Querido mío, amor mío, mi Diego: decir que te echo de menos es como no decir nada. Me duele tu ausencia, me duelen las palabras que no puedo pronunciar y que se quedan temblando de frío entre mis labios. Esas palabras que me asfixian, que destrozan mi corazón. Siento tanto dolor, que no comprendo cómo es posible que mi corazón siga latiendo, que no se haya desgarrado dejando salir los ríos de lágrimas que no permito que afluyan a mis ojos y convierto en sangre hecha de fiebre y amargura. Sangre y lágrimas de angustia corren por mis venas, Diego. No sé cómo continúo aún con vida, no sé cómo continúo respirando. Pero, ¿realmente estoy viva? Todos lo creen porque me ven en pie, pese a que apenas como y apenas pronuncio una palabra. Soy una sombra, amor mío, una sombra que camina y obedece porque no tiene fuerzas ni valor para resistirse a su destino. ¿Eso es vivir, Diego? Yo no lo creo. Ojalá pudiera llorar, qué no daría por liberarme de esta piedra que me aplasta el corazón sin terminar de matarme, qué no daría por dar rienda suelta a mi angustia. Si fuera valiente, Diego, saldría a mi balcón y gritaría de tal modo que mi voz se escucharía por encima del sonido de las campanas de Teruel; mi voz llegaría hasta ese territorio  salvaje de frontera donde se supone que estás combatiendo por Aragón, por nuestro rey y por nuestro amor. No sé en qué orden, ni importa ahora, no importa en esta noche de pesadilla. ¿Dónde estás, amor mío? Nuestro tiempo ha expirado. ¿Dónde estás? Ninguna noticia tuya en todos estos años. Diego de Marcilla ha desaparecido como si se lo hubieran tragado la guerra y la conquista. En Teruel ya casi no se habla de ti, creo que sólo tu familia y yo te recordamos y te seguimos amando; es ese amor el que te mantiene vivo en nuestro recuerdo. En Teruel se estaba hablando mucho de mí; demasiado y en mala hora, según mi padre. Isabel de Segura no se casa, pese a su espléndida dote y al lustre de su apellido. ¿Qué oculta esa respetable familia para que mantengan a la joven Isabel alejada del destino natural de toda mujer? Y cada vez menos joven, pronto dejará de ser una damisela casadera y tendrán que doblar su dote si quieren que un hombre noble y rico la despose. Así me evaluaban las viejas mientras movían la cabeza con aire de enteradas. Mi madre se sofocaba de humillación, mi padre montaba en cólera sin palabras y me miraba entre resignado y resentido. Su honor le impedía obligarme a desdecirme de mi promesa al mismo tiempo que le obligaba a él a mantener su palabra.

Pero la situación pronto comenzó a cambiar, para desgracia mía. Para desgracia nuestra. El noble señor de Albarracín Pedro de Azagra le pidió mi mano a mi padre, y eso ha precipitado mi desdicha. Ha convencido a mi padre de que has muerto en combate, pues de otro modo ya hubieras dado alguna señal de vida durante estos cinco años. Cinco años, amor mío. Cinco años de silencio en los que soy yo quien está muriendo de tristeza y de soledad. ¿Dónde estás, Diego? No puede ser que hayas muerto, me niego a imaginarte muerto. Mi padre y Pedro de Azagra lo aseguran con tanta certeza como si hubieran visto tu cadáver. Nuestro tiempo se acaba, amor mío, soy yo quien camina hacia la muerte. No quiero vivir si no es contigo, no quiero respirar si no es en tus labios, no quiero alegrarme si no es en tu alegría. Sé que te marchaste con el dolor de no haber obtenido un beso, ese beso que me pediste entre respetuoso y apasionado y que a mí me dio vergüenza natural otorgarte. Una doncella casta no besa a un hombre, por mucho que le ame. Una mujer honesta sólo besa a su marido. El orgullo y la ambición nos separaron, amor mío. La distancia y el silencio se interpusieron entre nosotros. La ambición y el honor volverán a separarnos, definitivamente esta vez, porque tú no has vuelto y yo no puedo hacer otra cosa excepto obedecer a mi padre. ¿Cómo puedo decírtelo, Diego, amor mío, mi único amado? ¿Acaso existen palabras adecuadas para revelar algo tan horrible? Diego, mi padre le ha concedido mi mano a Pedro de Azagra. Mañana me caso. Mañana comienza mi lento viaje hacia la muerte, mañana me caso. Las campanas tocarán a fiesta, pero en mis oídos sonará el toque de difuntos. Alabarán los paños y la confección de mis vestidos nupciales, que para mí serán mi mortaja. La corona de flores será mi corona de espinas. Las joyas serán mis adornos funerarios. Si no muero esta noche, amor mío, moriré mañana mientras todos celebran una fiesta que para mí no será más que el banquete final. Mañana me caso, Diego. Y no serás tú quien me abrace y me bese con el derecho del esposo. Nuestro tiempo ha expirado y tú no estás aquí para salvarme de mi destino. Diego, mi amor, mi perdido y añorado amor, ¿qué será de mí? ¿Qué será de ti si un día te enteras de que soy la esposa de otro? Siento tanto miedo, siento tanta angustia, que mañana cuando muera durante la ceremonia preferiría saber que tú de verdad estás muerto, para guardar eterno luto en mi corazón y en mi memoria. Amor mío, sólo te amo a ti, única y eternamente a ti. Perdóname, Diego, querido mío, amor mío, pase lo que pase mañana eres y serás eternamente mi único amado. Te besaré en la muerte. Seré tu esposa en la tumba.

 

Tu Isabel

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