Cosas que me pasan Cosas que me ocurren a veces cuando salgo a pasear

Sergio Allepuz Giral

(Relato ganador del XVIII Concurso de Cuentos “Valentina Ventura”, organizado por el ayuntamiento de la Villa de Tauste)

La chica de esta historia era bella, era joven y era rubia, como no podía ser de otra manera. Llevaba atado a la muñeca un cachirulo que acababa de comprarle a un senegalés risueño a la entrada del medieval Puente de San Lázaro de Zaragoza y tenía un trasero que quitaba el hipo. No me percaté delo del trasero por ser un salido ni nada parecido, de verdad se lo digo.Lo que ocurrió fue que ella se encaramó a la barandilla del puente dejando sus posaderas a la altura de mis ojos cuando yo pasabaa  su vera y, claro, uno, aunque recatado, no es de piedra como el puente en cuestión. En fin, para qué nos vamos a engañar, me enamoré de inmediato de esa desconocida.
Allí, sobre la barandilla, la chica bella, joven y rubia abrió sus brazos en cruz. Por su parte, al viento del valle le dio por jugar con su amarilla melena, pasando sus dedos invisibles entre los mechones de trigo de ella hasta envolverle la cabeza en una maraña de pelos. Todos los peatones nos quedamos helados, mirándola, sin reaccionar. ¿Qué pensaba hacer? Un segundo después, la chica bella, joven y rubia respondió nuestra estúpida pregunta saltando al agua. Fue un saltito lleno de duda,una especie de “si yo sí que quiero tirarme, pero no sé si debo con el catarro que llevo hoy”, pero efectivo. Y cayó como un misil en el centro mismo de una profunda poza del Ebro, esquivando en su caída, por centímetros, la afilada punta de uno de los contrafuertes del puente que la hubiera herido de muerte con solo rozarla. Enseguida supe que tenía un deber que cumplir: una nueva supermisión.
Todo superhéroe que se precie, como es mi caso, debe mantener su identidad en secreto. Así que le pedí a un señor de Lérida, que se había quedado descolgado de su grupo de excursión y que estaba haciendo fotos de la Basílica del Pilar desde uno de los balcones del puente, que me ayudase si era tan amable. El buen hombre se colgó su cámara en bandolera para dejar libres sus dos manos y me parapetó con su abrigo para que yo pudiera ponerme mi traje de superhéroecon total discreción. Siempre llevo los calzoncillos rojos en un bolsillo y la capa, también roja, en el bolsillo contrario. Así, además de estar siempre preparado, marco algo de paquete, que nunca viene mal. Forcejeando y a la pata coja, comencé a ponerme el calzoncillo por encima de mi pantalón de pana azul. “Mala elección”, pensé; puesla pana se agarraba a la tela del calzoncillo de elastán como una garrapata y este se me quedaba atascado en los muslos. Tirando del calzoncillo como un burro estaba yo, cuando pasó por mi lado, corriendo como una gacela, el senegalés risueño. Al parecer, lo había visto todo desde su puesto ambulante de la ribera y, por la velocidad de su zancada y la decisión de su gesto, estaba claro que no iba a dejar que se le ahogara ningún cliente esa mañana.Como un rayo, el senegalés risueño se quitó la camiseta y los zapatos y, de un brinco, subió a la baranda del puente. Una vez allí, tieso como un palo, levantó los brazos al cielo, tomó aire y saltó. Eligió para entrar al agua un doble salto mortal, carpado y con tirabuzón lateral, que hizo las delicias de los espectadores, quienes no pudieron evitar estallar en aplausos. La entrada en el agua fue de diez. Ni salpicó, el tipo. Fue, en todos los sentidos, un salto perfecto.
Por fin, logré subir el calzoncillo a su sitio correcto, aunque las gomas de ambas perneras me estrangulaban dolorosamente. Nota mental: Debo dejar la repostería si quiero seguir siendo un superhéroe. Menos mal que la capa fue más fácil de poner. Me la hizo mi madre, a ganchillo, hace un par de años. Fue cuando le dije cuál era mi auténtica vocación. Le tenía mucho cariño por aquel maternal motivo y, por eso, aunque las capas pueden llegar a ser muy peligrosas, pues es bien sabido que no pocos superhéroes han fallecido debido a enganchones de la capa en hélices de avionetas, ventiladores de techo o helicópteros en marcha, no podía dejar de ponérmela en todas mis misiones. Ya uniformado, traté de subirme a la baranda del puente sin lograrlo: ella era alta de narices y yo soy torpe de manual. Pedí auxilio de nuevo al de Lérida en este tema, quien me hizo la escalerilla entrelazando los dedos de sus dos manos y así, pisando en las palmas del catalán, logré llegar hasta la cima de la dichosa baranda del puente. Miré abajo, calculé la altura con mi visión de rayos gamma, me chupé un dedo y lo expuse al viento para obtener la dirección y velocidad del mismo,me despedí cortésmente de mi voluntarioso ayudante y salté al vacío con decisión.
Elegí, para entrar en las amenazadoras y turbias aguas de mi nueva aventura, mi salto preferido: el salto al estilo palillo. Con una mano sujetando mis testículos, en previsión del impacto contra el agua, y con la otra mano haciendo pinza en mi nariz, para evitar la incómoda entrada de líquido por ese orificio, entré en la corriente fluvial de un modo heroico. Me hundí completamente y seguí bajando más y más. Sumergido como estaba y en una situación límite, pensé que mi vida entera pasaría frente a mí, como en las películas;pero no fue así.Lo que pasó frente a mí fue un siluro de metro y medio con una paloma en la boca que me hizo salir a la superficiede una única brazada y en estado de pánico. Jadeando, me percaté de que mi capa roja de ganchillo bajaba, arrastrada por la corriente, río abajo. Al menos el calzoncillo no me había abandonado y, gracias a él, mi identidad secreta seguiría a salvo.
Una vez recompuesto, miré a izquierda y derecha, buscando al senegalés risueño y a la chica bella, joven y rubia que me había robado el corazón. Pero no los veía por ningún lado. No estaban bajo los arcos del puente ni agarrados al árbol enorme que sobresalía en el centro de la corriente. Pensé que debería sumergirme de nuevo y buscarlos bajo el agua hasta que de repente los vi:en la orilla,saliendo juntos del río, cogiditos de la mano. El agua resbalaba lujuriosamente por sus cuerpos y parecían salidos de uno de esos anuncios romanticones de colonia que echan por la tele en Navidad. Ella le sonreía a él, él le sonreía a ella y los dos parecían muy felices y todo eso.Mientras tanto, yo seguía allí, con el corazón roto en mil pedazos, flotando en el agua, con el maldito siluro de la paloma en la boca acechándome y sin que esos dos se hubieran dado ni cuenta de mi intento de hazaña para salvarlos.¡Desagradecidos! Decidí seguir en el anonimato y salí discretamente del río nadando al estilo perrito hasta la orilla contraria. Después caminé cabizbajo por la ribera: hacia casa a merendar. Supongo que en estos tiempos ya no hay nada seguro. Ni siquiera el superhéroe es siempre quien conquista a la chica bella, joven y rubia de las historias. En fin, tendré que pedirle a mamá una nueva capa por mi cuarenta cumpleaños.

FIN

El amigo invisibleEl amigo invisible

Sergio Apelluz Giral

(Obra Finalista del X Certamen “Cuentos junto a la Laguna”

Es de noche y hace frío. Miles de bombillas por las calles nos recuerdan la absurda obligación anual de comprar cualquier cosa y a contra reloj a alguien que no sabrá qué hacer con ello. Acelero hacia mi destino. Llevo mis mejores galas e incluso me he afeitado. Un día es un día. Estoy nervioso y tiro de la puerta de cristal; aunque ante mis narices tengo un enorme letrero en mayúsculas que dice: EMPUJAR. Sonrío mi torpeza y entro. Ya en el local, miro el reloj que cuelga de la pared, decorado con un deprimente espumillón. Llego tarde. Diviso a mis compis de oficina. Están sentados a la mesa. No queda ni una triste silla libre para mí. Es la cena de Navidad y olvidaron avisarme, como siempre; pero les oí cuchichear entre ellos y aquí estoy, con un par. Como dijo Shakespeare, la indiferencia es la peor de las crueldades humanas, y yo soy invisible para ellos. Hoy a mi situación la llaman mobbingo bullying; así, tal cual: en inglés, para que no suene tan mal, supongo.Pero yo lo llamo “Compañerismo de mierda”. Y a eso he venido hoy al restaurante: a llamar a las cosas por su nombre. A sincerarme con todos de una puñetera vez.
José, de recursos humanos, se gira y se encuentra conmigo. Ante mi mirada, finge sonreír un segundo, como sonríen dos desconocidos cuando se dan cuenta de que están mirando la misma cosa al mismo tiempo por casualidad, e, inmediatamente, me vuelve a dar la espalda. ¡Hipócrita! Saco la pistola en la que he gastado todos mis ahorros para la ocasión y le pego un tiro, ¡bum!: justo encima de su oreja izquierda. Estruendo y caos. Comienzo mi discurso de Navidad.
Otra detonación sincera, sin rodeos, y cae Esteban a cámara lenta. Lo sé todo de él: tiene dos hijos; se lleva fatal con su mujer, Aurora; veranean los cuatro en Salou; y el año pasado acabaron de pagar el apartamento. Sin embargo, él, cada maldita mañana, simula no verme. Yo creo que es una broma de mal gusto que no tiene ni puta gracia.
Un camarero deja apoyada en el aire su bandeja y, antes de que la gravedad la arrastre hasta el suelo, el hombre ya se ha metido debajo de la mesa muerto de miedo. Pero no tiene nada que temer: la cosa no va con él. Disparo nuevamente y repito mi nombre entre bala y bala: “¡Óscar, me llamo Óscar, cabrones!”.
Sigo exponiendo mis razones mientras vuela la ensalada por los aires. A Manuel le brota sangre del pecho, incontenible como un río y roja como el fuego. La vida se le escapa por segundos. Andrés cae entre las sillas y unos patéticos espasmos me dicen que ya no se levantará nunca más. Por su parte, Pedro pinta de rojo el mantel mientras, con cara de sorpresa, estrangula con los dedos de su mano izquierda a una inocente y blanca servilleta. María José chilla histérica: lleva un tiro en las tripas que le está manchando el vestido y los zapatos. Qué pena, con lo difícil que es limpiar la sangre… Beatriz tiene los ojos muy abiertos, como de susto, pero no puede gritar por culpa de ese sabor metálico en el cuello. Le he dado en plena nuca. Ernesto, junto a ella (yo creo que estaban liados…), también se retuerce agonizante sobre el suelo.
Solo quedan en pie tres de mis compis. A Pilar no le he disparado, ni le dispararía jamás, mientras que Loreto y Miguel tienen mucha suerte de que se me hayan acabado las balas. Los tres me miran como si les hubiera arruinado la velada.
Apenas han pasado tres minutos desde mi entrada en el restaurante y ya lo he dicho todo. El silencio es absoluto. Huele a pólvora. Creo que esta vez no olvidarán mi nombre. El camarero sigue debajo de la mesa. Lo oigo lloriquear. Me siento en una silla y escucho las sirenas de la policía a lo lejos, acercándose. Susurro: “Me llamo Óscar, no lo olvidéis. Soy una persona como vosotros”.
Creo que solo Pilar, la dulce Pilar, ha reconocido al mendigo del portal de la oficina bancaria que todas las mañanas da los buenos días a empleados y clientes, sin recibir más respuesta que la dulce sonrisa de ella.
Loreto lloriquea con el maquillaje corrido y Miguel, sin dejar de vigilar la pistola que guardo en mi mano derecha, les pregunta a sus dos compañeras: “¿Alguna sabe quién coño es este tipo?”.
Y es que, aceptémoslo, algunos no aprenden ni a tiros.

FIN

SERGIO ALLEPUZ GIRAL:

Barcelona, 1969. Vive en Zaragoza desde 1998. Casado y padre de dos hijos. Diplomado en Ciencias Empresariales. Pertenece a la Asociación Aragonesa de Escritores (AAE). Colaboró con sus microrrelatos en las revistas digitales: “Entérate Delicias” y “Entérate Zaragoza Centro”. Lee desde que tiene uso de razón, porque cree que esa es una gran manera de viajar sin salir del sofá, y comienza a participar en certámenes de novela y relato en 2011. En la modalidad de relato ha recibido numerosos premios, tales como: Ciudad de Tudela, Ciudad de Huesca, AEN, Villa de Alfambra, Ciudad de Caspe, Villa de Binéfar, Santoña… la mar, La Calle de tod@s, Fernando Lalana, Grita contra la violencia de género, Tertulia Albada, Valentina Ventura, entre otros. Vivió un año en los EE.UU en su adolescencia y dicha experiencia inspiró su novela El prado verde de Jay Mckay, ganadora de la XL edición del prestigioso premio “Cáceres de Novela Corta”. Dicha novela se halla publicada actualmente por la editorial aragonesa Prames en su colección de narrativa Las Tres Sorores. En diciembre de 2019 se publicará Todo al rojo y otros relatos, una recopilación de algunos de sus mejores cuentos, a cargo de la editorial aragonesa La Fragua del Trovador. Ha sido jurado en diversos certámenes de narrativa y participa en lecturas, talleres literarios y otros eventos públicos de la Asociación Aragonesa de Escritores.


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