Luis Zueco en Revista Imán número 20No es fácil ser Lope de Vega, cada verso que redacto tiene que ser mejor que el anterior, cada obra más sublime que la predecesora. Todos esperan que innove de nuevo, que cambie la forma de escribir comedias, que lleve el teatro español a una época de esplendor.

No puedo con esta presión, con estas expectativas sin fin que me obligan a encerrarme entre las cuatro paredes de mi casa.

Góngora y Quevedo lo tienen mucho más fácil. ¿Por qué no les piden a ellos lo mismo que a mí? Ya quisiera yo su apacible existencia, aunque cualquier día esos dos terminarán cruzando acero en un callejón de Madrid.
Todos confían en que un solo poeta transforme la literatura. Como si fuera un Hernán Cortés en su marcha hacia Tenochtitlan, o un Juan de Austria al mando de la Santa Liga en Lepanto. Yo soy solo un hombre hábil tirando de espada, mejor aún de lengua y de pluma. Ingenioso, inteligente y honrado. El Fénix de los ingenios, me llaman. Y es verdad que he escrito cientos de comedias, miles de sonetos. Pero, a pesar de todo ello, soy un escritor humilde. Que nunca he enarbolado ninguna bandera sobre mis éxitos, que estos no merecieran.
Soy don Lope de Vega y cuando salgo a la calle todos me reconocen. Los varones me preguntan por mi próxima comedia y las mujeres –¡ay las mujeres!–, ellas desean que les dedique versos y besos, y no por ese orden. Los nobles del reino llaman a mi puerta, día sí y día también, para que les escriba sonetos de amor para sus amantes. Y el rey, su majestad, Felipe III, no me concede a mí la tregua que sí les ha otorgado a los enemigos de la iglesia, holandeses e ingleses.
A veces, pienso que me gustaría que empezara una nueva guerra en Flandes, para que su majestad anduviera distraído con los tercios y sus generales, y me concediera algo de descanso. Sin embargo, no pinta bien el panorama. No hay dinero ni soldados, así que me temo que seguiremos en paz unos cuantos años más.

Tengo que salir de esta casa, ahora está anocheciendo y las calles de Madrid son más discretas. Hace frío, pero menos que en Valladolid donde se trasladó la Corte durante más de cinco años y claro, todos tuvimos que ir detrás de ella. Menudo sinvergüenza el Duque de Lerma, no tenía nada mejor qué hacer que convencer al rey de que se llevara la Corte hasta allí. Por suerte ya estamos de vuelta a Madrid, que tendrá muchas cosas malas, pero para mí las quiero con tal de no tener que marcharme de nuevo a orillas del Pisuerga.
Estos días hay numerosos forasteros con posibles por las calles madrileñas, dicen que es porque han atracado varios navíos en Sevilla llenos de plata y han llegado a la capital con ganas de hacer ostentación de sus riquezas. A ver si nos alcanza a los literatos algo de ese metal, que nosotros también tenemos que ganarnos la vida y, al final, no quedará más remedio que irnos a hacer las Américas.
La plazuela está concurrida, ya veo la taberna de la esquina. En ella siempre ponen buen vino y válgame Dios que lo necesito. Aligero el paso y entonces sale alguien del interior. Me vuelvo para que no me reconozca, no vaya a ser algún marido mal informado sobre mi persona o algún espectador de mis comedias. Con suerte será extranjero o, al menos, no le gustará el teatro.
Le miro desde donde me oculto y lo reconozco, es Miguel de Cervantes. Valiente envidioso, es el habitante de Madrid que menos deseo encontrarme. Ahora somos vecinos, que también la ciudad es grande para que haya decidido trasladarse a vivir a cuatro casas de la mía. Qué le voy a hacer, no puedo prohibírselo. Pero mudarse a mi misma calle es demasiada casualidad… al menos la entrada a su casa está por otra esquina, aunque sé que me espía desde las ventanas.
Jamás le invito a las meriendas y fiestas que celebro en mi casa. ¿Para qué? Si es un amargado, un aburrido.
Se ha trasladado a mi calle para robarme las ideas de alguna manera que todavía no llego a adivinar. Cervantes es un hombre de mente retorcida, no hay más que ver la personalidad de ese personaje suyo de don Quijote, a saber en quién se ha inspirado.
Con él nunca se sabe, lo conozco bien. Fuimos amigos de jóvenes, nos conocimos en casa de un famoso autor de comedias, en la calle de Lavapiés. Yo

frecuentaba la cama de su hija Elena, cuyo marido se hallaba en las Américas. No sé qué estrella tan propicia a los amantes reinaba entonces, que apenas nos vimos Elena y yo, hablamos y quedamos rendidos el uno al otro.
Por su parte, Cervantes acudía con la secreta esperanza de que su padre le pusiera en escena alguna comedia. Entonces éramos amigos y me guardó el secreto de mis amoríos, incluso intenté que Elena mediara ante su padre para que llevara a escena sus textos, pero ya entonces nadie quería sus comedias.
Desde entonces, Cervantes se ha vuelto arisco y solitario, por nada quisiera yo parecerme a él. Sé que está carcomido por la insana envidia que me procesa de forma obstinada y por eso se rompió nuestra amistad. Nada tuve que ver yo en
ello.

Incluso ahora que ha empezado a tener éxito con las aventuras de esa extraña pareja que ha creado, sigue odiándome. ¿Por qué debo aguantar yo tanto rencor injustificado?
Mejor me voy a otro sitio, no tengo ganas de pleitear. Así que definitivamente me doy la vuelta y, en ese preciso momento, veo pasar una mujer morena y de pelo oscuro. Aunque si fuera blanco como la nieve también hermosa sería, que bien puedo yo pintar una belleza en mis versos.
No sé quién es, jamás la he visto antes. Sabe Dios que me acordaría. Es tan preciosa que me ha empezado a doler el pecho. Solo hay una forma de aliviar este sufrimiento repentino, seguirla. Y para mi desgracia entra en la misma taberna a la que yo antes me dirigía.
Tengo que hablarle, no puedo dejar que se marche.

Aligero el paso y entro en el local, hay abundante clientela y no toda recomendable. Prosigo la búsqueda de la mujer que me ha robado la prudencia. Aquí todos beben y ríen, eso es lo que más me gusta del vino, es como mis comedias. No es propiedad de reyes, ni obispos, ni nobles. El vino solo pertenece a los que disfrutan de la vida y el amor.
Voy hacia el fondo, donde se cierra una zona con escasa luz en la cual es posible que esté ella, pero hay mucho gentío y tropiezo con uno de los clientes que, de forma muy torpe, se ha girado hacia mí, derramando parte del sabroso vino de mi jarra.
—¿Qué hacéis, insensato? —le digo antes de verle la cara.

—¡Cuidad esa boca!

—No es posible… —casi no puedo creerlo cuando se gira, pero era de esperar que me lo encontrara—. Miguel, teníais que ser vos, ¡cómo no!
—Lope, vaya sorpresa —Cervantes baja el tono de su voz y pone la espalda bien recta.
—Si vivo aquí al lado, no seáis farsante, que nos conocemos…

—Nos conocíamos, Lope, nos conocíamos.

—Cierto, aquí nadie sabe quién eres —y señala a su alrededor.

—Eso es porque yo no he convertido mis comedias en mercadería vendible para satisfacer los gustos del vulgo —Cervantes se alza sobre las puntas de sus pies—, sino que he escrito una obra maestra: El Quijote, que ha llegado hasta las Indias, a Portugal y a Italia.
—No olvides que es solo prosa. ¿Cuántas comedias has escrito? ¡Dime Miguel! Nadie se acuerda de ellas, nunca has triunfado en el teatro y por esa razón estás corroído por la envidia.
—Lope, sois presuntuoso, orgulloso y arrogante, os embriaga más el éxito que el vino.
—Yo lleno los corrales mientras vuestras comedias se amontonan en algún baúl —le recuerdo—. A mí me quieren las gentes, que digo me quieren, ¡me adoran!
—Porque os habéis rebajado a escribir como el pueblo.

—No Miguel, porque les hago reír. Mientras que Cervantes solo hace llorar y bostezar. Vuestras comedias son viejas, como vos.
—¿Cómo os atrevéis? —el de Alcalá de Henares aprieta los puños y tiene que tragarse toda la bilis.
—Yo he sido atrevido, he roto normas, todas las que he podido —insisto mirándole a los ojos.
—El famoso Lope de Vega… —pronuncia Cervantes en voz alta y de forma burlesca esperando a los que nos rodean le rían las gracias—. ¿Sois de carne y hueso o solo divino? ¿Existe en verdad tanta grandeza?
—¿Y qué si soy mejor que vos o que todos esos demás infelices que intentan copiar mis textos? Soy Lope de Vega, el Fénix de los Ingenios.

—No hay una sola forma de hacer teatro —me advierte Cervantes muy serio—, y tampoco debes despreciar a los clásicos, como vos os jactáis de hacer.
—¡Sandeces!

—Nunca habéis tenido término medio, Lope. Siempre de un extremo a

otro…

—Mejor eso que vuestra cansina paciencia.
—Yo he sido soldado, luché en Lepanto, la más alta ocasión que vieron los siglos. Estuve cautivo en Argel durante cinco años y al regresar, por fin a España, mi valedor, don Juan de Austria, había muerto —relata Cervantes con los puños en alto—. Rechazaron mi solicitud de viajar a América, he tenido que trabajar de recaudador de impuestos y he estado dos veces en la cárcel. A mi familia al completo acusaron de un asesinato que no cometieron.
—Todos hemos tenido problemas, no es un mérito exclusivo de vuestra propiedad. Me echáis la culpa de que os hayan expulsado de los teatros y no lleváis razón, vuestra tumba la cavasteis vos mismo. Yo os intenté ayudar.
—Seréis capaz… ¿Cuándo me habéis ayudado vos? ¡Decidme! Pero si no representaron mi obra…
—Y que culpa tengo yo, los directores teatrales no compran vuestras obras, ya os dije entonces que cambiarais la estructura y usarais personajes más cercanos.
—Lope, os habéis plegado a los gustos del vulgo.

—Solo le ofrezco al pueblo lo que pide. Si vos mismo me habéis calificado como un monstruo de la naturaleza.
—Pero por vuestra ingente capacidad creativa —advirtió Cervantes, antes de dar buena cuenta de su jarra de vino—, aunque claro… no os queda más remedio.
—¿Qué estáis insinuando?

—Os casasteis con la hija de un abastecedor de carne de la Corte, habéis tenido cuatro o cinco hijos con esa actriz manchega. Imagino que a Jerónima de Burgos todavía la visitáis, sino hubieras dejado de escribir comedias para su marido. Se os abrió un proceso legal por andar amancebado a otra que no recuerdo su nombre. Y decenas de más amoríos que desconozco.
—Eso solo son rumores, infundados por supuesto.

—Lope, con tal número de amantes, para sustentarlas a ellas y a los hijos legítimos e ilegítimos que atesoráis, no os ha quedado más remedio que crear un torrencial creativo desbocado.
—Lo veis, sois un envidioso.

—¡Por supuesto que no! —alza la voz Cervantes—, y sabed que mientras escribáis una comedia tras otra, yo he pensado mucho. En silencio, con esa paciencia que tanto os incordia, hasta que he encontrado lo que buscaba.
—El Quijote, por supuesto —le miro con cierta pena.

—Infravaloráis la prosa, Lope. Llegará un día en que el pueblo que tanto nombráis le reverenciará tanto como a vos
—Te aseguro que eso ni tú ni yo lo veremos.

—No estéis tan seguro —y Cervantes bebe de nuevo.

—Como siempre hablar con vos es como hacerlo con una pared —le digo con resignación—, no nos ponemos de acuerdo en nada.
—Este vino es bueno.

—Tenéis razón —y le doy un trago—, al menos coincidimos en el vino.

—Que no es cosa baladí.

—Desde luego que no —y vuelvo a beber, saboreando su agraciado sabor—. Miguel, nunca he entendido algo, ¿por qué os llaman el Manco de Lepanto? Si solo perdisteis la movilidad y conserváis ambos brazos.
—El pueblo es así, yo tampoco entiendo por que os llaman el Fénix de los Ingenios.

BIOGRAFÍA

Luis Zueco nació en Borja en 1979. Es ingeniero industrial, licenciado en Historia y escritor. Director del Castillo de Grisel, fortaleza medieval convertida en hotel con encanto, y copartícipe de la restauración del Castillo-Palacio de Bulbuente.

Miembro de la Asociación Española de Amigos de los Castillos y colaborador, como experto en patrimonio y cultura, en diversos medios de comunicación. También ha participado en varias exposiciones de arte como la de “Luis Feito. Pintura y dibujo 2002-2018” en el Palacio de Sástago de Zaragoza.

Es autor de las novelas Rojo Amanecer en Lepanto, El escalón 33 (Mención de Honor en el Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza
2012) y Tierra sin rey.

Además, en géneros de no-ficción, ha elaborado la exitosa guía turística- cultural Castillos de Aragón: 133 rutas.

Entre sus novelas históricas destaca su trilogía medieval, traducida a varios idiomas, y compuesta por El Castillo, La Ciudad y El Monasterio (Ediciones B).

Su próxima novela estará ambientada en el siglo XVI.


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