por Encarnación Ferré

 Al pretender comunicar cuanto allí sucedió me da la impresión de afrontar una crónica, a cuya puntual información no estoy habituada. Mis escritos no acostumbran a pagar excesivo tributo a lo que -siempre presuntamente, según Berkeley- creemos realidad. Juego con ella para luego ofrecerla en espejos dispares y con el resultado invento otra realidad (de tanta validez como aquellas que suelen sentar plaza de certeza por la mera razón de que alguien las consagra con gesto convincente). Sí, estuvimos allí tres días de ese mayo que escapó de modo irremisible, éramos diecisiete y cantamos al son de una guitarra, fumamos a hurtadillas en el patio y, al final, nos tomaron una fotografía… Todo es realidad auténtica, aunque el trasfondo de mi estancia en Zuera resulta difícil de expresar. Fue parecido a lo que ocurriría si cierto personaje de novela se adjudicase la extraña potestad de ser el sustituto de quien lo pergeñó. ¿Era yo, allí, la Teresa Medina de mi Hierro en barras? Lo mismo que esa protagonista de ficción carcelaria ¿estaba prisionera con ellos? El caso es que el ambiente no me sorprendía. Mis oídos también parecían sufrir taladrados por el cerrojo que aísla las celdas; el que incomunica. ¿Es de extrañar, pues, que a dúo con Esperanza -de edad cercana a la mía- cantásemos eso de la gaviota que vuela sobre la mar y los versos bellísimos de aquellas Palabras para Julia? La fuerza del momento vivido fue experiencia intensa. Catarsis colectiva matizada por el respeto mutuo, profundo. Fue algo, a la vez, previsto e imprevisto. Paradoja de crear libertad en la cautividad.

Nunca quise saber las razones que, implacables, los condujeron a un lugar así. Cada cual diseña su historia, pero era presumible que en la suya se deslizó un error. (¿No son muchos -de cuantía menor, si así preferimos llamarlos- los que todos cometemos en la vida?). Siempre corremos riesgos, decía Kierkegaard. No arriesgando nada hay una espantosa facilidad para perder. ¿Perder qué? A uno mismo. Mas ellos, en verdad, no se hallaban perdidos. Conservaban arrestos para amar y luchar, como lo muestra esto que escribió Adolfo: Luchar contra un poder justo y terrible. Temer la soledad más que la muerte. Morir, en fin, de angustia y de tormento; víctima de un amor irresistible. Ésta es mi situación. Ésta es mi suerte. ¿Y tú quieres, cruel, que esté contento? A pesar de todo, el ambiente que algunos plasmaron no carecía de cierta sordidez. Escupitajos adheridos al muro, olor a orín… Otros lo afrontaban con ribetes de humor y, en sus producciones, dejaban traslucir la utilización de ese recurso (¿arma arrojadiza contra ciertos aspectos de la existencia humana?).

Poco a poco llegamos a Boecio y su Consolación de la Filosofía. ¿Quién iba a suponer que el Taller condujese a profundas reflexiones sobre lo personal y su orteguiana circunstancia; que se instituyese en ventana por la cual el alma constreñida se atrevía a mostrar su interior silenciado? El esfuerzo que indudablemente me supuso preparar materiales didácticos -frente a los cuales se mostraban curiosos e insaciables- tuvo amplia recompensa espiritual. Siempre estarás presente en mi corazón por hacerme sentir, por transmitir paz y armonía. Este Taller me ha demostrado que hay unos segundos, minutos y horas en que logras ser otra persona; cambiar de momento y lugar, por muy negativo que sea (escribió Rosario). El Taller me ha servido para ser mucho mejor persona que cuando entré aquí (opinó Miguel). Pero lo que más me impactó fue que agradeciesen el haberlos tratado como a gente normal. ¿Hubiese podido ser de otra manera? Desdichado aquel que llega a imaginar que la adversa Fortuna sólo está reservada para otros.

Con ellos conviví ¿porque así estaba predeterminado?; ¿porque nuestro vivir se halla entrecruzado por hilos invisibles, similares a esa materia oscura por la cual se sospecha está cohesionado el universo? A una conclusión semejante comenzaba a llegar cuando atravesé los muros de esa cárcel que, sorprendentemente, no muestra el patetismo a que el cine nos tiene habituados. Son sus accesos abiertos, luminosos. Dentro, Esperanza, Juan Carlos, Rosario, Gema, Adolfo, Sandra, Ana, Javier… me contemplaban expectantes y yo me esmeraba en celar el temor a poder decepcionarlos. ¿Acertaría a desaherrojar esa parte del YO que en todos se encuentra lastrada por dudas, por temor, por ilusiones muy desilusionadas? Me hice consciente del grado de responsabilidad que adquirí al aceptar el reto. ¿Iba a ser capaz de animarlos a que abriesen la puerta del maltrecho corazón y permitiesen otear en el sacro entresijo que el del humano guarda? No resulta fácil despojarnos del íntimo secreto: nuestro acerbo dolor, el amor imposible, la moribunda madre (¡cuánta presencia hubo de madres recordadas y sin remedio ausentes!)…

Comenzaron a brotar comentarios profundos. Mis alumnos -¿o debiera llamarlos maestros en el difícil arte de sufrir?- fueron día tras día exponiendo, no sin cierto rubor, textos que rebosaban sentimiento. ¿No es apasionante la reflexión de un preso que medita sobre algo tan grande como es la libertad? Dejemos que Javier tome la palabra: ¿Cómo se puede medir la libertad? ¿Somos libres, o todas las ataduras que nos rodean no nos lo permiten? Estoy preso, estoy privado de libertad. Pero ¿he sido libre alguna vez? No lo sé. He tenido libertad de acción y de movimiento, mas siempre recortada por unas normas; normas establecidas por una sociedad presa de sus temores y de sus miedos. ¿Cómo puede existir la libertad en este panorama tan servil? (…) Sin embargo, la libertad espiritual es propia de cada uno; no tiene normas. Es simplemente libertad, y en este entorno estamos obligados a buscarla y conseguirla en su máxima expresión. 

Sea símbolo de la dolorosa satisfacción que les suscitó el hecho de escribir, un dibujo de Arango: la pluma humedecida con sangre del propio corazón.


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