Álvaro Rodriguez Redondo         Yo tenía once años cuando empezó la guerra civil española. Estaba dejando de ser “niño”, pero aún estaba lejos de ser “mayor”. Pero mi memoria funcionaba y recogía sucesos de la época que no deben caer en el olvido.  Sobre todo ahora que la guerra de Ucrania, nos hace recordar sucesos de guerras pasadas.  Entre ellas los bombardeos.

            Pasé los primeros meses de la guerra en la ciudad de Zaragoza, adscrita desde el primer momento en el bando de los sublevados, es decir en la zona franquista y por ello era objeto de bombardeos del bando contrario.

            La ciudad estaba dotada de potentes sirenas que se oían desde todos los rincones y que los responsables hacían sonar cuando se aproximaban aviones enemigos, pues eso era anuncio de inmediatos bombardeos. Y así era. Los ciudadanos nos refugiábamos en los sótanos de las casas, confiando en protegernos así,  cuando menos, de posibles cascotes y metralla.

            Al día siguiente, alejados los aviones enemigos, salíamos a recorrer la ciudad para ver los destrozos causados por las bombas que habían explotado. Hoy día, a pesar de los años transcurridos, aun recuerdo algunos puntos donde las bombas habían dejado su huella…

            Aunque el lector no conozca la ciudad de referencia voy a citar algunos de esos puntos, pues por su nombre o su descripción, dan una idea de su significado. Por ejemplo, la bomba de la calle Costa —céntrica, residencial e importante— en las proximidades del Gran Hotel.  Otra bomba en la Gran Vía y dado que esta avenida está hecha cubriendo un río, la bomba atravesó esa cobertura y dejó el río Huerva a la vista. Otra en la  calle Don Jaime y similares.

            Podría citar más puntos de la ciudad, todos centros civiles como dicen ahora en muchos bombardeos de Ucrania y al recordar yo lo que antecede, me pregunto: ¿Cómo en vez de la calle Costa o la Gran Vía no bombardearon la Academia General Militar, o el cuartel de Castillejos, o incluso el aeropuerto, objetivos mucho más militares?

            Sin duda los bombardeos civiles tienen por objeto desmoralizar a la población,  pero a veces sucede lo contrario.  Y así ocurrió cuando la aviación enemiga decidió bombardear el Templo del Pilar. Fueron cuatro bombas en dirección suroeste-nordeste: la primera cayó en la plaza, ante la fachada del templo, levantando cuatro adoquines de los que luego hablaremos y por supuesto, sin explotar.  La segunda y tercera bomba cayeron dentro del Templo, también sin explotar y la cuarta se supone que fue a parar al fondo del rio Ebro.

            Ninguna bomba explotó ¿Milagro de la Virgen del Pilar? Los devotos así lo creyeron, pero todo el pueblo de Zaragoza, devotos y no devotos, consideró ese bombardeo un ultraje y una ofensa a toda la población y organizó una multitudinaria procesión de desagravio.

Si se había pretendido desmoralizar a la población, el resultado fue lo contrario:  mayor repulsa al enemigo capaz de atentar contra los símbolos sagrados del pueblo y un aumento de fe y de fervor.

            Como testimonio de cuanto antecede, están los adoquines a que antes he hecho referencia. La primera bomba cayó en el exterior del templo, en la Plaza del Pilar, que entonces tenía calzadas de adoquines… La bomba cayó de punta y en vez de explotar levantó cuatro adoquines. Dejando un hueco en forma de cruz.

            Al hacer la reforma de la plaza  y suprimir el adoquinado y sustituirlo por

asfalto continuo, los devotos no quisieron perder el testimonio de la cruz de los

cuatro adoquines y mandaron hacer una pieza con la fecha del bombardeo e incrustarla en el pavimento

            Si visitan la plaza, allí pueden verla, con la fecha de 3 agosto de1936.

                                                                       Álvaro Rodríguez Redondo


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