supermercado puesto que a partir de ahora se las traerían a domicilio. Recuerdo que le pregunté muy sorprendida-¿Quién te las va a servir?-¡La firma comercial Clinique!-me respondió con absoluta naturalidad-¿Y cuándo has tomado esta decisión, mamá?-¡Ahora mismo, me lo acaban de decir a través del programa, el mismo presentador me lo ha confirmado, me ha dicho que no vuelva a encargarte crema alguna, que él mismo se encargará de que todos los meses la reciba en casa puntualmente ¿Qué te parece?-.
Quedé tan desconcertada que no quise contrariarla formulándole preguntas sobre el asunto. Mi madre no parecía estar bromeando, tomó asiento de nuevo y retomó su interés por el programa y sobre todo por el atractivo presentador que supuestamente le había recomendado que dejara de enviarme a comprar cremas hidratantes para ella. El resto de la jornada permaneció callada con una expresión dulce en su cara, en sus ojos brillaba la ilusión, sí, fue la primera vez en mi vida que contemplé el brillo de la ilusión. Es un brillo tenue, apacible y prometedor, nada que ver con el brillo ordinario de lentejuelas o el fastuoso de las piedras preciosas. Años más tarde comprendí que se trataba del brillo de la locura, este brillo tiene un matiz delicado y fiero al mismo tiempo porque no permite ser arrancado de nadie que haya conseguido descubrirlo.
Cuando finalmente tuvimos claro el diagnóstico de que mi madre había entrado en una demencia nos importó muy poco el nombre de ella: Alzheimer, Demencia senil, Parkinson…
Lo cierto es que mi madre se estaba marchando en el sentido más estricto de la palabra. No es que se fuera a morir y dentro de unos meses le daríamos cristiana sepultura, no. Mi madre se iba por momentos a otro mundo tan respetable como el nuestro, su presencia física la seguiríamos teniendo pero ya no sería ella, de un momento a otro iba a entrar en nuestras vidas una absoluta desconocida y la convivencia que tuviéramos con ella, prácticamente dependía de nosotros, los cuerdos.
El cariño y la paciencia son palabras hermosas, se nos llenan los oídos cuando nos referimos a ellas pero son difíciles de ejercer en el día a día de los cuerdos, en un mundo donde las prisas imperan y las preocupaciones se acumulan formando montañas de problemas. La irritación y la aspereza nos acompañan durante muchas horas a lo largo del día e incluso por la noche a la hora del plácido sueño nos asalta despertándonos en la soledad de la noche; y dentro de todo ese batiburrillo de sensaciones negativas y frustrantes tenemos en nuestra vida la ausencia y la felicidad de un loco o loca. ¿Qué hacemos entonces? Como mi madre escribió en su nota de estilo epistolar cuando estaba dando los primeros pasos en su mundo de niebla amontonada, a ella, le daba igual lo que hiciéramos con su persona. Lo más fácil hubiera sido ingresarla en centro de día o en una residencia geriátrica pero mi madre era tan feliz que decidimos no hacerla desgraciada en sus últimos años aquí en la tierra aunque sabíamos que ella ya no estaba en la tierra, estaba en su tierra totalmente desconocida para nosotros.
Le dábamos su medicación, contratamos a una cuidadora para los paseos que con el tiempo dejaron de hacerse puesto que mi madre se agotaba cada vez más y finalmente decidió un día que jamás saldría de casa puesto que no comprendía el mundo exterior y para ella resultaba muy desalentador, sufría episodios de depresión que se fueron ralentizando conforme dejó de salir a la calle, en su lugar decidí leer poemas para ella, los escribía yo misma y con ellos era capaz de conseguir que el brillo de la ilusión se asomara de nuevo en sus ojos perdidos y adormecidos. El preferido de ella era:
Mía eres, ilusión, por siempre y para siempre
Pedestal de mi frágil esperanza
Faro de mi opaca existencia
Como luciérnaga brillas alumbrando la oscuridad de mi ser
Como seductora sirena deleitas mis exhaustos oídos
Con el melodioso canto que emana de ti
Ilusión dorada y mágica eres, pura delicia
Plateada y fresca eres, pura ilusión
Como suave fragancia eres
Enamoras mi alma, mañana, tarde y noche
El discurrir de mi vida lo diriges tú, mi bella ilusión
Sempiterna eres en mi hálito
En la rosa de mi corazón, fragante y viva contigo
Mi bella ilusión, no puedes abandonarme
La crueldad no se hizo para ti
No naciste para apagar sueños
Más bien los creas y los recreas en un mundo turbulento
Plagado de sueños rotos, quebrados cuando te pierdes
Cuando te desvaneces, no, no, no, no puedes morir
No lo permitiré
Antes me dejaría morir por ti, mi bella ilusión
Dejaré que claves tus raíces en mí, las ataré a mi memoria
A mi olvido, a mi noche y día, quedaré amarrada a ti
Así salvaré mi vida y más allá, mi espíritu brillará contigo
Y seremos inextinguibles, pues tú, no puedes morir
No se te permitió el día que los ángeles te crearon
Yo, era uno de ellos, mía eres ilusión
Por siempre y para siempre.
Mi madre, María de las Nieves Lanzón murió en paz dentro de su mundo de locura. Intenté respetarla y comprenderla puesto que los locos también tienen su lenguaje aunque nosotros los cuerdos no seamos capaces de comprenderlo puesto que nuestro raciocinio nos impide ver más allá de lo que queremos ver.
Yo, me imagino a mi madre paseando entre nubes de colores bajo el brazo de la ilusión, su mejor cuidadora.
Te quiero mamá.


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